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Relatos Ardientes

Mi hermana rompió la última frontera esa noche

Me acomodé en el sofá con el cuerpo todavía pesado, recuperando el aliento. Desde el otro extremo del salón, Claudia me miraba con esa sonrisa suya que yo conocía demasiado bien: la que usaba cuando sabía que estaba ganando algo. Sandra, mi mujer, seguía de rodillas en la alfombra, con el pelo pegado a la cara y los labios brillantes.

Llevábamos juntos los tres desde las once de la noche. Era casi la una de la mañana y yo seguía sin entender del todo cómo habíamos llegado hasta aquí, aunque tampoco me importaba demasiado entenderlo.

Sandra se quitó el sujetador y fue a sacarse la tanga cuando la detuve.

—Déjatela puesta —le dije—. Así estás mejor.

Ella sonrió y obedeció. Siempre había tenido esa capacidad: entregarse por completo cuando el momento era el correcto. Seis años casados y aún me sorprendía.

Claudia se instaló en el sillón de la esquina con las piernas abiertas y llamó a mi mujer con un gesto. Sandra fue hacia ella a gatas, con ese culo redondo y firme apuntándome desde la mesa ratona. La tanga blanca, ya marcada por la humedad, dejaba ver la forma exacta de lo que cubría. Me quedé mirando sin moverme.

Mi hermana le agarró el pelo con suavidad y la guió hacia donde quería. Cerró los ojos un momento, exhaló despacio, y volvió a mirarme.

—En mi bolso hay algunas cosas —dijo—. Cerca de la puerta.

Me levanté sin preguntar. El bolso era negro, de cuero, y dentro encontré un vibrador pequeño con forma de huevo y un dildo de silicona de tamaño considerable. Los saqué los dos y dejé dentro un bote de lubricante que no iba a hacer falta.

—¿Por cuál empezamos? —pregunté, levantándolos frente a ella.

—El huevo es mío —dijo Claudia—. La otra cosa es tuya.

Siguió acariciando el pelo de Sandra mientras me daba instrucciones con esa calma que siempre había tenido, como si todo ya estuviera decidido de antemano. Era algo que me había fascinado de ella desde siempre y que nunca le había dicho.

—Dile a tu mujer que se ponga boca arriba en la mesa —dijo—. Rodillas flexionadas, bien abierta.

Sandra obedeció antes de que yo abriera la boca. Se tumbó sobre la madera lacada con los brazos a los lados del cuerpo y las rodillas separadas. La luz del salón le caía directa encima, sin misericordia.

Claudia tomó el huevo vibrador, lo mojó con la boca, y lo encendió. El zumbido era suave pero constante. Me miró con una expresión que no había visto en ella hasta esa noche, algo entre provocación y concentración.

—Ahora vas a ver cómo se excita de verdad tu mujer.

Apoyó el vibrador sobre la tela de la tanga, justo en el punto exacto. Sandra soltó un sonido corto y apretó los puños contra la madera. Sus caderas empezaron a moverse solas, buscando más contacto, y en cuestión de minutos la mancha húmeda en la ropa interior se volvió evidente para todos.

—Así —dijo Claudia en voz baja, como si le hablara solo a Sandra—. Así es como quiero verte.

Me acerqué. Sandra tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta, el pecho subiendo y bajando con rapidez. La punta del dildo de silicona seguía en mi mano. Esperaba sin saber exactamente qué esperaba.

Claudia apartó el vibrador, le pidió a Sandra que se pusiera en cuatro, y se colocó frente a mí. Guardó el huevo y me apuntó con la barbilla hacia mi mujer.

—Ahora te toca a ti divertirte un poco.

Sandra tenía el culo en alto, la tanga hundida entre las nalgas, las rodillas apoyadas sobre la madera. Me arrodillé detrás de ella. Corrí el triángulo de tela hacia un lado y apoyé la punta del dildo en su entrada.

—Mételo —me pidió Sandra con la voz ya distorsionada—. Todo. No me importa si duele al principio.

Empecé despacio. Lo deslicé con cuidado, con pausa, mirando cómo Sandra bajaba la cabeza y apretaba los dientes sin quejarse. Claudia seguía de pie frente a mí. Me miraba trabajar con una expresión que no era exactamente lujuria pero tampoco era neutralidad. Era algo más complicado, algo que yo reconocía pero que no sabía nombrar todavía.

