Mi hija me confesó la fantasía que tenían con mi nombre
Soledad enviudó a los cuarenta y dos, y aunque su única hija, Camila, se mudó con el marido a la casa familiar para que no se quedara sola, las paredes de aquel viejo chalet de Tigre eran tan finas que ningún secreto sobrevivía más de una semana.
La primera noche que escuchó algo fue en marzo, cuando el calor pegaba y las ventanas estaban abiertas. Damián, su yerno, hablaba en voz baja al principio. Después, no tanto.
—Levantá ese culo, mi reina. Así. Te quiero ver entera.
Soledad apretó la almohada contra los oídos. Llevaba ocho años durmiendo sola, y el sonido del cabecero golpeando la pared del fondo le revolvía cosas que prefería tener guardadas. La voz de su hija, ahogada en gemidos, le llegaba como un eco humillante.
Cerró los ojos. Trató de pensar en otra cosa. En la lista del supermercado, en las facturas, en cualquier cosa.
—Decime que sos mía —murmuró Damián.
—Soy tuya —contestó Camila—. Toda tuya.
Plaf. Plaf. Dos nalgadas secas. Soledad se mordió el labio. Era ridículo escandalizarse a esa altura. Tenía cuarenta y nueve años, había estado casada, había parido. Sabía perfectamente cómo sonaban dos personas haciéndolo. Lo que no sabía era cómo iba a sobrevivir a otra semana de aquello.
Y entonces, justo cuando estaba decidiendo bajar al sofá del living, escuchó algo que no esperaba.
—Cogete a mi vieja —dijo Camila.
Soledad abrió los ojos en la oscuridad.
¿Qué dijo?
—Imaginate que es mi mamá. Está del otro lado de la pared. Te está escuchando.
—Camila, no…
—Sí. Decime que se la metés a tu suegra. Decímelo.
Hubo un silencio largo. Después, la voz de Damián, ronca, distinta:
—Le rompo el culo a tu vieja. ¿Te gusta así?
—Sí. Más fuerte. Decile cosas a mi mamá.
Soledad se sentó en la cama de un salto. El corazón le galopaba en la garganta. Era imposible que estuviera escuchando lo que estaba escuchando. Era imposible que su única hija, su nena, estuviera ofreciéndola en una fantasía sucia con su marido, sabiendo que las paredes no aislaban nada.
—Te cojo, suegra —gimió Damián—. Te lleno entera.
—Embarazá a mi mamá —jadeó Camila—. Dejala embarazada.
Soledad se levantó. Bajó la escalera descalza, con el corazón latiéndole en las sienes, y se tiró en el sofá del living con la cabeza hundida en un almohadón. No lloró. No supo qué hacer con lo que sentía. Estaba enojada, sí. Avergonzada, sí. Pero había otra cosa más abajo, una cosa que no quería nombrar.
Pasó la noche entera con los ojos abiertos.
***
A la mañana, cuando bajó a la cocina, Damián ya se había ido al trabajo y Camila estaba lavando los platos del desayuno con un short corto y una remera fina sin corpiño. Soledad respiró hondo antes de sentarse a la mesa.
—Camila.
—Buen día, ma.
—Tenemos que hablar.
La chica giró despacio. La frase la había alertado.
—¿De qué?
—De lo que escuché anoche.
El plato que tenía en la mano resbaló y rebotó en la pileta. Camila se quedó muy quieta.
—¿Qué… qué escuchaste?
—Lo suficiente.
—Mami, yo…
—Escuché a tu marido decir que me iba a embarazar. Escuché que vos le pedías que lo hiciera.
Camila se cubrió la cara con las manos mojadas. Las orejas se le pusieron rojas hasta el cuello.
—Perdoname. Perdoname, perdoname. Pensábamos que dormías.
—Yo duermo, hija. Pero ustedes gritan.
—Ya sé. Ya sé. Yo le dije.
Soledad se quedó mirándola un largo rato. Camila no levantaba la vista del piso. Tenía treinta años, era una mujer hecha, pero en ese momento parecía una nena a la que pescaron rompiendo un adorno.
