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Relatos Ardientes

Lo que papá y yo hicimos esa mañana de verano

Sé que tengo pendiente ponerme al día con lo que fue un enero muy intenso. Voy a contarlo por partes, sin demasiado detalle en cada tramo, pero con lo que importa. De ese mes me quedaron dos encuentros grabados con una nitidez especial: uno con Federico, la noche anterior, y otro con papá, a la mañana siguiente.

***

Ya conocen a Federico, o al menos el tipo: setenta años muy bien llevados, viudo, economista de carrera con una casa en el balneario que era casi una mansión. Generoso en todos los sentidos. Ya habíamos tenido un primer encuentro antes de este, así que cuando Andrés se fue a conversar con los amigos de él que habían estado presentes esa noche, yo me quedé sola con Federico. Estaba agitada, contenta, con la piel todavía caliente.

Me preguntó si quería ducharme. Le dije que no, que prefería quedarme así, cerca de él, conversando.

Nos besábamos mientras hablábamos. Mis manos empezaron a acariciarlo despacio, sin ningún apuro. Él hacía preguntas y yo contestaba sin filtros; nunca me molestó que los hombres de confianza supieran todo sobre mí.

Me preguntó por mis comienzos, por cómo se habían dado las cosas con mi padre y con el papá de Andrés. Se lo conté con detalle. Le mostré una foto que en su momento había usado para iniciar esa historia. Le encantó una anécdota de cuando me habían llevado a parar en una esquina de madrugada bajo la lluvia, esperando ser «recogida» como parte de un juego. Se rió, y entonces me dijo:

—Si te animás, lo podemos hacer acá en el paseo central del balneario.

—Con alguien como vos me animo a cualquier cosa —le respondí—. Y ya tengo en mente cómo sumar a Andrés.

—Desde ya aceptado.

Me puse encima de él. Lo besé despacio, mesándole el cabello con una mano, recorriéndole la cara con la otra. Nuestras lenguas jugaban sin prisa. Mi cuerpo empezó a moverse sobre el suyo casi sin quererlo, y sentí cómo él respondía poco a poco.

Cuando estuvo a media dureza me arrodillé a su lado y empecé a chupársela. Primero despacio, explorando, mientras él me acariciaba los pechos con una concentración silenciosa que me gustó mucho. Después me ocupé de los testículos: los besé, los lamí, los tomé en la boca uno por uno. Cuando ya lo tuve duro de verdad, volví a subirme encima de él, apoyé los pechos en su boca y dejé que me entrara despacio desde abajo. No necesité guiarlo; soy buena en ese movimiento.

Ya adentro me incorporé y terminé de recibirlo todo. Unos cuantos enviones y le pedí que cambiáramos de posición. Con él encima, besándonos, sus manos en mis pechos, nos movimos en un ritmo lento y constante hasta que sentí el calor acumularse y estallar. Temblé. Él aceleró y llegó justo después.

Nos quedamos quietos un momento. Yo pasaba los dedos por el interior de mis muslos, recogiendo lo que escurría, llevándomelo a los labios. Federico me miraba y decía que le encantaba cómo lo trataba.

Entonces me preguntó lo que ya esperaba:

—¿Y qué tenés en mente para Andrés en la escena de la esquina?

—Me imagino un café con mesas en la vereda. Andrés y yo estamos sentados, tomando algo, mimándonos. En algún momento vos pasás en tu descapotable, yo me levanto, te saludo con un beso largo en la boca y me voy. Él se queda, pide otro café, le confiesa al mozo que su mujer trabaja y tiene que esperarla. Una o dos horas después, me dejás en la misma esquina y nos despedimos besándonos. Yo vuelvo con Andrés.

—¿Y él acepta eso? ¿No le molesta?

—No tengo dudas de que acepta. Me autorizó a esto desde el principio. Ya me ha visto en situaciones mucho más complicadas. Va a aceptar y se va a divertir. Y esa noche, de vuelta en casa, va a estar irrefrenable.

—¿Volverá al dormitorio después, supongo?

—Claro que sí.

Le volví a chupar para limpiarlo, recuperé lo último que quedaba en mis muslos. Estuvimos acariciándonos hasta que llegó Andrés desde la sala.

Aceptó riéndose, sin objeciones.

—Va a ser muy bueno —dijo—. Pero vas a tener que vestirte bien putita. Botas, short y algo arriba que no tape nada.

—Sí —respondí al instante.

—Esto va a ser muy bueno —repitió Federico.

