Lo que mi hija me pidió a cambio del regalo
Lucía entró dando un portazo y yo levanté la vista del teléfono con la sonrisa ya puesta, esperando a que apareciese por la puerta del salón. Entró rápido, con los ojos entrecerrados y esa mueca traviesa que conozco desde que tenía tres años. Se plantó delante de mí con un brazo en jarras, sacó pecho y, antes de que pudiese decir nada, me lanzó un paquete pequeño sobre los muslos.
—Tu regalo de cumpleaños.
Era un libro, evidentemente. Envuelto en papel negro. Antes de cogerlo, ella se llevó las manos al borde inferior del top y se lo quitó de un tirón. Sus pechos rebotaron al quedar libres de la prenda, que aterrizó en el suelo del salón.
—¿Puedes no tirar la ropa al suelo en mitad del salón?
—¡Ay, ábrelo! Es un regalazo. Me merezco comértela por lo menos.
Dejé el móvil sobre el paquete y, aunque no pude evitar reírme, me tapé los ojos con las manos fingiendo un llanto desconsolado. Lucía soltó una risa grave y puso los dos brazos en jarras.
—Dios mío, eres insoportable. Insoportaaable —dije.
—¿Qué? Es un buen regalo. Merece algo a cambio.
Separé las manos dejándole ver un gesto de enfado tan falso que ni siquiera había dejado de sonreír.
—Entonces no es un regalo de cumpleaños, bribona. Aparte de que faltan cuatro meses para mi cumpleaños.
—Detalles. No voy a esperar cuatro meses para comértela.
—Bruta. Maleducada. Dios mío.
—¿Lo abres o te la como ya?
Negando con la cabeza, rompí el papel. Lo reconocí al instante solo por el azul oscuro de la cubierta. «Vom Kriege», de Clausewitz, la edición de Dümmler de 1832. Un libro que significa mucho para los dos, que yo le regalé cuando cumplió quince años en una edición moderna. Pero esta era la versión firmada por el nieto del editor, la que yo llevaba años rastreando por catálogos de anticuario.
Lo saqué del papel con cuidado. Pasé el pulgar por el lomo y noté que había una página con la esquina doblada. Instintivamente, clavé la uña para abrirlo por ahí. Y allí, subrayada con un trazo fino de lápiz, estaba la frase:
«La guerra es la continuación de la política por otros medios.»
Levanté la vista. Lucía me miraba sin sonreír.
—Qué predecible eres, papá —dijo—. Ahora te lo relees entero para no hacerme el feo. Y con atención.
Dejé el libro en la mesilla, junto al sillón. La luz del flexo caía directamente sobre la cubierta azul y me pareció algo precioso, un objeto cargado de significado entre los dos.
—Muchas gracias, cariño. Pero lo otro no va a funcionar.
—Ya veremos.
Me froté los ojos con dos dedos antes de seguir.
—En serio, muchas gracias. ¿De dónde lo has sacado?
—De la misma tienda en la que me mandaste el enlace.
—Tenían dos y los daban por agotados.
Lucía se giró de perfil, pero mantuvo la cabeza dirigida hacia mí, lanzándome un puchero y levantando las cejas dos veces.
—A mí no podían decirme que no.
—Ya, seguro.
Miré de nuevo al libro y sentí que el pecho se me llenaba de algo difícil de nombrar. Me pareció importante que, años después, aquel regalo que yo le hice fuese lo bastante significativo como para que ella dedicase tanto esfuerzo a corresponderlo. Pero quizá debía empezar a tomarme en serio la posibilidad de que, realmente, estuviese intentando impresionarme y conseguir lo que yo llevaba meses tratando como una broma.
Y en efecto, mientras lo pensaba, Lucía dejó caer las rodillas al suelo con una elegancia felina. Apoyó las manos en la tarima y me miró entre las piernas. Decidí continuar la conversación en el mismo tono de siempre, poniéndole la palma en la frente para frenarla.
—Serás descarada. A ver, que pudor yo no tengo. Te he cambiado pañales, te he bañado mil veces y te he curado hasta lo que no se puede nombrar en público. Pero aunque me tocaras tú a mí, no me iba a excitar. —Lucía gruñó y se sentó en el suelo frente a mí, con las piernas cruzadas y las manos sobre las espinillas. Y de nuevo vi la sonrisa amplia, profunda, que se le ponía siempre que empezábamos un juego dialéctico. La misma que cuando era una cría. —Y, en el caso hipotético de que lo necesitases tanto que fuese una cuestión de salud mental, obviamente haría lo que hiciese falta. Pero tendría que pensar en otra persona, porque no podría excitarme contigo. ¿Querrías eso?
