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Relatos Ardientes

Mi sobrino descubrió lo que hago cuando nadie me ve

3.1(42)

Llevábamos toda la tarde en la cocina, Adrián y yo, preparando botanas para la noche de películas que habíamos planeado desde hacía semanas. Mis hermanos se fueron de viaje con mis padres a la costa y él se quedó en la ciudad por la universidad. Yo me ofrecí a cuidarlo, aunque «cuidar» era una palabra absurda para un chico de veintiún años con la mandíbula marcada y los hombros anchos de alguien que lleva años cargando cajas en el almacén de su padre.

La cocina olía a cilantro picado y chile tostado. Yo cortaba tomates sobre la tabla mientras él rallaba queso detrás de mí, tan cerca que sentía el calor de su pecho en mi espalda cada vez que se inclinaba a dejar algo en la encimera. No era accidental. Ninguno de los dos fingía que lo fuera. En uno de esos roces sentí algo duro contra mi culo —la verga apretándome a través del pantalón de chándal— y él no se apartó. Yo tampoco. Empujé la cadera hacia atrás apenas un milímetro, lo justo para que entendiera que lo había notado, y seguí cortando tomates como si nada.

—¿Quieres probar? —le pregunté levantando la cuchara con la salsa que acababa de mezclar.

Él no tomó la cuchara. Hundió el dedo índice en el cuenco, lo sacó cubierto de salsa roja y me lo acercó a los labios. Yo lo miré a los ojos y abrí la boca despacio. Le metí su dedo hasta los nudillos, lo envolví con la lengua y lo mamé sacándolo de a poco, como si fuera una polla pequeña, dejando que mis labios se cerraran apretados en cada centímetro. Él tragó saliva. Yo sonreí como si fuera lo más natural del mundo.

Hicimos eso con cada salsa que preparamos. La de chipotle, la de aguacate, la de mango con habanero. Cada vez que necesitaba su opinión, él untaba el dedo y me lo ofrecía. Cada vez que yo necesitaba la suya, me lamía los dedos mirándolo fijo, sin parpadear, chupándomelos uno por uno con la boca abierta para que viera la lengua. En la cuarta o quinta vuelta él ya no estaba probando salsa: estaba mirándome la boca mientras se la imaginaba en otro lado.

En algún momento me dio un beso corto en el cuello mientras yo revolvía la olla. Luego otro detrás de la oreja, con la lengua. Luego sus manos en mi cintura, apretando, bajando hasta el hueso de mis caderas, tirándome contra él. La polla ya estaba completamente dura contra mi culo. Su boca me mordió el hueco entre el cuello y el hombro y yo cerré los ojos y dejé escapar un gemido bajo que no intenté disimular.

—Vamos a ver la película o no vamos a ver nada —le dije apartándome con una sonrisa que me delataba.

—Lo que tú digas, tía.

Esa palabra. Tía. Debería haberme frenado. En cambio, me provocó un escalofrío que me bajó por la columna hasta el coño, que ya se me estaba humedeciendo dentro de las bragas.

***

A las nueve ya estábamos en el sofá. Él en un extremo, yo acostada a lo largo con los pies sobre su regazo. Los dos en pijama. Yo llevaba un short de algodón gris y una camiseta vieja que me quedaba holgada, sin sostén, con los pezones marcándose contra la tela. Él llevaba un pantalón de chándal y nada más. La sala estaba a oscuras salvo por el resplandor azulado de la pantalla.

La película era un thriller coreano que él había elegido. Subtitulada, con giros de guion cada cinco minutos. El tipo de película que exige toda tu atención o pierdes el hilo por completo.

Tengo un problema con eso. Cuando necesito concentrarme de verdad, necesito mantener las manos ocupadas. Es un hábito que desarrollé viviendo sola durante años, sin nadie que me mirara, sin nadie que me juzgara. Un tic nervioso, casi. Algo automático.

Al principio fue normal. Tomaba una fritura del plato que teníamos entre los cojines, la untaba en salsa, me la comía. Me concentraba. Tomaba otra. Me concentraba. A veces la fritura se rompía y la salsa me chorreaba por los dedos. Entonces me llevaba los dedos a la boca y los limpiaba despacio, mamándolos, como hacía siempre, sin pensar. Él me miraba de reojo cada vez que lo hacía, pero no decía nada. Yo notaba el bulto creciéndole dentro del chándal —una línea gruesa apuntándole al ombligo— y tampoco decía nada.

En la pantalla, el detective acababa de descubrir que la mujer a la que investigaba era la asesina. Yo estaba absorta, el corazón acelerado por la tensión de la trama. Llevé la mano al plato. Vacío. Sin pensar, mi mano bajó.

