Mi sobrino descubrió lo que hago cuando nadie me ve
Llevábamos toda la tarde en la cocina, Adrián y yo, preparando botanas para la noche de películas que habíamos planeado desde hacía semanas. Mis hermanos se fueron de viaje con mis padres a la costa y él se quedó en la ciudad por la universidad. Yo me ofrecí a cuidarlo, aunque «cuidar» era una palabra absurda para un chico de veintiún años con la mandíbula marcada y los hombros anchos de alguien que lleva años cargando cajas en el almacén de su padre.
La cocina olía a cilantro picado y chile tostado. Yo cortaba tomates sobre la tabla mientras él rallaba queso detrás de mí, tan cerca que sentía el calor de su pecho en mi espalda cada vez que se inclinaba a dejar algo en la encimera. No era accidental. Ninguno de los dos fingía que lo fuera.
—¿Quieres probar? —le pregunté levantando la cuchara con la salsa que acababa de mezclar.
Él no tomó la cuchara. Hundió el dedo índice en el cuenco, lo sacó cubierto de salsa roja y me lo acercó a los labios. Yo lo miré a los ojos y chupé su dedo despacio, desde la base hasta la punta, limpiando cada gota con la lengua. Él tragó saliva. Yo sonreí como si fuera lo más natural del mundo.
Hicimos eso con cada salsa que preparamos. La de chipotle, la de aguacate, la de mango con habanero. Cada vez que necesitaba su opinión, él untaba el dedo y me lo ofrecía. Cada vez que yo necesitaba la suya, me lamía los dedos mirándolo fijo, sin parpadear, como si no estuviera haciendo exactamente lo que estaba haciendo.
En algún momento me dio un beso corto en el cuello mientras yo revolvía la olla. Luego otro detrás de la oreja. Luego sus manos en mi cintura, apretando apenas, y su boca en el hueco entre el cuello y el hombro. Yo cerré los ojos y dejé escapar un suspiro que no intenté disimular.
—Vamos a ver la película o no vamos a ver nada —le dije apartándome con una sonrisa que me delataba.
—Lo que tú digas, tía.
Esa palabra. Tía. Debería haberme frenado. En cambio, me provocó un escalofrío que me bajó por la columna hasta un lugar que no debería nombrar.
***
A las nueve ya estábamos en el sofá. Él en un extremo, yo acostada a lo largo con los pies sobre su regazo. Los dos en pijama. Yo llevaba un short de algodón gris y una camiseta vieja que me quedaba holgada. Él llevaba un pantalón de chándal y nada más. La sala estaba a oscuras salvo por el resplandor azulado de la pantalla.
La película era un thriller coreano que él había elegido. Subtitulada, con giros de guion cada cinco minutos. El tipo de película que exige toda tu atención o pierdes el hilo por completo.
Tengo un problema con eso. Cuando necesito concentrarme de verdad, necesito mantener las manos ocupadas. Es un hábito que desarrollé viviendo sola durante años, sin nadie que me mirara, sin nadie que me juzgara. Un tic nervioso, casi. Algo automático.
Al principio fue normal. Tomaba una fritura del plato que teníamos entre los cojines, la untaba en salsa, me la comía. Me concentraba. Tomaba otra. Me concentraba. A veces la fritura se rompía y la salsa me chorreaba por los dedos. Entonces me llevaba los dedos a la boca y los limpiaba despacio, como hacía siempre, sin pensar. Él me miraba de reojo cada vez que lo hacía, pero no decía nada.
En la pantalla, el detective acababa de descubrir que la mujer a la que investigaba era la asesina. Yo estaba absorta, el corazón acelerado por la tensión de la trama. Llevé la mano al plato. Vacío. Sin pensar, mi mano bajó.
Es difícil de explicar. Cuando no tengo nada que picar y necesito concentrarme, mi mano busca otro lugar donde mantenerse ocupada. Baja hasta mi ropa interior y mis dedos se mueven solos. Sin intención sexual, sin calentura, sin fantasía. Es pura repetición mecánica. Recorro mis labios de arriba abajo, los estiro suave, juego con ellos entre los dedos, los junto, los separo. Un movimiento rítmico que me ancla al presente y me permite mantener la atención en lo que sea que esté mirando.
Cuando la humedad aparece —porque siempre aparece, es simple biología—, paso el dedo desde abajo hacia arriba con un poco más de presión, y eso es suficiente. Dejo de hacerlo, vuelvo a concentrarme. Si la película se pone más intensa, repito el ciclo. Fritura, dedos, boca, concentración. Mano abajo, recorrido, presión, concentración. Un loop del que no soy consciente hasta que alguien me lo señala.
Nadie me lo había señalado nunca. Porque nadie me había visto hacerlo. Hasta esa noche.
—¿Qué mierda estás haciendo?
La voz de Adrián me sacó de la película como un balde de agua fría. Lo miré. Él me miraba con los ojos muy abiertos, la boca entreabierta, las manos quietas sobre mis tobillos como si se hubieran congelado ahí.
Bajé la vista. Mi mano derecha estaba metida dentro de mi short, los dedos hundidos entre mis piernas. Llevaba minutos así. Quizá más. No tenía idea de cuánto tiempo.
La vergüenza me golpeó como una ola. Retiré la mano de golpe, me senté de un salto y me cubrí la cara. Me reí. No pude evitarlo. Me reí con esa risa incontrolable que sale cuando la vergüenza es tan grande que el cuerpo no sabe cómo procesarla. Me reí hasta que me dolió el estómago, hasta que se me saltaron las lágrimas, hasta que casi me orino encima.
