El verano en que mi prima cruzó la línea con nosotros
El último día de agosto, la llegada de mi prima Camila desde Medellín fue como echar gasolina sobre un fuego que llevaba meses ardiendo a fuego lento. Camila es colombiana, hija de la hermana mayor de mi madre, y desde pequeña venía cada verano a instalarse en nuestra casa con su risa estridente y su acento cantarín. Pero el verano de 2024 no fue como los anteriores. Algo en ella había cambiado, y ese cambio terminó por desgarrar la rutina de mi hermano Mateo y mía, dejando expuesto un deseo que ninguno de los dos sabía hasta dónde podía llegar.
La encontramos en el sofá del salón, charlando con nuestros padres con una sonrisa que parecía esconder un secreto. Cuando se levantó para abrazarnos, el tiempo se detuvo. La Camila de las gafas enormes y los vestidos holgados había desaparecido. En su lugar había una mujer que cortaba el aliento: cuerpo trabajado, caderas que se mecían con cada paso, pechos llenos que tensaban la tela ligera del vestido. El cabello suelto le caía por la espalda como una cortina oscura, y los ojos, libres de los lentes que antes los ocultaban, eran dos pozos negros donde uno podía perderse.
Mateo y yo nos miramos. Las respiraciones se nos entrecortaron al mismo tiempo, traicionando el hambre que nos devoraba por dentro. No era solo la belleza física: era la electricidad que la rodeaba, un magnetismo que despertaba fantasías que jamás se pronuncian en voz alta. Mateo, con su descaro de siempre, la recorrió con la mirada como quien desnuda a una presa. Yo, que me creía inmune a esas tentaciones, sentí un calor líquido bajándome por el vientre.
***
A la mañana siguiente entré en el cuarto de Mateo buscando lo de siempre. Desde principios del verano habíamos cruzado una línea que ninguno de los dos imaginó cruzar. Lo que empezó como un juego en una noche de tormenta se había convertido en un ritual matutino: aprovechábamos la ausencia de nuestros padres para entregarnos el uno al otro con la urgencia de los condenados. Pero esa mañana lo encontré junto a la ventana, en ropa interior, la mano moviéndose con un ritmo que no admitía dudas.
Me acerqué sin hacer ruido. Al asomarme por encima de su hombro lo entendí todo. Camila estaba en el jardín, junto a la piscina, tendida al sol con un bikini tan diminuto que parecía una provocación deliberada. La piel morena le brillaba, los pechos se alzaban con cada respiración, las caderas dibujaban una promesa muda contra la tumbona.
—Eres un cochino —le susurré al oído, conteniendo la risa.
Él dio un respingo y retiró la mano con cara de niño culpable.
—Mira quién habla —replicó, girándose con esa sonrisa torcida—. La que se abre de piernas para su hermano todas las mañanas.
Me besó con una violencia nueva, y supe que Camila había despertado en él algo más profundo. También en mí. Le agarré el sexo, más rígido que nunca, y no pude evitar la burla.
—Vaya con mi hermanito perverso. Hoy estás más inspirado que de costumbre.
Sus manos se cerraron en mis caderas con firmeza.
—De buena gana os follaba a las dos a la vez ahora mismo —dijo sin vacilar, los ojos clavados en la ventana—. No veas el culo y las tetas que tiene esa zorra.
Volví la mirada hacia ella. Mateo no exageraba. Sus pechos generosos hacían que los míos —pequeños, firmes, los que él comparaba con dos medios cocos— parecieran casi infantiles. El trasero, más pleno que el mío, se elevaba con una arrogancia natural. En lugar de celos sentí que algo se encendía dentro de mí: una idea, un deseo, una fantasía.
—Yo también os follaría a los dos —dije, acariciándolo con más intención—. Pero por ahora nos tenemos el uno al otro.
Sin darme tiempo a respirar me giró contra la ventana. Tiró de mis bragas hasta las rodillas. Con la voz baja, casi un juramento, me murmuró al oído:
—Te voy a follar como si os lo hiciera a las dos.
Me penetró desde atrás con una fuerza que me arrancó un gemido sordo. De pie, los ojos fijos en Camila, cada embestida era un desafío doble: me poseía a mí y al mismo tiempo la poseía a ella en su cabeza. Entre jadeos le propuse que teníamos que tentarla. Él aceleró el ritmo, su aliento caliente contra mi nuca, susurrando que la quería a cuatro patas, que intuía que le iba a gustar tanto como a mí.
