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Relatos Ardientes

Lo que descubrí de mi hijo a las dos de la madrugada

El tribunal federal de Houston olía a polvo viejo y a tinta seca. Aquel aire viciado no era aire; era un sudario tejido con miles de testimonios y traiciones. Yo, Verónica —la mujer que durante ocho años caminó por salones de mármol y noches de seda— sentía cómo las paredes se cerraban sobre mi cuerpo con la paciencia de un animal antiguo. Cada uno de mis tacones golpeaba el suelo pulido y devolvía un eco que ya no me pertenecía.

La sentencia cayó como una piedra: cadena perpetua, sin posibilidad de salida. El juez pronunció las palabras con voz neutra y un silencio espeso invadió la sala. Miré a Octavio, ese hombre de barba canosa y cabello plateado que durante casi una década había sido mi jefe, mi amante y mi condena. No se inmutó. Su rostro guardaba la calma terrible de quien sabe que su caída no será la última.

Su imperio no moría con él. Sus hijos, herederos puntuales de la crueldad familiar, asumirían el mando. Y yo, que durante ocho años había trabajado a su lado mientras descendía en mi propia moral, me convertía en su primer objetivo. La victoria del FBI era, en realidad, mi sentencia particular.

Vestía un traje gris ceniza y una blusa de seda que se pegaba a la piel con una fidelidad casi indecente. Tenía los rasgos latinos tensos bajo un maquillaje perfecto. No era vanidad lo que me mantenía erguida, era una armadura. Desde la mesa de la defensa, Octavio me dedicó una última mirada de posesión. No era la mirada de un convicto, sino la de un coleccionista a quien acaban de confiscarle su pieza más preciada.

Recordé el peso de sus manos sobre mis muslos. Manos que habían ordenado muertes con la misma delicadeza con la que desabrochaban mi lencería francesa, con la misma paciencia con la que había separado mis piernas cientos de veces sobre el escritorio de caoba de su despacho, susurrándome al oído lo apretado que seguía siendo mi coño después de tantos años de servicio. Recordé el sabor cobrizo de su semen en mi lengua, la forma en que agarraba mis tetas por detrás mientras me follaba contra el ventanal, obligándome a mirar las luces de Houston con la polla enterrada hasta el fondo. Sentí un escalofrío entre las piernas y aparté el recuerdo antes de que me humedeciera la ropa interior en plena sala.

—¿Ha terminado, mamá? —la voz de mi hijo, a mi lado, cortó el hilo de los recuerdos.

Miré a Andrés. A sus dieciocho años, ya no era el niño que dormía en el piso de arriba mientras yo pecaba en el salón. Ante mí se alzaba un hombre joven, de hombros anchos y mirada azul cargada de una melancolía vieja. Y ahí, bajo la luz cruda del tribunal, sentí el vértigo: era la viva imagen de Esteban, su padre. El mismo cabello rubio, la misma estatura imponente, el mismo cuerpo atlético que mi marido lucía antes de desaparecer sin dejar rastro.

Observar la línea de su mandíbula me provocó un calambre eléctrico que recorrió mi columna y se instaló en el vientre. Inmediatamente, el asco hacia mí misma me golpeó. Es tu hijo, es tu propia sangre. Me obligué a apartar la vista, avergonzada de mi propia piel, avergonzada de la humedad que empezaba a filtrarse en mis bragas de encaje negro.

***

El agente Reyes nos esperaba en la penumbra del pasillo. Su piel recordaba al pergamino viejo, seca y amarillenta. Él había sido el arquitecto de mi traición, usándome como una pieza de ajedrez durante años de chantaje emocional.

—Diga adiós a Verónica —sentenció más tarde, en la habitación de un hotel que olía a café quemado—. Saluden a Marta y a Mateo Hidalgo. El peligro es real. Los hijos del viejo ya han tomado las riendas y no perdonan.

