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Relatos Ardientes

Mi hija volvió a casa sin nada y se quedó en mi cama

Me llamo Damián y tengo una hija de treinta y ocho años. Se llama Mariana, y desde que era niña fui yo el que estuvo más pendiente de ella, aunque no siempre tanto como debí. Su madre y yo nos separamos cuando Mariana tenía nueve, y desde entonces cargué con la culpa silenciosa de los padres divorciados: la sensación de que cada error que ella cometía de adulta era en parte mío, por haber estado lejos en los años que importaban.

Mariana se quedó embarazada a los veintisiete de un tipo que se llamaba Esteban. Un don nadie con sonrisa de vendedor. Cuando ella le dijo que estaba esperando un hijo, él desapareció antes de la primera ecografía. Mi hija crio a Tomás sola, sin pensión, sin tregua y sin un solo reclamo. Por eso, supongo, después le costó tanto encontrar a alguien que la quisiera entera, con el niño incluido.

Los hombres que aparecieron luego nunca llegaban a quedarse. El último, un tal Joaquín, vivió dos años de su sueldo de oficinista y se fue el día que ella le pidió poner los nombres juntos en el contrato del alquiler. Mi hija me llamó esa noche a las dos de la madrugada, llorando, y yo la escuché en silencio porque ya no se me ocurría qué decirle sin sonar como un padre rencoroso.

Mariana es bonita. Esto no lo digo desde el orgullo paterno: lo digo como un hecho objetivo, porque hay que decirlo para que el resto se entienda. Tiene los ojos grandes, oscuros, una boca que parece siempre a punto de sonreír y un cuerpo que la maternidad apenas marcó. Los hombres se le acercaban por eso y se iban por lo otro: por el hijo, por la cicatriz del parto, por la responsabilidad que ella no negociaba.

Vivíamos en ciudades distintas. Yo en la capital, ella en una ciudad costera a siete horas en autobús. Nos llamábamos los fines de semana. Me contaba cosas que, según ella, no podía contarle a su madre. Su madre era buena, pero rígida, y nunca había sabido escuchar sin juzgar. Yo escuchaba, eso es todo lo que sabía hacer.

Una tarde de marzo, Mariana me llamó con la voz quebrada. La empresa donde trabajaba —una distribuidora de productos farmacéuticos— había cerrado de un día para otro. Tres meses de sueldo atrasado, finiquito en cuotas, ningún horizonte. Me pidió ayuda con la pena en la garganta, como si no fuera mi hija sino una mendiga.

—Vente a casa —le dije—. Aquí hay sitio para Tomás y para ti. Y se acabó.

Llegaron un sábado por la mañana, con dos maletas y una caja de cartón con los juguetes del niño. Cuando abrí la puerta, lo primero que pensé no fue paternal. Mariana llevaba un vestido azul oscuro, ajustado en la cintura, y el pelo recogido en una cola que le dejaba el cuello desnudo. Estaba más delgada que la última vez que la había visto. La abracé un poco más tiempo del necesario y me pareció notar que ella tampoco soltaba. Sentí sus tetas apretadas contra mi pecho a través del vestido, y por un instante mi polla se movió sola dentro del pantalón. Fue medio segundo. Suficiente para saber que iba a tener un problema.

Tomás se acomodó en la habitación que yo había vaciado para él. Mariana se quedó con la habitación de invitados, al fondo del pasillo. Mi cuarto está justo enfrente. Esa primera noche dormí mal: oía cada ruido suyo, cada vez que se levantaba a beber agua, cada vez que el niño se movía en la cama. Me sentí como un adolescente que descubre que la prima del verano duerme en la habitación de al lado. Me la casqué en silencio bajo la sábana pensando en el cuello desnudo de mi hija y me odié al terminar.