El orgasmo me atravesó como un rayo. Las piernas me temblaron y un reguero caliente me resbaló por la cara interna de los muslos. No bastaba. Le exigí con la voz ronca que me diera por detrás como si se lo hiciera a ella. Él me sujetó las caderas con violencia contenida, escupió en su palma y entró con un solo empujón brutal que me arrancó un gruñido animal. Mientras me follaba el culo con embestidas profundas le fui susurrando el plan: tentar a Camila con migajas de intimidad, dejar que el deseo se filtrara gota a gota, tejer alrededor de ella una red invisible de roces, miradas y palabras de doble sentido. Todo debía parecer un juego de chicas hasta que el anzuelo estuviera tan adentro que ya no pudiera escapar. Acordamos seducirla el sábado por la tarde, aprovechando que nuestros padres irían a visitar a la abuela hasta entrada la noche.
***
El sábado llegó envuelto en una calma engañosa. Camila y yo estábamos sentadas al borde de la piscina, los pies rozando el agua. El sol quemaba sin piedad. Quería medir hasta dónde llegaba su pudor, así que dejé caer la idea de hacer topless aprovechando que estábamos solas. Ella dudó, miró hacia la casa y, con un hilo de timidez, murmuró:
—Es arriesgado, Sofía. Mateo puede vernos. No olvides que es tu hermano y mi primo.
Sonreí despacio, liberé los pechos con un movimiento lento, casi solemne, y dejé que el aire caliente los rozara.
—No pasa nada —respondí—. No será la primera vez que me los vea. A veces invito a amigas y hacemos lo mismo, incluso con él rondando por ahí.
Camila vaciló un instante más. Después, con un suspiro que parecía rendición, se quitó la parte de arriba del bikini. Sus pechos se derramaron libres, pesados y perfectos, coronados por unos pezones grandes y oscuros, ya erguidos por el simple roce del aire.
—Tus pezones son una obra de arte —dije con la voz cargada—. Grandes y oscuros, perfectos contra tu piel morena.
Ella sonrió, halagada, y bajó la mirada hacia los míos.
—Los tuyos son rosaditos como de lechoncita —bromeó—. Has heredado la piel pálida de tu padre.
Me pellizqué los pezones con dos dedos. Se endurecieron al instante.
—Se me ponen más oscuros cuando los estimulo —dije, lanzando el anzuelo—. Muéstrame cómo se ponen los tuyos al pellizcarlos.
Camila se giró hacia mí. Sus pechos quedaron frente a los míos, tan cerca que sentía el calor que irradiaban. Empezó a pellizcarse los pezones sin apartar la mirada. El aire entre nosotras crepitó, espeso, cargado de una electricidad que amenazaba con estallar.
Me acerqué más. Le alcé los pechos con ambas manos, los pulgares rozándole apenas la areola. Ella no se apartó. Su respiración se aceleró, las pupilas dilatadas como pozos negros. De pronto se cubrió con los brazos y señaló con la barbilla.
Mateo acababa de aparecer en el otro extremo de la piscina, desnudo, erguido como un dios pagano bronceado por el sol. Sin una palabra se zambulló en el agua con un chapoteo limpio.
—Madre del Santo Socorro —jadeó Camila con los ojos como platos—. Nunca imaginé que tuviera semejante…
No terminó la frase. El asombro le había robado el aliento.
—No entiendo a qué te refieres —murmuré, fingiendo la misma sorpresa.
Bajando la mirada como si las palabras la quemaran, respondió:
—Prima, me refiero a esa verga que Dios le ha dado.
No era vergüenza. Era deseo crudo, desnudo.
—Tampoco es para tanto —repliqué con un susurro seductor—. No es la primera vez que se la veo ni será la última. Mis padres no verían con buenos ojos esta costumbre, pero nos bañamos desnudos cuando estamos solos. Y si te soy sincera, si no fuera mi hermano, me lo follaba hasta que no quedara nada de él. Algunas noches lo he pensado en serio. Sé que él siente lo mismo. Solo falta que uno de los dos se atreva.
Camila dejó caer los brazos. Sus pechos volvieron a quedar expuestos. Me miró fijamente y confesó con la voz temblorosa:
—Lo mismo me pasa con mi hermano Tomás. Solo que la suya no es tan apetitosa como la de Mateo. Tal vez no me he lanzado por eso.
—¿Entonces no te escandalizan estas relaciones? —pregunté con una sonrisa lenta.
Ella me devolvió una sonrisa cómplice y me apretó la mano.
—Mi querida primita, tengo veintiséis años. Ya no me escandalizo fácilmente.
—Me dejas de piedra —dije fingiendo un temblor en la voz—. El ambiente se ha caldeado tanto que voy a lanzarme a ver qué pasa. Estando tú delante, no creo que se incomode.
