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Relatos Ardientes

La visita de mi prima y la noche en la mazmorra

La llegada de Valeria, mi prima de Guadalajara, fue el detonante de todo. Tres días antes, mi hermano Marcos y yo ya la habíamos iniciado en nuestros juegos, y ese primer encuentro nos dejó a los tres con hambre de más. Esa misma tarde, después de cenar, cuando mis padres se habían retirado al salón y la casa olía todavía a comida, propuse lo que llevaba rumiando desde que abrí los ojos esa mañana.

—¿Repetimos? —pregunté mirando a Marcos.

Él asintió sin dudarlo. El problema era obvio: mis padres estaban en casa y no había forma de despistarlos.

—Vamos a casa de Diego —dije—. Mi novio tiene una mazmorra en el sótano y creo que vosotros dos os vais a llevar muy bien.

Valeria me miró fijo, con esa expresión suya que mezcla sorpresa y curiosidad a partes iguales.

—¿Tu novio sabe que vendremos con tu hermano?

—Ahora mismo lo llamo.

Diego cogió el teléfono al segundo tono. Le conté lo que tenía en mente con la voz baja y él respondió sin dudar. Me conoce demasiado bien como para hacerse el difícil cuando le propongo algo así.

—¿Y tú estás bien con esto? —le preguntó Valeria a Marcos, con un gesto vago que quería decir: ¿con que otro hombre esté presente?

—Mientras sea para follaros a las dos —respondió mi hermano con esa calma suya que esconde un fuego permanente—, no hay problema ninguno.

Valeria se mordió el labio. Su respiración se había vuelto más corta.

Tomamos el coche de mi madre. Yo manejé. La ciudad brillaba afuera mientras Valeria miraba por la ventana con esa sonrisa a medio formar que tiene cuando algo la pone nerviosa y excitada al mismo tiempo. Marcos iba en el asiento de atrás, en silencio, con los brazos cruzados y una expresión que yo conocía demasiado bien.

***

Diego abrió la puerta descalzo, en camiseta y pantalón de algodón. Cuando vio a Valeria se le iluminaron los ojos de una manera que me resultó enormemente satisfactoria. Sin protocolo ninguno, la tomó por la nuca y la besó en la boca. Ella tardó medio segundo en responder, pero cuando lo hizo fue con todo. Sus manos buscaron el cinturón de Diego casi sin mirar.

—Tu novio no pierde tiempo —murmuró ella cuando se separaron, con la respiración agitada.

—Nunca —confirmé yo.

Diego deslizó una mano bajo la falda de Valeria. Ella contuvo el aliento de golpe.

—Ya estás mojada —dijo él, sin que sonara a pregunta.

—Llevo así desde el coche —admitió ella, mirándolo a los ojos con descaro.

Yo me colé entre los dos por detrás, le rodeé la cintura con los brazos y le tomé los pechos entre las manos. Diego aprovechó el momento para meter los dedos. Valeria se arqueó hacia atrás, la cabeza cayéndole sobre mi hombro, un gemido largo escapando de su garganta. Marcos observaba desde el pasillo con los brazos cruzados y una sonrisa que no llegaba a ser del todo inocente.

—¿Bajamos? —propuse.

—Bajamos —dijo Diego.

***

La mazmorra de Diego es un sótano que ha ido equipando con paciencia durante años. Paredes de piedra, luz tenue, olor a cuero curtido y madera vieja. La primera vez que bajé ahí me quedé literalmente sin palabras. Ahora lo considero mi lugar favorito del mundo.

Valeria se detuvo en el umbral y lo recorrió todo con los ojos: la cruz de madera en la pared del fondo, el potro en el centro de la sala, las argollas en el techo, los ganchos con correas de cuero ordenadas por tamaño. Se esforzaba en disimular lo impresionada que estaba, pero le fallaba la respiración.

—¿Por dónde empezamos? —preguntó Diego.

Ella señaló la cruz con un gesto casual, como si no le importara demasiado.

—¿Eso para qué sirve?

—Sabes perfectamente para qué sirve —le dije, riéndome.

Diego y Marcos no perdieron tiempo. La colocaron frente a la estructura, le levantaron los brazos y le aseguraron las muñecas con las correas de cuero gruesas. Luego se pusieron en cuclillas, uno a cada lado, y le abrieron las piernas. Le bajaron la falda y las bragas de un solo tirón. Le aseguraron los tobillos a los montantes inferiores.

Valeria quedó completamente expuesta, abierta, sin poder moverse. Y por la forma en que respiraba, estaba disfrutándolo de una manera que iba más allá de lo que había anticipado.

Diego se puso de pie y le pasó una mano por las nalgas con detenimiento, estudiándola.

—¿Ya te la había follado por aquí tu primo? —preguntó, mirando a Marcos con una ceja levantada.