—Sentate.
Camila se sentó frente a ella. Soledad le tomó las manos.
—Quiero entender. No te estoy juzgando. Quiero entender por qué.
—Es que… —Camila tragó—. Damián últimamente fantasea con otras mujeres. Me lo dijo. Que le gustaría probar a alguien más. Y yo no quiero perderlo, ma. Entonces le propuse que fantaseara con vos. Mientras estamos juntos. Para que la cabeza no se le vaya a otro lado.
—¿Conmigo.
—Con vos. Yo te elijo porque… porque sos mi mamá. Sé que no me lo vas a sacar. Sé que sos la única mujer del mundo en la que puedo confiar para algo así.
—Camila.
—Y le encanta, mamá. Anoche fue la cuarta vez. Cada vez que digo tu nombre se vuelve loco. Termina mejor. Después está más cariñoso, me trae el desayuno, me abraza.
Soledad apartó la mano. Se levantó. Caminó hasta la ventana de la cocina y se quedó mirando el patio. El sol pegaba en las baldosas. Una paloma picoteaba algo en el césped.
—¿Vos sabés lo que me hacés sentir? —dijo sin darse vuelta.
—Mami, perdón.
—No estoy enojada. Estoy… —se le quebró la voz un segundo—. Tu padre se murió hace ocho años, Camila. Ocho años. Yo no soy de piedra. No soy una estatua que vive en esta casa para cuidarte. Cuando los escucho, también pienso cosas.
Camila se levantó. Se acercó por detrás. Le apoyó la cara en el hombro.
—¿Qué cosas pensás, ma?
Soledad se dio vuelta. La miró. Le acomodó un mechón detrás de la oreja, despacio, como hacía cuando Camila era chica y tenía fiebre.
—Cosas que una madre no le debería contar a su hija.
Camila se rió bajito. Una risa nerviosa, casi un suspiro.
—Mostrame —dijo.
—¿Qué.
—Lo que pensás. Mostrame.
Soledad le bajó el tirante de la remera del hombro derecho. La piel de Camila era tibia, todavía húmeda del agua de los platos. El pecho le saltó cuando el tirante cayó del todo.
—Damián te chupa muy fuerte —dijo Soledad—. Tenés marcas.
—Se emociona pensando en vos.
—Eso no se hace así. Eso se hace despacio.
Le pasó la lengua por encima del pezón, una vez, sin tocarlo del todo. Camila se apoyó en la mesa con las dos manos.
—Mami.
—Decime.
—No pares.
Soledad le sostuvo el pecho con una mano y se lo metió entero en la boca. Camila gimió bajo, los ojos cerrados, las dos manos sujetando la cabeza de su madre.
—Mami, ¿esto está mal?
—Está malísimo —contestó Soledad sin soltarla.
Cuando se separó, le subió el tirante. Le acarició el costado de la cara con los dedos.
—Esta noche, cuando lo escuche subir a la habitación, voy a estar despierta. No apaguen la luz del pasillo.
***
Eran las once cuando Soledad escuchó las llaves de Damián en la puerta. Esperó. Lo escuchó saludar a Camila en voz baja, abrir la heladera, subir las escaleras. Esperó otra media hora hasta que el cabecero empezó a golpear contra la pared.
Se levantó. Se puso una bata de seda guardada hacía años, una que nunca se había animado a estrenar. Caminó descalza por el pasillo hasta la puerta de la habitación de ellos. Tocó dos veces con los nudillos.
Adentro se hizo un silencio absoluto.
—¿Mami? —La voz de Camila, ahogada.
—Hacen mucho ruido —dijo Soledad—. ¿Puedo pasar?
Otra pausa. Después, Camila:
—Pasá.
Empujó la puerta. La luz del velador estaba encendida. Camila estaba en cuatro patas sobre la cama, con el camisón levantado hasta la cintura. Damián, parado al borde, todavía tenía las manos en las caderas de su mujer. Le miró la cara a Soledad con una mezcla de pánico y excitación pura.