***
Me lancé al agua con un movimiento felino y nadé hacia Mateo, que esperaba apoyado contra los peldaños de la escalerilla, los brazos en cruz como si se ofreciera en sacrificio. Le rocé los labios con los míos y después los devoré en un beso voraz. Entre besos le conté en susurros lo que había logrado con Camila, cada roce, cada palabra. Él sonrió con esa mueca torcida que siempre precede al desastre.
Bajo el agua mi mano encontró su sexo duro y palpitante. Lo tomé con lentitud deliberada. Le hice un gesto a Camila para que se acercara. Ella negó con la cabeza, pero las pupilas dilatadas y la boca entreabierta gritaban lo contrario.
Me zambullí y me lo metí en la boca, los labios apretándolo, la lengua danzando alrededor del glande hasta que sentí sus caderas temblar. Cuando emergí jadeando, Camila nos observaba desde el borde opuesto, las piernas ligeramente entreabiertas, el cuerpo reclinado hacia atrás como si ya estuviera cayendo al abismo.
Era el momento. Nadé hasta cerca de ella. Mateo me siguió como un depredador, salió del agua y se sentó en el borde con las piernas abiertas, el sexo erguido y brillante. Me acomodé entre sus muslos y retomé la tarea: lametones largos desde la base hasta la punta, succiones profundas que lo hacían arquear la espalda. Camila seguía sin moverse, pero su mirada era una traición continua.
Y entonces, como un relámpago silencioso, apareció a mi lado. Le tomé la barbilla con dos dedos, le posé la otra mano en la cintura desnuda y la besé. Ella me correspondió con una entrega inmediata, la lengua buscando la mía, los pechos rozándose con los míos. El mundo se disolvió en ese beso.
—Muéstrame cómo la chupas —le susurré contra los labios.
Sin dudar, Camila se colocó entre las piernas de Mateo y se lo tragó con una avidez que me dejó sin aliento. La boca descendía lenta al principio, luego hambrienta, succionando con una intensidad que tensó cada músculo de mi hermano. Mientras ella lo complacía, le bajé la braguita del bikini con un tirón suave. Me uní a ella: lamí el tronco mientras nuestras lenguas se rozaban en un baile pecaminoso alrededor del glande.
—No sé tú —le dije a Camila con los ojos febriles—, pero yo me muero por joder con él. Podemos compartirlo.
Ella dudó un instante. Después sus ojos brillaron con una certeza salvaje.
—Aquí puede ser peligroso —respondió con la voz temblorosa—. El alboroto puede alarmar a cualquiera al otro lado del muro.
No era un sí rotundo, pero era mejor: era un sí envuelto en precaución.
***
Le dije a Mateo que nos diera cinco minutos, que subiera al dormitorio pasado ese tiempo. Él asintió, pero la mirada le ardía. Camila y yo, totalmente desnudas, caminamos de la mano hacia la casa.
No llegamos lejos. Apenas pasábamos por delante de la cocina, Mateo apareció detrás de mí como una sombra voraz. Me alzó por la cintura con una fuerza alimentada por la urgencia, apretándome contra su cuerpo como si temiera que me evaporara.
—¡No puedo esperar cinco segundos, mucho menos cinco minutos! —gruñó con la voz ronca, casi animal.
Me llevó en volandas hasta la mesa de la cocina. Me depositó en la cabecera, empujó mi espalda contra la madera fría y me dejó en un ángulo perfecto: culo alzado, piernas entreabiertas, todo expuesto a su merced. Sentí su respiración agitada rozándome la nuca.
—Te la tengo que clavar o reviento —dijo con una crudeza que me hizo temblar—. Después de esas mamadas, nadie podría contenerse.
Se hundió en mí hasta el fondo de un solo embate. Yo arañé la madera. No veía a Camila, pero sentía su presencia a pocos pasos: la respiración entrecortada, el leve temblor del cuerpo.
—Túmbate al otro lado de la mesa —ordenó a Camila, la voz cortando el aire como un látigo—. Mirando al techo. Quiero comerte las tetas mientras te doy lo tuyo.
Camila pasó por mi lado derecho, obediente, el roce de su cadera contra la mía como una caricia furtiva. La vi tumbarse al otro extremo con las piernas semiabiertas colgando del borde. Nuestros rostros quedaron a centímetros, tan cerca que su aliento cálido y entrecortado me lamía la piel. Sus ojos marrones, abrumados por el vértigo, brillaban con una mezcla de deseo crudo y asombro casi infantil.
—No te asustes, prima —le susurré entre embestidas—. Es normal que esté así después de lo que le hemos hecho. Ningún hombre resistiría eso sin volverse loco.
Camila me sonrió con una chispa de complicidad atravesándole el rostro como un relámpago.
—Es que la escena y el modo animal con que te jode me ha puesto más cachonda de lo que jamás estuve.