***

Los primeros meses fueron de adaptación. Mariana encontró trabajo de secretaria en una pequeña asesoría legal a doce calles del apartamento. Salía a las ocho de la mañana después de dejar a Tomás en el colegio y volvía a las cinco. Cocinaba para los tres, fregaba sin que se lo pidiera, agradecía cada plato, cada cama hecha, cada cosa que yo daba por sentada. Esa gratitud me incomodaba. Yo no quería gratitud. Quería, supongo, otra cosa, aunque no me lo confesaba.

Un miércoles de junio, ella volvió antes. El jefe le había dado la tarde libre. Yo trabajo desde casa —diseño gráfico para revistas digitales— y estaba en mi habitación con el ordenador encendido, repasando una maqueta. Oí la puerta. Oí sus pasos por el pasillo. Oí cómo dudaba antes de tocar.

—¿Puedo entrar? —preguntó desde fuera.

—Pasa.

Entró descalza, con la blusa blanca del trabajo abierta en el primer botón y el pelo suelto. Se sentó en el borde de la cama, no en la silla. Yo cerré el portátil. Algo en su cara me dijo que no venía a hablar de la compra de la semana.

—Necesito hablar contigo —dijo.

—Te escucho.

Y entonces empezó a contarme cosas que nunca me había contado. Que Esteban no la había abandonado sin más, que ella había mentido durante años por orgullo: él la había golpeado al enterarse del embarazo y ella se había ido sin mirar atrás. Que Joaquín, el último, le había pedido dinero hasta el día de irse. Que llevaba dos años sin acostarse con nadie. Que a veces, por las noches, lloraba de rabia, no de tristeza. Que su hijo era lo único bueno que tenía y a veces ni siquiera eso le bastaba.

Yo la escuchaba sin moverme. La miraba, mejor dicho. Me había sentado a su lado en algún momento sin darme cuenta y la tenía a un palmo de la cara.

—Mi madre fue una tonta por dejarte —dijo de pronto—. Yo lo hubiera dado todo por un hombre como tú.

Lo dijo así, sin dramatismo, mirándome a los ojos. Como una conclusión, no como un piropo. La frase me cruzó por dentro como una corriente y me oí responder sin pensar.

—Y yo hubiera dado mucho por una mujer como tú.

Le acaricié la mejilla. Fue un gesto suave, paternal en apariencia. Pero ninguno de los dos lo entendió así. Mi mano se quedó ahí más tiempo del que se queda la mano de un padre. Bajó por el mentón. Subió hasta el labio inferior. Ella entreabrió la boca y me chupó el pulgar. No fue un accidente. Cerró los labios alrededor de mi dedo y me miró a los ojos mientras me lo lamía, y en esa mirada estaba todo lo que después vino.

La besé.

Fue un beso corto, casi una pregunta. Ella respondió con otro más largo, abriendo los labios y dejándome entrar. Sentí su lengua contra la mía, gruesa y caliente, y supe que no había vuelta atrás. Mariana tenía dos años de hambre encima y yo llevaba seis viviendo solo. La aritmética de la soledad nos había llevado a esa cama. Le metí la mano por debajo de la blusa y le agarré una teta directamente, sin sujetador de por medio, y le apreté el pezón entre el índice y el pulgar. Se le escapó un gemido dentro de mi boca.

—No deberíamos —dije en algún momento, con la boca ya en su cuello.

—Ya lo sé —contestó, y me buscó la bragueta con la mano.

No nos detuvimos.

***

Le desabroché la blusa botón a botón. Mariana no llevaba sujetador. Sus tetas eran pequeñas, firmes, con los pezones oscurecidos y erizados por el embarazo de hacía once años. Se los besé despacio, primero uno y después el otro, y luego los chupé enteros, metiéndomelos en la boca hasta el fondo mientras ella me sostenía la cabeza con las dos manos y me apretaba contra su pecho. Le pasé la lengua alrededor de la aréola. Le mordí el pezón con cuidado y después sin tanto cuidado, y ella respondió con un gemido grave, un sonido que le salió del vientre. Sentí cómo se le aceleraba la respiración y cómo me clavaba las uñas en la nuca cuando le chupé fuerte el pezón derecho hasta dejárselo hinchado y brillante de saliva.