—Esta tarde —confirmó mi hermano, con la sonrisa de quien lo sabe todo.

—Buen trabajo —dijo Diego, y sin más preámbulo sacó su polla por el pantalón y se colocó detrás de ella.

Valeria soltó un sonido entre gemido y risa ahogada cuando la penetró de golpe, y luego el sonido se convirtió en algo mucho más serio cuando Diego empezó a moverse.

—Eres más grande que tu primo —jadeó ella.

—¿Es un problema?

—Al contrario.

***

Me senté en el banco frente a ellos. Marcos se desnudó a mi lado y yo le aparté la ropa interior con las manos mientras observaba cómo Diego follaba a mi prima contra la cruz. Tenía una forma de moverse que yo conocía de memoria, pero verlo con otra persona me encendía de una manera diferente. Más intensa. Más sucia.

Valeria gemía sin control. Cada embestida la sacudía entera y tiraba de las correas con fuerza, con los nudillos blancos. De vez en cuando giraba la cabeza hacia mí y me miraba con los ojos perdidos, la boca abierta, pidiéndome no sé qué exactamente.

Diego salió de ella y le cedió el turno a Marcos.

Mi hermano no esperó. Se colocó detrás de Valeria y la penetró con un solo movimiento. Ella soltó un grito corto, seco, seguido de un gemido que fue creciendo. El sonido de sus caderas chocando contra el culo de nuestra prima llenó el sótano.

—Esta tarde no me follabas así —dijo ella entre jadeos, con la mejilla pegada a la madera.

—Esta tarde fue el calentamiento —respondió Marcos, sin reducir el ritmo.

Me levanté del banco. Me quité el vestido por la cabeza y me quedé solo con la ropa interior empapada. Me acerqué por delante de Valeria y le tomé la cara entre mis manos.

—Mírame —le pedí.

Me miró. Sus ojos eran puro caos: vidriosos, brillantes, completamente perdidos.

La besé con fuerza, tragándome sus gemidos cada vez que Marcos empujaba hasta el fondo. Con una mano le pellizqué un pezón con saña. Con la otra bajé hasta su clítoris y empecé a frotarlo en círculos lentos, luego más rápidos.

Valeria se estremeció de pies a cabeza.

Detrás de mí, Diego me bajó la ropa interior de un tirón y metió los dedos sin avisar.

—Igual de mojada que ella —me gruñó al oído.

—Más —dije yo, y era verdad.

***

Valeria se corrió atada a la cruz mientras yo le frotaba el clítoris y Marcos la follaba por detrás. No fue un orgasmo discreto ni contenido. Fue un temblor que le recorrió el cuerpo entero, tensando las correas hasta el límite, arrancándole un grito largo y ronco que rebotó en las paredes de piedra. Siguió convulsionando varios segundos, el coño apretando a Marcos con fuerza, hasta que su cuerpo cedió y se quedó colgando de los amarres, jadeando.

Marcos salió. Valeria quedó suspendida, con el pelo pegado a la cara y un hilo brillante en la comisura de los labios.

Diego se colocó detrás de ella y le acarició las nalgas con las dos manos.

—¿El culo también? —preguntó.

—Si te atreves —dijo ella, con la voz todavía rota.

Diego escupió sobre su glande y presionó despacio contra su ano. Valeria se tensó, luego soltó el aire lentamente, luego se relajó. Diego avanzó centímetro a centímetro, sin apresurarse, hasta que estuvo dentro del todo. Ella pidió más con la voz entrecortada. Diego la sodomizó contra la cruz con un ritmo lento al principio, luego más profundo, más rápido, hasta que los gemidos de Valeria se convirtieron en exigencias.

Mientras tanto, Marcos se colocó frente a mí. Yo me arrodillé y lo tomé en la boca. El sonido de Valeria a mi espalda, los gemidos de mi hermano sobre mi cabeza, el olor a cuero y a sexo mezclados en el aire del sótano. Era demasiado y no era suficiente.

***

Después de que me desataran a mí —que también terminé en la cruz, aunque el relato de esta noche le pertenece a Valeria— subimos las dos al baño de la planta de arriba. Nos sentamos una frente a la otra. El espejo nos devolvía dos caras enrojecidas, pelo revuelto, pintalabios corrido.

—¿Cuánto tiempo me queda aquí? —preguntó Valeria, mirándose sin mirarse.

—Tres semanas.

Asintió despacio, con esa sonrisa suya que no promete nada bueno en el mejor sentido.

—Quiero que me follen los dos a la vez —dijo—. Los dos al mismo tiempo, por las dos entradas.

—Estaba pensando exactamente lo mismo —dije.

Nos lavamos la cara. Nos dimos un beso largo frente al espejo. Bajamos.

***

Valeria se lo propuso sin rodeos en cuanto pusimos el pie en el sótano.

