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Relatos Ardientes

La madrastra que no debería gustarme tanto

Llevaba cuarenta minutos esperando en el salón cuando escuché sus pasos en el piso de arriba. Cuarenta minutos mirando el techo, pensando en cosas que no debería estar pensando sobre la mujer con la que mi padre se había casado hacía menos de un año. Una mujer que tenía tres años menos que yo y que, desde que había llegado a casa esa semana, conseguía que cada habitación le quedara pequeña.

Valeria bajó las escaleras como quien sabe perfectamente el efecto que produce. Pantalones de cuero negro ceñidos, chaqueta a juego, una blusa blanca con los dos primeros botones sin abrochar. Se había recogido el pelo hacia un lado, dejando caer un mechón oscuro sobre la mejilla izquierda. Me miró con una mezcla de orgullo y nerviosismo que no intentó disimular.

—¿Demasiado? —preguntó antes de llegar al último escalón.

No demasiado. Perfectamente insoportable.

—El look de motera clásico —dije, con toda la naturalidad que pude reunir.

Ella señaló mi conjunto con el mentón: vaqueros oscuros, chaqueta de cuero con refuerzos en codos y espalda, botas de piel negra.

—Coordinados sin querer —observó.

—Sin querer —repetí.

Ella se mordió el labio. Yo miré hacia otro lado.

***

La moto llevaba semanas cubierta con una lona en el garaje. Cuando la descubrí y emergió la Triumph Speed Triple en negro mate bajo la luz del fluorescente, Valeria dio un paso atrás sin querer. El aspecto no era tranquilizador: baja, compacta, con esa geometría agresiva que hace parecer a las motos a punto de saltar.

—Es enorme —dijo.

—Para lo que pesa, no.

—¿Y eso me debería tranquilizar?

Arranqué el motor. El rugido llenó el garaje y Valeria se tensó visiblemente. Se le pusieron los pelos de punta, lo noté desde donde estaba. Estuvo a punto de decir algo, pero lo contuvo cuando me vio mirarla.

—Tranquila. Iré despacio —dije, y le ofrecí el casco.

Esperé a que se subiera detrás de mí. Lo hizo despacio, con cuidado, como quien se sube a algo que no termina de fiarse.

***

El primer kilómetro lo hizo sin tocarme más de lo estrictamente necesario. Notaba sus muslos rozando los míos por fuera y sus manos apoyadas con cautela en mis caderas, como si intentara mantener el máximo de distancia posible entre nuestros cuerpos. Luego llegó la primera curva pronunciada de la bajada hacia el centro.

—¡Marcos! —gritó mientras se aferraba a mi espalda con todo lo que tenía.

Y ahí se quedó.

Sus brazos rodeándome el torso, su pecho contra mi espalda, su barbilla casi apoyada en mi hombro. Podía sentir cada respiro acelerado cuando la moto se inclinaba, y cada vez que yo aceleraba en una recta, ella apretaba más. No era solo miedo. O si lo era, venía mezclado con otra cosa que ninguno de los dos quería nombrar.

—¡Dijiste que irías despacio! —protestó en algún punto del descenso.

—Esto es despacio —respondí.

Noté cómo soltaba una carcajada involuntaria contra mi nuca, cálida y corta, y eso fue suficiente. A partir de ahí dejó de protestar. Las vibraciones del motor entre sus piernas, el viento constante, la sensación de que el asfalto pasaba justo por debajo de nosotros. Cuando cruzamos el primer semáforo de la ciudad y me detuve, ella seguía aferrada a mí con la misma intensidad. Sentí perfectamente cómo apretaba el coño contra el asiento cada vez que el motor vibraba en punto muerto, y cómo sus dedos se hundían un poco más abajo de mi ombligo cada vez que yo abría el gas.

—¿Sigues ahí? —pregunté.

—Aquí sigo —respondió. Y en su voz había algo diferente a antes. Algo más ronco, más bajo, algo de mujer que ya no está pensando exactamente en el tráfico.

