Su hija me espiaba desde la rendija de la puerta
Llevaba casi tres años divorciado y, aunque al principio me reía cuando mis amigos hablaban de «sentar cabeza», a los cuarenta y tantos uno empieza a cansarse de buscar adrenalina en bares de carretera y aplicaciones de una sola noche. Una tarde cualquiera me bajé un par de apps de citas y me dije que esta vez iba en serio.
Después de varios cafés sosos y una cena con una mujer que solo hablaba de su gato, apareció Mariana. Tenía cuarenta y ocho años, pelo castaño hasta media espalda y unos ojos color avellana que sonreían antes que la boca. Llevaba unos kilos de más, pero los repartía con la elegancia de las mujeres que se conocen el cuerpo: cintura marcada, caderas anchas y un pecho que parecía obligar al escote a contenerlo.
Quedamos en una cafetería del centro un viernes por la noche. Conversamos sin sentirnos ridículos. Ella se reía echando la cabeza hacia atrás, mostrando un cuello largo del que me costaba apartar la mirada. En algún momento de la segunda taza me preguntó qué buscaba y se lo dije sin maquillarlo: compañía, sexo, alguien con quien envejecer despacio. Mariana se mordió el labio inferior y contestó que ella estaba en lo mismo.
—¿Me llevas a casa? —dijo, deslizando un dedo por el borde de la taza.
No respondí. Solo pedí la cuenta.
El trayecto en coche fue tenso de la mejor manera. Su mano se posó en mi muslo a mitad de camino y se quedó ahí, con los dedos abriéndose y cerrándose como si tomara aire. Yo me concentraba en la carretera y pensaba que llevaba demasiados meses sin tocar a una mujer así.
Vivía en una casa baja, a las afueras, rodeada de jacarandas. Antes de bajar del coche me avisó:
—Tengo una hija de veintiún años. Es muy fiestera, pero muy tranquila. Si está despierta, no nos va a molestar.
Asentí sin oírla del todo. La verdad es que solo pensaba en ese escote.
***
Cuando entramos, la luz del pasillo estaba apagada, pero por debajo de una de las puertas del fondo se filtraba el resplandor azulado de una televisión y el murmullo de alguna serie. Mariana levantó un poco la voz:
—Camila, ya llegué. Me voy a dormir.
—Vale, ma —contestó una voz desde el otro lado.
No mencionó que no venía sola. Yo tampoco dije nada.
Cerré la puerta de su habitación detrás de nosotros y la tomé de la cintura sin perder un segundo más. La giré contra la pared, le aparté el pelo del cuello y empecé a besárselo desde la oreja hasta el hombro, despacio, mordiendo apenas, escuchando cómo la respiración se le quebraba.
Una de mis manos bajó por su escote. Cuando confirmé que no llevaba sostén, me detuve un instante a respirar y a calmarme. Llevaba demasiados meses sin coger y notaba el pulso en sitios donde no debía notarlo.
—Date la vuelta —le pedí.
Le saqué los pechos por encima del vestido en lugar de quitárselo. Me gustaba esa imagen: ella vestida, los pezones afuera, la tela tirante. Los tenía grandes y oscuros, ya endurecidos, y los recorrí primero con la lengua y después con los labios. Mariana me sostenía la cabeza con las dos manos, sin urgencia, dejándome hacer.
Sentí cómo su mano libre buscaba mi cinturón. Lo intentó dos veces y se rindió. Bajó la cremallera, metió la mano sin ceremonia y me agarró la verga con una firmeza que no esperaba. La tenía durísima y, por un momento, me dio vergüenza lo evidente que era cuánto la deseaba.
Se arrodilló ahí mismo, junto al espejo del armario. No me preguntó si podía. Se la metió entera, sin miedo, hasta el fondo. Cerré los ojos y solté un gruñido que no fui capaz de retener. Detrás de la puerta del cuarto de Camila, el volumen de la serie bajó de golpe.
Lo registré. Lo guardé en alguna parte y seguí.
***
La aparté antes de venirme. Quería más, quería todo. La levanté del suelo y la llevé hasta la cama. Le indiqué con un gesto que se acostara boca abajo y, cuando lo hizo, le subí el vestido despacio, descubriéndola desde los tobillos hacia arriba. Una tanga negra, fina, casi simbólica.
Empecé a besarle las piernas desde los gemelos, recorriéndolas con la lengua, alternando un beso suave con un pequeño mordisco. Cuanto más subía, más intenso era su olor: una mezcla de sudor reciente, perfume amaderado y excitación pura que me obligó a respirar por la boca para no perder la cabeza.
Le aparté la tanga con dos dedos, sin quitársela, y me encontré con un sexo completamente depilado, con los labios brillantes de tan empapados que estaban. Me incliné y empecé por la parte baja de la espalda, bajando con la lengua hasta el coxis, después por el pliegue, sintiendo cómo se contraía cuando rocé el ano con el labio. No me detuve. Llegué hasta el clítoris desde atrás, con la lengua plana, y la oí gemir de una manera que no había oído todavía.
—Espera, así no —murmuró.
Se incorporó y, con un movimiento limpio, se subió a la cama y se acomodó de rodillas en la cabecera, ofreciéndome la espalda. Yo me dejé caer boca arriba debajo de ella, le agarré los muslos y la atraje hasta que su sexo quedó justo encima de mi cara. Sentada sobre mí, en posición de perrito, podía bajar y subir con la cadera al ritmo que ella quisiera.
Empezó despacio, controlándose. Yo le pasaba la lengua entera por el clítoris, en círculos, y de vez en cuando le metía un dedo, primero en el sexo, después rozando el ano sin entrar del todo. Ella jadeaba, decía cosas que no eran palabras, y yo notaba que se estaba acercando.
