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Relatos Ardientes

Lo que pasa en casa de la abuela se queda en casa de la abuela

Mi nombre es Dolores, aunque todos en la familia me dicen Lola. Tengo sesenta y un años, fui mamá a los dieciséis y abuela antes de los cuarenta. Mi hijo Esteban tiene cuarenta y cinco, y mi nieto Julián acaba de cumplir veintiuno. Los tres vivimos juntos desde que Marisol, la esposa de Esteban, falleció hace casi cinco años. Alguien tenía que ocuparse de la casa y de ese muchacho que apenas entraba a la universidad, así que me mudé con ellos sin pensarlo demasiado.

Lo que no calculé es lo que significaba ser la única mujer en una casa con dos hombres adultos.

No me hago la tonta. A mis años conservo un cuerpo que no corresponde con mi edad. Piernas gruesas, caderas anchas, tetas que todavía se sostienen con dignidad y un culo que, según las miradas que recibo en el supermercado, sigue llamando la atención. Me gusta usar leggins porque son cómodos, pero soy consciente de lo que provocan. Lo noto en la calle y lo noto en mi propia casa.

Todo empezó a hacerse evidente en los desayunos.

Una mañana de viernes estaba sirviendo los huevos revueltos cuando Esteban le dio un codazo a Julián por debajo de la mesa.

—Ey, ey. Acá arriba —le dijo en voz baja, señalándose los ojos.

Julián se puso rojo como un tomate y clavó la mirada en su plato. Yo estaba de espaldas junto a la estufa, pero el reflejo del microondas me devolvió toda la escena. Mi nieto me estaba mirando el culo. Otra vez.

—Perdón —murmuró Julián, revolviendo sus huevos como si fueran lo más interesante del mundo.

—¿Perdón? No es la primera vez que te cacho —replicó Esteban, tratando de mantener la voz baja—. ¿Qué te pasa?

—Es que... la abuela no ayuda, papá. Esto es muy difícil de hablar contigo.

Julián intentó levantarse, pero Esteban lo agarró del brazo.

—Siéntate. No tienes de qué avergonzarte. Somos hombres, y a veces cuesta controlar hacia dónde miran los ojos.

—¿O sea que tú también...?

Esteban se quedó callado un par de segundos. Luego soltó un suspiro largo.

—Si te hace sentir mejor, sí. A mí también se me va la mirada con tu abuela.

—Eso ya es bastante enfermo, ¿no te parece? —dijo Julián.

—¿Y no es más enfermo que sea tu abuela?

Se miraron un instante y después los dos desviaron la vista al mismo tiempo, como si se hubieran puesto de acuerdo. Yo seguía junto a la estufa, con el corazón latiéndome fuerte y una mezcla rara entre vergüenza y algo que no me atrevía a nombrar.

Me acerqué a la mesa con el sartén de las tortillas.

—A ver, mis niños, ¿con esto ya está bien? —dije mientras me inclinaba entre los dos para dejar la comida en el centro.

Sentí las cuatro pupilas pegadas a mi trasero como imanes. Cuando me di la vuelta, ambos miraban hacia cualquier parte menos hacia mí.

Esto no puede seguir así, pensé.

Julián se fue a toda prisa a la universidad. Se acercó a despedirse, lo abracé fuerte como siempre, y él puso las manos en mi cadera. Sentí cómo sus dedos bajaban unos centímetros más de lo normal, justo donde empieza la curva. Después salió casi corriendo.

Esteban y yo nos quedamos solos.

—¿Notaste eso? —le pregunté.

—¿Qué cosa?

—Tu hijo me puso las manos aquí —me llevé las palmas a los glúteos y le mostré exactamente dónde—. Y después me las bajó hasta acá.

Esteban tragó saliva. Sus ojos seguían mi mano como hipnotizados.

—Seguro ni se dio cuenta, mamá.

—Claro que se dio cuenta. Y tú no puedes dejar de mirarme el trasero ni siquiera ahora que te lo estoy señalando.

Silencio.

—Soy vieja, hijo, pero no soy estúpida. Sé cómo me miran los dos. Llevo meses tratando de justificarlos, pero cada día es más evidente.

—Mamá, es que tampoco ayudas —dijo Esteban, y por primera vez su voz sonó más a confesión que a excusa—. Llevo cinco años sin tocar a una mujer. No me volví a casar, no tengo novia. Y Julián tiene veintiuno y las hormonas a tope. Y tú todavía...

—¿Yo todavía qué?

—Te cargas un cuerpazo, mamá. Con esos leggins que te pones... entiéndenos.