Aparcamos junto al paseo marítimo cuando el sol ya estaba cayendo sobre el agua. Valeria se bajó de la moto con las piernas algo temblorosas y se apoyó un momento en el asiento antes de dar el primer paso.

—¿Cómo te has quedado? —le pregunté mientras se quitaba el casco y sacudía el pelo.

—No sé cómo explicarlo. Al principio quería que me bajara. Después no quería que parase nunca —dijo, todavía con la respiración algo acelerada.

—A todo el mundo le pasa igual la primera vez.

—¿Y a ti? ¿También te pasó así?

La miré. El sol poniente le daba en la cara desde un ángulo que hacía casi imposible no quedarse mirando un segundo de más.

—A mí me pasó con otras cosas —dije.

Ella no preguntó qué cosas. Pero tampoco desvió la mirada.

***

Caminamos por el paseo sin ningún destino concreto. Llevaba un momento dudando si cogerme del brazo o caminar simplemente a mi lado cuando resolví el asunto ofreciéndoselo. Pasó su mano por mi codo y apoyó los dedos con suavidad, como si fuera la cosa más natural del mundo. No lo era. Y los dos lo sabíamos perfectamente.

El puerto estaba lleno de gente esa noche. Parejas, grupos de amigos, familias con niños corriendo entre las mesas de las terrazas. Nadie nos miró de forma extraña. Desde fuera éramos simplemente dos personas dando un paseo. Era curioso lo fácil que resultaba parecer algo que no se era.

—¿Cuántos años llevas viniendo aquí? —preguntó Valeria.

—Toda la vida. Mi madre era de aquí.

—Lo sé. Tu padre me contó.

Hubo un silencio que ninguno de los dos quiso romper. Era ese tipo de silencio cómodo que se da entre personas que acaban de descubrir que se entienden mejor de lo que esperaban.

Fue entonces cuando apareció Tobías.

Casi dos metros de tipo corpulento con la cabeza afeitada, abriéndose paso entre la gente del paseo junto a su novia, una chica japonesa llamada Emiko que le llegaba al hombro y sonreía con una calma que él no tenía en absoluto.

—¡Marcos! ¡Llegaste ayer y ya vas paseando del brazo con esta preciosidad! —bramó desde lejos.

Valeria se puso tensa. Lo noté en cómo apretó mi brazo un segundo antes de soltarlo y dar un paso hacia un lado.

—Para el carro, Tobías. Ella es Valeria, una amiga —dije.

—¡Claro, claro! ¡Una amiga! —repitió con un guiño que no disimulaba absolutamente nada.

—¿Perdona? —dijo Valeria en un tono que reconocí de inmediato. El tono de alguien a punto de aclarar algo que no convenía aclarar.

—Tobías, basta —intervino Emiko con una suavidad que cortó el ambiente mejor que cualquier reprimenda en voz alta.

—Es que soy así —concedió él, echando el brazo por encima del hombro de Valeria con una familiaridad que la incomodó visiblemente—. Encantado, Valeria.

Ella se separó con elegancia, sin armar escena.

—Igualmente.

Los cuatro caminamos juntos unos minutos. Tobías preguntó por el viaje, por los planes, por la moto. Emiko y Valeria intercambiaron frases cortas y precisas, como dos personas que se calibran mutuamente antes de decidir si merece la pena seguir. Luego se despidieron para continuar su paseo y quedamos solos de nuevo.

—¿Con que «una amiga»? —dijo Valeria cuando los perdimos de vista, retomando mi brazo.

—¿Qué querías que dijera? ¿«No, Tobías, es mi madrastra, pero tiene menos años que tú y que yo»?

Ella soltó una carcajada corta y limpia.

—Punto para ti. Pero me debes una.

—¿Qué me debes tú a mí por no aclararlo tú misma cuando tuviste la oportunidad?

No respondió. Pero la sonrisa que intentó ocultar lo dijo todo.