Le bajé la falda. La ropa interior era discreta, de algodón blanco, nada planeado. Eso me gustó. No había salido de casa esa mañana pensando en seducirme. Lo que estaba pasando era el resultado de meses de cosas no dichas, no de un plan.

Le pasé la mano entre las piernas por encima de la tela. Mariana suspiró y arqueó la espalda. Estaba húmeda. Muy húmeda. La braga tenía una mancha oscura en el centro y se le pegaba a los labios del coño como una segunda piel. Le aparté el algodón a un lado y la acaricié directamente. El coño de mi hija estaba caliente, hinchado, mojado de un modo que me dejó sin aire. Le separé los labios con dos dedos y le pasé el pulgar por el clítoris, en círculos lentos. Cerró los ojos y entreabrió los labios. Le metí un dedo, después dos, y ella empezó a moverse contra mi mano, buscando más adentro. Esto no se hace, pensé durante una décima de segundo. La décima de segundo pasó.

—Cierra la puerta con llave —le dije.

Se levantó, giró la llave, volvió a la cama. Se quitó la última prenda mientras caminaba. La vi entera por primera vez bajo la luz blanca de la tarde y me quedé sin palabras. Mariana era hermosa de un modo que no debería corresponderme advertir. El vello del pubis lo tenía recortado, no depilado del todo, una franja oscura y estrecha que apuntaba hacia el coño abierto y mojado.

Me desnudó ella a mí. Sin prisa, con esa concentración con la que de niña armaba rompecabezas. Cuando me sacó la polla del calzoncillo, se quedó mirándola unos segundos, como calculándola, y después se agachó y se la metió entera en la boca sin decir una palabra. Me la chupó despacio, hasta el fondo, con los ojos cerrados y una mano en la base de la verga. Sentí su lengua rodearme el glande, subir y bajar por el tronco, jugar con la punta. Me tuvo así unos minutos, mamándomela con hambre atrasada, sacándose la polla de la boca solo para lamerme los huevos y volver a metérsela entera. Cuando estuvimos los dos sin nada, me empujó sobre la cama y se subió encima. Yo la dejé hacer. No me sentía con derecho a dirigir nada. Era ella la que había cruzado la línea con la frase sobre su madre, y era ella la que tenía que decidir hasta dónde.

Decidió hasta el final.

Se agarró mi polla con una mano, se la puso en la entrada del coño, y se dejó caer despacio, mirándome a la cara para asegurarme de que seguía queriendo. Sentí cómo su coño se abría alrededor de mi verga, apretado, caliente, empapado. Mariana echó la cabeza atrás y gimió bajo, un sonido grave que no había escuchado nunca en mi vida. Se quedó quieta unos segundos con toda mi polla dentro, respirando por la boca, y después empezó a moverse. Yo le sostuve las caderas, marcando un ritmo lento al principio, más urgente después. Sus tetas subían y bajaban a un palmo de mi cara. Le mordí uno, sin pensar, y ella se estremeció y aceleró.

—Follame —susurró—. Follame como lo hubieras hecho hace veinte años.

La agarré por la cintura, la hice rodar debajo de mí y le clavé la verga hasta el fondo de una sola embestida. Ella gritó tapándose la boca con el dorso de la mano. Le abrí las piernas del todo, le puse las rodillas contra el pecho y me hundí en su coño con un ritmo duro, seco, sin tregua. La cama crujía. Mariana me clavaba las uñas en la espalda, me mordía el hombro, me pedía más al oído con palabras que jamás había imaginado saliendo de su boca.

—Más fuerte, papá, follame más fuerte, no pares, así.