A todo esto, Andrés ya se había desnudado y se tocaba suavemente mientras nos miraba. Volví a besar a Federico, a pajearlo con calma. Al rato ya se la chupaba de nuevo, y maravillosamente él empezó a responder otra vez pese a los años. Le ofrecí mi entrepierna sobre su boca y él lamió con ganas mientras yo lo seguía masturbando.

Pasé a hacerle un beso negro y su pija se endureció de golpe. «Soy muy sensible ahí», dijo en voz baja, y tomé nota mental para más adelante.

Andrés no aguantó más y acabó en mi cara, a pocos centímetros de Federico. Seguí pajeando a este último hasta que también terminó, volcando lo poco que le quedaba sobre mi pecho.

Recogí todo con los dedos y lo degusté mirándolos a los dos, con picardía, sonriendo.

Nos duchamos, nos despedimos afectuosamente, y me fui con mi sobre de honorarios bien ganados.

***

La mañana con papá fue diferente. Cada vez que estamos juntos experimento algo difícil de poner en palabras: una intensidad que no existe con nadie más. El hecho de ser su hija, saber que ese cuerpo que me toca fue el que me trajo al mundo, la cercanía que hemos ido construyendo con cada encuentro. Todo eso se mezcla y se amplifica. Me encanta.

El día anterior me había escrito preguntando si podía pasar a la mañana siguiente. No tenía nada previsto, así que le dije que viniera cuando quisiera y que lo esperaría deseosa.

Nos despertamos temprano, Andrés y yo nos amamos despacio, y después él salió a comprar medialunas de manteca. Quería estar muy linda para papá. Había decidido hacerle algo especial ese día.

Me puse unas pantuflas de acrílico transparente con capellada de terciopelo rosado. Una tanga blanca de hilo. Un corset «under bust» blanco con florecitas bordadas en hilo rosa, ese modelo que deja los pechos completamente al aire y los realza. Y por encima del busto, una chaqueta torera muy corta, abierta al frente, de red de seda blanca con mallas de un centímetro por un centímetro: no cubría absolutamente nada, pero le daba al conjunto un efecto visual que me parecía irresistible, sobre todo porque los pezones se asomaban por las aberturas de la red.

Papá tocó el timbre.

Abrí la puerta de par en par —un error que pagué con la mirada descarada del vecino del pasillo, que pasaba justamente en ese momento— y jalé a papá hacia adentro. Nos abrazamos. Nos besamos. Mi mente ya tenía todo decidido: esa mañana sería completamente suya, y lo iba a terminar dentro de mi boca.

Lo llevé al dormitorio caminando delante de él, despacio, para que disfrutara de la vista.

De pie junto a la cama, me abrazó desde atrás y me acarició entera. Sus manos encontraron mis pezones asomándose entre la red y jugaron con ellos largo rato.

—Te deseo, hija —dijo en voz baja—. Todavía me cuesta creer que me resistí tanto al principio.

—Ahora podemos hacerlo siempre, papá. Y no se olvide que lo voy a necesitar como embarazador cuando llegue el momento.

—Claro que no me olvido, Camila. Ya tengo algunas ideas sobre eso para contarte otro día.

Me separé dos pasos y me desnudé frente a él, muy despacio. Me miraba con los ojos muy abiertos y el bulto evidente. Entonces lo desnudé yo a él, completamente. Le acaricié la pija ya dura. Y sin preguntarle nada lo empujé suavemente sobre la cama.

Bajé entre sus piernas y empecé por los muslos por dentro, después los testículos, después el vientre. Subí a besarle el pecho, bajé de nuevo, lamí su entrepierna entera y metí un poco la lengua. Él gemía en voz baja y me acariciaba el cabello con una ternura que siempre me derrite.

Cuando ya estuvo lo suficientemente agitado me senté a su lado en la cama, lo tomé en la mano y empecé a chuparlo con calma. Primero corrí la piel hacia atrás con los labios; después la lengua recorrió la cabeza despacio, en círculos, luego con más presión. Bajé por el tronco, volví a los testículos, los besé, los succioné uno por uno largo rato.

Papá me acariciaba la cara. A veces la mejilla, a veces el cuello. Esos gestos pequeños me deshacen.

Levanté la vista en algún momento y vi a Andrés entrar al dormitorio sonriendo, con una medialuna en la mano. Acercó una silla, se sentó y empezó a mirarnos con absoluta tranquilidad.

Papá lo saludó con un simple hola y siguió acariciándome. Yo seguí.

Me lo metí hasta la garganta una vez, sostuve un momento, salí despacio. Volví a chuparlo con calma. Vi que Andrés se desnudaba en silencio desde su silla. Le hice señas de que se quedara donde estaba.