***

La encontramos diez minutos después. Una mujer alta, rubia, con ese tipo de belleza que hace mirar dos veces y que claramente era consciente de ello desde hacía mucho tiempo.

—¿Marcos? —dijo cruzando la calle sin esperar.

—Lorena.

El abrazo fue largo. Demasiado, desde mi punto de vista y, al parecer, también desde el de Valeria, que se quedó un paso atrás sin decir nada, con los brazos cruzados y una expresión que no terminaba de ser neutral.

—¡Cuánto tiempo! Estás igualito —exclamó Lorena, mirándome de arriba abajo—. ¿Y esta? ¿Tu nueva conquista?

—Valeria. Una amiga.

Lorena la estudió con esa mirada rápida y precisa que tienen ciertas personas.

—Qué suerte la tuya, chica. Con este hay que tener cuidado, tiene mucha fama —dijo con una sonrisa que no llegaba del todo a los ojos.

—Lo tendré en cuenta —respondió Valeria con una tranquilidad que me sorprendió.

Lorena siguió su camino. Esperé un par de segundos antes de hablar.

—Eran otras circunstancias.

—No tienes que explicarme nada, Marcos.

—No lo explico. Solo lo digo.

Ella asintió sin añadir nada más. Y yo supe que lo había entendido exactamente como era, sin adornos.

***

Cenamos en un sitio pequeño frente al agua, sin reserva, en la única mesa libre que quedaba junto a la ventana. Ninguno de los dos tenía ganas de decidir nada complicado, así que pidieron el menú del día y dejaron que la noche siguiera su propio ritmo.

—¿Por qué no le cuentas a tu padre que las cosas no van bien? —preguntó Valeria cuando ya llevábamos la segunda copa.

La miré.

—¿Cómo sabes que no van bien?

—Te escuché esta mañana por teléfono. No era mi intención, pasaba por el pasillo.

No me molestó. Con alguien que había escuchado sin fingir que no había escuchado, era difícil molestarse.

—Porque él ya tiene suficiente con lo suyo. Y porque no sé muy bien qué contarle exactamente —dije.

—¿Qué pasó?

—Lo de siempre. Dos personas que creen que van en la misma dirección hasta que un día descubren que no.

Valeria giró la copa entre los dedos, mirando el vino como si buscara algo dentro.

—Yo pensé lo mismo con mi relación anterior. Cuatro años creyendo que construíamos algo juntos y un día me di cuenta de que había construido completamente sola.

—¿Y entonces apareció mi padre?

—Y entonces apareció tu padre —repitió, sin evasivas, sin excusas—. No lo busqué. Estas cosas no se buscan, Marcos.

—Ya lo sé.

—¿Lo sabes? —La pregunta sonó diferente a como habría sonado en otra boca. No era un reproche. Era una pregunta de verdad.

La miré a los ojos. Había algo incómodo y completamente honesto en esa pregunta, en la forma en que me la había hecho sin apartar la mirada ni un momento.

—Lo sé —repetí.

El silencio que siguió fue diferente a los anteriores de esa noche. Más cargado. Más consciente de sí mismo.

***

De vuelta a casa, el trayecto fue completamente diferente al de ida. Valeria se subió detrás de mí sin dudar esta vez, sin ese momento de tensión contenida del garaje. No esperó a que la moto se inclinara para abrazarme. Sus brazos rodearon mi cintura desde el primer acelerón, y durante todo el camino de regreso sentí el calor de su cuerpo contra el mío, su mejilla apoyada en mi espalda, sus dedos entrelazados sobre mi estómago. Más de una vez noté cómo esos dedos bajaban un par de centímetros más de la cuenta, rozando el cinturón, quedándose ahí, sin disimular ya nada.

No dije nada.

Ella tampoco.

Aparqué en el garaje y apagué el motor. El silencio llegó de golpe, como siempre después del ruido constante. Ninguno de los dos se movió durante varios segundos.

—Gracias —dijo Valeria en voz baja, sin soltarme todavía.

—¿Por qué?

