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Relatos Ardientes

Lo que vi por el agujero detrás del calentador

Vengo de una familia modesta del centro de México. La casa donde crecimos tenía tres cuartos y casi nada más: el de mis padres, el que compartíamos los tres hermanos y una cocina-comedor con un sillón viejo donde apenas cabíamos a ver televisión. Privacidad, cero. Cuando mis hermanas empezaron a desarrollarse, mis padres impusieron una regla: yo dormiría en la cocina, sobre un colchón delgado, y ellas se quedarían con la habitación. Tenía diecisiete años cuando pasó eso. A los veintitrés todavía dormía igual.

Mariana tenía veintiuno y Camila acababa de cumplir diecinueve. Para mí siempre habían sido mis hermanitas y nada más. Las veía vestidas, las veía en pijama, las veía despeinadas por la mañana, y jamás me detuve a pensar en sus cuerpos. Eran familia. Era impensable. Así fue hasta una tarde de marzo, cuando todo lo que creía sobre mí mismo cambió en menos de un minuto.

Esa mañana me había torcido el tobillo en un partido de fútbol con los del barrio. Llegué cojeando, mi madre me dijo que descansara y, como nadie quedaba en casa, decidí acostarme en la cama de Camila, que estaba pegada a la ventana y agarraba mejor el aire. Me quedé profundamente dormido.

Me despertó el ruido de la puerta. Era ella, que volvía de la prepa más temprano de lo previsto. Iba a abrir la boca para avisarle que estaba ahí, pero un impulso raro me frenó. Me quedé quieto, tapado hasta los ojos, fingiendo dormir.

Camila no me notó. Empezó a quitarse el uniforme con la naturalidad de quien se cree completamente sola. La falda cayó al piso. La blusa, después. El sostén lo arrojó sobre la silla. Y se quedó parada frente al espejo, en calzón, sobándose los pechos como quien se masajea un músculo cansado.

Tragué saliva sin mover la cara. Camila tiene la piel morena, el cabello negro y rizado hasta media espalda, es bajita y un poco rellenita. Yo nunca le había mirado el cuerpo, ni de reojo. Pero esa tarde, con la luz de la ventana entrándole por la espalda, le vi todo: las nalgas grandes y firmes, la curva de la cintura, los pechos redondos coronados por unas areolas anchas, color café, con los pezones tensos como si hiciera frío. No hacía frío.

Un crujido en la entrada la sobresaltó. Se puso el pantalón en dos segundos. Yo bajé la cobija hasta la nariz y cerré los ojos. La puerta se abrió. Era Mariana.

—Está dormido —dijo Camila en voz baja—. Acabo de llegar y lo encontré aquí.

—Vístete. Lo despierto.

Mariana me sacudió el hombro con suavidad. Abrí los ojos haciéndome el aturdido. Le sonreí, le dije que el pie me había vencido y me incorporé despacio. De reojo vi a Camila terminándose de poner la blusa. No se había puesto el sostén; estaba colgado del respaldo de la silla. Bajo la tela, los pezones se le marcaban como dos puntos oscuros.

Salí de la habitación. Me senté en el sillón. Y por primera vez en mi vida, miré a mis hermanas con otros ojos.

***

El resto del día se me fue planeando. Mariana es más alta, más delgada, con menos pecho. Esa tarde la observé con disimulo: andaba sin sostén bajo la pijama vieja, igual que Camila. Llevaban años haciéndolo y yo nunca lo había notado. Ahora era lo único que veía.

Me obsesioné con una pregunta concreta: ¿serían iguales por dentro de la ropa? ¿Mariana también tendría las areolas anchas y oscuras? ¿O las tendría más chicas, como su cuerpo entero? Había una sola manera de saberlo, y no podía pedírsela.

Esa noche, mientras ellas se bañaban por turnos —primero Camila a las nueve, después Mariana cerca de las diez—, yo me fui a la cama temprano fingiendo dolor de pie. En realidad estaba pensando en el baño. Más concretamente, en el muro detrás del calentador.

Mis padres habían instalado el calentador unos meses antes, pegado a la pared exterior del baño. Cuando hicieron el hueco para meter las tuberías, lo abrieron más grande de lo necesario y nunca tuvieron dinero para sellarlo bien. Lo taparon con un pedazo de plástico negro y dos piedras del tamaño de una mano. El hueco quedaba justo debajo del lavabo, a la altura de la rodilla. Y el lavabo daba directo a la regadera.

Esa noche, cuando todos dormían, me escapé al patio. Saqué las piedras con cuidado, retiré el plástico, miré por la abertura. Era más grande de lo que recordaba: tres dedos de ancho, suficiente para meter la cara. No usábamos cortina en la regadera. Desde el patio se veía perfectamente el espacio entero.

Volví a colocar las piedras como estaban. Mañana iba a probar.