Nos entregó un sobre marrón con nuestra nueva identidad y un destino: Vicksburg, Mississippi. El viaje fue un calvario de cielos de plomo. Mississippi nos recibió con el olor inconfundible de su río: lodo, madera podrida, aire denso. Reyes nos dejó dinero suficiente, la promesa de enviar el resto de nuestras pertenencias en menos de un mes y unas reglas claras: discreción absoluta, ninguna amistad apresurada, un perfil tan bajo que rozara la inexistencia.

Nuestra nueva casa era un monumento al anonimato: pequeña, blanca, gélida. Dos habitaciones, un solo baño, una cocina funcional y una sala que olía a encierro. Tenía un porche de madera que crujía bajo el peso de nuestros secretos. En el patio cercado, lo único que desentonaba era un jacuzzi de madera, un lujo extraño en medio de la miseria.

Yo trabajaría desde casa como contadora virtual, refugiada en la frialdad de las hojas de cálculo. Andrés —ahora Mateo— asistiría a la universidad local para continuar la ingeniería que había empezado en Texas. En el sobre había también fotografías alteradas con inteligencia artificial: retratos de una Marta más joven y de un Mateo niño que nunca existieron, fabricaciones digitales que debíamos colocar en los marcos del salón para dotar a la casa de un pasado ficticio.

***

Bajo esa superficie de viuda gris, mi sangre seguía corriendo como un río de fuego. Me descubría tocando texturas con una desesperación sensorial: la rugosidad de la toalla, el frío del grifo, la aspereza de unas sábanas baratas que noche tras noche irritaban una piel acostumbrada a la seda. En el silencio de la madrugada, mi mano bajaba por instinto entre mis piernas, encontraba mi coño hinchado y necesitado, y me frotaba el clítoris con tres dedos hasta correrme mordiéndome el antebrazo. Pero esos orgasmos rápidos y solitarios no me calmaban; al contrario, dejaban un vacío mayor, un hambre de polla real, de peso, de embestidas.

Y estaba él. Mateo.

Se movía por los pasillos con una gracia felina. Lo observaba desde las sombras de mi propia represión, viéndolo estudiar en la mesa del comedor, y el parecido con Esteban se volvía insoportable. Ver su espalda tensarse bajo la camiseta despertaba en mí memorias eróticas que debían estar enterradas. Sentía un vértigo que me obligaba a apretar los muslos bajo la falda, seguido de una oleada de culpa que me dejaba físicamente exhausta.

El primer incidente sucedió una tarde, pocos días después de instalarnos. Mateo salió del baño envuelto en una nube densa de vapor, esculpido por la humedad, con una toalla blanca anudada tan baja que apenas se sostenía sobre la cresta de las caderas. Mi mirada, traicionera, descendió hasta el bulto que se dibujaba bajo la tela húmeda. Noté con nitidez aterradora las dimensiones de su miembro: una presencia pesada, gruesa, colgando hacia el muslo izquierdo, la punta marcándose contra el algodón mojado con una obscenidad casi grosera. Su polla parecía dormida y aun así abultaba de una manera que me cortó la respiración; entreabierta la toalla en una esquina, alcancé a intuir la sombra oscura del vello púbico, el nacimiento del tallo grueso, la promesa de unos huevos pesados.

Por un segundo, la madre desapareció. En ese vacío moral me pregunté, con una curiosidad enferma, cómo se sentiría una mujer —cualquier mujer, no yo— recibiendo semejante verga hasta la garganta, cómo se estiraría un coño alrededor de esa base gruesa, cuánto semen podría escupir una polla así. Fue un relámpago de deseo prohibido que tiró de mi vientre y me apretó los pezones bajo la blusa hasta hacerlos doler. Inmediatamente, la condena cayó sobre mí como un bloque de plomo. ¿Qué clase de monstruo eres?

Mateo notó la fijeza de mi mirada. El rubor le subió por el cuello hasta teñirle las mejillas. Se ajustó la toalla con torpeza, desviando los ojos azules que tanto me recordaban a Esteban.

—Lo siento, mamá... no sabía que estabas aquí —murmuró con la voz quebrada.