Es difícil de explicar. Cuando no tengo nada que picar y necesito concentrarme, mi mano busca otro lugar donde mantenerse ocupada. Baja hasta dentro de las bragas y mis dedos se mueven solos. Sin intención sexual, sin calentura, sin fantasía. Es pura repetición mecánica. Recorro mis labios mayores de arriba abajo, los estiro suave, juego con ellos entre los dedos, los junto, los separo. Mis dedos se cuelan entre los labios menores, los rozan, salen, vuelven. Un movimiento rítmico que me ancla al presente y me permite mantener la atención en lo que sea que esté mirando.

Cuando la humedad aparece —porque siempre aparece, es simple biología—, paso el dedo desde la entrada del coño hacia arriba, hasta el clítoris, con un poco más de presión, y eso es suficiente. Dejo de hacerlo, vuelvo a concentrarme. Si la película se pone más intensa, repito el ciclo. Fritura, dedos, boca, concentración. Mano abajo, recorrido, presión sobre el clítoris, concentración. Un loop del que no soy consciente hasta que alguien me lo señala.

Nadie me lo había señalado nunca. Porque nadie me había visto hacerlo. Hasta esa noche.

—¿Qué mierda estás haciendo?

La voz de Adrián me sacó de la película como un balde de agua fría. Lo miré. Él me miraba con los ojos muy abiertos, la boca entreabierta, las manos quietas sobre mis tobillos como si se hubieran congelado ahí.

Bajé la vista. Mi mano derecha estaba metida dentro de mi short, dos dedos enterrados hasta el segundo nudillo directamente en mi coño, el pulgar apoyado en el clítoris. Llevaba minutos así. Quizá más. No tenía idea de cuánto tiempo. La tela del short se me había mojado por encima, una mancha oscura dibujada justo encima de mi pubis.

La vergüenza me golpeó como una ola. Retiré la mano de golpe —los dedos brillantes, empapados, con un hilo de humedad colgando entre ellos— me senté de un salto y me cubrí la cara. Me reí. No pude evitarlo. Me reí con esa risa incontrolable que sale cuando la vergüenza es tan grande que el cuerpo no sabe cómo procesarla. Me reí hasta que me dolió el estómago, hasta que se me saltaron las lágrimas, hasta que casi me orino encima.

—Perdón, perdón, perdón —repetí entre carcajadas—. Te juro que no me di cuenta. Es una costumbre horrible. La tengo desde hace años. No es lo que parece.

—¿Cómo que no es lo que parece? Tenías dos dedos metidos hasta el fondo. Te estabas masturbando en mi cara.

—Ya sé, ya sé. Es que cuando me concentro mucho y se me acaba la comida, yo… es un tic. Es automático. No lo hago a propósito, te lo juro.

Él me miraba entre incrédulo y fascinado. La polla se le marcaba enorme bajo el chándal y ni siquiera intentaba taparla. Yo seguía roja hasta las orejas, recogiendo las frituras que habíamos tocado, limpiando la mesa, haciendo cualquier cosa para no mirarle a la cara —ni a la entrepierna.

—Deja eso —me dijo.

—No, déjame cambiar las cosas. Las que toqué. Es que mis dedos tenían… bueno, ya sabes. Mis flujos. Perdón. Qué asco. Perdón.

—Por eso la salsa sabía diferente en las últimas.

Lo miré horrorizada. Él sonreía. Ese desgraciado estaba sonriendo y se relamía los labios.

—No tiene gracia —dije.

—Tiene toda la gracia del mundo. Te he comido sin saberlo. Llevo hora y media saboreándote el coño.

Me dejé caer en el sofá y me tapé la cara con un cojín. Él se quedó en silencio un momento. Yo respiraba contra la tela, tratando de calmarme, sintiendo cómo la vergüenza se mezclaba con algo más, algo cálido que me pulsaba entre las piernas y que esta vez no tenía nada de automático. El coño me latía. Las bragas estaban tan empapadas que si me movía iba a dejar mancha en el sofá.

—Ahora me toca probar —dijo con una voz que no le había escuchado antes. Más grave. Más lenta.

Quité el cojín de mi cara. Él me estaba mirando de una manera que me secó la boca. Antes de que pudiera reaccionar, me tomó la mano derecha —la misma mano, los mismos dedos que segundos antes habían estado dentro de mí— y se los llevó a la boca.

No fue como las salsas en la cocina. No fue juguetón ni coqueto. Fue lento. Deliberado. Hambriento. Su lengua recorrió mi dedo índice desde la base, envolvió la punta, y lo chupó con los ojos clavados en los míos. Luego el medio, hundiéndoselo entero hasta la garganta. Luego el anular, lamiéndome la piel entre cada dedo, buscando hasta el último resto de mi sabor. Yo sentía su saliva caliente entre mis dedos, la presión de sus labios cerrándose, la lengua dándole vueltas a las puntas, y me di cuenta de que había dejado de respirar. Entre las piernas el latido se había vuelto un palpitar urgente, como si el coño tuviera su propio corazón pidiendo atención.