El silencio que siguió duró tanto que pude escuchar el reloj de la cocina.

—Los entiendo —dije finalmente—. Son hombres. Necesitan de una mujer. Yo también llevo muchos años sin que nadie me toque. Pero soy su madre y su abuela.

—Mamá, ya te viste en un espejo últimamente?

Algo se movió dentro de mí. Algo que llevaba años dormido.

—Es obvio que los dos necesitan a alguien que atienda esas necesidades. Tampoco es sano que se estén aguantando.

—¿Y qué propones? ¿Que traigamos prostitutas?

Otro silencio largo. Esteban se arrepintió inmediatamente.

—Perdón, mamá. Mejor me voy a trabajar.

—No —lo detuve—. Tienes razón. Quizás estoy siendo egoísta. Ustedes tienen necesidades y buscar satisfacerlas con desconocidas no es lo más conveniente. Si me quieren usar a mí... pueden hacerlo.

Esteban se quedó petrificado.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—Sí. Lo necesitan. Ya no soy joven, pero puedo servirles para desahogar lo que tienen acumulado. Yo también lo necesito. Podemos ayudarnos los tres y guardar el secreto para siempre.

—Mamá... muero por decirte que sí, pero tampoco es normal que una madre se ofrezca así.

—Por supuesto que no es normal. Nada de esto lo es. Pero tampoco es normal vivir los tres bajo el mismo techo fingiendo que no pasa nada.

—Sí quiero —dijo Esteban, con la voz quebrada.

—Entonces vamos al sofá.

***

Nos paramos del comedor y caminamos hacia la sala. Esteban se sentó y yo me quedé de pie frente a él, de espaldas. El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo.

—Acércate más —me pidió.

Di dos pasos hacia atrás hasta quedar con el culo a centímetros de su cara.

—Dios mío, mamá... ¿Puedo tocarte?

—No me digas mamá. Dime Lola.

Sentí sus manos en los tobillos. Fue subiendo lentamente, acariciándome las pantorrillas, las rodillas, los muslos. Cuando llegó a mis nalgas, las apretó con las dos manos sobre la tela de los leggins y soltó un gemido ronco.

—Lola, tienes la piel increíble —me dijo mientras me bajaba los leggins centímetro a centímetro, descubriendo mi culo como si estuviera desenvolviendo un regalo.

—¿Te gusta? —pregunté, y me sorprendí a mí misma por lo mucho que necesitaba escuchar la respuesta.

—Me vuelve loco.

Sentí su boca caliente entre mis nalgas. Sus manos las separaban mientras su lengua buscaba el fondo. Un escalofrío me recorrió entera. Llevaba años sin sentir nada parecido.

—Ponte en cuatro sobre el sofá —me dijo.

Obedecí sin dudarlo. Espalda curveada, culo levantado, cara hundida en el cojín. Mi cuerpo recordaba la posición como si no hubieran pasado los años.

—Se nota que no se te olvidó —dijo Esteban.

—Lo que bien se aprende, nunca se olvida.

Sentí su miembro caliente deslizarse sobre mi piel, dejando un rastro húmedo entre mis nalgas. Me corrió la tanga hacia un lado y apoyó la punta en mi entrada.

—¿Te la meto?

—Rápido, antes de que me arrepienta.

Empujó de una sola vez y un grito se me escapó sin permiso. Hacía tanto tiempo que no tenía nada adentro que sentí como si me partiera en dos.

—¡Dios, Esteban! Eso es enorme.

—¿Quieres que la saque?

—No. Déjala ahí. Solo dame un segundo.

Cuando empezó a moverse, el sonido de su pelvis contra mis nalgas llenó toda la sala. Cada embestida me arrancaba un gemido que yo intentaba ahogar contra el cojín. Esteban me agarraba de las caderas con fuerza y empujaba con un ritmo que fue acelerándose.

—Lola, aprietas increíble —jadeaba detrás de mí.

—Más fuerte —le pedí, y ni yo misma me reconocí en esa voz.

El placer me estaba nublando el juicio. Ya no era su madre. Era una mujer que llevaba años seca, años vacía, y que por fin estaba sintiendo algo. Algo brutal, algo prohibido, algo que me hacía apretar los dientes y empujar las caderas hacia atrás para recibirlo más profundo.

***

El sonido de la cerradura nos congeló a los dos.

Esteban se detuvo en seco. Yo giré la cabeza hacia la puerta de entrada y ahí estaba Julián, mochila en mano, completamente petrificado.

—Hijo, déjame explicarte —empezó Esteban.

Julián no se movía. Tenía los ojos enormes y la boca entreabierta.