—Por esta noche. Por todo.

Se bajó de la moto. Yo también. Estábamos los dos de pie en el garaje, con la única luz del fluorescente encima, el olor a aceite y cuero en el aire, el motor todavía caliente a nuestro lado.

—Valeria —dije.

—Lo sé —respondió antes de que yo pudiera continuar.

Y sin embargo no se movió. Y yo tampoco.

Fue ella quien dio el paso. Un movimiento pequeño, casi imperceptible, pero suficiente para que la distancia entre los dos desapareciera del todo. Levanté la mano y aparté el mechón que le caía sobre la mejilla, y cuando mis dedos rozaron su piel sentí que los dos habíamos cruzado una línea de la que ninguno tenía intención de volver atrás.

El beso empezó despacio. No tenía nada de urgente ni de impulsivo, todo lo contrario. Era el tipo de beso que se da cuando los dos saben exactamente lo que están haciendo y han decidido hacerlo de todas formas. Sus manos subieron por mis costados hasta aferrarse a la parte trasera de mi chaqueta, y yo la acerqué más hacia mí hasta que no quedó espacio entre nuestros cuerpos. Le metí la lengua sin pedir permiso y ella abrió la boca con un gemido bajo, sordo, respondiendo con la suya como si llevara semanas esperando esa lengua exacta. Le apreté el culo por encima del cuero y ella jadeó dentro de mi boca.

—Esto es una locura —murmuró contra mi boca.

—Lo sé.

—Tu padre...

—No está.

—Marcos...

—Valeria.

Otro silencio. Luego sus labios volvieron sobre los míos, esta vez sin la pausa. Le mordí el labio inferior y ella me buscó la mano y se la llevó directamente a la teta izquierda, todavía por encima de la blusa. Se la apreté, y noté el pezón duro clavándose contra mi palma a través de la tela.

—Arriba —jadeó—. Ahora.

***

Subimos al piso de arriba sin encender las luces del pasillo. Sus dedos entrelazados con los míos, los dos moviéndonos en silencio como si el ruido fuera a romper algo frágil. Entramos en la habitación y ella se dio la vuelta para mirarme antes de que yo cerrara la puerta.

—Si mañana me dices que fue un error, lo entiendo —dijo.

—Mañana es mañana.

Le desabroché la chaqueta de cuero con calma, pasando los dedos por cada cierre sin apresurarse. Ella hizo lo mismo con la mía. Cuando las dos cayeron al suelo, la blusa blanca era lo único entre mis manos y su piel, y la aparté también, dejando caer los tirantes del hombro con esa misma lentitud deliberada. Debajo llevaba un sujetador negro de encaje que apenas cubría la mitad de las tetas, y los pezones ya se marcaban duros contra la tela. Le pasé el pulgar por encima de uno y ella cerró los ojos.

—Sácamelo —susurró.

Le desabroché el sujetador de un tirón y las tetas cayeron libres, redondas, más grandes de lo que el corte de la blusa dejaba adivinar, con los pezones oscuros y erectos apuntando hacia arriba. Me incliné y le chupé uno mientras le apretaba el otro con la mano. Valeria dejó escapar un gemido largo, con la boca abierta, y me clavó los dedos en la nuca para que no parara. Le mordí suavemente el pezón, tiré de él con los dientes, y ella arqueó la espalda contra mi boca.

—Joder, Marcos... más...

Cambié de teta y le hice lo mismo con la otra. Le pasé la lengua alrededor del pezón sin tocarlo, y cuando por fin lo cubrí entero con la boca y chupé fuerte, ella soltó una palabrota entre dientes y me apretó la cabeza contra su pecho. Le bajé la mano por el vientre, le desabroché el botón del pantalón de cuero y le metí la mano por dentro sin bajarle todavía la ropa. La braga era del mismo encaje negro que el sujetador, y estaba empapada. Le pasé los dedos por encima de la tela mojada y noté cómo las caderas se le movían solas buscándome.