La palabra me detuvo medio segundo. No por culpa. Por algo más complicado que la culpa, algo que no tengo palabras para nombrar. Después seguí. Más fuerte todavía. La puse de costado, con una pierna en alto, y le entré desde ese ángulo mientras le acariciaba el clítoris con el pulgar. Le di la vuelta y la puse a cuatro patas, con la cara contra la almohada y el culo levantado, y le cogí una teta con una mano y con la otra la agarré del pelo mientras le follaba por detrás. El coño le hacía un ruido húmedo, chapoteante, cada vez que yo se lo entraba entero. Le di una palmada en la nalga y le quedó marcada la mano roja. Ella gimió y empujó el culo contra mí, buscando más profundo.

—Me voy a correr —dijo con la cara pegada a la almohada—. Me voy a correr, papá, no pares, sigue así.

La embestí más rápido, sujetándola por las caderas, viéndole la espalda arquearse y las tetas balancearse debajo. Sentí cómo su coño se me apretaba en espasmos, cómo temblaba entera, cómo se le escapaba un grito ahogado contra la almohada. Se corrió empapándome la polla y los muslos, y ese apretón me tiró al vacío. La volví a poner boca arriba en el último instante, le abrí las piernas y le enterré la verga hasta el fondo. Mariana se inclinó, apoyó las manos en mi pecho, y me besó con la boca abierta mientras yo le clavaba los dedos en los muslos.

Terminé dentro de ella. No lo planeé. Ella tampoco me apartó. Sentí cómo me corría en tres, cuatro chorros gruesos dentro de su coño, y ella me apretó las piernas contra su cintura para que no saliera, para recibirlo todo. Me vacié entero. Nos quedamos ahí, ella encima, los dos respirando como si hubiéramos subido seis pisos. Mi semen empezó a chorrearle por el muslo cuando por fin salí. Le aparté el pelo mojado de la frente y le besé la sien.

—No me arrepiento —dijo ella, antes de que yo dijera nada.

—Yo tampoco.

Era mentira a medias. Pero las mentiras a medias entre dos amantes son la única forma honesta de empezar.

***

Tomás llegó del colegio una hora más tarde. Mariana se levantó, se duchó, se cambió y bajó a abrirle la puerta como cualquier otra tarde. Yo me quedé en la cama escuchándolos reírse en la cocina. Algo se había roto y algo había empezado, todo al mismo tiempo.

Esa misma noche, después de acostar al niño, Mariana se metió en mi cama. No dijo nada al entrar. Apartó la sábana, se acomodó contra mí y me buscó la polla con la mano. Me la agarró todavía dormida, blanda, y me la trabajó despacio hasta ponérmela dura del todo. Después se bajó por el cuerpo y me la volvió a meter en la boca, chupándomela en la oscuridad, con la respiración pesada. La sentí subir y bajar la cabeza sobre mi verga, escuchando el ruido húmedo de su boca en el silencio del pasillo. Cuando estuve a punto, me soltó y se me subió encima. Me la metió despacio, atenta al pasillo, y empezó a moverse en silencio, con las manos apoyadas en mi pecho. Le agarré el culo con las dos manos y la guie desde abajo, apretándole las nalgas cada vez que bajaba. Ella se mordía el labio para no gemir. Cuando se corrió, se dejó caer sobre mí y ahogó el grito en mi cuello. Yo me corrí segundos después, dentro otra vez, sintiendo su coño apretarme hasta la última gota. Cuando terminamos, ella se quedó dormida con la cabeza apoyada en mi pecho y mi semen goteándole por dentro. Yo me quedé mirando el techo durante una hora preguntándome qué clase de hombre era.

La respuesta llegó al día siguiente: era el hombre que iba a repetirlo.

