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Relatos Ardientes

Lo que mi hermana y mi mujer tenían planeado

Las últimas semanas habían convertido mi vida en un equilibrio imposible. Por un lado, Natalia, mi hermana, con quien llevaba meses compartiendo algo que ninguno de los dos sabía cómo llamar. Nos veíamos dos o tres veces por semana: en casa de mi madre con cualquier excusa, y después los dos solos buscando el momento. Cenas en bares tranquilos, paseos que terminaban en algún hotel del centro. Nada dramático desde afuera. Nada que pareciera lo que era.

Con Romina, mi mujer, las cosas habían tomado otro camino. Después de aquella mañana de locura que habíamos tenido semanas atrás —un momento de exceso y de límites cruzados que no habíamos vuelto a mencionar—, entre nosotros se había instalado una calma que era más pausa que paz. Ella no preguntaba. Yo no explicaba. Y así íbamos, cada uno cargando su parte en silencio.

Esa tarde llegué antes de lo habitual. La puerta del departamento estaba sin llave. Desde el pasillo escuché risas, ese tipo de risas que tienen las mujeres cuando están cómodas entre ellas, sin hombres cerca. Me detuve un momento antes de subir. Hacía tiempo que Natalia y Romina no pasaban tiempo juntas.

Las encontré en el cuarto. Las dos en ropa interior, sentadas en la cama, hablando. Pero algo no encajaba. Tardé unos segundos en entenderlo: se habían cambiado la ropa interior entre ellas.

Natalia llevaba lo que reconocí como una musculosa gastada de Romina, demasiado estirada, que cedía en los costados y dejaba asomar el nacimiento de sus pechos grandes. Abajo, una bombacha clásica bien ceñida que le marcaba las caderas. Sin embargo, en el cuerpo de mi hermana todo parecía cargado de algo diferente. Más tenso. Más deliberado.

Romina, en cambio, traía puesto el conjunto de encaje negro que yo le había regalado a Natalia meses atrás. El sostén de aro transparente no disimulaba nada: sus pezones se veían perfectamente a través del encaje fino. La tanga de hilo se perdía en su cintura y marcaba sus curvas con una precisión que no era casualidad. Mi mujer rara vez se ponía esa clase de ropa en casa.

Me quedé en el umbral, apoyado en el marco de la puerta.

—No sé cuál es cuál —dije—. Voy a tener que revisar bien a las dos para poder distinguirlas.

Fue Romina la que habló primero.

—Cuando éramos chicas hacíamos esto. Intercambiarnos la ropa. Era una forma de jugar a ser la otra.

—Y ella —dijo Natalia señalando a mi mujer— se quedaba oliendo mi ropa antes de ponérsela. Como si con eso pudiera meterse en mi piel.

—Mentira —respondió Romina, aunque se estaba riendo—. Bueno. Puede que una vez.

—¿Una vez?

—Está bien. Más de una vez.

—¿Y yo podría participar de esa tradición? —pregunté.

Las dos se levantaron casi al mismo tiempo. Se acercaron con una coordinación que no podía ser improvisada. Una delante, otra detrás. Empezaron a sacarme la ropa con calma, sin ningún apuro, como si llevaran tiempo pensando en ese momento y querían que durara. La camisa primero, luego el cinturón. Romina me desabrochó el pantalón mientras Natalia me quitaba los zapatos. Cuando llegaron al bóxer, lo bajaron juntas y lo dejaron caer al suelo.

No había forma de disimular lo que ya estaba pasando. Me quedé parado entre las dos, con la sangre golpeándome en las sienes y en otro lugar que no necesitaba descripción.

Natalia se arrodilló primero. Me tomó con la mano, me miró un segundo, y después no hubo más contemplación. Me la chupó con urgencia, con ese tipo de hambre que no deja lugar para la delicadeza. Cada vez que bajaba la cabeza, el mundo se reducía a ese único punto.

Romina me rodeó por detrás. Pegó su cuerpo al mío, pasó las manos por mi pecho y fue bajando hasta encontrarse con lo que ya tenía la boca de mi hermana. Me sostuvo con los dedos, tiró hacia atrás la piel con firmeza, y dejó el glande expuesto justo frente a la cara de Natalia, que lo recibió sin dudar.

