La madrastra que no debería gustarme tanto
Llevaba cuarenta minutos esperando en el salón cuando escuché sus pasos en el piso de arriba. Cuarenta minutos mirando el techo, pensando en cosas que no debería estar pensando sobre la mujer con la que mi padre se había casado hacía menos de un año. Una mujer que tenía tres años menos que yo y que, desde que había llegado a casa esa semana, conseguía que cada habitación le quedara pequeña.
Valeria bajó las escaleras como quien sabe perfectamente el efecto que produce. Pantalones de cuero negro ceñidos, chaqueta a juego, una blusa blanca con los dos primeros botones sin abrochar. Se había recogido el pelo hacia un lado, dejando caer un mechón oscuro sobre la mejilla izquierda. Me miró con una mezcla de orgullo y nerviosismo que no intentó disimular.
—¿Demasiado? —preguntó antes de llegar al último escalón.
No demasiado. Perfectamente insoportable.
—El look de motera clásico —dije, con toda la naturalidad que pude reunir.
Ella señaló mi conjunto con el mentón: vaqueros oscuros, chaqueta de cuero con refuerzos en codos y espalda, botas de piel negra.
—Coordinados sin querer —observó.
—Sin querer —repetí.
Ella se mordió el labio. Yo miré hacia otro lado.
***
La moto llevaba semanas cubierta con una lona en el garaje. Cuando la descubrí y emergió la Triumph Speed Triple en negro mate bajo la luz del fluorescente, Valeria dio un paso atrás sin querer. El aspecto no era tranquilizador: baja, compacta, con esa geometría agresiva que hace parecer a las motos a punto de saltar.
—Es enorme —dijo.
—Para lo que pesa, no.
—¿Y eso me debería tranquilizar?
Arranqué el motor. El rugido llenó el garaje y Valeria se tensó visiblemente. Se le pusieron los pelos de punta, lo noté desde donde estaba. Estuvo a punto de decir algo, pero lo contuvo cuando me vio mirarla.
—Tranquila. Iré despacio —dije, y le ofrecí el casco.
Esperé a que se subiera detrás de mí. Lo hizo despacio, con cuidado, como quien se sube a algo que no termina de fiarse.
***
El primer kilómetro lo hizo sin tocarme más de lo estrictamente necesario. Notaba sus muslos rozando los míos por fuera y sus manos apoyadas con cautela en mis caderas, como si intentara mantener el máximo de distancia posible entre nuestros cuerpos. Luego llegó la primera curva pronunciada de la bajada hacia el centro.
—¡Marcos! —gritó mientras se aferraba a mi espalda con todo lo que tenía.
Y ahí se quedó.
Sus brazos rodeándome el torso, su pecho contra mi espalda, su barbilla casi apoyada en mi hombro. Podía sentir cada respiro acelerado cuando la moto se inclinaba, y cada vez que yo aceleraba en una recta, ella apretaba más. No era solo miedo. O si lo era, venía mezclado con otra cosa que ninguno de los dos quería nombrar.
—¡Dijiste que irías despacio! —protestó en algún punto del descenso.
—Esto es despacio —respondí.
Noté cómo soltaba una carcajada involuntaria contra mi nuca, cálida y corta, y eso fue suficiente. A partir de ahí dejó de protestar. Las vibraciones del motor entre sus piernas, el viento constante, la sensación de que el asfalto pasaba justo por debajo de nosotros. Cuando cruzamos el primer semáforo de la ciudad y me detuve, ella seguía aferrada a mí con la misma intensidad.
—¿Sigues ahí? —pregunté.
—Aquí sigo —respondió. Y en su voz había algo diferente a antes.
Aparcamos junto al paseo marítimo cuando el sol ya estaba cayendo sobre el agua. Valeria se bajó de la moto con las piernas algo temblorosas y se apoyó un momento en el asiento antes de dar el primer paso.
—¿Cómo te has quedado? —le pregunté mientras se quitaba el casco y sacudía el pelo.
—No sé cómo explicarlo. Al principio quería que me bajara. Después no quería que parase nunca —dijo, todavía con la respiración algo acelerada.
—A todo el mundo le pasa igual la primera vez.
—¿Y a ti? ¿También te pasó así?
La miré. El sol poniente le daba en la cara desde un ángulo que hacía casi imposible no quedarse mirando un segundo de más.
—A mí me pasó con otras cosas —dije.
Ella no preguntó qué cosas. Pero tampoco desvió la mirada.
***
Caminamos por el paseo sin ningún destino concreto. Llevaba un momento dudando si cogerme del brazo o caminar simplemente a mi lado cuando resolví el asunto ofreciéndoselo. Pasó su mano por mi codo y apoyó los dedos con suavidad, como si fuera la cosa más natural del mundo. No lo era. Y los dos lo sabíamos perfectamente.
El puerto estaba lleno de gente esa noche. Parejas, grupos de amigos, familias con niños corriendo entre las mesas de las terrazas. Nadie nos miró de forma extraña. Desde fuera éramos simplemente dos personas dando un paseo. Era curioso lo fácil que resultaba parecer algo que no se era.
