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Relatos Ardientes

Almorzamos como novios sabiendo que éramos hermanos

Cuando Natalia se apartó de encima de mí, dejó un rastro húmedo en el camino hacia la cocina. Volvió con servilletas de papel para limpiar, y mientras lo hacía, yo me quedé mirando el techo sin saber exactamente qué hacer con lo que acababa de pasar. Las manos me temblaban un poco. No de arrepentimiento, sino de algo más difícil de nombrar.

Era casi el mediodía. Habíamos perdido toda noción del tiempo desde que esto había empezado, horas antes, de una manera que todavía me costaba procesar en orden cronológico.

Claudia se levantó del sofá sin decir nada, fue al dormitorio y se cambió de ropa en silencio. Tenía esa capacidad suya de volver a la normalidad con una velocidad que a mí siempre me había asombrado. Natalia, en cambio, recogió sus cosas radiante, con esa energía de siempre, como si nada de lo que había ocurrido tuviera el menor peso sobre ella.

—Hermano, me voy. —Me guiñó un ojo desde la puerta.— Fue mucho mejor que cualquier mañana en el gimnasio. Dile a Claudia que la llamo.

Y se fue. Así, sin más. Como si hubiera venido a tomar un café.

Me quedé solo en el departamento. Limpié el sofá, limpié el sillón, me vestí. Me senté frente a la computadora donde se acumulaban mails sin leer desde hacía horas. Los miré sin verlos. Todo parecía haber ocurrido en una dimensión paralela que no tenía ningún punto de contacto con las facturas pendientes y las reuniones del martes.

Claudia bajó al rato, ya cambiada, con el bolso en el hombro.

—Vuelvo tarde. Tengo que recuperar horas. —Se detuvo un segundo en el umbral.— Me duele mucho, pero me gustó.

Y se fue también.

¿Qué acababa de pasar exactamente?

El silencio era denso. Me levanté, fui a la heladera, tomé agua directamente de la botella. Caminé hasta el ventanal y me quedé mirando la calle sin ver nada en particular. Los autos pasaban. Un delivery esquivó a una anciana en la vereda. El mundo seguía girando como si nada.

El problema no era lo que habíamos hecho. El problema era lo que yo había sentido en un momento específico, un momento que no tenía nada que ver con el morbo ni con la transgresión. Era el instante exacto en que Claudia había salido un momento de la escena y Natalia y yo nos habíamos quedado solos, mirándonos, y ella me había besado de una manera que no era solo deseo. Era reconocimiento. Era algo que llevábamos años sin decir.

Abrí la aplicación de seguridad en el celular. Retrocedí en la grabación de la cámara del living. Me vi en la pantalla, y las vi a ellas. Me quedé mirándolo sin respirar demasiado bien, y sin pensarlo demasiado terminé donde todos sabemos que termina un hombre solo con un recuerdo reciente en la cabeza y demasiado tiempo libre.

Lo hice mirando la grabación y mirando también hacia la cámara del living al mismo tiempo, como si alguna de las dos pudiera estar del otro lado en ese momento, viendo. El morbo tiene esa particularidad: cuanto más lo alimentás, más crece y más te enreda.

El trabajo de la tarde ayudó en parte. Pero no acalló nada.

***

Claudia llegó a la hora de cenar. Pusimos la mesa, calentamos algo que había quedado del día anterior. Hablamos del trabajo, de unos arreglos que había que hacer en el baño, de si el sábado íbamos o no íbamos a lo de sus padres. No salió el tema. Ella no lo mencionó. Yo tampoco pude.

Cuando apagamos la luz, yo seguía con todo eso dando vueltas. No podía borrarlo. Pasaba de calentarme a cuestionarme en ciclos de cinco minutos.

—¿No vamos a hablar de lo que pasó hoy? —dije a oscuras.

—¿Qué querés hablar? A mí me encantó. ¿Lo repetimos?

—¿No te parece que algo estuvo mal?

Claudia se acomodó para mirarme. La luz de la calle le iluminaba la mitad de la cara.

—Rodri, si esto lo hubiéramos hablado antes, los tres hubiéramos sido mucho más felices durante mucho más tiempo. En serio lo creo.

—¿Vos me amás?

—Obvio que te amo. Y ahora incluso un poco más, porque siento que puedo ser yo sin esconder nada. —Hizo una pausa.— Nati y yo tenemos una historia que empieza antes que vos y yo. Siempre la tuve a ella. Eso existía antes de que aparecieras. Pero eso no te quita ni un gramo de lo que te tengo a vos. Sos el hombre de mi vida, Rodrigo.

—A mí siempre me pareció que la preferías a ella.