—Sí —contestó sin dudar. Me escapé una risa corta por la nariz. Me recosté en el sillón, negando con la cabeza.
—Menos mal que eso no va a pasar y que antes te llevo a un especialista.
—No le veo sentido. ¿No te gusto?
La miré. Piernas largas, pechos generosos y firmes, pelo todavía húmedo recogido de cualquier manera, y esos ojos de un marrón tan oscuro que las pupilas se fundían con el iris produciendo un efecto casi hipnótico. Suspiré.
—Me gustas más que cualquier otro ser humano del planeta. Cada centímetro de ti me parece perfecto. Pero no me excitas, ¿entiendes?
—Eso no puede ser así al cien por cien. Hay literatura que lo demuestra. Lieberman, Tooby y Cosmides, 2003. El efecto Westermarck no es absoluto, es probabilístico y variable entre individuos. Y además lo odio y me parece una porquería con tropezones. —Cruzó los brazos bajo sus pechos, apretándolos desde la base con cara de enfadada—. En familias con alta exposición temprana pero aislamiento social posterior, la tasa de atracción sube hasta el dieciocho por ciento. Sin contar la atracción sexual genética.
Arqueé una ceja. No era el momento de abandonar su juego favorito. Tampoco he estado nunca dispuesto a mentirle ni a que piense que me da pudor hablar con ella de cualquier cosa. Sin excepción.
—Bien citado. Pero vamos por partes. Primero, la tasa es baja. Segundo, me da igual la tasa, porque mi caso es mío y es particular, y te digo yo que soy un caso Westermarck puro y duro. Tercero, ese estudio se hizo con sujetos que crecieron juntos en entornos normativos, y tú y yo somos precisamente la excepción que ellos descartan: padre viudo, hija única, aislamiento social casi total desde que murió tu madre. —Negué con la cabeza encogiéndome de hombros—. El mecanismo se debilita cuando no hay refuerzo social, pero el rechazo sigue ahí a nivel subcortical. Mi cerebro lo etiqueta como error antes de que la libido tenga opción de intervenir, cielo. Estoy anulado contigo.
Ella se inclinó hacia delante, apoyando las manos en el suelo y apretando sus pechos desnudos entre los brazos. Levantó el mentón.
—Eso dices. Pero mira: la National Survey of Family Growth muestra que un porcentaje significativo de mujeres jóvenes que crecieron con un solo progenitor varón tienen fantasías incestuosas recurrentes. Con exposición elevada a pornografía del mismo tipo, el porcentaje se multiplica. La pornografía solo amplifica un deseo preexistente.
—Pos vale.
—¿Cómo que «pos vale»?
—Que pos bueno, que pos vale, que me alegro. Eso es tu rollo de renacuaja intelectual provocadora. No digo que seas un monstruo, digo que lo siento, pero que yo no puedo. Y no me cueles correlación por causalidad. Ese estudio no controla por neuroticidad, apertura a la experiencia ni inteligencia verbal. Tú encajas en las tres y no hay estudios sobre sabihondas insoportables que tiran la ropa al suelo. Además, Fraley y Marks demostraron que la atracción inicial desaparece cuando la convivencia se normaliza. Es pico de novedad y tabú, nada más.
Lucía no bajó la mirada.
—Vale. Aceptemos tu marco.
—Pero si yo no tengo ningún marco —traté de interrumpirla.
—Una falta. Me has interrumpido.
—Vale —repliqué, asintiendo.
—El cerebro genera deseo hacia lo prohibido en todas las culturas. Que yo sea inteligente solo me hace más resistente a la falta de lógica del tabú en un entorno moderno. Tengo acceso a anticonceptivos en todo momento, lo que elimina el riesgo reproductivo. «El tabú existe porque el deseo existe», Lévi-Strauss. «El incesto es el universal negativo que define lo humano.» Yo simplemente no compro la parte ilógica. Entiendo el mecanismo original, lo respeto, pero lo considero absurdo en mi caso particular. Tú y yo ya nos hemos quitado todos los tabúes menos este. ¿No es absurdo mantenerlo artificialmente cuando ha sobrevivido a su función?