—No, hijo... no pasa nada —respondí con una voz aguda que me delataba como a una presa acorralada.

Me di la vuelta y huí a mi habitación. Apoyada contra la madera fría, sentí cómo mi coño palpitaba con el mismo calor húmedo que Octavio había despertado años atrás. Metí la mano bajo la falda sin pensarlo, aparté las bragas hacia un costado y hundí dos dedos en mi carne empapada. Estaba tan mojada que oí el sonido pegajoso de mis propios jugos al retirar los dedos. Me los llevé a la boca y los chupé mientras imaginaba que era el sabor de mi hijo, mientras me frotaba el clítoris con la otra mano en círculos frenéticos. Me corrí de pie, contra la puerta, con la falda arremangada hasta la cintura, mordiéndome el labio para no gritar el nombre prohibido. Pero esta vez, el origen del incendio era el fruto de mi propia sangre, y el orgasmo me supo a ceniza y a gloria al mismo tiempo.

***

La noche en Vicksburg no era un intervalo de tiempo, era una presencia física: un sudario de humedad que se pegaba a la piel con la persistencia del remordimiento. El Mississippi, ese coloso de lodo a pocas manzanas, exhalaba un aliento pesado que se filtraba por las rendijas de los postigos grises.

Eran las dos de la madrugada cuando la sed me obligó a salir de la cama. No era sed de agua, era una necesidad celular de movimiento, de aire, de confirmar que seguía viva en aquel mausoleo blanco. Descalza, sentí la madera fría contra las plantas y me moví con la levedad de un espectro que recorre las ruinas de su propia santidad. Solo llevaba una bata de seda vieja sobre un camisón corto, sin ropa interior; el aire caliente me lamía los muslos con cada paso.

Al llegar al final del pasillo, me detuve en seco. Un resplandor azulado parpadeaba en el umbral de la sala. El televisor estaba encendido, proyectando sombras retorcidas sobre las paredes. El sonido era un susurro, un murmullo de voces anónimas perdidas en la penumbra, gemidos femeninos y jadeos masculinos que reconocí de inmediato: porno.

Y allí, en el centro de aquel teatro de sombras, estaba Mateo.

Me oculté detrás de una columna de madera, conteniendo la respiración hasta que me dolió el pecho. Mateo estaba en el sofá, con los pantalones de chándal gris en los tobillos y la camiseta subida hasta la mitad del pecho. La curva firme de sus nalgas, la línea de los oblicuos, todo quedaba expuesto bajo la luz fría de la pantalla. Su polla, la misma que yo había vislumbrado bajo el vapor, estaba ahora en plenitud. Larga, gruesa, venosa, perturbadoramente hermosa, con la piel del tallo tensa y las venas dibujadas como raíces oscuras bajo la epidermis. El glande, hinchado y brillante, asomaba por encima del prepucio recogido, húmedo con una gota transparente de líquido preseminal que resbalaba lento hacia sus dedos. Sus huevos, pesados y firmes, colgaban entre los muslos abiertos, moviéndose con cada tirón de su puño.

La sujetaba con una lentitud rítmica, casi solemne, como si oficiara una liturgia privada en el altar de su propia juventud. Su mano subía desde la base, apretando con firmeza, torciendo la muñeca al llegar a la cabeza para arrastrar la humedad de la punta hacia abajo, lubricando cada centímetro del tallo. Luego volvía a bajar, más despacio, deteniéndose en la base para masajearse los huevos con dos dedos, tirando de ellos con una intimidad que solo se conoce en soledad.

Mis ojos recorrieron cada detalle con una voracidad que me asustaba. La tensión de sus hombros, los bíceps marcados con cada movimiento del brazo, el sudor fino que brillaba en su abdomen como perlas bajo el resplandor. En la pantalla, una mujer morena de pechos enormes mamaba a dos hombres a la vez, y Mateo la miraba con la boca entreabierta, la lengua asomando entre los dientes, mientras su puño aceleraba y se ralentizaba al ritmo de la escena. No se masturbaba con la urgencia torpe de un adolescente, lo hacía con una parsimonia cruel, disfrutando cada centímetro de su propia piel.