—¿Cuántos años llevas viniendo aquí? —preguntó Valeria.
—Toda la vida. Mi madre era de aquí.
—Lo sé. Tu padre me contó.
Hubo un silencio que ninguno de los dos quiso romper. Era ese tipo de silencio cómodo que se da entre personas que acaban de descubrir que se entienden mejor de lo que esperaban.
Fue entonces cuando apareció Tobías.
Casi dos metros de tipo corpulento con la cabeza afeitada, abriéndose paso entre la gente del paseo junto a su novia, una chica japonesa llamada Emiko que le llegaba al hombro y sonreía con una calma que él no tenía en absoluto.
—¡Marcos! ¡Llegaste ayer y ya vas paseando del brazo con esta preciosidad! —bramó desde lejos.
Valeria se puso tensa. Lo noté en cómo apretó mi brazo un segundo antes de soltarlo y dar un paso hacia un lado.
—Para el carro, Tobías. Ella es Valeria, una amiga —dije.
—¡Claro, claro! ¡Una amiga! —repitió con un guiño que no disimulaba absolutamente nada.
—¿Perdona? —dijo Valeria en un tono que reconocí de inmediato. El tono de alguien a punto de aclarar algo que no convenía aclarar.
—Tobías, basta —intervino Emiko con una suavidad que cortó el ambiente mejor que cualquier reprimenda en voz alta.
—Es que soy así —concedió él, echando el brazo por encima del hombro de Valeria con una familiaridad que la incomodó visiblemente—. Encantado, Valeria.
Ella se separó con elegancia, sin armar escena.
—Igualmente.
Los cuatro caminamos juntos unos minutos. Tobías preguntó por el viaje, por los planes, por la moto. Emiko y Valeria intercambiaron frases cortas y precisas, como dos personas que se calibran mutuamente antes de decidir si merece la pena seguir. Luego se despidieron para continuar su paseo y quedamos solos de nuevo.
—¿Con que «una amiga»? —dijo Valeria cuando los perdimos de vista, retomando mi brazo.
—¿Qué querías que dijera? ¿«No, Tobías, es mi madrastra, pero tiene menos años que tú y que yo»?
Ella soltó una carcajada corta y limpia.
—Punto para ti. Pero me debes una.
—¿Qué me debes tú a mí por no aclararlo tú misma cuando tuviste la oportunidad?
No respondió. Pero la sonrisa que intentó ocultar lo dijo todo.
***
La encontramos diez minutos después. Una mujer alta, rubia, con ese tipo de belleza que hace mirar dos veces y que claramente era consciente de ello desde hacía mucho tiempo.
—¿Marcos? —dijo cruzando la calle sin esperar.
—Lorena.
El abrazo fue largo. Demasiado, desde mi punto de vista y, al parecer, también desde el de Valeria, que se quedó un paso atrás sin decir nada, con los brazos cruzados y una expresión que no terminaba de ser neutral.
—¡Cuánto tiempo! Estás igualito —exclamó Lorena, mirándome de arriba abajo—. ¿Y esta? ¿Tu nueva conquista?
—Valeria. Una amiga.
Lorena la estudió con esa mirada rápida y precisa que tienen ciertas personas.
—Qué suerte la tuya, chica. Con este hay que tener cuidado, tiene mucha fama —dijo con una sonrisa que no llegaba del todo a los ojos.
—Lo tendré en cuenta —respondió Valeria con una tranquilidad que me sorprendió.
Lorena siguió su camino. Esperé un par de segundos antes de hablar.
—Eran otras circunstancias.
—No tienes que explicarme nada, Marcos.
—No lo explico. Solo lo digo.
Ella asintió sin añadir nada más. Y yo supe que lo había entendido exactamente como era, sin adornos.
***
Cenamos en un sitio pequeño frente al agua, sin reserva, en la única mesa libre que quedaba junto a la ventana. Ninguno de los dos tenía ganas de decidir nada complicado, así que pidieron el menú del día y dejaron que la noche siguiera su propio ritmo.
—¿Por qué no le cuentas a tu padre que las cosas no van bien? —preguntó Valeria cuando ya llevábamos la segunda copa.
La miré.
—¿Cómo sabes que no van bien?
—Te escuché esta mañana por teléfono. No era mi intención, pasaba por el pasillo.
No me molestó. Con alguien que había escuchado sin fingir que no había escuchado, era difícil molestarse.
—Porque él ya tiene suficiente con lo suyo. Y porque no sé muy bien qué contarle exactamente —dije.
—¿Qué pasó?
—Lo de siempre. Dos personas que creen que van en la misma dirección hasta que un día descubren que no.
Valeria giró la copa entre los dedos, mirando el vino como si buscara algo dentro.
—Yo pensé lo mismo con mi relación anterior. Cuatro años creyendo que construíamos algo juntos y un día me di cuenta de que había construido completamente sola.
—¿Y entonces apareció mi padre?
—Y entonces apareció tu padre —repitió, sin evasivas, sin excusas—. No lo busqué. Estas cosas no se buscan, Marcos.