—Esta noche —me susurró Romina al oído— a tu hermana la vamos a tratar como si fuera yo. Y a mí me vas a dar todo lo que le diste a ella la última vez.

La frase no tenía doble interpretación posible. Sabía. O por lo menos intuía lo suficiente. No dije nada. La besé en la comisura de la boca y decidí seguir adelante. Primero porque quería hacerlo. Segundo porque no salía de mi asombro ante la situación que ellas solas habían construido sin contarme nada.

Natalia trabajaba con la lengua sin detenerse. Subía despacio por el tronco, se detenía en la base del glande, volvía a bajar. Había algo casi ceremonial en ese movimiento, una concentración que me hacía difícil mantener los pies firmes en el suelo.

Fue Romina quien cambió el ritmo. Le tomó la cabeza a mi hermana con las dos manos y empezó a empujársela hacia adelante. Sin violencia, pero sin preguntarle tampoco. Natalia intentó retroceder un par de veces pero no la dejó. Se escuchaba cómo tragaba, cómo buscaba el aire. Romina no soltaba.

Después las dos me llevaron a la cama. Romina acostó a Natalia boca arriba y se puso sobre ella. La besó en el cuello, en la clavícula, fue bajando hasta que le soltó el sostén y se lo sacó. Natalia se dejaba hacer con los ojos entrecerrados y los labios separados. Cuando Romina le abrió las piernas con las manos y bajó la cabeza entre ellas, mi hermana soltó un sonido que no era de sorpresa sino de reconocimiento, como si ya supiera exactamente lo que iba a pasar.

Romina la lamía con paciencia y precisión. Se escuchaba con claridad en el silencio del cuarto. Natalia tenía una mano apoyada en la cabeza de mi mujer y con la otra me hizo señas para que me acercara. Me arrodillé junto a la cama. Me tomó y empezó otra vez, pero desde un ángulo diferente, con la cabeza inclinada hacia atrás y los labios bien apretados alrededor.

En un momento, Natalia me retiró con la mano. Nos miró a los dos.

—Quiero que me penetren los dos al mismo tiempo.

Romina fue al cajón de la mesita de noche. Sacó el arnés que yo ya conocía, con el dildo de goma oscura, y se lo puso. Se lo ofreció a Natalia para que lo preparara primero. Mi hermana lo tomó con la boca sin dudar un instante, lo chupó con decisión, y la baba resbalaba en hilos por el plástico y caía sobre mi pecho porque yo ya estaba acostado debajo, con Natalia preparándose para ponerse encima.

Me metió dentro de ella sola, con un movimiento de cadera preciso. Entró sin resistencia. Estaba completamente empapada, caliente, y se acomodó buscando la profundidad. Se inclinó hacia adelante para dejarle espacio a Romina, que ya estaba detrás con el arnés puesto y el dildo apuntando.

—Mojalo bien —le dijo Romina—. Que te entre más fácil.

Natalia lo chupó otra vez. Romina dejó caer un hilo de saliva sobre la raja de mi hermana y lo esparció despacio con el pulgar, sin apuro.

La entrada fue lenta. Romina no forzó pero tampoco retrocedió. Con firmeza constante, sin pausas. Vi en la cara de Natalia cómo el dolor y el placer se mezclaban sin que ninguno terminara de ganar.

—No pares —dijo ella con la voz tensa—. Abrí todo. Más adentro. Seguí.

—Sos una bestia —le dijo Romina—. Nunca te vi así.

—No pares. Quiero sentir todo.

—Sentí como te abro y llegás muy hondo.

—Estoy completamente llena. Me voy a correr. No paren. Quiero sentirlos a los dos cuando pase.

Los tres nos movíamos sin que nadie tuviera que decirle nada al otro. Cada uno buscando su propio ritmo y encontrando el de los demás. Yo sentía el dildo a través de la pared que nos separaba, un peso que se trasladaba en cada empuje de Romina y llegaba hasta mí como una presión profunda que me costaba procesar sin perder el control.

Natalia gemía sin parar. Tenía la frente apoyada en mi hombro y los dientes apretados. Cada vez que Romina empujaba, ella empujaba hacia atrás para encontrarla. Sus movimientos se volvieron más cortos, más urgentes.