Sentí un calor húmedo y vergonzoso, una marea espesa que inundó mi sexo. La bata se abrió sola sobre mis piernas cuando me acuclillé contra la columna para verlo mejor. Sin poder evitarlo, llevé la mano bajo la seda, aparté el camisón y encontré mi coño ya empapado, los labios hinchados, el clítoris duro como una piedrecilla latiendo bajo la piel. Mis dedos, temblorosos, se abrieron paso entre los pliegues resbaladizos y empezaron a frotar en círculos apretados, mientras con la otra mano me pellizcaba un pezón por encima del camisón, sintiéndolo endurecerse hasta doler. Traté de sincronizar mis pulsaciones con el ritmo de su mano. Éramos dos extraños compartiendo un secreto en la oscuridad, unidos por un hilo invisible de fluidos y electricidad estática, madre e hijo masturbándose separados por tres metros de aire viciado.

Él gemía bajo, un sonido gutural que me hacía vibrar hasta la médula. Era el mismo tono que recordaba en Esteban, pero con una frescura devastadora. Lo escuché soltar un jadeo más largo, y luego murmurar entre dientes: «Mmm, joder, sí...», y esas dos palabras roncas me arrancaron un espasmo entre las piernas. Metí tres dedos dentro de mí, hasta los nudillos, sintiendo mi coño chorreando alrededor, y comencé a follarme a mí misma imitando el ritmo de su puño sobre su verga.

En ese instante, la locura terminó de devorar mi razón. Imaginé, con nitidez aterradora, salir de las sombras, arrodillarme entre sus piernas abiertas, apartar sus manos y sustituir su puño con mi boca. Imaginé el peso caliente de su polla apoyándose contra mi lengua, el sabor salado de su preseminal, el estiramiento de mis labios al abrirlos para tragar centímetro tras centímetro. Imaginé subir y bajar la cabeza con hambre, chupar la punta con los cachetes hundidos, sacar la lengua para lamerle los huevos mientras me masturbaba yo también, y esperar con la boca abierta a que se corriera en chorros gruesos sobre mi cara, sobre mi lengua, sobre mis tetas. Imaginé su mano enredada en mi cabello, empujando mi cabeza hacia abajo, atragantándome con la brutalidad de quien no conoce el pecado, solo la ley de la piel y el hambre. Imaginé después subirme a horcajadas sobre él, ensartarme yo misma con esa verga gruesa, sentir cómo se abría paso a la fuerza en mi coño estrecho de años sin follar como debía, y cabalgarlo hasta correrme empapándole los muslos.

Mateo aceleró el ritmo. El puño ahora subía y bajaba a golpes rápidos y secos, y el sonido húmedo de su preseminal chapoteando contra la palma llenó la sala. Su cuerpo se tensó como una cuerda a punto de romperse. Su espalda se arqueó, sus caderas empezaron a empujar hacia arriba contra su propia mano, follándose el puño como si fuera un coño, sus huevos apretándose contra el cuerpo. Sus ojos se cerraron, la mandíbula se le trabó, y en su rostro se dibujó una expresión de éxtasis y dolor. Soltó un gruñido ronco, largo, animal, mientras la primera oleada salía disparada. Un chorro espeso y blanco voló hasta salpicarle el pecho, casi alcanzándole la barbilla; el segundo cayó sobre su abdomen tenso; el tercero, el cuarto y el quinto se derramaron sobre sus dedos, sobre sus huevos, resbalando espesos entre los pliegues del muslo. La semilla brillaba sobre la piel como una pátina de aceite, y él seguía apretándose la polla, exprimiendo las últimas gotas con la mano temblorosa.

