La noche en que mamá dejó de ser solo mi madre
Después de aquella primera noche en que nos tocamos mutuamente, la semana entera transcurrió como si viviera dentro de un sueño que no terminaba de definirse. Mi madre, Clara, andaba más cariñosa que de costumbre: sus manos rozando las mías cuando me pasaba la taza de café, su perfume quedándose suspendido en el pasillo mucho después de que ella ya había salido. Cada noche incorporábamos algo nuevo, casi sin hablarlo, casi sin decidirlo. Una caricia que duraba un poco más. Un beso que empezaba en la mejilla y terminaba en el cuello. La línea entre lo que éramos y lo que estábamos convirtiéndonos se iba borrando sola, sin que ninguno de los dos empujara demasiado.
Entonces llamó el médico.
Ricardo, su concubino, había empeorado. Estaba internado en la clínica desde hacía diez días con una infección que los antibióticos no terminaban de controlar. Clara hizo el bolso en veinte minutos y pasó el fin de semana entero allá, durmiendo en una silla al lado de su cama. Yo me quedé solo en el departamento por primera vez en meses.
El sábado por la noche abrí el cajón de su mesita de noche. Encontré uno de sus pañuelos doblado, todavía con su perfume adentro. Lo sostuve un momento y lo devolví donde estaba. No era eso lo que necesitaba. Era ella, y ella no estaba.
Busqué algún video para desahogarme. Encontré uno donde una mujer de su edad, pelo oscuro, mandaba al chico al suelo con una sola mirada. Acabé dos veces en menos de una hora y no me sentí mejor para nada.
El domingo por la noche llamó desde la clínica para avisar que la habían pasado a terapia intensiva y ya no la dejaban quedarse. Estuvo una semana yendo solo en horario de visita. Yo la veía llegar con los ojos apagados, moverse por la cocina como si los movimientos fueran automáticos. Le hablaba, le buscaba la mano, le rozaba el cuello con los labios. Ella se dejaba hacer pero no respondía como antes.
Dediqué esa semana al trabajo. En el taller de motos donde llevaba tres años, el dueño, don Armando, se alegró de que me quedara hasta tarde. Era mejor estar ocupado que volver al departamento vacío de su risa.
***El martes de la semana siguiente estaba con la cabeza metida en el motor de una Harley cuando escuché pasos sobre el cemento. Una voz que no reconocí dijo:
—¿Alguien va a atender mi moto o siguen haciéndose los dormidos?
Me asomé por debajo del chasis. Botas de cuero hasta la rodilla. Piernas largas que terminaban en una falda entallada color burdeos. Me incorporé despacio. La dueña de esas piernas tenía unos cuarenta y pico bien llevados, pelo rubio recogido con descuido, y una sonrisa que decía que sabía exactamente el efecto que causaba.
—¿Te gustó lo que viste ahí abajo? —preguntó, sin fingir que no se había dado cuenta.
—Bastante —admití, sin pensar demasiado.
—Si me la dejás lista esta tarde, te enseño más. ¿Trato?
Se llamaba Sandra. Hablé con don Armando, me autorizó a cerrar el taller esa noche. Terminé el trabajo media hora antes de lo calculado. Aproveché para lavarme en el baño del fondo y estaba secándome el torso cuando sonó el timbre de la persiana metálica.
Abrí sin recordar que seguía con la camiseta en la mano. Ella entró, me miró de arriba abajo, y se rio.
—Buena bienvenida. ¿Así recibís a todas las clientas?
La llevé a la oficina del fondo, donde había un sillón de cuero oscuro. Ella puso música en el teléfono, algo lento y percusivo, y empezó a moverse. Sabía exactamente lo que hacía: nada era torpe, nada era exagerado. Se quitó la chaqueta, después la blusa, y cuando solo le quedó la ropa interior, yo ya no podía disimular nada. Tenía las tetas semicaídas pero bonitas, la cintura marcada, las caderas generosas. Una mujer hecha y derecha.
—Sácate la ropa —dijo—. No es justo que solo yo muestre.