Y lo repetimos. Cada noche durante un mes. Después dejamos de contar. Mariana acostaba a Tomás, esperaba quince minutos, cruzaba el pasillo descalza y entraba en mi cuarto. A veces hacíamos el amor con urgencia, como si nos lo fueran a quitar, y ella se subía encima y se follaba mi polla con los ojos cerrados, mordiéndose los nudillos para no despertar al niño. Otras veces, despacio, conversando entre caricia y caricia, y yo le pasaba la lengua por el coño durante media hora, chupándole el clítoris hasta que se corría dos, tres veces seguidas contra mi boca. Aprendí que le gustaba que le besara la cara interna de los muslos y que le mordiera despacio subiendo hacia el coño. Que se reía sin querer cuando le mordía la oreja. Que le gustaba que le tirara del pelo mientras se la metía por detrás. Que tenía un orgasmo silencioso, un silencio cargado, en el que apretaba los dientes y me clavaba las uñas, y otro ruidoso, más raro, que reservaba para cuando el niño estaba lejos, un grito grave en el que me pedía por mi nombre. Aprendí también que le gustaba tragarse el semen, sacarse mi polla de la boca en el último segundo y recibir la corrida en la lengua, mostrándomela después con una sonrisa antes de tragar.

Compré cajas de preservativos discretamente, en la farmacia del barrio de al lado. No quería arriesgarme a un embarazo, no por mí —ya estaba todo perdido— sino por ella. Por su vida, por la complicación. Ella se rio la primera vez que vio la caja en mi mesilla.

—¿Tantos planes tienes? —me preguntó.

—Todos los que me dejes.

Esa noche le rompí el paquete entero. Se los fui poniendo uno tras otro, y cada vez que terminaba en uno, ella me la volvía a poner dura con la boca y me pedía otro. Se dejó follar boca arriba, boca abajo, sentada sobre mí, de pie contra la pared con una pierna sobre mi cadera. En algún momento me la chupó con el preservativo puesto para sacármelo y después sin nada, prometiéndome que me dejaría correrme dentro esa última vez. Cumplió.

***

Llevamos así casi un año. Tomás cumplió once y no sospecha nada, o quizás sospeche todo y no le dé importancia. Los niños se acostumbran al amor que ven, sea cual sea. Mariana sigue trabajando en la asesoría. Yo sigo diseñando revistas. Hemos empezado a hablar de mudarnos. Una ciudad distinta, una en la que nadie nos conozca, una en la que ella pueda presentarse como mi mujer sin tener que explicar nada. No será fácil. Casi nada de lo que importa lo es.

Pero la miro dormida a mi lado, desnuda, con el pelo extendido sobre la almohada y la mano apoyada sobre mi polla como si fuera suya, y pienso que esto que somos no se parece a ninguna otra cosa que haya conocido. La culpa viene, sí. La culpa va y vuelve como las olas. Pero hay algo más fuerte que la culpa, y se llama costumbre, y se llama deseo, y se llama —aunque me cueste escribirlo— amor.

Y por amor uno está dispuesto a casi todo. Incluso a aprender a ser otro hombre.

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Comentarios(9)

PedroNqn

tremendo!!! me lo lei de un tiron y encima se corta justo ahí. Necesito la segunda parte ya

Lua_MDP

me gusto mucho la tension que se construye antes de que pase todo, sin apuro. Eso se agradece

curiosa_lectora

ufff que comienzo... quede con ganas de muchisimo mas

Marco_uy

Increible como con tan poco texto lograste atraparme desde la primera linea. Sigue escribiendo porfavor

LectorNocturno

jajaja el giro del inicio me mato, no me lo esperaba así. tremendo relato

MaximoLector

Se nota que hay cuidado en como esta escrito, no es un relato mas del monton. Muy buen trabajo, de verdad.

NocheLibre23

Buenisimo!!! esperando ansioso que haya continuacion

SilviaR

Este tipo de relatos me gustan porque se sienten verosimiles. Hay tension antes de la accion y eso lo hace mucho mas interesante. Ojala haya segunda parte.

BettoLector

genail pero muy corto, queria mas!

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