Cuando soltó mi mano, mis dedos brillaban húmedos bajo la luz de la pantalla. Él no dijo nada. Yo no dije nada. La película seguía corriendo pero ninguno de los dos la estaba viendo. La verga le había crecido tanto que se le marcaba la cabeza, redonda, contra la cintura del chándal.

No hagas lo que estás pensando.

Lo hice.

Bajé la mano hasta mi short, esta vez por debajo del elástico de las bragas, sin disimulo. Esta vez fui consciente de cada movimiento. Mis dedos empapados en su saliva encontraron mis labios mayores, los separaron, se deslizaron por la humedad espesa que ya estaba ahí, que llevaba ahí más tiempo del que quería admitir. Hundí el dedo medio en el coño hasta el nudillo, lo giré, lo saqué cubierto de un brillo viscoso. Subí hasta el clítoris, lo froté en círculos lentos hasta sentirlo hinchado bajo la yema. Hice el recorrido completo, lento, desde el agujero hasta el clítoris, con más presión de la necesaria. Saqué la mano. Tenía dos dedos chorreando.

Se la ofrecí.

—Ahora ya sabes —le dije con una voz que no reconocí como mía—. Y no me pidas más.

Él tomó mis dedos y los metió en la boca. Esta vez cerró los ojos. Un sonido grave le salió de la garganta, algo entre un suspiro y un gemido contenido que me hizo apretar los muslos hasta sentir que se me cortaba la circulación. Los mamó con desesperación, succionándolos, lamiéndolos arriba y abajo, sacándolos solo para mirarlos brillar antes de volver a metérselos. Me chupó la palma, la base del pulgar, la cara interna de la muñeca, buscando cada gota. Cuando me soltó, pasó la lengua por su labio inferior y me miró con los ojos vidriosos.

—Más —dijo—. Carajo, tía, déjame chuparte directo. Una vez. Solo una vez. Te juro que no paso de ahí.

—No.

—Déjame meterte la lengua. Sé chupar coño, te lo prometo.

—No, Adrián.

—Te lo voy a hacer despacio. Te voy a chupar el clítoris hasta que te corras en mi boca.

—Para —dije, y la voz me tembló porque la imagen —su cabeza entre mis muslos, su lengua hundida en mí donde habían estado mis propios dedos hacía un minuto— me apretó el coño de tal forma que casi me corro ahí mismo.

Me levanté del sofá. Las piernas me temblaban tanto que tuve que apoyarme en el reposabrazos. Recogí el plato de frituras, los vasos, el cuenco de salsa. Todo con movimientos mecánicos, como si estuviera en piloto automático. Él se quedó sentado, mirándome, con la polla todavía marcada hacia arriba bajo el chándal, sin insistir pero sin rendirse tampoco.

—No es que no quiera —le dije desde la cocina, de espaldas, lavando los platos como si eso fuera a solucionar algo—. Es que no debería querer.

—Eso no es lo mismo que no querer.

—Ya lo sé.

***

El resto de la noche fue una pelea silenciosa contra nosotros mismos. Nos sentamos a terminar la película con un cojín de distancia. Yo mantuve las manos cruzadas sobre el pecho como una monja. Él mantuvo las suyas sobre sus piernas, los nudillos blancos de la tensión, intentando disimular la erección que no le bajaba. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, los dos apartábamos la vista con la rapidez de quien toca algo que quema. Yo sentía las bragas pegadas al coño, frías y empapadas, y cada vez que me movía un poco el roce de la tela me daba un latigazo en el clítoris que me obligaba a apretar los dientes.

Cuando terminaron los créditos, me levanté.

—Me voy a la cama —dije sin mirarlo.

—Tía.

Me detuve en el pasillo. No me di la vuelta.

—Déjame devolverte el favor. Solo eso. Nada más.

Yo ya lo había hecho acabar un par de veces antes. No esa noche. Semanas atrás, en momentos robados que ninguno de los dos mencionaba después. La primera vez fue en la cocina, la noche del cumpleaños de mi madre. El resto de la familia cenaba en el jardín y nosotros nos quedamos lavando platos. Él se me acercó por detrás, me apretó las tetas por encima de la blusa, los pezones se me endurecieron contra sus palmas, y yo, sin saber muy bien por qué, bajé la mano hacia atrás y le agarré la polla por encima del vaquero. Estaba dura como una piedra. Le abrí el botón, le bajé la bragueta, metí la mano dentro del calzoncillo y se la saqué. Era gruesa, mucho más gruesa de lo que me había imaginado las pocas veces que me había permitido imaginarla, con la cabeza hinchada y la punta ya mojada de líquido preseminal. Empecé a masturbarlo despacio, deslizando la palma por el glande, escupiéndome la otra mano para humedecerla, apretándole la base con el pulgar y el índice como un anillo. Él me mordió el cuello, me metió la mano por debajo de la falda y me apretó el coño por encima de las bragas, y se vino en menos de tres minutos. Me llenó la mano entera de semen, espeso y caliente, chorreándome por la muñeca, y yo me lamí los dedos uno por uno mientras mi padre llamaba desde el jardín preguntando si todo iba bien.