Me quité todo salvo el bóxer. Ella subió al sillón de rodillas, metió la mano por el elástico, me tomó despacio. Con la lengua trabajó el glande con una paciencia que me sacó de eje. Después de un rato la agarré por la cintura, la di vuelta, le saqué la tanga de un tirón. Abrió las piernas sin que yo pidiera nada.
Hice con ella todo lo que había visto en videos y lo que había imaginado hacer con Clara: me tomé el tiempo que no sabía que tenía, busqué cada reacción de su cuerpo, aprendí que hay que escuchar antes de avanzar. Cuando estuvo cerca me lo dijo sin rodeos:
—Cógeme ya. Quiero sentirte adentro.
La puse en cuatro, entré de golpe, y los dos soltamos el aire al mismo tiempo. Fue breve, intenso y limpio. Cuando terminé adentro de ella me quedé sin fuerza en las piernas un momento entero.
Mientras se vestía, dijo:
—Estuviste bien para ser la primera vez.
—¿Se notó tanto?
—Un poco. Me llamaste por otro nombre en un momento dado.
—Ah. Es una actriz que me gusta.
Se fue sin dejar número. Yo cerré el taller y caminé hasta casa sintiéndome distinto. Más tranquilo. Más seguro. Como si algo que estaba apretado dentro se hubiera aflojado un poco.
***Esa calma duró lo que duró.
Una mañana, mientras Clara hacía el desayuno, sonó su teléfono. Escuché el tono de voz antes que las palabras: ese tono plano que solo aparece cuando la noticia es definitiva. Ricardo había muerto durante la noche. No había familia que avisar. Ella eligió la cremación. En menos de veinticuatro horas, todo había terminado.
Se encerró en su cuarto.
Los primeros días la dejé estar. Le llevaba la comida, le cambiaba las sábanas cuando ella estaba en el baño, le ponía la taza de té en la mesita sin hacer ruido. Ella me miraba con algo parecido a la gratitud y algo parecido al vacío, y volvía a darse vuelta hacia la pared.
—Tenés que comer algo más que eso —le dije una tarde.
—Estoy bien, Damián. Dejame —respondió, sin girarse.
No estaba bien. Y yo sabía lo que necesitaba, aunque me costara admitirlo.
Lo había visto antes, en los tiempos en que Ricardo volvía después de sus arrebatos. Ella aparecía a la mañana siguiente con el ojo hinchado y, sin embargo, con una energía diferente, casi liviana, como si algo se hubiera sacudido dentro. Yo lo odiaba a él con cada célula del cuerpo. Pero ahora entendía la mecánica: ella necesitaba que alguien tomara el control. Que alguien decidiera por ella cuando ella no podía. Y yo era el único que quedaba.
El domingo a las diez de la mañana entré a su cuarto sin llamar.
Estaba en la cama con una remera vieja que le llegaba a los muslos, la piel morena contrastando con la ropa interior blanca. Me paré al lado de la cama y la sacudí por el hombro.
—Clara. Levantate.
—Dejame —murmuró sin abrir los ojos.
—No. El duelo terminó. Vamos a desayunar.
—No seas malo, traémelo acá —dijo con esa voz de cuando me usaba el diminutivo de chico, esa voz que me hacía pequeño de nuevo.
—Soy Damián. Y no es una pregunta.
La tomé por los brazos y la senté. Se resistió, medio dormida todavía. Entonces, con el dolor que cuesta hacer algo necesario, le di una cachetada. No fuerte. Pero suficiente.
Quedó muda. Me miró por primera vez en días, los ojos abiertos de verdad.
Aproveché ese segundo. La tomé de la mano, la llevé al baño, abrí la ducha y la metí adentro con ropa y todo. El agua fría la terminó de despertar. Se acurrucó contra la pared de azulejos, llorando, con los brazos alrededor de las rodillas.
Me quité la ropa y entré.
La abracé por detrás bajo el chorro. Ella se tensó, pero no se movió. Le busqué la boca desde atrás, le di un beso en el cuello, después en el lóbulo de la oreja. Le hablé despacio, tan cerca que ella podía sentir el calor de mis palabras en la piel.
—No es por maldad. Es porque sos lo único que me importa. Y yo quiero ser tuyo.