—No pares —dijo de pronto—. Justo así, no pares.
Me agarró la mano que le sujetaba la nalga y se la puso ella misma para que el dedo entrara entero. Lo metió hasta el nudillo. Sus piernas empezaron a temblar. Cerró los muslos contra mis sienes y se vino con un grito ronco que parecía no querer terminar nunca. Salió un chorro caliente que me empapó la barbilla, el cuello, parte del pelo. Tuve que cerrar la garganta por instinto para no ahogarme.
***
Cuando se separó, jadeando, se dejó caer de lado en el colchón, con los ojos cerrados y una sonrisa de animal satisfecho. Yo me incorporé en la cama, todavía con su sabor en la boca, y al estirarme miré por casualidad hacia la puerta.
Estaba entreabierta.
No mucho. Lo justo para que se colara una rendija de luz desde el pasillo. Y, a contraluz, una silueta. Una sombra recortada del otro lado, inmóvil, pegada a la rendija.
Me quedé quieto. Por un momento pensé que el cansancio me hacía ver cosas. Forcé la vista. Distinguí un mechón largo de pelo, una mejilla, el brillo de un ojo. La hija. Estaba ahí, mirando, y llevaba mirando quién sabe cuánto tiempo.
Por algún motivo que sigo sin entender del todo, no aparté la vista. Me quedé sosteniéndole la mirada a través de la rendija, en silencio, y por un instante muy breve nuestros ojos se cruzaron de verdad. Ella se apartó de inmediato, tan rápido que la puerta de su cuarto, al fondo del pasillo, se cerró con un clic apagado.
Mariana no se enteró. Estaba con la cara hundida en la almohada, recobrándose.
Yo debería haberme levantado a cerrar la puerta como un adulto. Debería haberle dicho a Mariana que su hija estaba despierta, que algo no terminaba de cuadrar en esa casa donde nadie aclaraba nada. En lugar de eso, sentí cómo se me ponía dura otra vez.
Me asusté de mí mismo, pero no lo suficiente.
***
Mariana se giró hacia mí, abrió los ojos y, sin decir nada, se acomodó hacia abajo en la cama hasta quedar entre mis piernas. Puso una almohada bajo su cabeza, me agarró los testículos con una mano y, con la otra, me sostuvo la base de la verga. Empezó muy despacio, jugando solo con el glande. Lengua, succión suave, lengua otra vez.
Cerré los ojos un segundo y volví a abrirlos justo a tiempo.
La rendija. Otra vez.
Camila había vuelto. Más cuidadosa esta vez, dejando solo un par de centímetros abiertos. Yo no podía verle la cara, pero sí lograba intuir el contorno de un ojo y de un pómulo en la oscuridad. Mariana seguía con la cabeza baja, ajena, dándolo todo. Yo era el único de los tres que sabía lo que estaba pasando.
No fue una decisión, fue un impulso. Le aparté la cabeza a Mariana con suavidad, agarrándola de la barbilla, y le dije al oído:
—Mírame mientras me la haces. Despacio.
Ella me obedeció sin extrañarse. Levantó la mirada, cruzó sus ojos con los míos y siguió chupándomela, ahora más lenta, con la mano subiendo y bajando por la base. Yo, en cambio, miraba por encima de su hombro hacia la rendija.
Pensar que del otro lado había una chica de veintiún años viéndome la verga, viendo cómo su madre me la limpiaba con la lengua, fue suficiente. Sentí el aviso, intenso, y tampoco hice nada por contenerlo. Le agarré la cabeza a Mariana, me la saqué de la boca un segundo, me masturbé con dos golpes secos y me corrí.
El primer chorro le cayó en los labios y la barbilla. El segundo, directo a la lengua que ella había sacado por instinto. El tercero le salpicó la frente y un mechón de pelo. Las piernas me temblaron. Tuve que apoyarme con la mano libre en el cabecero.
Solté la verga sin pensar. Mariana se la volvió a meter en la boca, con la calma de quien recoge lo que ha quedado, y la dejó completamente limpia.
Cuando levanté la vista por última vez, la rendija ya no estaba. La puerta del fondo del pasillo se había cerrado en silencio.
***
Caímos los dos rendidos sobre la cama. Mariana se acurrucó contra mi pecho, todavía con restos pegajosos en el pelo y sin ganas de levantarse a limpiarse. Le pasé el brazo por encima y miré al techo, intentando ordenar lo que acababa de pasar.
No podía sacármela de la cabeza. La silueta. La rendija. Esa mirada que aguantó la mía un segundo de más.
Por un lado me preocupaba lo evidente: que Mariana no se hubiera enterado de nada o, peor, que se hubiera enterado y le diera igual. No sabía si era la primera vez que su hija la espiaba o si ese silencio cómplice tenía meses, años. No sabía qué clase de casa era esa.
Por otro, y eso era lo que más me incomodaba, no podía negar que aquella sensación de ser visto, de saber que del otro lado de la puerta había una chica conteniendo la respiración, había sido lo que me había hecho perder la cabeza al final. No me reconocía en ese morbo, pero ahí estaba, latiéndome todavía bajo las costillas.
Me prometí que al día siguiente, con luz y café de por medio, le diría a Mariana que cerrara mejor la puerta. Que hablara con su hija. Que pusiera orden en esa casa donde todo el mundo fingía no saber.
Después me di cuenta de que probablemente no diría nada. Y, todavía sumergido en esas cavilaciones, con su respiración tibia en el pecho y un nudo extraño en el estómago, me quedé dormido.