La segunda vez fue bajo la mesa del restaurante en el cumpleaños de mi hermana. Estábamos sentados al lado y, con el mantel largo cubriéndonos hasta las rodillas, le metí la mano dentro del pantalón mientras hablábamos del trabajo con mi cuñado. Tardé el postre entero en hacerlo acabar. Él tuvo que aguantarse el gemido bebiendo agua, fingiendo un ataque de tos, mirándome con los ojos rojos mientras le sentía la verga latir entre mis dedos y la corrida caliente me empapaba toda la palma. Después escapé al baño con la mano cerrada en puño dentro del bolsillo, me chupé los dedos uno a uno frente al espejo —sabía a sal, a sudor, a él— me restregué el resto en el clítoris empapado y me corrí ahí mismo, en cinco segundos, apoyada en el lavamanos del restaurante, mordiéndome el dorso de la mano para no gritar.

Cosas que empezaron como un juego y dejaron de serlo sin que nos diéramos cuenta.

Él sentía que me debía algo. Yo sabía que me debía algo. Su boca entre mis piernas era lo que los dos llevábamos imaginando desde hacía meses, la imagen que aparecía cada vez que cerraba los ojos en la ducha, cada vez que mis dedos bajaban en automático durante una película. Su lengua recorriéndome los labios mayores, abriéndolos, lamiéndome de abajo arriba desde la entrada del coño hasta el clítoris, chupándomelo, metiéndome dos dedos mientras me lo succiona, haciéndome arquearme contra su cara hasta correrme en su boca.

—Todo a su tiempo —le dije.

Caminé hasta mi habitación, cerré la puerta y me apoyé contra ella. Me bajé el short y las bragas de un tirón y las pateé a un lado. Abrí las piernas apoyada de espaldas a la puerta y bajé la mano. Esta vez no fue un tic. Esta vez supe exactamente lo que estaba haciendo, exactamente en quién estaba pensando, y exactamente por qué la humedad entre mis piernas no tenía nada que ver con la concentración.

El coño me chorreaba. Pasé dos dedos desde el agujero hasta el clítoris y me los llevé a la boca, mamándomelos, fingiendo que era su boca mamándomelos a mí. Volví a bajar la mano, hundí los mismos dos dedos dentro de mí hasta los nudillos —entraron sin resistencia, ya estaba tan abierta que los recibió de un solo empuje— y empecé a metérmelos y sacármelos rápido, follándome la mano, mirando hacia la puerta como si él pudiera atravesarla. Con la otra mano me apreté el clítoris hinchado entre el índice y el pulgar, lo froté en círculos rápidos. Imaginé su cabeza entre mis muslos, su lengua donde estaban mis dedos, su nariz aplastándome el clítoris, su boca succionándome todo el coño a la vez. Me imaginé empujándole la cara contra mí, agarrándole el pelo, follándole la boca hasta vaciarme en su lengua. Me imaginé su polla —la que ya conocía, la que había sentido vibrar entre mis dedos en aquel restaurante— entrando a la vez que su lengua, hundiéndose hasta el fondo, llenándome, partiéndome.

Me mordí el labio para no gritar y me corrí en menos de dos minutos, con los muslos temblando, los dedos dentro hasta el fondo, sintiendo cómo el coño se cerraba en espasmos alrededor de ellos, una contracción tras otra, empapándome la mano hasta la muñeca y dejándome un chorro pegajoso bajándome por la cara interna del muslo.

Al otro lado de la puerta, escuché sus pasos alejarse por el pasillo. Lentos. Pesados. Contenidos.

Todo a su tiempo.

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3.1(42)

Comentarios(8)

Jack

buenisimo!!!

Miguelin77

hay segunda parte? me quede con ganas de saber como siguio todo

Fernando8090

Me gusto mucho como lo contaste, se siente natural sin ser burdo. Seguí así!

Ricky_BA

jaja el momento del sofa me mato, tremendo

LorenaBA

Lo lei de un tiron. Transmitis muy bien la tension del momento, se siente autentico. Gracias por compartir, espero el proximo relato.

Carlitos22

el giro del final no me lo esperaba para nada. muy bueno

Nena_curiosa

Que rico relato, me encanto la introduccion con la cena. Por favor publicá mas!

MarceloT

Escribis muy bien, se nota que pones dedicacion. Me gusto como describis las emociones sin caer en lo tipico. Sigue así, te leo siempre.

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