—Ya lo sé.
—¿Lo sabes? —La pregunta sonó diferente a como habría sonado en otra boca. No era un reproche. Era una pregunta de verdad.
La miré a los ojos. Había algo incómodo y completamente honesto en esa pregunta, en la forma en que me la había hecho sin apartar la mirada ni un momento.
—Lo sé —repetí.
El silencio que siguió fue diferente a los anteriores de esa noche. Más cargado. Más consciente de sí mismo.
***
De vuelta a casa, el trayecto fue completamente diferente al de ida. Valeria se subió detrás de mí sin dudar esta vez, sin ese momento de tensión contenida del garaje. No esperó a que la moto se inclinara para abrazarme. Sus brazos rodearon mi cintura desde el primer acelerón, y durante todo el camino de regreso sentí el calor de su cuerpo contra el mío, su mejilla apoyada en mi espalda, sus dedos entrelazados sobre mi estómago.
No dije nada.
Ella tampoco.
Aparqué en el garaje y apagué el motor. El silencio llegó de golpe, como siempre después del ruido constante. Ninguno de los dos se movió durante varios segundos.
—Gracias —dijo Valeria en voz baja, sin soltarme todavía.
—¿Por qué?
—Por esta noche. Por todo.
Se bajó de la moto. Yo también. Estábamos los dos de pie en el garaje, con la única luz del fluorescente encima, el olor a aceite y cuero en el aire, el motor todavía caliente a nuestro lado.
—Valeria —dije.
—Lo sé —respondió antes de que yo pudiera continuar.
Y sin embargo no se movió. Y yo tampoco.
Fue ella quien dio el paso. Un movimiento pequeño, casi imperceptible, pero suficiente para que la distancia entre los dos desapareciera del todo. Levanté la mano y aparté el mechón que le caía sobre la mejilla, y cuando mis dedos rozaron su piel sentí que los dos habíamos cruzado una línea de la que ninguno tenía intención de volver atrás.
El beso empezó despacio. No tenía nada de urgente ni de impulsivo, todo lo contrario. Era el tipo de beso que se da cuando los dos saben exactamente lo que están haciendo y han decidido hacerlo de todas formas. Sus manos subieron por mis costados hasta aferrarse a la parte trasera de mi chaqueta, y yo la acerqué más hacia mí hasta que no quedó espacio entre nuestros cuerpos.
—Esto es una locura —murmuró contra mi boca.
—Lo sé.
—Tu padre...
—No está.
—Marcos...
—Valeria.
Otro silencio. Luego sus labios volvieron sobre los míos, esta vez sin la pausa.
***
Subimos al piso de arriba sin encender las luces del pasillo. Sus dedos entrelazados con los míos, los dos moviéndonos en silencio como si el ruido fuera a romper algo frágil. Entramos en la habitación y ella se dio la vuelta para mirarme antes de que yo cerrara la puerta.
—Si mañana me dices que fue un error, lo entiendo —dijo.
—Mañana es mañana.
Le desabroché la chaqueta de cuero con calma, pasando los dedos por cada cierre sin apresurarse. Ella hizo lo mismo con la mía. Cuando las dos cayeron al suelo, la blusa blanca era lo único entre mis manos y su piel, y la aparté también, dejando caer los tirantes del hombro con esa misma lentitud deliberada.
Tenía esa forma de respirar cuando algo le gustaba, contenida y profunda a la vez, que lo decía todo sin necesidad de palabras. La tumbé sobre la cama y me coloqué sobre ella, y durante un momento solo nos miramos, completamente conscientes de dónde estábamos y con quién y por qué, y lo hicimos de todas formas.
Sus manos me recorrieron la espalda mientras yo bajaba por su cuello, por la curva del hombro, por las costillas. Le quité los pantalones de cuero con algo de dificultad, lo cual hizo que los dos soltáramos una carcajada baja e involuntaria que rompió la tensión de la mejor manera posible.
—Son difíciles de poner y difíciles de quitar —admitió.
—Pero valieron la pena —dije.
Eso la hizo callarse de golpe y mirarme con una expresión que no supe clasificar con exactitud: mezcla de algo que podría ser vergüenza y algo que definitivamente no lo era.
Lo que siguió no tuvo nada de precipitado. Cada momento construyendo sobre el anterior, la tensión acumulada de toda la noche encontrando por fin un lugar donde ir. Sus caderas contra las mías, su respiración acelerándose conforme avanzábamos, sus dedos apretando mi espalda cada vez con más fuerza. No había prisa. Habíamos esperado suficiente sin saber que esperábamos.
Cuando terminamos los dos nos quedamos quietos en la oscuridad, escuchando el silencio de la casa y el rumor lejano del puerto que llegaba por la ventana entreabierta. Su cabeza apoyada en mi pecho, mi mano en su pelo revuelto.
—¿Arrepentida? —pregunté al final.
Tardó un segundo en responder.
—Pregúntame mañana —dijo. Pero sonreía cuando lo dijo. Y eso era más que suficiente por esa noche.