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Relatos Ardientes

Mi hija me pidió ayuda con un juguete atascado adentro

Estaba sentado frente al televisor mirando el noticiero de la noche cuando ella entró al living como un huracán.

—Papá, necesito que me ayudes.

Mi hija Camila tiene diecinueve años y esa noche había bajado de su cuarto vestida con una camiseta enorme que le llegaba apenas hasta la mitad de los muslos. Lo bastante larga para no decir nada, lo bastante corta para que cualquier movimiento brusco terminara de exponer lo que la prenda intentaba esconder. Sus piernas son largas y firmes, talladas por años de gimnasia artística. Es imposible no mirarlas.

Estaba parada frente a mí con la cara descompuesta. El ceño fruncido, los ojos brillantes, las piernas cruzadas como si necesitara ir al baño. Algo no andaba bien.

—¿Qué te pasa, hija? —le pregunté, ya con el pulso acelerado.

Un mechón rubio le tapaba la cara. Se lo corrió detrás de la oreja con un gesto nervioso y vi que tenía las manos temblando.

Las piernas le seguían temblando. Una de sus manos bajó hasta la entrepierna y se apretó contra la tela, y mis ojos se abrieron como platos.

—Camila, en serio. Me estás asustando. ¿Te duele algo?

—Yo… ay, Dios. ¡Ah!

Un gemido largo, profundo, salió de su garganta. Me levanté del sillón de un salto. Cerró los ojos con fuerza y todo su cuerpo se sacudió.

—Ay, papá —volvió a gemir.

Yo no entendía nada. No sabía si lloraba de dolor o de otra cosa. Estaba ahí parado, mirándola de arriba abajo, intentando descifrar qué clase de emergencia tenía a mi propia hija deshecha en el medio del living.

La vi encorvarse. Las piernas le fallaron y tuve que agarrarla del brazo para que no se desplomara. La mano contra su entrepierna se apretó más fuerte.

—Camila, ¿qué te está pasando?

Después de unos segundos, los temblores se calmaron. Abrió los ojos. Estaba más tranquila, casi avergonzada. Cuando movió la mano, una mancha húmeda gigante asomaba en la tela de la camiseta, justo en esa zona.

¿Qué estaba viendo?

—Papá —dijo con una voz que era casi una súplica—. Necesito que me ayudes. Por favor, no te enojes. Pero no sé qué hacer.

—Para, Cami. Dime bien qué está pasando. Y deja de gemir, por favor.

—¿Pero no te vas a enojar?

—Si no me cuentas, sí. Habla.

Se puso colorada hasta las orejas. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Bajó la cabeza, se pasó la mano por la cara mojada de sudor y soltó un suspiro.

—¿Te acuerdas de Antonia? Mi amiga, la de los rulos.

—Sí. La hija de Marisa.

—Bueno. Ella… me prestó una cosa.

—¿Qué cosa?

—Eh…

—Camila, basta. ¿Qué te prestó?

Sin mirarme, soltó la frase de un tirón.

—Unas bolitas chinas.

Fruncí el ceño. Tengo cuarenta y nueve años y a veces siento que el idioma de los chicos me queda lejos.

—¿Qué es eso, hija?

—Son bolas vibradoras. Se meten adentro… —se puso más roja todavía—. Yo me las metí. Y ahora no puedo sacármelas.

Me quedé sin palabras. Lo único que atiné a pensar fue que era una broma de mal gusto. Pero los ojos llorosos y la mancha húmeda en la camiseta dejaban claro que no.

—¿Y se puede saber para qué te metes esas cosas?

—Papá, no me regañes ahora. No puedo parar de acabar. Orgasmo tras orgasmo. Ya me duele todo, estoy hipersensible. Necesito que me las saques.

—¡Camila!

—¡Perdón, papá, perdón! Pero tienes que ayudarme.

—Hija, esto lo arreglamos en el hospital. O esperamos a que vuelva tu madre.