—Doble penetración. Primero yo, luego mi prima.

Diego y Marcos se miraron. Luego sonrieron de una manera que no auguraba nada suave.

Marcos se recostó en el sofá de cuero con las piernas abiertas y la polla dura. Valeria se subió encima a horcajadas, tomó su polla con la mano y la guio hasta la entrada. Se fue bajando despacio, con los ojos cerrados y los dientes apretados, hasta que lo tuvo dentro del todo. Soltó el aire lentamente.

Diego se colocó detrás de ella. Escupió. Presionó. Entró centímetro a centímetro mientras Valeria contenía la respiración con los ojos muy abiertos y fijos en algún punto del techo.

Cuando los dos estuvieron dentro, nadie se movió durante unos segundos. El único sonido era la respiración de Valeria, lenta y forzada, aprendiendo a acomodar esa presión doble.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Cállate —dijo ella—. Necesito un momento.

El momento duró quizás diez segundos. Luego los tres empezaron a moverse.

***

La cara de Valeria era imposible de describir. Una mezcla de concentración absoluta y abandono total, como si su cuerpo se estuviera resolviendo a sí mismo un problema que nunca había tenido que resolver. Tenía los ojos entrecerrados, la boca abierta en un gemido constante que no terminaba nunca. Cada vez que Marcos empujaba desde abajo y Diego entraba desde atrás al mismo tiempo, un sonido gutural escapaba de su garganta que no parecía del todo humano.

—Las siento rozarse dentro de mí —jadeó, sin dirigirse a nadie en particular.

Yo los miraba desde el suelo, con una mano entre las piernas, sin poder hacer otra cosa. Ver a mi prima así, con el cuerpo atrapado entre los dos, temblando con cada embestida, era una de las cosas más excitantes que había visto en mi vida.

Las caderas de Valeria empezaron a moverse por cuenta propia, buscando el ángulo, encontrando el ritmo. Sus dedos se clavaron en los hombros de Marcos dejando marcas. La espalda se arqueó de forma exagerada.

Cuando se corrió fue con todo. Un grito que empezó grave y subió hasta un agudo largo y sostenido, los muslos sacudiéndose de forma incontrolable contra las caderas de Marcos, el torso inclinado hacia adelante hasta que su frente tocó el pecho de mi hermano. Siguió moviéndose después del orgasmo, con pequeños espasmos que no terminaban, hasta que Diego le tomó las caderas con ambas manos y la sujetó quieta.

Incluso así, quieta y sujeta, los espasmos continuaban recorriéndola.

***

Me llegó el turno.

Marcos seguía recostado. Me coloqué encima de él mirándolo a los ojos. Bajé despacio. Diego se colocó detrás de mí.

Lo que vino después fue lo más intenso que recuerdo. No voy a entrar en todos los detalles porque el relato es de Valeria. Solo diré que tuve tres orgasmos, que Diego se corrió dentro de mí en el tercero, y que el sonido que hice en ese momento fue completamente involuntario y bastante vergonzoso, según me contó Valeria después mientras se reía.

***

Cuando todo terminó, los cuatro nos quedamos tirados en el sofá y en el suelo, sudorosos y en silencio. Las luces tenues del sótano proyectaban sombras largas sobre las paredes de piedra. Nadie tenía energía para hablar.

Valeria fue la primera en moverse. Se incorporó sobre un codo y nos miró a los tres con esa expresión suya de quien acaba de descubrir algo sobre sí misma que cambia las cosas.

—¿Cuántas veces podemos repetir esto antes de que me vaya? —preguntó, con la voz todavía ronca.

—Tantas como quieras —dijo Diego desde el suelo, con los ojos cerrados y una sonrisa satisfecha.

Marcos le lanzó una almohada sin mirar.

—Bienvenida a la familia —dije yo.

Valeria se rio. Fue una risa larga, cansada y completamente feliz. Luego se recostó de nuevo mirando el techo, y yo la observé en silencio, pensando en las tres semanas que le quedaban y en todo lo que todavía no habíamos probado.

Íbamos a aprovecharlas bien. De eso no tenía ninguna duda.

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Comentarios (6)

DiegoR

Increible relato, me dejo sin palabras. Sigue subiendo mas asi!!

noche_cba

La tension que se siente al principio es brutal. Muy bien escrito.

Ferchu_rba

jaja la parte del sotano me mato, no me lo esperaba para nada

ValentinaS

Que morboso, me encanto. Por favor continua la historia, quede con ganas de saber que paso despues

MiguelStgo

Buenisimo. Se nota que sabes como mantener la tension a lo largo del relato, sin apurarte.

CuriosaNocturna

Me recordo a una situacion parecida con unos primos en el verano jaja... nada tan extremo claro. Muy bueno!

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