Sandra empezó a pedir más en voz alta. Claudia se agachó y le habló al oído, cosas que yo no alcanzaba a escuchar, y mi mujer respondía con gemidos cortos que eran casi preguntas. El sonido llenaba el salón.

Hasta que Sandra giró la cabeza y me miró directamente, con los ojos húmedos y la mandíbula tensa.

—Quiero que me lo metas tú también —dijo—. Al mismo tiempo. Atrás el de goma, adelante tú.

Tres meses antes habría dicho que eso era imposible. Esa noche ya no pensaba en términos de posible o imposible.

Claudia se acercó sin que nadie se lo pidiera y tomó el dildo por la base. Yo me ubiqué detrás de Sandra y encontré su entrada con facilidad, húmeda y cálida. Mientras yo empujaba hacia adentro, Claudia sacaba y metía el otro objeto con un ritmo diferente, casi opuesto al mío. El efecto era difícil de describir desde mi posición; desde la de Sandra, imagino que era demasiado para procesar de golpe.

Sandra se quedó sin palabras. Solo sonidos.

Claudia lo manejaba todo con una precisión que yo no tenía. En algún momento levantó la mirada hacia mí y nuestras frentes casi se tocaron. Olía a vino tinto y a algo más dulce que no supe identificar. Me sostuvo la mirada sin parpadear.

—¿Cuánto tiempo llevas sin mirarme? —preguntó en voz muy baja. Solo para mí.

No respondí. No sabía qué responder.

Mucho tiempo. Demasiado. Desde que éramos adolescentes y yo me había convencido de que mirarla así era una cosa que tenía que enterrar y no volver a desenterrar jamás.

Sandra llegó al clímax con un grito ahogado que vibró en las paredes del salón. Se desplomó sobre la mesa y quedó inmóvil, solo respirando, los dedos abiertos contra la madera. Claudia sacó el dildo con cuidado y lo apoyó a un lado. Después ayudó a mi mujer a tumbarse en el sofá, le tapó las piernas con una manta que había en el respaldo, y se quedó mirándola un segundo.

—Ha sido una noche —murmuró Sandra desde el sofá, con los ojos ya casi cerrados—. La mejor de mi vida, probablemente.

Claudia sonrió. Luego se giró hacia mí.

***

Nos quedamos solos en el centro del salón. Ella llevaba puesto un vestido de tirantes que se había ido descolocando durante la noche. Tenía el pelo suelto sobre los hombros, los labios ligeramente hinchados, y me miraba con una calma que no era frialdad sino todo lo contrario: era la calma de alguien que ha tomado una decisión y ya no tiene miedo de ella.

—Hay algo que nunca te he dicho —empezó.

—Lo sé —respondí.

Ella frunció el ceño un momento.

—¿Lo sabes?

—No sé qué es exactamente. Pero sé que existe.

Se acercó despacio. Se sentó a mi lado en el suelo, con las rodillas recogidas contra el pecho, y me miró de lado. El salón estaba en silencio salvo por la respiración profunda de Sandra al otro extremo.

—Todo lo de esta noche con tu mujer fue real —dijo—. No lo finjo. Pero no es lo que vine a buscar cuando llegué aquí esta noche.

Esperé.

—Yo vine por ti —dijo—. Llevo años sin decirlo porque me parecía una locura y porque siempre supuse que me ibas a mirar como si estuviera enferma o como si no te importara.

Tendría que haber dicho algo inteligente en ese momento. No lo hice.

—Cuando éramos chicos —dije—, yo también te miraba. Me daba vergüenza y lo empujaba hacia abajo todo lo que podía. Pero estaba ahí. No me fui de casa a los diecinueve solo por buscar trabajo.

Claudia exhaló despacio, como si hubiera estado aguantando eso en el pecho durante mucho tiempo y el aire que soltaba tuviera peso propio.

—¿Y ahora? —preguntó.

—Ahora también.

Se levantó sin decir nada más y me extendió la mano. La tomé. Me llevó hacia el sillón grande, el de la esquina, donde había más espacio. Se sentó a horcajadas sobre mí, las rodillas apoyadas en los cojines a ambos lados, las manos en mis hombros. No había urgencia en ninguno de sus movimientos. Era todo lo contrario a lo que había pasado antes en esa misma habitación.

Me besó despacio. Sin prisa. Con una concentración que me resultó completamente nueva viniendo de ella, como si quisiera registrar cada detalle de algo que no quería olvidar.

