Espié a mi hermana y descubrí con quién estaba
Mi hermana Camila tiene un cuerpo que no debería existir en la misma casa que yo. Cada vez que la veo cruzar el living envuelta en una toalla, se me acelera la respiración y aprieto los dientes para no hacer ruido. Tiene veintiocho años, hace gimnasia desde los quince y carga con eso una soltura que vuelve loco a cualquiera. Yo soy su hermano menor y, además, soy un pajero compulsivo. Lo asumo: pajearme pensando en ella se me volvió rutina antes de irme a dormir.
La espío desde hace tiempo. No siempre puedo, pero cuando ella deja la puerta entreabierta de su cuarto, se me corta el aire. Me apoyo contra el marco del pasillo y la miro vestirse, desvestirse, mirarse en el espejo, ponerse crema en los muslos. La veo pasarse los dedos por los pezones hasta dejarlos duros, primero un círculo lento sobre la aureola y después un pellizco suave que la hace cerrar los ojos. Huele a algo limpio, recién bañada, mezclado con un perfume cítrico que se le pega a la piel después del agua caliente.
A veces pienso que se da cuenta. Que sabe que estoy del otro lado. Que se demora un segundo más de la cuenta acomodándose la bombacha frente al espejo justo cuando yo aguanto la respiración. Y esa duda me prende más todavía. Tengo que volver a mi cuarto, tirarme en la cama y terminar lo que empecé contra el marco de la puerta, con la mano en la pija y los ojos cerrados.
Lo de la ropa interior es lo peor. Camila usa bombachitas mínimas, tangas que se le pierden entre las nalgas como si fueran un detalle decorativo. Tiene un culo que parece esculpido a propósito: redondo, firme, de esos que se mantienen en su lugar sin ayuda. La cintura le baja en una curva imposible y todo eso convive con unas tetas que en el gimnasio nunca cedieron. Usa corpiños de telita transparente, casi simbólicos, y cuando se pone una blusa blanca arriba, mis amigos no la miran a la cara cuando vienen a buscarme.
—¿Salimos esta noche, gordo? —me preguntó la otra vez Federico, sin sacarle los ojos de encima a Camila, que volvía del baño envuelta apenas en un short minúsculo.
Yo no le contesté. Le hubiese pegado.
Camila es popular. Tiene novios, ex novios, candidatos esperando turno. Pero no es una facilonga. Ella elige, prueba y descarta. A veces se entera mamá de que alguno mandó flores, y los devuelve sin abrir la tarjeta. Tiene clase, tiene calle, y un gusto particular para los tipos. Lo que nunca había podido espiar era a Camila en acción. Nunca trajo a un novio a casa más que para buscarla en la puerta. Mi fantasía constante era esa: verla coger. Verla gritar. Imaginar que era yo quien la hacía gritar.
***
El sábado pasado parecía mi gran fin de semana. Tenía planeado escaparme a pescar con tres amigos hasta el domingo a la noche. La idea era el delta, mate, cerveza y ninguna mujer a la vista. Como trabajo los sábados a la mañana, el viernes me quedé hasta tarde en la oficina cerrando un balance estúpido, y después salimos a tomar algo con los pibes hasta las cinco de la madrugada. Llegué a casa hecho un trapo, me tiré en la cama vestido y dormí cinco horas mal contadas.
A las once de la mañana me despertó el celular. Era Lautaro.
—Se rompió la camioneta, hermano. Se canceló la pesca.
Putié contra la almohada. Mis viejos ya se habían ido a Mendoza a visitar a una tía, y se suponía que yo me iba con los chicos. En la casa quedaba Camila sola. Sola con la posibilidad de hacer lo que quisiera en una casa vacía un sábado al mediodía. Y yo ahí, escondido en mi cuarto, suponiendo que tendría que aguantarme un fin de semana aburrido frente a la tele.
Lo que no calculé era que Camila también pensaba que yo me había ido.
***
Estaba volviéndome a dormir cuando escuché las primeras risas. Eran del fondo del pasillo, del lado del cuarto matrimonial. Pensé que estaba soñando. Después escuché unos pasos, un mate cayendo, una carcajada corta. Y de fondo, una respiración pesada que no era la de mi hermana sola.
Me senté en la cama de golpe. El cuarto de mis viejos queda enfrente del mío, separado por un pasillo angosto. Si me asomaba apenas, podía ver la puerta. Y la puerta estaba entreabierta.
Me levanté en patas. Tenía puesto solo el bóxer con el que me había quedado dormido. Caminé pegado a la pared del pasillo, conteniendo el aire. Antes de llegar al cuarto, los sonidos ya no dejaban dudas. Camila estaba ahí adentro y no estaba sola.
—Más fuerte, papito, así, así…
La voz de Camila me llegó nítida, lejana, irreconocible. Nunca la había escuchado hablar así. Era ronca, entregada, sucia. Como otra persona usando su garganta. Atrás se escuchaba un golpeteo seco, rítmico, que iba ganando velocidad: plaf, plaf, plaf. Era piel contra piel, sin pausa, sin descanso. Sentí que se me cortaba la circulación en las sienes.
Mi gran fantasía estaba pasando del otro lado de esa puerta.
Bajé hasta el piso. La alfombra del pasillo amortiguaba mis movimientos. Me arrastré en cuatro patas, con la respiración suspendida, hasta meter la cabeza apenas por la abertura. Sabía que me arriesgaba a que me vieran. Pero ya tenía la pija dura empujándome el bóxer, y la idea de retroceder ni siquiera me cruzó la cabeza.