Seguí trabajando a papá sin apuro, con cuidado, parsimoniosamente. Quería que durara. Quería que lo recordara.

Su respiración empezó a cambiar: más corta, más agitada.

Le pedí que se pusiera de rodillas en la cama. Obedeció. Me arrodillé frente a él y seguí chupándolo desde abajo. Andrés se levantó de la silla y se puso de costado para verlo todo de cerca, ya desnudo y con el teléfono en la mano.

—Me acabo —dijo papá, acariciándome los pechos con las dos manos.

Abrí la boca todo lo que pude. Unos dos o tres centímetros de distancia de la punta de su pija. Papá tomó su propio miembro y empezó a masturbarse. Andrés tenía el teléfono listo y filmaba.

Los primeros chorros me golpearon en la lengua y el paladar. Dos más, algo más suaves, los depositó acercando la pija directamente a mi boca.

No dudé. Les mostré todo el semen de mi padre en mi boca abierta, sonreí, y tragué. Despacio. Mirándolos a los dos.

Andrés seguía filmando.

Recuperé la última gota de la punta del miembro de papá con la lengua, con toda la picardía que pude.

—Hija, me dejaste agotado —dijo papá dejándose caer hacia atrás—. Y muy contento.

Andrés conectó el proyector y puso a reproducir en loop toda la escena sobre la pared del dormitorio. Los tres la miramos juntos en silencio: las imágenes eran obscenamente hermosas. Mientras las veíamos, Andrés me besaba por detrás y me tocaba, y papá me ofrecía su pija blanda para que la chupara de nuevo. Pasamos así un buen rato, los tres enredados en caricias, lenguas y piel.

Fue Andrés quien rompió el silencio:

—Amor, deberíamos ducharnos y desayunar. Tenemos que salir.

—¿Salir adónde?

—Ayer me escribió Nicolás. Catorce días guardándola para vos. Dice que no da más. Le dije que cuando termine de trabajar pase por el campo, que lo esperamos allá. Y hablé con tu mamá hace un rato desde la calle: le dije que tu papá nos acompaña un día porque necesitamos ver cómo van las obras de la pileta nueva.

—Sos terrible.

—¿Te molesta que vaya Nicolás?

—Sabés perfectamente que no —dije, y lo besé largo tiempo—. Mil gracias, amor.

—¿Venís, papá?

—Con todo gusto, Andrés. Y te agradezco que me hayas dado cobertura para poder ir.

Nos duchamos los tres, desayunamos con las medialunas de manteca que esperaban pacientemente sobre la mesa, armamos un bolso con lo necesario, pasamos por el departamento de mis padres a buscar ropa de papá y saludar a mamá, y nos fuimos.

En el camino le pregunté a papá por esas ideas sobre el embarazo que había mencionado más temprano.

—He pensado que, ya que son varios los que quieren participar, deberían armar dos listas. Una de los elegidos sin condición, en la que me incluyo con todo gusto, y otra para los que puedan postularse de otra manera.

La idea me llegó de golpe, con nombres concretos: Federico, Roberto, Tiburcio y quizás alguno más que todavía no conocía. Me los imaginé compitiendo por un lugar en esa lista y algo en mi pecho se expandió con una mezcla rara de orgullo y deseo.

Aprobamos la sugerencia en el momento. La lista de elegidos quedó definida de inmediato: Andrés, papá, Diego, el papá de Andrés, Pablo y Nicolás. Acertando el día fértil, era casi seguro que quedaría de uno de ellos. Al día siguiente lo haríamos con los postores de la otra lista.

Y así, divertidos y cómplices, con Andrés al volante y papá y yo tomados de la mano en el asiento trasero, llegamos al campo cuando el sol ya empezaba a bajar sobre los pastizales.

Lo que pasó allí se los cuento la próxima vez.

Besos a todos los que se toman el tiempo de leer y, sobre todo, a quienes dejan comentarios. Siempre me alegran el día.

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Comentarios (7)

FacuNorte

que calor que me dio esto, increible!!

Valeria_sur

Se nota que lo escribiste con detalle y ganas. Se siente real, no parece inventado. Seguí así!

NocheSur

Y Andrés al final qué hizo? me quedé pensando en eso, le faltó un poco mas de desarrollo ese personaje

RosaLectura

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas. Se hizo cortisimo para lo bueno que es

GabiCordo

Que morbo tan bien contado, sin caer en lo burdo. Eso es dificil de lograr y acá lo lograste

hansolo69

jajaja "nadie lo planeó" dice... y yo que lo creo jaja. Buenisimo igual, gracias

Ceci_GBA

tremendo, de lo mejorcito que leí acá en mucho tiempo

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