—Estás chorreando —murmuré contra su oreja.

—Llevo así desde la puta moto —contestó, sin filtro, con la voz ronca—. Fóllame ya, por favor.

La tumbé sobre la cama y le quité los pantalones de cuero con algo de dificultad, lo cual hizo que los dos soltáramos una carcajada baja e involuntaria que rompió la tensión de la mejor manera posible.

—Son difíciles de poner y difíciles de quitar —admitió.

—Pero valieron la pena —dije.

Eso la hizo callarse de golpe y mirarme con una expresión que no supe clasificar con exactitud: mezcla de algo que podría ser vergüenza y algo que definitivamente no lo era. Le arranqué la braga por un lateral, sin miramientos, y la tiré al suelo. Quedó desnuda del todo, con las piernas ligeramente separadas y el coño depilado brillando de mojado bajo la poca luz que entraba por la ventana.

Me arrodillé al borde de la cama, le agarré los muslos y los abrí más. Ella se dejó, apoyando la nuca contra la almohada, mirándome desde arriba con los labios entreabiertos.

—No hagas eso —jadeó cuando entendió lo que iba a hacer.

—¿Por qué?

—Porque me voy a correr en dos segundos.

—Mejor.

Le pasé la lengua entera por el coño, de abajo arriba, lento, cerrando por fin sobre el clítoris. Valeria arqueó las caderas contra mi boca y soltó un gemido largo, obsceno, que llenó toda la habitación. Sabía a sal y a mujer excitada, y estaba tan mojada que el mentón se me empapó en el primer lametazo. Le separé los labios con dos dedos y le chupé el clítoris directamente, sin rodeos, dibujando círculos con la punta de la lengua.

—¡Joder, joder, joder! —jadeó, apretándome la cabeza contra ella con las dos manos—. Sí, ahí, no pares...

Le metí un dedo mientras seguía chupándole el clítoris, y noté cómo el coño se cerraba en torno a él, caliente y apretado. Le metí un segundo dedo y los curvé hacia arriba, buscando ese punto por dentro, y cuando lo encontré ella dio un respingo con toda la cadera.

—¡Ahí! ¡Ahí ahí ahí! —soltó casi gritando, tapándose la boca de golpe con la otra mano.

Aceleré. Chupaba y lamía y bombeaba con los dedos al mismo ritmo, sintiéndola temblar, sintiendo cómo los muslos se le cerraban alrededor de mi cabeza. Se corrió antes de que me diera tiempo a apartarme. Se corrió con un jadeo ahogado, mordiéndose el dorso de la mano para no despertar a nadie, con las caderas subiendo y bajando contra mi boca, con el coño contrayéndose alrededor de mis dedos. Le seguí lamiendo el clítoris hasta el último espasmo, hasta que ella me apartó suavemente con la mano libre porque ya no aguantaba más.

—Ven aquí —susurró—. Ven aquí ya.

Me subí a la cama y me quité lo que me quedaba de ropa mientras ella me miraba con los ojos entrecerrados y la respiración todavía descontrolada. Cuando le vio la polla se mordió el labio, se incorporó sobre un codo y me la agarró con la mano.

—Ven —repitió, y me tiró suavemente hacia su cara.

Me arrodillé a horcajadas sobre su pecho y ella me metió la punta en la boca sin previo aviso. Cerré los ojos. Empezó despacio, chupando solo el glande, con la lengua dando vueltas alrededor, hasta que fue tragando más, poco a poco, hasta que la sentí llegar al fondo de la garganta. Ella misma se marcaba el ritmo con la mano en la base, apretándome, subiendo y bajando la boca mojada por toda la polla.

—Joder, Valeria... —conseguí decir.

Ella me miró desde abajo, con los ojos brillantes y los labios estirados alrededor de mi verga, y esa imagen sola casi acaba conmigo. La sacó de la boca, me la lamió entera desde los huevos hasta la punta, se la volvió a meter y aceleró. Le puse la mano en la nuca sin apretar, solo acompañando el movimiento, y ella gimió con la polla todavía dentro. El sonido, la vibración, me hicieron apretar los dientes.