—Perdón, perdón, perdón —repetí entre carcajadas—. Te juro que no me di cuenta. Es una costumbre horrible. La tengo desde hace años. No es lo que parece.
—¿Cómo que no es lo que parece? Tenías la mano entera adentro del short.
—Ya sé, ya sé. Es que cuando me concentro mucho y se me acaba la comida, yo… es un tic. Es automático. No lo hago a propósito, te lo juro.
Él me miraba entre incrédulo y fascinado. Yo seguía roja hasta las orejas, recogiendo las frituras que habíamos tocado, limpiando la mesa, haciendo cualquier cosa para no mirarlo a la cara.
—Deja eso —me dijo.
—No, déjame cambiar las cosas. Las que toqué. Es que mis dedos tenían… bueno, ya sabes. Perdón. Qué asco. Perdón.
—Por eso la salsa sabía diferente en las últimas.
Lo miré horrorizada. Él sonreía. Ese desgraciado estaba sonriendo.
—No tiene gracia —dije.
—Tiene toda la gracia del mundo.
Me dejé caer en el sofá y me tapé la cara con un cojín. Él se quedó en silencio un momento. Yo respiraba contra la tela, tratando de calmarme, sintiendo cómo la vergüenza se mezclaba con algo más, algo cálido que me pulsaba entre las piernas y que esta vez no tenía nada de automático.
—Ahora me toca probar —dijo con una voz que no le había escuchado antes. Más grave. Más lenta.
Quité el cojín de mi cara. Él me estaba mirando de una manera que me secó la boca. Antes de que pudiera reaccionar, me tomó la mano derecha —la misma mano— y se llevó mis dedos a la boca.
No fue como las salsas en la cocina. No fue juguetón ni coqueto. Fue lento. Deliberado. Su lengua recorrió mi dedo índice desde la base, envolvió la punta, y lo chupó con los ojos clavados en los míos. Luego el medio. Luego el anular. Yo sentía su saliva caliente entre mis dedos, la presión suave de sus labios, y me di cuenta de que había dejado de respirar.
Cuando soltó mi mano, mis dedos brillaban húmedos bajo la luz de la pantalla. Él no dijo nada. Yo no dije nada. La película seguía corriendo pero ninguno de los dos la estaba viendo.
No hagas lo que estás pensando.
Lo hice.
Bajé la mano hasta mi short. Esta vez fui consciente de cada movimiento. Mis dedos empapados en su saliva encontraron mis labios, los recorrieron despacio, se deslizaron por la humedad que ya estaba ahí, que llevaba ahí más tiempo del que quería admitir. Hice el recorrido completo, lento, desde abajo hasta arriba, con más presión de la necesaria. Saqué la mano.
Se la ofrecí.
—Ahora ya sabes —le dije con una voz que no reconocí como mía—. Y no me pidas más.
Él tomó mis dedos y los metió en su boca. Esta vez cerró los ojos. Un sonido grave le salió de la garganta, algo entre un suspiro y un gemido contenido que me hizo apretar los muslos. Los chupó como si estuviera saboreando algo que llevaba tiempo queriendo probar. Cuando los soltó, pasó la lengua por su labio inferior y me miró.
—Más —dijo.
—No.
—Déjame probarte de verdad.
—No, Adrián.
Me levanté del sofá. Las piernas me temblaban. Recogí el plato de frituras, los vasos, el cuenco de salsa. Todo con movimientos mecánicos, como si estuviera en piloto automático. Él se quedó sentado, mirándome, sin insistir pero sin rendirse tampoco.
—No es que no quiera —le dije desde la cocina, de espaldas, lavando los platos como si eso fuera a solucionar algo—. Es que no debería querer.
—Eso no es lo mismo que no querer.
—Ya lo sé.
***
El resto de la noche fue una pelea silenciosa contra nosotros mismos. Nos sentamos a terminar la película con un cojín de distancia. Yo mantuve las manos cruzadas sobre el pecho como una monja. Él mantuvo las suyas sobre sus piernas, los nudillos blancos de la tensión. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, los dos apartábamos la vista con la rapidez de quien toca algo que quema.
Cuando terminaron los créditos, me levanté.
—Me voy a la cama —dije sin mirarlo.
—Tía.
Me detuve en el pasillo. No me di la vuelta.
—Déjame devolverte el favor. Solo eso. Nada más.
Yo ya lo había hecho acabar un par de veces antes. No esa noche. Semanas atrás, en momentos robados que ninguno de los dos mencionaba después. Mi mano dentro de su pantalón en la cocina mientras el resto de la familia cenaba en el jardín. Mi mano bajo la mesa del restaurante en el cumpleaños de mi hermana. Cosas que empezaron como un juego y dejaron de serlo sin que nos diéramos cuenta.
Él sentía que me debía algo. Yo sabía que me debía algo. Su boca entre mis piernas era lo que los dos llevábamos imaginando desde hacía meses, la imagen que aparecía cada vez que cerraba los ojos en la ducha, cada vez que mis dedos bajaban en automático durante una película.
—Todo a su tiempo —le dije.
Caminé hasta mi habitación, cerré la puerta y me apoyé contra ella. Mi mano bajó sola hasta mi short. Esta vez no fue un tic. Esta vez supe exactamente lo que estaba haciendo, exactamente en quién estaba pensando, y exactamente por qué la humedad entre mis piernas no tenía nada que ver con la concentración.
Tardé menos de dos minutos.
Al otro lado de la puerta, escuché sus pasos alejarse por el pasillo. Lentos. Pesados. Contenidos.
Todo a su tiempo.