En ese mismo instante, yo también me derrumbé. Un orgasmo violento, oscuro, me sacudió de pies a cabeza. Mi coño se cerró en espasmos alrededor de mis propios dedos, chorreando en la palma de mi mano, empapándome el interior de los muslos hasta las rodillas. Tuve que morderme la otra mano, hundiendo los dientes hasta sentir el sabor metálico de la sangre, para ahogar el grito que pugnaba por escapar. Las piernas me temblaban tanto que temí caer al suelo y delatarme. El fluido caliente empapaba el borde del camisón y goteaba sobre la madera del pasillo, marca invisible de mi traición.

Huí hacia la habitación antes de que él pudiera percibir mi presencia. Me metí en la cama, pero el sueño era imposible. Volví a abrirme de piernas bajo las sábanas, volví a hundir los dedos en mi coño empapado, y me corrí otras dos veces recordando cada chorro de semen de mi hijo, cada gemido, cada vena de su polla, hasta quedarme dormida con la mano entre las piernas y el olor de mi propio deseo impregnado en las sábanas.

***

El amanecer no trajo luz, trajo una revelación de sombras. Me desperté con el peso de la noche anterior incrustado en los huesos y el coño aún hinchado, sensible al roce de las bragas limpias que me había puesto al levantarme. ¿Era Mateo un hombre consciente de su magnetismo, o era yo la única arquitecta de esta depravación? Esa duda era el clavo ardiente al que intentaba aferrarme para no caer en el abismo.

Me envolví en la bata de seda y bajé a la cocina. Mateo estaba allí, de espaldas, recortado contra el resplandor de la ventana donde el sol empezaba a lamer los cristales con una lengua dorada. Solo vestía los pantalones de chándal grises, los mismos de la noche anterior, colgando de la cadera con una negligencia que me obligó a cerrar los ojos un segundo. Debajo, sabía —lo había visto— que llevaba una polla que aún podía hacerme llegar al orgasmo con solo recordarla.

—Buenos días, mamá —dijo sin girarse. Su voz, un barítono profundo, vibró en las paredes de madera.

—Buenos días, Mateo —respondí, intentando que la mía no delatara el temblor de mis manos.

Se giró. Sus ojos azules, tan parecidos a los de Esteban, me miraron con una transparencia insoportable. No había sonrisa lasciva, no había guiño de complicidad. Solo la mirada limpia de un hijo. ¿O era eso lo que yo quería ver?

Se acercó a dejar una taza de café frente a mí. Al inclinarse, su torso quedó a centímetros de mi cara. Pude ver el vello finísimo del pecho, la piel estirándose sobre las costillas con cada respiración, el pezón izquierdo pequeño y oscuro a la altura exacta de mi boca. Inhalé su aroma —jabón, sueño, sudor limpio y vitalidad insultante de dieciocho años— y sentí que el oxígeno desaparecía de mis pulmones. Se me endurecieron los pezones bajo la seda de la bata, y recé para que él no lo notara. Sus dedos rozaron los míos al soltar la taza. Fue un milisegundo de fricción que me recorrió el brazo como una descarga de alto voltaje, y sentí una punzada directa en el clítoris, como si él acabara de tocarme entre las piernas.

—Pareces cansada —comentó, sentándose frente a mí—. ¿No dormiste bien? El aire estaba muy caliente anoche.

Sentí el corazón en la garganta. ¿Era una pregunta inocente sobre el clima o una alusión velada a lo que ambos sabíamos que había flotado en el aire?

—La casa hace ruidos extraños por la noche —admití, en un susurro—. Me pareció oír algo en la sala.

Él dejó la taza con una lentitud deliberada. Por un instante, el tiempo pareció detenerse. Sus ojos volvieron a los míos y, por primera vez, me pareció ver un destello que no era inocencia. Una chispa de autoconciencia que desapareció antes de que pudiera atraparla. Bajo la mesa, noté cómo desplazaba las caderas apenas, y me pareció distinguir un abultamiento nuevo tensando la tela gris de sus pantalones.

—Yo también oí algo —dijo, y su voz bajó un octavo, volviéndose más íntima—. Pensé que eras tú.