Sentí cómo se tensaba sobre mí, cómo los músculos de su interior se apretaban en oleadas. No aguanté. Me vacié dentro de ella mientras ella terminaba, y cada contracción de su cuerpo me exprimía hasta el final. Mi mujer siguió unos instantes más y después se detuvo.

Natalia se quedó quieta sobre mí, agotada. Romina se sacó el arnés con cuidado y lo dejó caer al suelo. Yo sentía cómo la humedad y todo lo que había dejado adentro resbalaba cuando Natalia se corrió hacia un lado y se acostó en posición fetal, con los ojos todavía cerrados, la respiración lenta.

***

Me incorporé. Fui hacia Romina y la besé. Le tomé el arnés de las manos antes de que pudiera ponérselo otra vez.

—Ya no lo necesitás —le dije.

Ella se acostó boca arriba. Separó las piernas sin que yo tuviera que pedirle nada.

Empecé por los muslos. Besé hacia adentro con calma, tomándome el tiempo que no había tenido antes. Cuando llegué a la pelvis, pasé la lengua por fuera de los labios antes de entrar. Ella separó más las piernas y puso una mano sobre mi cabeza, sin presionar, solo para saber dónde estaba.

Lamí su clítoris hasta sentirlo hincharse bajo mi lengua. Lo rodeé, lo presioné suavemente con los labios. Ella se corrió la primera vez antes de que yo diera por terminado ese trabajo.

Me tomó la cara con las dos manos y me hizo subir.

—Quiero sentir mi sabor en tu boca. Metétela despacio y háblame al oído.

Entré en ella con calma. Al principio la urgencia anterior me había dejado sin del todo parado, pero el calor de su interior fue suficiente. En treinta segundos no había dudas.

La penetré con movimientos largos, mirándola a la cara. Buscaba en sus ojos lo que no decían las palabras. Ella cruzó las piernas detrás de mi espalda y me apretó hacia adentro.

—Me encantás así —le dije—. Mirándome. Sin esconderte.

—Nunca me escondí de vos —respondió.

Seguí penetrándola, cada vez más fuerte. Ella levantaba las caderas buscando más profundidad. Sabía que iba a demorar en acabar y no me importaba, porque ahora era Romina la que tenía que disfrutar.

Fue entonces cuando Natalia giró la cabeza desde el otro lado de la cama. Quedó mirando a Romina desde muy cerca.

—Pensá que soy yo la que te está haciendo esto —le dijo, con la voz todavía ronca—. Siempre quisiste saber cómo sería. Ahora lo estás viviendo. Así, bien profundo, como a vos te gusta.

Romina la miró un instante antes de responder.

—Sí —dijo—. Sí.

Natalia se inclinó y la besó. Largo, profundo. Yo seguía moviéndome adentro de Romina y la sentí correrse con fuerza, el orgasmo sacudiéndole el cuerpo entero en oleadas sucesivas. No pude aguantarme. Me vacié dentro de ella mirando cómo mi hermana le pasaba la lengua por el labio inferior.

Después nos quedamos los tres en silencio. Natalia se acomodó del otro lado de la cama. Romina cerró los ojos. Yo miraba el techo y escuchaba cómo los tres recuperábamos el aire despacio.

No había una palabra para lo que acababa de pasar. No había protocolo que seguir, ni conversación obligada, ni decisión que tomar en ese momento. Solo nosotros tres respirando en la misma habitación, cada uno con su propio peso y con lo que se iba a llevar de esa tarde.

¿Era este el mejor momento de mi vida? No lo sabía con certeza. Pero era el más honesto que recordaba. El primero en mucho tiempo en el que nadie había fingido ser quien no era, ni estar donde no quería estar.

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Comentarios (5)

Ramiro27

tremendo final!!! no me lo esperaba para nada

Luna73

Por favor seguí con esto, quedé con las ganas de saber como termina todo. Genial!!

DiegoMza

Me encanto la forma en que lo contás, se siente muy real. Uno de los mejores que lei en mucho tiempo

CorvetteCL

el inicio ya te atrapa, de ahi no podia parar de leer jajaja

Ricki_posta

Muy bueno!! Me pregunto si lo planearon todo desde antes o fue algo espontaneo, se nota que tenés imaginacion para esto

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