La mañana después de acostarme con mi papá
Amanecía cuando abrí los ojos y lo primero que vi fue a mi papá dormido a mi lado. Estaba desnuda, despeinada y mi piel todavía guardaba el rastro pegajoso de la noche anterior. Sonreí mirando el techo. La luz se colaba por la rendija de la cortina y le pintaba una línea fina sobre el pecho.
Me apoyé en el codo y lo observé un rato largo. Respiraba hondo, con la boca apenas entreabierta. Le pasé la yema de los dedos por el esternón, por esa zona donde el vello se le rizaba un poco, y bajé hasta el ombligo. Era la primera vez que podía mirarlo así, sin disimulo, sin esa máscara de hija obediente que llevaba puesta desde hacía meses.
Le besé la mejilla con cuidado. Después la barbilla. Cuando mis labios rozaron los suyos, él gruñó por lo bajo y empezó a despertarse. Los ojos se le abrieron despacio, primero confundidos, después clavados en mí. Le sonreí.
—Buenos días, papá.
Tardó un par de segundos en entender lo que estaba viendo. Cuando lo entendió, su cuerpo dio un tirón hacia atrás como si la cama quemara. Se incorporó de golpe, se llevó la mano a la frente y miró las sábanas revueltas, mis piernas desnudas, su propia desnudez.
—No, no, no… Camila, ¿qué hicimos? ¿Qué pasó anoche?
Me reí bajito. No era una risa cruel, era una risa coqueta, la misma que llevaba semanas ensayando frente al espejo.
—Te di la mejor noche de tu vida. Eso pasó.
—¿De qué mejor noche hablas? No me acuerdo de nada.
—No te preocupes, papi. Lo disfrutaste muchísimo. Yo también.
Se quedó mirándome con los ojos muy abiertos. Y entonces vino el reproche que yo ya esperaba.
—Me agarraste borracho, Camila. Si yo le hiciera esto a alguien, estaría preso ahora mismo.
—Por eso lo hice yo.
Junté los labios como si fuera a mandarle un beso desde la cama y me senté en el borde, dejando que la sábana cayera. Le señalé con el mentón.
—¿O qué? ¿Vas a decirme que no me deseabas?
—No digas esas cosas. Eres mi hija. No entiendes lo grave que es esto.
Me dolió, pero no se lo dejé ver. Lo que había sido una noche entera de respiración entrecortada y manos buscándose en la oscuridad se estaba convirtiendo, en pocos minutos, en un interrogatorio absurdo. ¿Por qué no podía estar tranquilo? ¿Por qué no podía aceptar que también lo había querido?
—Te amo, Camila. Eres lo mejor que me pasó en la vida. Pero esto no está bien. No tenía que pasar.
—¿Y por qué no? Yo lo quería. Tú también, se te nota a leguas. ¿Cuál es el problema entonces? ¿Que te hubiera gustado estar sobrio mientras me lo metías?
—¡Camila!
—Aparte, ¿qué tiene de malo? Tengo dieciocho años, no soy menor de edad. Sé perfectamente lo que quiero, y te quiero a ti.
—Mira, mejor no sigas hablando. Eres muy joven todavía para tomar este tipo de decisiones.
Vi que no iba a calmarse y me harté. Recogí la ropa del suelo, una blusa arrugada y el pantalón corto con el que había llegado anoche, y me encerré en el baño. Cerré la puerta con seguro y dejé caer todo en el piso.
***
Me apoyé en el lavabo y respiré hondo. No sé en qué momento empezaron a caerme las lágrimas, pero cuando me di cuenta tenía la cara hecha un desastre. No sabía si lloraba por sentirme rechazada o por culpa, una culpa tibia, lenta, que llevaba toda la noche tratando de empujar hacia abajo.
Me acordaba de cada minuto de la noche anterior. De cómo había servido las copas, de cómo se había soltado mi papá poco a poco hasta dejarse llevar, de cómo me había mirado por primera vez sin esa barrera de padre responsable. Y ahora, a la luz de la mañana, todo eso se reducía a un error que él quería borrar.