El aire en la cocina se volvió irrespirable. Si él lo sabía, su naturalidad era una crueldad exquisita. Si no, yo era el monstruo profanando su intimidad con mis deseos de mujer marchita. Sentí un hilo caliente resbalar entre mis muslos bajo la mesa.

Se levantó para dejar la taza en el fregadero. Al pasar por mi lado, su brazo rozó mi hombro y su cadera casi tocó la mía. Sentí su calor irradiando hacia la nuca, su respiración moviendo los mechones sueltos de mi cabello. A la altura de mi cara pasó justo el bulto de sus pantalones, y juro que noté que rozaba deliberadamente el borde de la mesa contra mi codo. Por un momento eterno, esperé que sus manos cayeran sobre mis hombros, que las bajara por el escote de la bata, que encontrara mis tetas desnudas debajo y las agarrara con la brutalidad de un hombre joven, que su boca buscara mi cuello, que la máscara cayera y el deseo nos consumiera a los dos. Esperé sentir sus dedos hundiéndose en la seda entre mis piernas, esperé que me arrastrara sobre la mesa y me follara ahí mismo con el café humeando junto a mi cabeza.

Pero no sucedió nada.

—Voy a correr al río —dijo, recuperando el tono cotidiano—. ¿Necesitas algo de la ciudad cuando vuelva?

—No, nada —logré articular sin girarme.

Lo escuché alejarse, sus pasos pesados sobre la madera, el sonido de la puerta principal cerrándose. Solo entonces me permití derrumbarme. Apoyé la frente en la mesa, sollozando sin lágrimas, atrapada en la geometría de una duda que me estaba destruyendo. Bajo la bata, mis bragas estaban empapadas por segunda vez en pocas horas.

***

El sol de la tarde caía con una pesadez dorada sobre el vecindario cuando una mujer cruzó por primera vez los límites de nuestra propiedad. No era la vecina inmediata: vivía dos casas más allá, separada de nosotros por la vivienda de los Sullivan, un matrimonio anciano que rara vez asomaba la nariz y cuya casa siempre permanecía en silencio sepulcral. Esa distancia, en lugar de tranquilizarme, hacía que su aproximación pareciera una procesión deliberada a través del asfalto caliente.

Yo estaba en la entrada lidiando con una de las últimas cajas de la mudanza, una que el FBI nos había mandado quince días después de nuestra llegada. El sudor me pegaba la blusa a la espalda y me sentía desarmada por el caos del traslado. Entonces la vi venir desde el final de la acera. Caminaba con una confianza que ignoraba la humedad del ambiente, vestida con un conjunto veraniego floral que se movía con una brisa que solo ella parecía generar. En las manos sostenía una bandeja de galletas envuelta en un lazo de rafia perfecto.

—Hola, soy Carolina. Vivo dos casas más allá, en la esquina —dijo con una voz armónica, casi musical—. Vi el camión de la mudanza y pensé que un poco de azúcar ayudaría a endulzar el primer día en el barrio.

Forcé una sonrisa de cortesía. Mientras se acercaba, mis ojos hicieron ese escaneo quirúrgico que solo una mujer aplica sobre otra. Le calculé treinta y seis años; esa edad peligrosa en la que la piel todavía conserva una elasticidad insultante. Un metro sesenta y cinco, manejable y casi delicada, pero con piernas firmes asomando bajo un vestido tan liviano que parecía flotar. Unos pechos pequeños pero altos empujaban la tela floral sin necesidad de sujetador, los pezones dibujándose apenas bajo el algodón. Cabello rubio ceniza recogido en una coleta descuidada. Unos ojos translúcidos, fríos, que se clavaron en los míos con una confianza que me hizo sentir vieja y desaliñada entre tantas cajas.

—Muchas gracias. Soy Marta —respondí con torpeza, intentando ocultar mi cansancio.