—¡No! —gritó con desesperación—. No, papá. Por favor. En el hospital me muero de vergüenza. Y a mamá tampoco le quiero contar. Confío más en ti. Por favor, sácamelas y ya está. Nos olvidamos.

Me quedé en silencio. Mi cerebro estaba cortocircuitado. Mi propia hija me estaba pidiendo que metiera la mano donde ningún padre debería meterla. Era impensable. Somos una familia abierta, sí: sabemos que Camila ya tuvo novios, ya tuvo sexo, no es una cosa tabú en casa. Pero esto era otra cosa.

—Hija, me estás poniendo en una situación incomodísima.

—Lo sé. Pero eres mi viejo. Solo confío en ti. Salimos de esto y no volvemos a hablar del tema nunca más.

Asentí, derrotado. Tenía razón.

—¿Qué necesitas que haga? —le pregunté tratando de sonar lo más calmado posible.

—Vas a tener que meter los dedos. Y tratar de sacarlas.

La puta madre.

—¿No hay otra forma?

—¿Tú crees que si hubiera otra forma no la habría intentado ya?

—No me grites.

—Perdón. Estoy nerviosa. ¡Ay!

—¿Qué?

—Me parece que voy a acabar de nuevo.

—Carajo. Siéntate en el sillón, ya.

Error. No tendría que haber dicho eso.

Camila se subió al sillón, en mi lugar, levantó las piernas y las abrió de par en par. La camiseta se le subió hasta la cintura y todo quedó a la vista. Era imposible no mirar. Lo último que vi así, tan perfecto, fue en mi adolescencia. La piel intacta, la depilación impecable, los labios hinchados de un rosado vivo, brillantes por la humedad. Los muslos también brillaban: el flujo le había chorreado hasta ahí.

Dios.

Intenté pensar en otra cosa. En cualquier cosa. En el televisor que seguía prendido. En la lista del supermercado. En lo que íbamos a desayunar al día siguiente. Pero la sangre ya estaba bajando hacia donde no debía. Mi pijama no iba a poder disimular eso.

Y, claro, cuando Camila levantó la cabeza, lo primero que vio fue el bulto en mi pantalón.

—Oh… —murmuró. Tragó saliva. Se mordió el labio y se puso colorada otra vez—. Perdón, papá.

Pero no apartó la vista. Al contrario. Se la quedó mirando.

—Cami, terminemos con esto.

Me arrodillé entre sus piernas. El olor era una mezcla de transpiración y excitación, y reconocerlo me complicó todavía más la cabeza. Intenté concentrarme en la tarea. Solo eso. Sacar la maldita cosa y mandarla a dormir.

Le abrí los muslos con las dos manos. El calor que despedía esa zona era una locura. Apoyé un dedo, separé los labios y empujé la punta hacia adentro. Estaba apretada, calentísima, mojada. Sentí mi propia respiración cortarse.

Ella echó la cabeza atrás y soltó un quejido largo.

—Ay, papá. Me vengo de nuevo.

Y se vino. Sentí cómo todo se contraía alrededor de mi dedo, los muslos sacudiéndose, el sillón crujiendo bajo su cuerpo. Largo. Largo y profundo.

—Por Dios, hija.

—Papá, ah…

—No voy a poder con esto, Cami. Es demasiado.

Necesitaba aire. Necesitaba salir del pantalón antes de que me reventara algo. Lo hice. Me bajé el pijama lo suficiente para liberarme. La verga saltó hacia adelante, dura, con la punta brillante. Las venas marcadas. Si después de esto no la descargaba, me iba a dar un infarto.

—Dale, papá. Sácamelas o me muero.

—Yo también me muero.

Se rió. A pesar de todo, mi hija se rió. Y la risa me hizo reír a mí también, y por unos segundos fuimos solo eso: un padre y una hija peleando contra una situación absurda.

Le metí dos dedos. Era necesario; con uno no llegaba. Tanteé adentro, despacio, buscando. Sentí una superficie distinta. Lisa, dura. La primera bolita.