Lo escuché golpear la puerta con los nudillos.
—Camila, ábreme. Camila.
No contesté.
—Por favor.
Sus pasos se detuvieron y volvió a tocar, más suave esta vez. Le quité el seguro y volví al lavabo, sin mirarlo. Entró, cerró la puerta detrás de él y se quedó de pie a un par de pasos de mí. Lo vi reflejado en el espejo: el pelo revuelto, las ojeras, una camiseta vieja que se había puesto a las apuradas.
—Perdóname. No quería hablarte así. Estoy muy tenso con todo esto.
—¿Ya no me quieres?
—Claro que te quiero. Eres mi niña. No podría odiarte nunca.
—¿Entonces soy fea para ti? ¿No te alcanzo?
—Eso no es verdad. Eres una mujer hermosísima. Cualquier hombre tendría suerte de estar contigo.
Levanté la cara y lo miré por primera vez desde que había entrado.
—Entonces siéntete afortunado tú. Te elegí a ti.
Le tembló la mandíbula. Vi que iba a decir algo y se detuvo, como si la frase se le hubiera trabado en la garganta. Probó otra vez.
—Soy tu papá, Camila. Lo de anoche no estuvo bien. No me voy a enojar contigo, pero hagamos como si no hubiera pasado y sigamos adelante.
—No quiero fingir. Te quiero, papá. Te amo. Te deseo como nunca deseé a nadie. No me importa si está mal. Solo te quiero a ti.
Se le aflojaron los hombros. La culpa y otra cosa más oscura le peleaban en la cara. Yo conocía bien esa otra cosa: la había visto cuando creía que no lo miraba, cuando salía de la ducha y nos cruzábamos en el pasillo, cuando volvía del gimnasio y se quedaba un segundo de más sobre mí.
—No quiero tener esta conversación contigo —dijo en voz baja.
—Solo respóndeme. Te pasabas mirándome todo el tiempo, papá. ¿En serio vas a fingir que eso no era nada?
Tomó aire. Apretó la mandíbula. Y cedió.
—Está bien, sí. A veces tenía algún pensamiento que no debía tener contigo. Pero eso no significa que estuviera bien.
—¿Lo ves? Si tú también me quieres así, no veo por qué seguir negándolo.
***
No me contestó con palabras. Me agarró por los hombros, despacio, como pidiendo permiso, y me dio un beso en la frente. El gesto era de padre, pero la mano apretó un poco más de lo que debía. Después bajó hasta la punta de mi nariz. Después hasta mis labios.
No me resistí. Lo besé yo también, y sentí que algo se rompía en él. Me apretó contra la pared del baño, todavía desnuda, todavía húmeda por las lágrimas, y empezó a besarme con un hambre que no se parecía en nada al hombre que minutos antes me había dicho que aquello no podía volver a pasar.
Su lengua se metió en mi boca y se enredó con la mía. Le pasé los brazos por el cuello y me pegué a él. La cerámica fría del lavabo me empujaba la espalda baja y la piel se me erizó por completo. Su mano me recorría las costillas, el pecho, la cadera, como si quisiera recordar a tientas lo que su cabeza le había borrado.
—Te deseo —gruñó contra mi oído.
—Entonces tómame. Y deja de sentirte culpable.
Volvió a besarme. Me agarró un muslo, me lo levantó hasta apoyármelo contra su cintura y se bajó el pantalón del pijama con la otra mano. Estaba durísimo. Lo sentí contra mí antes de sentirlo dentro, y entonces empujó despacio, mordiéndome el labio inferior.
Esta vez estaba sobrio, despierto, presente. Esta vez no podía esconderse detrás de la borrachera. Lo que estábamos haciendo lo hacía con plena conciencia, y yo necesitaba que lo supiera. Le clavé las uñas en los hombros y le sostuve la mirada hasta que él la bajó.