Sentí cómo sus dedos me encontraban y me colocaban en su entrada. Bajó poco a poco, tomándose el tiempo que necesitaba, respirando junto a mí con los labios entreabiertos.

Cuando estuvo completamente abajo, se quedó quieta.

—No te muevas todavía —murmuró contra mi cuello.

Así estuvimos un rato. Ella me abrazaba con las piernas y respiraba despacio. Yo tenía las manos en su espalda y la sentía latir desde adentro, cálida y real. El salón era el mismo de siempre, los mismos muebles de siempre, la misma ciudad afuera de las ventanas. Pero todo se había reordenado de alguna manera que yo no sabría explicar.

Era real. Todo era perfectamente, irrevocablemente real.

Cuando empezó a moverse fue con un ritmo lento y constante, casi hipnótico. No el movimiento de entrada y salida sino ese otro, circular, donde no había casi separación entre los dos pero sí fricción, calor, presión exactamente donde hacía falta. Me acercó una de sus manos a la cara y me la apoyó en la mejilla con una suavidad que me costó procesar.

—Mírame —dijo.

La miré.

Fue lo único que me pidió en todo el tiempo que duró. Que la mirara. Y yo lo hice sin apartar los ojos ni un segundo, porque era lo único que tenía sentido hacer en ese momento.

El ritmo fue aumentando poco a poco, sin saltos, sin cambios bruscos, como algo que crecía desde adentro en lugar de imponerse desde afuera. Claudia cerró los ojos y apoyó la frente contra la mía. Su respiración se había cortado. Sus dedos me apretaban los hombros con fuerza y sentí sus uñas marcar la piel.

—Juntos —dijo—. Quiero que sea a la vez.

Apoyé las manos en su cintura y empujé hacia arriba mientras ella bajaba contra mí. Los siguientes segundos fueron todo al mismo tiempo: su voz, su calor, su peso encima de mí, mi propio cuerpo respondiendo antes de que yo se lo ordenara.

Acabamos con los cuerpos pegados, sin separarnos, sin hacer ruido. Solo ese temblor compartido que duró más de lo que esperaba y que me dejó sin capacidad de pensar en nada más.

Después Claudia se quedó sentada sobre mí, apoyando su peso entero, con los brazos alrededor de mi cuello y la mejilla contra mi sien.

—Gracias —dijo en voz muy baja.

—¿Por qué? —pregunté.

—Por no asustarte.

Yo también había tenido miedo. Todavía lo tenía, honestamente. Pero había cosas que valían más que el miedo, y eso era algo que a los treinta y cuatro años uno ya debería saber.

Desde el sofá, Sandra dormía. La manta le cubría hasta los hombros y respiraba de forma regular y profunda, ajena a todo.

Claudia miró hacia allá un momento, con una expresión que era difícil de leer, y luego volvió a mirarme a mí.

—¿Cómo seguimos a partir de aquí? —preguntó.

—No lo sé todavía.

Asintió despacio.

—Tampoco yo.

Pero en esa respuesta no había angustia ni arrepentimiento. Solo la certeza tranquila de que había cosas que ya no se podían deshacer, y que tampoco había ninguna razón real para querer deshacerlas.

Me quedé un rato más con ella en el sillón, en silencio, con las luces bajas y la ciudad durmiendo afuera. Pensé que si alguien nos hubiera visto desde la ventana habría visto simplemente a dos personas abrazadas. No habría podido adivinar todo lo que había pasado antes, ni todo lo que estábamos dejando sin resolver, ni el peso exacto de ese silencio entre los dos.

Somos una familia complicada. Siempre lo fuimos. Esa noche solo habíamos dejado de fingir que no lo éramos.

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Comentarios (6)

MarceloRdz

Increible. De las cosas mejor escritas que he leido en esta categoria. Tremendo final

JuanCruz_BA

Por favor necesito la segunda parte!!! No puede quedarse ahi, quede con muchisimas ganas de saber como sigue

Lorena_cba

Esa tension que describe entre ellos se siente muy real. Se nota que quien escribe entiende lo que es cargar con algo que no se puede decir por mucho tiempo. Muy bueno

LucianoR_85

Lo lei de un tiron, no podia soltar el celular. Muy bien logrado todo, especialmente la parte emocional. Saludos desde cordoba

PatricioLect

Bien manejada la psicologia de los personajes. No es facil escribir este tipo de relatos sin caer en lo burdo y aca todo esta muy bien equilibrado

DiegoNqn

buenisimo!!! sigue asi

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