—Para —jadeé—. Para o me corro ya.

Se la sacó de la boca con un chasquido húmedo y sonrió, limpiándose la comisura con el pulgar.

—¿Y qué problema hay?

—El problema es que quiero follarte antes.

—Pues fóllame —dijo, tumbándose de nuevo y abriendo las piernas—. Fóllame ya, no me hagas esperar más.

Me coloqué entre sus muslos y me pasé la punta de la polla por el coño mojado, arriba y abajo, rozándole el clítoris con el glande. Ella cerró los ojos y arqueó la espalda buscándome.

—Métemela —suplicó—. Marcos, por favor, métemela ya.

Empujé despacio, hundiéndome de una sola vez hasta el fondo. Los dos gemimos a la vez. Estaba tan estrecha, tan mojada, tan caliente, que tuve que quedarme quieto un segundo para no correrme al primer envite. Valeria me clavó las uñas en la espalda y me buscó la boca.

—Muévete —jadeó contra mis labios—. Fóllame fuerte, no te contengas.

Empecé a moverme. Lento al principio, saliendo casi entera y volviendo a hundirme entera, sintiendo cómo el coño se le abría y se le cerraba en torno a mí a cada empujón. Ella me envolvió las caderas con las piernas y me atrajo más adentro, apretándome con los talones.

—Más rápido —pidió—. Más rápido, joder, más...

La agarré por debajo de los muslos, le levanté las piernas y aceleré. Cada embestida hacía que la cama chirriara suavemente y que sus tetas rebotaran, y ella iba dejando escapar un gemido pequeño por cada empujón, entrecortado, cada vez más agudo. Le miré la cara mientras la follaba: los ojos cerrados, la boca abierta, el pelo negro esparcido sobre la almohada, la garganta expuesta.

—Mírame —dije.

Abrió los ojos.

—Mírame mientras te follo.

—Joder... —susurró, aguantándome la mirada—. Joder, Marcos, no pares...

La saqué. Ella soltó un pequeño quejido de protesta que se cortó cuando le di la vuelta y la puse de rodillas, con la cara contra la almohada y el culo levantado. Me arrodillé detrás de ella, le puse una mano en la cadera y con la otra me guié la polla dentro otra vez, hasta el fondo, de un solo empujón.

—¡Aaah, joder! —gimió contra la almohada, mordiéndola para no gritar.

Desde ahí la follé más fuerte. Cada embestida hacía que el culo le temblara contra mis caderas, y yo le veía la espalda arqueada, el pelo revuelto, mi polla entrando y saliendo brillante de sus jugos. Le di un azote en la nalga derecha y ella soltó un gemido ahogado.

—Otra vez —pidió con la voz rota.

Le di otro azote, más fuerte. Se le marcó la mano rosada en la piel. Se lo di en la otra nalga y ella arqueó más la espalda, empujando el culo contra mí, buscando más.

—Así, así, así —jadeaba entre dientes—. Fóllame así, no pares...

Le pasé la mano por debajo hasta encontrarle el clítoris y empecé a frotárselo con dos dedos mientras seguía embistiéndola desde atrás. Fue demasiado. En pocos segundos noté cómo el coño se le apretaba brutalmente en torno a mi polla, cómo empezaba a temblarle todo el cuerpo, cómo el gemido se le quedaba atragantado en la garganta.

—Me corro... me corro... me corro otra vez... —balbuceó.

Se corrió con un jadeo largo y sordo, con el culo apretado contra mis caderas y el coño exprimiéndome dentro. Aguanté como pude, apretando los dientes, obligándome a no vaciarme todavía.

La dejé recuperarse un segundo. Ella se dejó caer de lado, jadeando, sudorosa, con el pelo pegado a la frente. Me miró desde abajo y sonrió con una sonrisa cansada y completamente entregada.

—Ven —dijo, tirándome del brazo—. Túmbate.