—Mi amor —le dije, separándome de Esteban y sentándome en el sofá—. Ven, acércate a la abuela.

Julián se acercó con pasos lentos, como si estuviera caminando sobre vidrio.

—Esto fue idea mía —le expliqué—. Tu padre y tú tienen necesidades. Yo también. Somos los tres solos en esta casa y no tiene sentido seguir fingiendo que no nos deseamos.

—Pero es tu hijo, abuela.

—Y tú eres mi nieto. Un hombre con necesidades. ¿O me vas a decir que lo que me hiciste en la cadera esta mañana fue sin querer?

Julián bajó la mirada al piso.

—No te apenes. Es normal. Eres hombre, te gustan las mujeres. Raro sería que no.

—Todos mis amigos ya estuvieron con alguien —confesó en voz baja—. Yo todavía no.

—Eso lo puede arreglar tu abuela. Pero si vamos a hacer esto los tres, yo pongo las condiciones. ¿De acuerdo?

Padre e hijo asintieron.

Julián se sacó la camiseta y se bajó el pantalón. Cuando quedó expuesto, se me escapó un grito.

—Dios santo, Julián. Eso es mucho más grueso que lo de tu padre.

—¿Ya no quieres? —preguntó, asustado.

—Claro que quiero. Pero vamos a hacer esto a mi manera —me levanté del sofá y miré a Esteban—. Acuéstate en la alfombra boca arriba.

Esteban obedeció. Me monté sobre él, cara a cara, y lo guié adentro de mí. Solté un gemido largo al sentirlo entrar de nuevo.

—Ahora tú, Julián. Ponte detrás de mí. Despacio.

Me incliné sobre el pecho de Esteban para darle espacio a Julián. Sentí la punta de mi nieto presionando contra mi otro agujero y apreté los dientes.

—Despacio, mi amor. Despacio.

Julián empujó centímetro a centímetro. El dolor fue intenso al principio, pero se fue transformando en algo distinto, algo que me llenaba de una manera que no creí posible. Tener a los dos adentro al mismo tiempo me hizo sentir completa de un modo casi obsceno.

—Ahora muévanse —les ordené.

Los dos empezaron a embestir con ritmos distintos que poco a poco se fueron sincronizando. El sonido de sus cuerpos contra el mío llenaba la sala entera. Yo gemía contra el pecho de Esteban mientras Julián me agarraba de las caderas por detrás.

—¿Así te gusta, abuela? —jadeó Julián.

—No pares. Ninguno de los dos pare.

Esteban me besaba el cuello mientras empujaba desde abajo. Julián aumentó la velocidad y cada embestida me sacudía entera. El placer se acumulaba en oleadas que me recorrían desde el vientre hasta la nuca.

—Dios mío, me están volviendo loca —grité sin importarme quién pudiera escuchar—. Más fuerte. Los dos.

Los embates se volvieron más intensos, más profundos, más salvajes. Yo apretaba por dentro con todo lo que tenía, y los escuchaba gemir a los dos, uno debajo de mí y otro detrás, los dos hombres de mi vida enterrados en mi cuerpo.

—Abuela, ya no aguanto más —gimió Julián.

—Yo tampoco —jadeó Esteban.

—Esperen —les dije, y los dos se detuvieron—. Quiero sentirlos en la cara. Los dos.

Se salieron de mí y yo me arrodillé en la alfombra. Los tomé a cada uno con una mano y empecé a masajearlos mientras los alternaba en mi boca. Sentía el sabor de los dos mezclado en mi lengua, el peso de sus miembros calientes contra mis mejillas, sus manos en mi pelo.

—Ya, córranse —les pedí, sacándome la lengua.

Esteban fue el primero. Sentí los chorros calientes en mi mejilla izquierda, bajándome por el cuello. Julián terminó un segundo después sobre el otro lado de mi cara, y la cantidad fue tanta que me escurrió hasta los pechos.

Me quedé arrodillada, con el rostro empapado y el pecho agitado, sintiéndome más viva de lo que me había sentido en años.

Julián me miraba con los ojos brillantes.

—Abuela... eso fue increíble.

—De ahora en adelante —les dije, limpiándome la cara con el dorso de la mano—, cada vez que tengan ganas, su mujer los va a estar esperando. Pero esto no sale de esta casa. Nunca.

Esteban me ayudó a levantarme y me abrazó. Julián se unió al abrazo por detrás, pegando su cuerpo al mío. Sentí sus manos en mi cintura, sus labios en mi hombro, y supe que acabábamos de cruzar una línea de la que no había retorno.

Y la verdad es que no quería volver.

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