Me pasé la mano por la nuca.
—Ya sé por dónde vas, y no está mal. Coges el terreno alto, jovencita. La especie tiene mecanismos grupales que generan perjuicio individual…
Al escucharme reconocer que acababa de argumentar de forma consistente entre niveles de complejidad, conectando psicología evolutiva y biología, le pudo la ilusión y su sonrisa se ensanchó.
—Desde el mismo dimorfismo sexual…
—Falta. Interrupción.
—¡Perdón!
—Empate. Pero lo que decía: no vale como argumento en este caso. Cada barrera se analiza de forma independiente. Si pudiese apagar la parte sexual con un chasquido de dedos, lo haría. Pero el coste es demasiado alto. Y aunque este caso no fuese el más extremo, sería una barrera inmensa. Si estuviésemos completamente aislados del mundo, tendría que reconocerte que es un mecanismo que resta y que sería mi obligación eliminarlo. Pero si abro la ventana aparecen doscientos candidatos haciendo fila. No tiene sentido que sea yo.
—Depende del nivel de necesidad.
—Exacto, eso digo. La necesidad es medible. Y todas las estrategias de presión que se me ocurren son, en sí, problemáticas desde el punto de vista legal. Además, el cincuenta por ciento de los casos de atracción sexual genética acaban con depresión severa después de consumarlo. El cerebro se da cuenta de que ha roto su propio mapa.
—Sigues hablando como si te estuviera vacilando.
Si me quedaba algo de sonrisa, la borré. Respiré hondo. Lucía acabó de apoyarse en las manos y se acercó a mí, haciendo contactar su mejilla con mi rodilla, volviendo a colocarse a cuatro patas frente a mí. Mirándome con esos ojos enormes, perfectos y preciosos. Y no puedo evitar acariciarle la cabeza cuando hace eso.
—Me estás vacilando, cariño.
—Métemela en la boca y verás cuánto te estoy vacilando.
—Basta.
—Pero me quieres follar, papá.
—No.
—Pero quieres que sea feliz.
—Sí.
—Eso incluye que me folles.
—No. Para eso no me necesitas.
—Pues me voy a seguir tocándome pensando en que me la metes en la boca.
Solté una risa seca y le di dos golpecitos suaves en la cabeza antes de revolverle el pelo y volver a acariciar esa cabecita. Demasiado inteligente, demasiado libre, demasiado valiente. Y a la vez demasiado joven y demasiado terca.
—Eso haz lo que quieras. Pero lo otro sería mucho más aburrido de lo que imaginas. Probablemente solo sería ridículo y triste.
—¿Pero la satisfacción de tu hija no sería motivo suficiente? ¿Solo eso no vale?
Tardé un segundo más de la cuenta en responder. Aunque en general me tomo mi tiempo antes de una réplica, asegurándome de haber entendido exactamente a qué se refiere mi interlocutor.
—Si no hubiese otra alternativa, sí, cielo. Pero cualquier otra opción es más fácil y más divertida para ti.
—Qué va. Yo quiero de la fuente.
—¡Guarra!
—Now we are talking, daddy.
Miré de nuevo al libro para no regalarle la carcajada mirándola directamente a los ojos. Y me sentí, otra vez, extraordinariamente feliz. Orgulloso de mí mismo y de la relación que había logrado construir con mi única hija. Aunque viniese con la contrapartida de su lúcido descaro.
Lucía se levantó del suelo sacudiéndose las rodillas. Recogió el top, se lo colgó del hombro como una toalla y se encaminó hacia el pasillo. Antes de desaparecer, se detuvo en el marco de la puerta y giró la cabeza.
—Léete la frase subrayada otra vez, papá. «La guerra es la continuación de la política por otros medios.» Pues esto es lo mismo. Voy a cambiar de medios.
—Buenas noches, pesada.
—Buenas noches. Sueña conmigo.
Oí sus pies descalzos alejarse por el pasillo y la puerta de su cuarto cerrarse con un clic suave. Me quedé mirando la cubierta azul bajo la luz del flexo. Pasé la yema del índice por la firma manuscrita y sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.
Iba a cambiar de medios.
Apagué la luz y me quedé un rato largo en la oscuridad, con el libro sobre el pecho, pensando en que quizá mi hija había aprendido de Clausewitz bastante mejor que yo.