—Tienes que empujar, Cami.

Saqué los dedos. Por inercia, sin pensar, me los llevé a la boca. El sabor era dulce, casi adictivo. Camila me vio hacer eso y entrecerró los ojos, se mordió el labio. Ya éramos los dos un desastre.

—Bueno, dale.

Volví a entrar. Apoyé los dedos, abrí, busqué. Tomé la bolita entre los dedos. Le hice una seña con la cabeza y ella empujó. Con un pop húmedo, la bolita salió en una pequeña cascada de flujo, vibrando con fuerza en la palma de mi mano.

Una bestia, el aparato.

—Listo. Una menos —dije, mostrándosela.

Ella la tomó, la miró con curiosidad. Y entonces dijo lo que no quería escuchar.

—Gracias, papi. Faltan dos más.

—¿Qué?

—Me metí tres.

—Camila, no puede ser.

Bajó la mirada. Los ojos otra vez llorosos.

—Perdón.

—Eres una loquita. Eso te voy a decir. ¿Cómo se te ocurre?

Y entonces, en vez de seguir llorando, se largó a reír.

—¿De qué te ríes?

—Tú me dices loquita. Y tienes los dedos chorreados de tu hija. El enfermo eres tú.

Las ganas de pegarle un cachetazo me hicieron temblar la mano. Pero hice otra cosa. La agarré del pelo, sin pensarlo, y le metí la lengua en la boca hasta donde llegaba. Si lo pensaba, no lo hacía nunca. Por eso no pensé.

Camila es una de esas chicas hermosas y caprichosas que de adolescente nunca me habrían dado bola. Tenerla así, abierta, con sus jugos en mis dedos y su boca contra la mía, me llenó el pecho de una rabia mezclada con orgullo que me costó nombrar.

Me separé. Me miraba con una sed que no era de hija.

—Cierra la boca, Cami. Si sigues así, dejo de ayudarte.

—Bueno, pa.

Volví a meter dos dedos. Esta vez no encontré nada. Palpé alrededor, moví los dedos en círculos, exploré. Solo carne caliente y mojada, los gemidos de mi hija temblando en cada ola. Estaba en otro mundo.

—No están. Tienes que cambiar de posición. Ponte en cuatro.

Le gustó escuchar eso. Bastante. Se levantó, me dio un beso corto en los labios y se acomodó sobre el respaldo del sillón, en cuatro. La vista era brutal. El trasero no era grande, pero tenía una forma de corazón, perfecta. Se lo abrió con las dos manos sin que yo se lo pidiera.

—¿Te lo cogieron por atrás, Cami? Lo tienes relajado.

—No, papá. Es que me gusta meterme cosas ahí también.

—Carajo. Qué puta saliste.

—Sí, pa. Lo soy.

Y yo, hasta esa noche, no lo sabía.

Le metí los dedos desde atrás. El aroma era distinto en esta posición, más íntimo todavía, y tuve que apretar la mandíbula para no inclinarme y pasarle la lengua. Tanteé adentro. Empujé profundo. Las bolitas estaban demasiado adentro.

—¡Ay! —jadeó—. Otro orgasmo, papá.

—No puede ser sano que te vengas tantas veces, Cami. ¿Cuántas llevas?

—Perdí la cuenta.

Por Dios.

Tras varios minutos sin lograr agarrar las bolitas, supe que necesitaba otra cosa.

—Cami, voy a tener que meter más. Mucho más. No sé si va a entrar.

—Hazlo. Por favor. No aguanto más.

Subí a buscar el lubricante que usamos con mi mujer cuando ella me lo pide diferente. Bajé con el frasco en la mano y me sentí culpable por un segundo. Después acallé esa voz. Me unté la mano hasta la muñeca y le puse una buena cantidad a ella también, repartida con paciencia.

—Ay, papá, qué rico.

—Camila, cállate.

—Es que se siente increíble. Nunca me habían metido la mano. Me encanta que tú seas el primero, papá.