***

La tarde siguiente fue eterna. Cada minuto se estiraba. Cuando por fin Camila anunció que iba a bañarse y cerró la puerta del baño, salí al patio fingiendo que iba a tirar la basura. Las piedras salieron sin ruido. Pegué la cara al hueco.

Ahí estaba.

Mi hermana, completamente desnuda, debajo del chorro. El agua le bajaba por el cabello, por la espalda, por las nalgas. Estaba de espaldas a mí, balanceándose despacio para enjuagarse. Las nalgas se le movían como dos olas. Yo no respiraba.

Cuando se dio vuelta, casi tuve que sostenerme del muro. La vi de frente, mojada, brillante, con la cara levantada hacia el agua y los pechos firmes desafiando la gravedad. Las areolas eran enormes, oscuras, con los pezones erizados por el contraste del agua tibia con el aire frío del patio. Pero lo que me dejó sin aire fue lo de abajo: tenía el pubis completamente depilado. Ni un solo vello. Una piel suave, lampiña, casi infantil y adulta a la vez.

Camila se enjabonó con calma. Se pasó las manos por los pechos, después por el vientre, después se metió los dedos entre las nalgas y se lavó con paciencia. No tenía idea de que la estaban observando. Yo quería tocarme y el dolor del tobillo me obligaba a mantener una postura forzada. Apreté los dientes y aguanté.

Y entonces hizo algo que jamás voy a olvidar. Se inclinó un poco, se sostuvo un pecho con la mano izquierda, lo levantó y se lo metió a la boca. Le chupó el pezón unos segundos. Después hizo lo mismo con el otro. Sin prisa, sin teatro. Como si fuera algo que hacía todos los días.

Cuando empezó a secarse, cerré el hueco y volví a entrar a la casa. El corazón me retumbaba en las sienes. Apenas me crucé con ella en el pasillo, me encerré en el cuarto, agarré una toalla y descargué todo en cuestión de segundos. Pensé que ahí terminaba la noche.

***

Pero a los pocos minutos Mariana entró al baño.

Esperé. Toqué la puerta del cuarto y le pregunté a Camila si podía pasar. Me dijo que le diera diez minutos. Perfecto. Salí al patio otra vez. Saqué las piedras. Me agaché.

Mariana es distinta. Más alta, más delgada, con las piernas largas y torneadas de quien camina mucho. Estaba parada bajo el agua, de frente a mí, con los ojos cerrados. La piel morena le brillaba. Tenía un triángulo espeso de vello negro entre las piernas, una mata densa que el agua chorreaba como si fuera una pequeña selva mojada.

En medio de esa selva, la mano derecha.

Mi hermana se estaba masturbando.

Entraba y salía despacio, sin prisa, con una concentración silenciosa. Con la mano izquierda se apretaba un pecho. Los pezones también eran cafés, pero pequeños, dos puntos duros como semillas oscuras, mucho más chicos que los de Camila e igual de erizados. Se los pellizcaba, se los estiraba, los soltaba. La cara se le contraía con cada movimiento. La respiración se le aceleraba.

No pude más. Esta vez la incomodidad del tobillo no me importó. Me apoyé en el muro y me masturbé al ritmo del agua. Tampoco duré mucho. Cuando ella soltó un suspiro corto, agudo, una especie de hipo contenido, yo terminé al mismo tiempo, mordiéndome el brazo para no hacer ruido.

Mariana se quedó quieta unos segundos. Después abrió los ojos, sonrió sola y se enjabonó como si nada. Se lavó las ingles, la mata de vello, los pechos, jugando otra vez con los pezones como si no pudiera evitarlo. Cuando terminó, se envolvió la cabeza con la toalla. Esa era la señal: en treinta segundos saldría.

Tapé el hueco con las piedras, ajusté el plástico, me limpié las manos en el pantalón y entré a la sala. Llegué justo a tiempo para sentarme antes de que abrieran la puerta.

Mariana salió del baño envuelta en su pijama vieja. Casi al mismo tiempo se escuchó la llave de mis padres en la entrada. Nos saludaron como cada noche. Nadie sospechó nada.

Esa noche, antes de cerrar los ojos en el colchón de la cocina, supe que no iba a parar. El agujero detrás del calentador era mi ventana. Cada noche, dos veces, durante el tiempo que las piedras y el plástico aguantaran, mis hermanas me iban a regalar sin saberlo un espectáculo que ya nadie podía quitarme.

Y yo, en silencio, iba a aprender a mirar.

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Comentarios (3)

noctambulo33

tremendo relato, me dejo sin palabras!!!

Valentina_84

Por favor hacé una segunda parte, quede con ganas de mas!

pedro_lector

Muy bien narrado, se siente real. Esas curiosidades de cuando uno es joven que despues no se olvidan mas jaja

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