Me tumbé boca arriba. Ella se subió encima, se agarró la polla con la mano y se la fue metiendo despacio, sentándose sobre ella centímetro a centímetro, con los ojos cerrados y la boca abierta. Cuando ya la tuvo entera dentro, se quedó quieta unos segundos, con las manos apoyadas en mi pecho, respirando profundamente.

—Joder, qué llena me pone —susurró.

Empezó a moverse. Al principio despacio, subiendo y bajando con las caderas, buscándose el ritmo. Yo le agarré las tetas con las dos manos, apretándoselas, jugándole con los pezones entre los dedos. Ella se mordía el labio y me miraba desde arriba, cabalgándome cada vez más rápido, y yo le veía las tetas botando delante de mí, el vientre plano contrayéndose, la piel brillante de sudor.

—Así te gusta, ¿verdad? —jadeó, apoyando las manos en mi pecho y subiendo el ritmo—. Verme encima follándote...

—Sí —dije, mirándola.

Me agarró las muñecas y se las puso sobre las tetas otra vez, obligándome a apretarlas más fuerte.

—Dilo.

—Sí, joder, así me gusta.

Le di una palmada en el culo y ella gimió y aceleró aún más. Se inclinó hacia adelante, apoyando las palmas junto a mi cabeza, y desde esa posición la follé desde abajo, embistiéndola con las caderas mientras ella se ondulaba encima. Le mordí el pezón que me quedaba a la altura de la boca y ella dejó escapar un gemido largo.

—Voy a correrme —le avisé, apretando los dientes.

—Dentro no —jadeó ella—. Dentro no, Marcos, córrete en las tetas, en la boca, donde quieras, pero dentro no.

Aguanté los últimos segundos. Ella se salió de encima de mí en el último momento, se arrodilló a mi lado y me agarró la polla con la mano, masturbándome rápido, con la lengua fuera, apuntándomela hacia la boca abierta y las tetas. Me corrí con un jadeo estrangulado. Chorros gruesos y calientes le cayeron entre las tetas, en la garganta, uno le llegó a la barbilla y otro directamente en la lengua. Ella cerró los ojos y siguió masturbándome hasta la última gota, exprimiéndome la polla despacio, y luego, sin dejar de mirarme, se pasó la lengua por los labios y se tragó lo que le había caído en la boca.

—Joder... —conseguí decir.

Se rió con una risa baja, ronca, satisfecha. Se limpió el semen del pecho con dos dedos y se los llevó a la boca sin apartar la mirada.

Cuando terminamos los dos nos quedamos quietos en la oscuridad, escuchando el silencio de la casa y el rumor lejano del puerto que llegaba por la ventana entreabierta. Su cabeza apoyada en mi pecho, mi mano en su pelo revuelto, todavía con la piel pegajosa y el olor a sexo en toda la habitación.

—¿Arrepentida? —pregunté al final.

Tardó un segundo en responder.

—Pregúntame mañana —dijo. Pero sonreía cuando lo dijo. Y eso era más que suficiente por esa noche.

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Comentarios(8)

CarlitosBA

Muy buen relato!! me engancho desde el primer parrafo. Seguí así

Ferchu77

Por favor que haya segunda parte, quedé con muchas ganas de saber cómo sigue

ElenaCordoba

Que historia!! me encantó el arranque, Valeria me parece un personaje increible. Espero el proximo

MartinCba91

jajaja la escena del garaje me mató directamente. Tremendo

noche_calida88

Me recordó a algo que viví hace tiempo, esas situaciones que uno no espera y que se quedan grabadas. Muy bien escrito, en serio

RobertoGDL

Valeria con pantalones de cuero... la imagen me quedó en la cabeza todo el dia jajaja. Buenisimo

Tomas_88

genial!! uno de los mejores que leí en este sitio. Espero que sigas escribiendo

LucasBaires

¿hay continuación? porque si no la hay me parece un crimen jaja. Muy bueno, en serio

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