—Es hermosa y me calienta. Eso es un hecho que no tiene sentido negar. Pero vos sos otra cosa completamente. —Me tocó la mejilla.— Igual, mi cuerpo va a necesitar recuperación antes de que volvamos al tema del final. Me mató. —Se rio sola, suave.

No estaba yo en condiciones de reírme todavía. Le di un beso corto, me di vuelta y cerré los ojos.

Ella se quedó dormida rápido. Yo tardé mucho más.

***

Al otro día quedé con Natalia para almorzar en un lugar cerca de nuestros trabajos. La necesitaba ver. Necesitaba hablar con ella cara a cara, sin Claudia en el medio.

Llegó con esa energía suya de siempre, el pelo suelto, una sonrisa que no era la de todos los días sino la que reservaba para mí desde que éramos chicos. Se sentó enfrente y pidió un agua con gas antes de que yo pudiera decir nada.

—¿Cómo estás? —me preguntó.

—Más o menos. ¿Vos?

—Con mucho trabajo, pero mañana a la mañana podría ir al gimnasio si querés acompañarme. —Sonrisa pícara. Inconfundible.

—Nati. Tenemos que hablar en serio de lo que pasó.

Su cara cambió. No de manera dramática, sino de esa forma suya de ponerse en guardia que yo reconocía desde siempre.

—No empieces. Siempre la elegiste a ella. Yo lo acepté hace mucho tiempo. No me saques esto también, por favor.

—No se trata de ganar o perder. Se trata de si está bien o está mal lo que hicimos.

Nos miramos. El mozo se acercó, pedimos sin mirar la carta, se fue.

—¿Disfrutaste? —me preguntó, bajando la voz.

—Sí.

—¿Te gustó estar conmigo?

—Sí.

—¿Te gustó cuando terminamos juntos?

—Sí.

—¿Entonces?

Dudé. Miré la mesa. Después la miré a ella. Busqué las palabras correctas y no las encontré, así que dije las que tenía.

—Lo que más me gustó —dije, con la voz más baja que pude— fue cuando llegamos juntos. Y cuando me besaste después. No fue como lo demás. Fue distinto.

Natalia no esperaba eso. Lo vi en su cara, en cómo abrió un poco la boca y no supo qué hacer con las manos por un momento. Ella estaba preparada para hablar del morbo, del tabú, de si lo repetíamos o no. No para esto.

Mi hermana siempre fue mi persona. Desde que teníamos diez y doce años y construíamos mundos propios que los demás no entendían. La que más me conocía, la que siempre apareció cuando importaba. Y además era una mujer hermosa que, durante años enteros, yo había aprendido a no mirar de cierta manera porque hacerlo complicaba todo.

Saber de su historia con Claudia, enterarme de esa obsesión acumulada, había destapado algo que yo tenía muy bien guardado. Esa mañana, en los momentos en que estuvimos solos los dos, algo se quebró. Y lo que quedó del otro lado no era solo deseo físico. Era otra cosa. Era lo de siempre entre nosotros, pero sin el filtro que lo mantenía en su lugar.

—Rodrigo —dijo, despacio.

—Sí.

—Yo también te amo.

Lo dijo con una voz que no le conocía. Sin ironía, sin el escudo. Solo la frase, limpia, cayendo en el medio del restaurante como si fuera la cosa más natural del mundo.

Estiré la mano por encima de la mesa y cubrí la suya.

—Acá nadie sabe que somos hermanos —dije.

—No. Nadie.

—Entonces comportate como si fueras mi novia. Sentate a mi lado.

La vi dudar. Vi cómo le temblaba un poco la respiración. Se levantó, rodeó la mesa despacio, y se sentó en la silla de al lado. Le pasé el brazo por los hombros y ella apoyó la cabeza contra la mía un segundo, apenas.

Almorzamos así. Como una pareja cualquiera en un restaurante cualquiera un mediodía de semana. En un momento nos tomamos las manos sobre el mantel. Era extraño y perfecto y prohibido y completamente real al mismo tiempo. Esa combinación que no debería existir y que, sin embargo, tenía un peso físico que yo sentía en el pecho.

***

En el taxi de vuelta le mandé un mensaje a Claudia. Le inventé que un amigo tenía que operarse de urgencia esa noche, que lo acompañaría al sanatorio y que probablemente me quedara a dormir ahí para que no estuviera solo.

Claudia respondió enseguida: «Qué raro, cuídate. Mañana hablamos.»

Sin preguntas. Sin cuestionamientos.

Natalia ya sabía que iba a ir a su departamento al salir del trabajo. Ella estaría ahí esperándome.