La cama matrimonial está pegada a la pared del fondo. Desde abajo, escondido contra el marco de la puerta, podía ver los pies. Dos pies grandes, con vello en los dedos, apoyados firmes en el respaldo inferior del colchón. Pies de un tipo adulto. Y arriba, montada sobre él, mi hermana saltando.
Saltando como nunca la había visto. Las nalgas rebotaban arriba y abajo, formando una onda que recorría todo su cuerpo. Las manos del tipo, peludas, oscuras, le sostenían el culo con autoridad. La levantaban un poco y la dejaban caer. Plaf. Plaf. Camila gemía a cada bajada, un sonido animal que le brotaba del fondo del pecho.
Lo que ese tipo tenía adentro de mi hermana no era una pija normal. Era una cosa gruesa, larga, dura, que entraba entera y volvía a salir hasta casi soltarse, brillante de los flujos de Camila. Yo le veía la concha desde abajo, abierta, hinchada, los labios chupándose ese palo y soltándolo otra vez. Era como una de esas películas que descargo a escondidas, solo que mejor, porque era ella.
***
Y entonces noté el detalle que me cortó algo por dentro.
El tipo tenía una alianza de oro en la mano derecha. Una alianza vieja, gastada en los bordes, de las que no se sacan ni para coger. La pegué a la memoria sin saber todavía qué significaba. Pensé en algún profesor casado de la facultad. Pensé en algún cliente de la inmobiliaria donde mi hermana hacía pasantías. Pensé en cualquier cosa antes de pensar lo que terminó siendo.
Camila aceleró el ritmo. Tiró la cabeza para atrás, dejando que el pelo le cayera hasta la cintura, y abrió las piernas un poco más para hundirse hasta el fondo. El tipo le clavó los dedos en las nalgas. Vi cómo le quedaron marcados los dedos en la carne. Vi cómo el ano de mi hermana, asomado entre las nalgas, tenía un brillo que solo podía significar una cosa: ese tipo se la había culeado antes, y le había dejado el agujero abierto, todavía mojado, todavía rendido.
Me había olvidado de pajearme. Lo único que hacía era mirar. La pija me pulsaba contra el zócalo y yo ni me daba cuenta. El olor del cuarto llegaba mezclado: transpiración, perfume cítrico de mi hermana, un fondo a hombre adulto que no era el de ningún chico de la universidad.
—Aaah, sí… llename, papito, llename toda… dame todo, dame todoooo —chillaba Camila, con una voz que no era de ella.
El tipo soltó un gruñido largo, gutural, y de golpe paró. Mi hermana se arqueó, se quedó suspendida un segundo, y después se desplomó sobre el pecho del hombre. Quedaron pegados, respirando fuerte, la pija de él todavía adentro, ella temblando arriba.
Yo tenía que salir de ahí. Iba a salir. Iba a arrastrarme para atrás, ganarme el pasillo y meterme en mi cuarto a procesar lo que acababa de ver. Pero todavía no podía moverme. Tenía las rodillas clavadas en la alfombra y los oídos atentos. Quería escuchar.
Y entonces el tipo habló.
—Menos mal que tu hermano se fue de pesca, mi amor. Y tus viejos, en Mendoza. Esta casa es nuestra hasta mañana.
La voz me llegó como un cachetazo. La conocía. La conocía perfectamente. La había escuchado un millón de veces, los domingos, en los asados, en los cumpleaños, contando los mismos chistes de siempre.
Camila se rio bajito contra el cuello del tipo. Le pasó la lengua por la oreja.
—Te amo, tío.
***
Mi tío Rubén. El hermano de mi vieja. El que viene cada domingo con su mujer y sus dos hijas chicas a comer milanesas. El que me enseñó a manejar a los dieciséis. El que tiene una ferretería en el centro y un labrador llamado Toto. Ese tío.
Me arrastré para atrás como pude. Se me trababan las rodillas. Llegué a mi cuarto, cerré la puerta sin hacer ruido y me apoyé contra la madera con la pija todavía dura, palpitando, idiota, sin entender. Lo que tendría que haber sido el orgasmo más fuerte de mi vida se transformó en algo distinto: una mezcla de calentura, de furia, de náusea, de fascinación pura.
No me corrí. No pude. Me senté en el piso, contra la puerta, escuchando los últimos gemidos amortiguados del otro lado del pasillo. Camila volvía a reírse. Mi tío le decía cosas al oído que yo no podía descifrar. La cama crujía suave, ya sin urgencia.
Esperé. Esperé un rato largo, sin moverme, con el corazón golpeándome contra las costillas. Cuando los escuché irse a la cocina, agarré una mochila, metí adentro lo primero que encontré y salí por la puerta de servicio. Me fui caminando al kiosco de la esquina y me quedé ahí, sentado contra la pared, sin saber adónde ir.
Tengo la imagen tatuada. La concha de mi hermana abriéndose y cerrándose sobre el cuerpo de mi tío. La alianza de oro brillando en esa mano. Las palabras de Camila pegándole al colchón. Y esa frase final, dicha sin culpa, con devoción casi: te amo, tío.
Volví a la noche, cuando ya estaban todos dormidos. Mi hermana me cruzó al mediodía siguiente en la cocina, vestida con una remera larga, descalza, mate en mano, recién levantada. Me sonrió como siempre. Me preguntó cómo había estado la pesca.
—Lluviosa —mentí.
Y mientras decía eso, la miré a los ojos. Y juro que algo en su mirada me dijo que ella sabía. Que siempre supo. Que la puerta del cuarto matrimonial estaba entreabierta a propósito.
Quizás siempre fui parte de la fantasía de ella, sin saberlo.