—Me vas a matar.

—Lástima que no sea tu verga.

—Cami, basta.

Ese era mi límite. Cogerla. Hasta ahí no íbamos a llegar.

El lubricante hizo el milagro. Tres dedos. Cuatro dedos. El pulgar plegado. Y, después de un rato de paciencia, la mano entera. Su entrada se abrió como si la hubieran preparado para eso, como si me esperara desde siempre. Yo tampoco había hecho esto antes en mi vida. Y que la primera fuera mi hija me cortocircuitó la cabeza.

Empujé hasta la muñeca. Sentí la segunda bolita.

—Empuja, Cami.

Empujó. Acabó otra vez. Los dos nos reímos al mismo tiempo: ya era surrealista.

Con un movimiento la atrapé y la saqué junto a un chorro caliente que me llegó hasta el antebrazo. Me la llevé a la boca sin pensar. Vibraba contra mis labios. Riquísimo.

—Falta una.

Volví a entrar. Camila balbuceaba palabras que yo no terminaba de entender. Echó la cabeza hacia atrás, dejó que el pelo le cayera por la espalda y, con un movimiento corto, se sacó la camiseta. Quedó desnuda. Los senos pequeños, los pezones rosados y duros, la cintura mínima. Hermosa.

—Ven, date vuelta. Siéntate como antes.

Se acomodó de nuevo, las piernas abiertas. Repetí. Más lubricante. La mano otra vez. Ahora entraba como si perteneciera.

Camila empezó a tocarse los pezones, apretárselos, doblarlos entre los dedos. Estaba en otro plano. Yo no aguantaba más. Con la mano libre me agarré la verga y empecé a tocarme sin disimular. Ella me vio.

—¿Te estás tocando, papá? ¿Quieres que lo haga yo? ¿O prefieres que te la chupe? Tu nena, agradecida por meterle el puño entero. Nunca acabé tantas veces, papá. Nunca. Es por ti. Me pones tan puta.

Sus palabras me empujaron al borde. Le metí la mano más fuerte. Encontré la última. La agarré entre los dedos. Ella se arqueó, se le pusieron los ojos en blanco, la piel de gallina le subió por todo el cuerpo. La sentí apretarse alrededor de mi muñeca como un torno.

Saqué la mano. Junto con la última bolita salió un chorro, intenso, caliente, que me llegó al pecho y a la verga. Mi hija acababa sobre mí en un squirt largo que no terminaba.

Eso fue suficiente. Con un gruñido bajo me terminé a mí mismo, parándome justo a tiempo para acabar sobre su abdomen y sus caderas. La leche cayó tibia y espesa, dibujando una línea irregular sobre su piel.

Camila lo vio. Y aunque seguía en su nube, sonrió con una sed que no debería existir entre nosotros. Pasó un dedo por mi semen, se lo llevó a la boca, lo chupó.

—Qué rica, papá. Me hubiera encantado que me la dejaras en la garganta. O bien adentro.

—Cami, hija. Qué locura.

—Sí, papá. Perdón por hacerte pasar por esto.

—Está bien.

Nos abrazamos en silencio. Le pasé la mano por el pelo, le besé la frente. Solo eso. Un momento de padre y de hija, después del naufragio. Quedó dormida contra mi pecho a los pocos minutos. La levanté en brazos como cuando era chica y la llevé hasta su cama. La tapé.

Bajé. Limpié todo. Lavé el sillón. Tiré la camiseta arruinada al fondo de la lavadora. Borré cada rastro.

Y el juguete que había empezado todo, lo guardé en mi escondite. Algo me decía que iba a hacerlo trabajar otra vez.

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Comentarios (3)

GustavoNoc

Muy bueno, me dejo con ganas de mas!!!

PatiCba

Por favor una segunda parte!! quede con ganas de saber que paso despues

NicoDeviante

tremendo relato, se me hizo corto. el titulo ya te engancha y el desarrollo no decepciona para nada

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