Empezó a moverse. Salía casi entero y volvía a entrar de un solo golpe firme. Yo gemía bajito al principio, cuidando que el silencio de la casa no me delatara, aunque sabía que mi mamá estaba en el trabajo desde temprano. Le pasé la mano por la nuca, le agarré el pelo y le pedí, sin palabras, que entrara más adentro.
Cerró los ojos. Por su gesto, supe que ya no había vuelta atrás. Hacía un rato me decía que aquello había sido un error, que mejor olvidarlo, y ahora se estaba moviendo dentro de mí como si llevara años conteniéndose.
***
Me bajó la pierna y me dio vuelta. La frente me chocó contra los azulejos fríos y me ardió un segundo. Yo levanté las caderas buscándolo y él me agarró de la cintura con las dos manos. Volvió a entrar de una sola estocada y mis gemidos dejaron de ser bajitos.
—Más fuerte —le pedí.
Me obedeció. Cada embestida me empujaba contra la pared y yo me afirmaba con las palmas para no quedarme sin aire. Su respiración se mezclaba con la mía. Una de sus manos subió hasta mi pecho y lo apretó como si quisiera marcar la piel. La otra bajó al ombligo y siguió bajando, hasta encontrar el punto que él ya conocía de memoria desde anoche.
Me empezó a tocar al ritmo de cada empujón. Giré la cabeza buscándole la boca y él me dio el beso más salvaje de toda la mañana. Probé su lengua, le mordí el labio. Sentí el corazón retumbándome en la garganta. El orgasmo se me estaba armando despacio, igual que una ola lejana que crece y crece sin que se pueda hacer nada para pararla.
—Me voy a venir, papi.
Aceleró. Su mano bajó la velocidad sobre mí y subió la presión. Me apretó por dentro y por fuera al mismo tiempo, y dejé de pensar. Solté un gemido largo, sin filtro, mientras él se hundía hasta el fondo y empezaba a temblar.
Sentí los espasmos de su cuerpo contra el mío. Lo sentí terminar dentro, en oleadas tibias, y eso me arrastró. Las piernas dejaron de responderme. Me quedé colgada de la pared, sostenida por sus manos en mi cintura, y dejé que pasara.
Cuando salió de mí, me di vuelta despacio. Estábamos los dos agitados, los dos brillantes de sudor, los dos sin saber qué decirnos. Él me acarició el pelo con una dulzura que no encajaba con lo que acababa de hacer y me besó otra vez. Suave. Largo. Como si fuera a despedirse.
—Te amo, papá.
No me contestó con palabras. Solo me siguió besando.
***
Desde ese día, lo nuestro tiene su rutina. Mi mamá no sospecha nada. Cuando ella se va al trabajo, mi papá me busca, y a veces ni eso, a veces lo busco yo. Pasamos por todos los rincones de la casa: la cocina, el sillón del living, el cuarto de huéspedes. Una vez incluso me empujó contra la lavadora encendida y me hizo terminar dos veces seguidas.
Hay días en los que su conciencia vuelve. Lo veo callado, tomando café con la mirada perdida, y sé que está pensando en lo que somos. Le dura poco. Basta con que yo me siente en sus piernas y le susurre algo al oído para que se le pase la culpa.
Nunca usamos protección. Nunca. Yo se lo dije al principio, le dije que no quería nada entre los dos, y él me hizo caso. Por eso ahora tengo este secreto guardado en el cajón de la mesita de noche, y todavía no me animo a contárselo.
Voy a darle un hijo. La prueba ya me lo confirmó. No sé cómo se lo va a tomar. Una parte de mí imagina que va a entrar otra vez en pánico, que va a hablar de la gravedad de todo esto, que se va a encerrar en el baño un rato largo.
La otra parte sabe que después va a venir a buscarme. Y que cuando me bese, no se va a sentir culpable.
Va a ser papá otra vez. Y abuelo, supongo, al mismo tiempo. En fin, ya veremos cómo se lo cuento. Besitos.