Llegué a las ocho y media. La puerta se abrió antes de que terminara de tocar el timbre, como si hubiera estado escuchando los pasos en el pasillo. Estaba con una bombacha ancha y cómoda, más parecida a ropa de dormir que a cualquier cosa que uno se imaginara encontrar, y una remera mía desgastada que le quedaba enorme, con el cuello caído sobre un hombro. El pelo recogido con descuido, un mechón suelto en la cara. Sin perfume caro, sin arreglo especial.

Era exactamente como se ve alguien cuando está en su casa de verdad. No actuando para nadie.

Me dio un beso corto, apenas los labios, de esos que se dan sin pensarlos porque son parte del gesto cotidiano de una pareja.

—¿Te duchas? —preguntó.— Te dejé ropa en el cuarto. Y tu perfume está en el baño.

Tenía ropa mía en su casa. Siempre había tenido. Desde hacía años, sin que ninguno de los dos lo hubiera problematizado jamás. Hoy lo veía diferente.

Me bañé, me cambié, me perfumé. Bajé al living.

Ella estaba tirada en el sofá mirando algo en la televisión con el sonido bajo. Le levanté las piernas, me senté, las acomodé sobre mi regazo. Me quedé así un rato, con la mano apoyada sobre sus tobillos, sin hablar. El departamento olía a ella. Siempre había olido a ella.

—¿Estás bien? —me preguntó sin apartar los ojos de la pantalla.

—Estoy raro. Pero bien.

—Raro es una descripción bastante precisa de todo esto.

Me reí. Era la primera vez que me reía desde hacía más de un día completo.

Nos fuimos acomodando en el sofá de a poco, sin apuro, sin ninguna urgencia. Terminé recostado en el respaldo con ella apoyada contra mí, su espalda contra mi pecho, las piernas entrelazadas. Le pasé el brazo por debajo de la remera y le apoyé la mano en la cadera, sin más que eso. Sentir su piel tibia era suficiente por el momento.

Nos quedamos así un tiempo que no medí. Ella no movió la mano que tenía sobre la mía. Afuera se escuchaba el tráfico lejano y nada más.

—Nati.

—Mm.

—No sé cómo se llama lo que nos está pasando.

—Yo tampoco. —Hizo una pausa.— Pero que sea difícil de nombrar no significa que sea malo.

Se dio vuelta para mirarme. Tenía esa cara de siempre, mi hermana, pero con algo diferente en los ojos. Algo que yo reconocí porque era exactamente lo mismo que yo sentía y no sabía dónde poner.

La besé. Despacio, sin ningún apuro. Ella respondió igual, con las manos en mi cara, sin buscar nada más que el beso en sí. Cuando nos separamos, ninguno de los dos habló por un momento.

—Quiero sentirte —dijo en voz baja.— Nada más que eso.

Me acomodé detrás de ella, en posición cucharita, la remera subida hasta la cintura. Aparté la tela y la penetré despacio. Estaba caliente y lista. Entré sin dificultad y sentí cómo ella exhalaba un suspiro largo y silencioso contra el almohadón del sofá.

Los movimientos fueron cortos, limitados por el espacio, pero suficientes. No había urgencia, no había espectáculo, no había nada que demostrar. Era completamente distinto a la mañana anterior. Era más lento. Más quieto. Más parecido a algo que no sabía que le faltaba al sexo hasta que lo tuve.

Llegamos juntos, de nuevo. Y cuando eyaculé le dije al oído las mismas palabras que me habían sorprendido a mí mismo la primera vez que aparecieron en mi cabeza, porque no las había elegido sino que simplemente estaban ahí.

—Te amo, hermana.

Ella no respondió con palabras. Me apretó el brazo contra su cuerpo y lo mantuvo así, firme, como si tuviera miedo de que me moviera.

No hubo cena esa noche. Nos quedamos en el sofá hasta que el sueño llegó solo, sin que ninguno de los dos lo hubiera planeado. Antes de quedarme dormido pensé en todo lo que tendría que resolver a partir del día siguiente, en Claudia, en lo que vendría. Pero esos pensamientos llegaban de lejos, sin urgencia todavía.

Lo único que sentía con certeza era el peso de su cuerpo contra el mío y el olor de su pelo debajo de mi nariz.

Por el momento, era suficiente.

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Comentarios (6)

Sole77

que relato tan intenso, me dejó pensando un buen rato despues de leerlo!!!

SilvanaMar

Me encanto la tension entre ellos, sin que pase nada y que pase todo al mismo tiempo. Sigue así!

RositaFan

ese cambio de silla... dios mio. Tremendo detalle.

Gonza_B

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como sigue

maricel_22

Me recordó a esas situaciones donde sabés lo que está pasando pero nadie lo dice en voz alta. Muy bien logrado.

NicolasR87

Lo leí dos veces porque la primera no lo procese del todo bien. Es de esos relatos que te quedan dando vueltas. Espero mas de este estilo.

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