Con una mano le acaricié el pecho por encima de la remera empapada. Con la otra busqué entre sus piernas, aparté la tela, entré con dos dedos. Ella seguía quieta, pero el cuerpo respondía solo. Moví el pulgar sobre el clítoris con la misma paciencia que había aprendido con Sandra, y sentí cómo las piernas de Clara se tensaban cuando llegó al orgasmo. Un temblor que le subió desde los tobillos hasta los hombros.
Apagué el agua. La sequé con la toalla grande. La llevé a la cama.
La deposité sobre las sábanas todavía húmeda, con el pelo pegado a la cara. Hizo ademán de cubrirse. Retiré la sábana sin apurarme.
Me detuve un momento a mirarla. No como se mira a una madre. Como se mira a una mujer que uno lleva meses deseando en silencio, que aparece en cada sueño que uno no se permite recordar de día.
Me arrodillé entre sus piernas y empecé desde el principio. La besé por dentro con toda la concentración que tenía. Le abrí los labios con la lengua, la exploré centímetro a centímetro, subí hasta el clítoris y lo tomé suave entre los labios. Ella puso la mano en mi cabeza. No para detenerme. Para aferrarme.
Un gemido salió de su garganta. Profundo, como si viniera de más adentro que la garganta, un sonido que no le había escuchado nunca y que reconocí de inmediato como algo que solo me pertenecía a mí.
—Por favor —susurró.
No supe si pedía que parara o que siguiera. Decidí que era lo segundo.
Me incorporé, me saqué el bóxer, y entré en ella despacio. Sus ojos se encontraron con los míos un segundo antes de cerrarse. Sentí cómo se abría para recibirme, cómo los músculos internos se ajustaban, cómo su respiración cambiaba de ritmo. Era diferente a todo lo anterior. Completamente diferente.
Empecé a moverme. Suave primero, controlado, aprendiendo. Después con más fuerza, cuando su cadera empezó a subir sola para encontrarse con cada empuje. Le tomé las piernas por detrás de las rodillas y las abrí más. Ella soltó un grito corto, de sorpresa y de algo más.
—Ahí —dijo, con la voz quebrada—. No pares.
No paré.
Me incliné y la besé mientras seguía moviéndome, con la lengua adentro de su boca sin pedir permiso. Ella me agarró de la nuca y me atrajo hacia ella, apretando. Sus caderas subían para encontrarse con cada golpe de las mías. Sentí que el orgasmo me llegaba desde la base de la columna, imparable, construyéndose desde adentro hacia afuera.
—Voy a acabar —dije, con los dientes apretados.
—Adentro. Quédate adentro. Quiero sentirte.
Esas palabras fueron el detonante. Con un último empuje me enterré hasta el fondo y dejé que el orgasmo me consumiera entero. Mi cuerpo se convulsionó mientras todo se derramaba adentro de ella.
Al mismo tiempo, Clara alcanzó el suyo. Más intenso que el anterior, más profundo, como si naciera no solo de su cuerpo sino de algún lugar más adentro que el cuerpo. Sus piernas se cerraron alrededor de mi cintura, manteniéndome firme mientras las contracciones sacudían su interior. Un grito que no intentó contener llenó el cuarto, un sonido tan crudo y tan real que me pareció el más honesto que le había escuchado en la vida.
Cuando las últimas pulsaciones se apagaron, me desplomé a su lado. Ella me pasó el brazo por encima y me acercó la cabeza a su hombro. Me peinó el pelo con los dedos, despacio, igual que hacía cuando yo era chico y tenía miedo de la oscuridad.
No dijimos nada durante un largo rato.
Después ella tomó aire, lento, y exhaló de a poco, como si soltara un peso que hubiera cargado durante semanas.
—Tengo hambre —dijo al fin, en voz muy baja.
—Yo hago el desayuno —respondí.
Y con eso fue suficiente. Clara y yo nos quedamos dormidos con la luz de la mañana entrando por la persiana, enredados el uno en el otro, sin nombre todavía para lo que éramos ahora, pero con algo que antes no existía entre nosotros: la certeza de que ninguno de los dos tenía que buscar nada más afuera.