—Suegra, yo…
—Shhh. —Soledad cerró la puerta detrás de ella—. Camila me contó todo. Me parece que esto se puede resolver entre los tres.
Caminó hasta la cama. Se sentó al lado de su hija. Le tomó la mano.
—Seguí, hijo. Te miramos.
Damián tragó saliva. Empujó, despacio al principio, después más fuerte. Camila apretó la mano de su madre y gimió contra el colchón.
—Más, mi amor —le dijo Soledad a su hija—. Decile cómo querés.
—Más fuerte, Dami. Mami me está mirando.
Las nalgadas volvieron. Soledad miraba todo sin pestañear, la cabeza fría, la respiración pesada. La bata se le había abierto un poco. No la cerró.
Después de unos minutos, Camila se desplomó sobre el colchón. Estaba colorada, jadeando.
—Ma, no la aguanto más. La tiene demasiado grande. Probala vos.
Damián la miró sin moverse. Soledad se paró. Dejó caer la bata al piso. Debajo no llevaba nada.
—¿Querés ver cómo se aguanta una verga así, nena? —Le dio un beso a su hija en la frente—. Mirá.
Se subió a la cama. Se puso en cuatro patas al lado de Camila, mirando hacia el cabecero. Arqueó la espalda. Levantó las nalgas. Hacía veinte años que no se ponía en esa posición y el cuerpo no se le había olvidado nada.
—Vení, hijo.
Damián se acercó como en cámara lenta. Le pasó las manos por las nalgas, despacio, sin creérselo todavía.
—Suegra, ¿está segura?
—Más segura no puedo estar, mi amor. Metémela.
Cuando entró, Soledad apretó los dientes y hundió la cara en el colchón. No era cuestión de aguantar. Era cuestión de no gritar tan fuerte que se despertara medio barrio. Damián tenía razón en algo: su hija no era exagerada. Aquello era enorme.
Camila se acostó al lado de su madre. Le acarició el pelo. Le secó el sudor de la frente con la palma de la mano.
—¿Te gusta, ma?
—Hija de mi alma, hace ocho años que nadie me toca.
—Te traje el regalo más rico, entonces.
Damián empezó a moverse en serio. Las nalgadas resonaban en la habitación, sincronizadas con cada embestida. Soledad sentía cada centímetro. Sentía también la mano de Camila en su pelo, los dedos de su hija pasándole detrás de la oreja, igual que ella le hacía a la nena cuando tenía fiebre.
—Dami —dijo Camila—. Decile cosas. A mi mamá le gusta.
—¿Te gusta, suegra?
—Mucho, mi amor. Mucho.
—¿Quién es mi suegra puta?
—Yo. Soy yo. Soy tu suegra puta.
Camila le besó la sien.
—Te amo, mami.
—Yo también, hija. Y vos no pares de hablarle, Damián. No pares.
Las embestidas se aceleraron. Soledad sintió la respiración de él entrecortarse, ese ritmo que conocía de memoria de otra vida, hacía mucho.
—Suegra, me voy a venir.
—Adentro. Vení adentro.
—Mami, ¿segura? —preguntó Camila.
—Hija, llevo dos años sin la regla. No va a pasar nada. Vení, mi amor. Llename.
Damián se aferró a sus caderas con las dos manos y empujó hasta el fondo. Soledad sintió el calor adentro, el espasmo, los golpes finales. Mordió la almohada para no gritar.
Cuando él se separó, se quedó parado un momento, mirándolas a las dos, sin saber qué hacer con las manos.
Camila se acostó al lado de su madre. Le pasó un brazo por la espalda.
—¿Estás bien, ma?
Soledad le besó la frente. Le sonrió por primera vez en muchísimo tiempo.
—Estoy mejor que bien, hija. Mucho mejor.
Damián se sentó al borde de la cama, despacio. Soledad le tendió la mano. Él se la apretó como si estuviera saludando a una desconocida.
—Hijo —dijo ella sin dejar de mirarlo—. Las paredes de esta casa son muy finas. Para la próxima, no hace falta que finjan que no estoy.