En ese momento, Mateo salió de la casa cargando un par de lámparas pesadas. Llevaba una camiseta sin mangas que dejaba ver los brazos polvorientos por el esfuerzo y el inicio de una musculatura que la mudanza resaltaba con una nitidez perturbadora. Se detuvo en seco al ver a la mujer frente a nosotros. Carolina no apartó la mirada; al contrario, sus ojos recorrieron la figura de mi hijo con una lentitud casi clínica, deteniéndose en los hombros, bajando por el pecho, calculando la anchura de la cadera, adivinando —lo supe, lo sentí— el peso que colgaba entre sus muslos bajo la tela del pantalón. Una evaluación silenciosa que duró apenas un segundo pero que se sintió como una invasión de nuestra privacidad más íntima. Y sentí, con una punzada terrible entre los pechos, un latigazo de celos crudo y absurdo. Es mío. Ni siquiera es mío, y ya te odio por mirarlo así.

—Y este debe ser tu hijo —comentó, volviendo la atención a mí, aunque su lenguaje corporal seguía orientado magnéticamente hacia él—. Es un hombre muy apuesto, Marta. Tienes mucha suerte de tener ayuda tan vigorosa.

Mateo, con la timidez de los dieciocho años todavía intacta como capa protectora, asintió levemente y se rascó la nuca, visiblemente incómodo ante el cumplido directo de una desconocida.

—Hola... soy Mateo —acertó a decir, con una gravedad masculina que pareció sorprenderlo a él mismo.

Carolina le entregó la bandeja a él, asegurándose de que sus dedos rozaran los suyos durante el intercambio de una manera lenta y deliberada. Un chispazo de piel sobre piel. Vi cómo Mateo parpadeaba, confundido por la descarga. Vi también cómo los ojos de Carolina descendían un instante hacia la entrepierna de mi hijo antes de subir de nuevo hasta su cara, sonriendo con la satisfacción tranquila de una mujer que ha catalogado a su presa.

—Mi marido Daniel y yo vivimos en la casa de la valla oscura —dijo señalando, pasando por alto la fachada silenciosa de los Sullivan—. Si necesitan cualquier cosa, una herramienta, un consejo sobre el barrio o simplemente compañía para escapar del encierro de estas paredes, no duden en caminar esas dos casas. Nos gusta conocer a fondo a nuestros vecinos.

Se despidió con una inclinación —y en el gesto, el escote se le abrió lo justo para que yo alcanzara a ver la curva pálida de un pecho sin sostén— y volvió sobre sus pasos, caminando con un contoneo rítmico que sentí como una promesa. Mateo se quedó allí, sosteniendo la bandeja como si fuera un objeto cargado de electricidad, mirando la espalda de Carolina, la caída del vestido sobre el culo firme, hasta que entró en su casa.

—Parece simpática —murmuró, todavía distraído, sin dejar de mirar hacia la esquina. Bajo la tela del pantalón, un abultamiento pequeño pero inconfundible delataba lo que su boca callaba.

Yo no respondí. Miré hacia la casa de Carolina sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima de la tarde. No supe explicarme por qué, pero en ese primer encuentro, mientras el aroma de las galletas todavía calientes flotaba entre nosotros, sentí que nuestra pequeña casa de dos habitaciones acababa de dejar de ser un refugio. Acababa de convertirse en un objetivo.

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Comentarios(8)

NocturnaBA

tremendo relato, me tenia pegada a la pantalla!

LectoFan77

Por favor que haya segunda parte, quedé con muchisimas ganas de saber cómo siguió todo esto

Lorena_Sur

La introduccion del principio es perfecta, ese detalle de la luz azul... muy cinematografico. Se siente real.

ClaraVR99

que nervios leer esto a las 2am jajaja, demasiado cercano

Rulo_lector

Buenisimo. Se nota que esta escrito con cuidado, no es uno de esos relatos armados apurados. Felicitaciones.

andres29

corto pero intenso, quiero mas!!

MendozaLectors

Me quedo pensando en cómo habrá reaccionado él al darse cuenta... si es que se dió cuenta. Esperando la continuación.

Valentina_R

De los mejores que leí en esta categoría, sin exagerar. Muy bien narrado, se lee de un tirón.

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