Mateo, sin interrumpir el ritmo salvaje, me empujó la cabeza hacia la de ella con una mano firme en la nuca. La intención era un mandato. No me resistí: la busqué y nos fundimos en un beso húmedo y profundo. Yo había probado a una mujer antes, en una noche loca con un novio del que ya no recordaba el nombre, y aunque aquello me había gustado más de lo que me atreví a admitir, esto era distinto. Camila, con su entrega absoluta, me confesó entre jadeos que era su primera vez con otra mujer.
De pronto Mateo salió de mí con un movimiento brusco. El vacío me arrancó un jadeo sordo. Rodeó la mesa con pasos felinos y se situó frente a Camila. Ella levantó las piernas, apoyó los pies en el borde y se abrió para él con una vulnerabilidad casi reverente.
—Llevo deseando esto desde que llegaste —le dijo Mateo con la voz cargada—. A Sofía la tengo muy vista, y cada día me pone más, pero tú, primita, eres la novedad y voy a joderte como nunca.
Le separó los labios con los dedos, estudiando cada reacción en su rostro como quien examina una pieza única. Después entró con una lentitud deliberada, dejando que ella sintiera cada centímetro. Camila gemía, impaciente, tirando de sus caderas para exigir más, más rápido, más profundo.
—La golfilla es más ansiosa de lo que imaginaba —comentó él con una arrogancia cruel.
—Luego probaremos por la puerta trasera, si quieres —añadió—. De Sofía sé que le encanta, pero de ti no sé nada.
—Lo he probado unas cuantas veces —respondió ella con la voz rota—. Seguro puedo competir con ella.
Las palabras fueron un fósforo en la gasolina. Mateo aceleró el ritmo, le cerró las manos sobre los pechos generosos, le pellizcó los pezones oscuros hasta hacerla arquearse. Ella gritaba, alternando la mirada entre él y yo, los ojos empañados por el éxtasis, el cuerpo convulsionándose con cada embestida brutal.
El orgasmo la atravesó como una descarga eléctrica. Soltaba improperios que resonaban en las paredes de la cocina, palabras crudas y hermosas en su boca colombiana.
—¡Métela, cabrón, no pares! —repetía sin cesar, las uñas clavadas en las nalgas de mi hermano, tirando de él para mantenerlo enterrado hasta el fondo mientras su cuerpo se retorcía en un clímax que parecía no terminar.
Cuando finalmente se calmó, Camila quedó inmóvil sobre la mesa, sollozando en silencio, los ojos húmedos y brillantes como si hubiera llorado por dentro todo el placer que su cuerpo no podía contener. La respiración entrecortada le agitaba los pechos, marcados por las huellas rojas de los dedos de Mateo. Yo, atónita, nunca había visto a nadie entregarse con tal abandono.
***
Mateo se apartó despacio y volvió a mí con pasos deliberados. Supe lo que venía antes de que me tocara. Me preparé, ansiosa, abierta por el deseo de que me sodomizara con la misma furia que acababa de descargar en ella. No decepcionó. Me giró sobre la mesa, me abrió las nalgas con las manos firmes y entró de un solo empujón profundo que me arrancó un grito sordo. Durante diez minutos me dio por el culo con una intensidad metódica: embestidas largas que me llenaban hasta el fondo, retiradas casi completas y luego otra vez hasta chocar contra mí con violencia. Mis dedos volaron al clítoris —mi truco infalible, el atajo que siempre acelera el placer— y alcancé dos orgasmos casi seguidos, el primero como un latigazo, el segundo más lento y profundo. Pero en medio del éxtasis, mi verdadero deseo era otro: verla a ella en esa misma postura, entregada por completo a su primo.
Salió de mí con un gemido contenido. Sin una palabra se colocó de nuevo entre las piernas de Camila, que seguía en la postura vulnerable, las rodillas flexionadas hacia el pecho, expuesta. Presionó la punta contra ella con una calma tensa que desesperaba.
Me acerqué a su lado, le acaricié el rostro compungido, le aparté el cabello pegado a la frente por el sudor, le besé la sien húmeda y le susurré con la voz ronca por el deseo:
—Me muero porque me llene el culo, pero tú eres la invitada. Te cedo el privilegio si lo quieres.
Ella suplicó con la voz rota, casi llorosa:
—Por favor, quiero guardarlo en la memoria. Recordarlo cuando esté lejos. Un año se me hará eterno.
Camila tiró de sus propias piernas hacia el pecho, ofreciéndose por completo, el cuerpo arqueado en una curva perfecta de sumisión. Mateo aceleró. Las embestidas se volvieron brutales y profundas, cada una arrancándole gritos desgarradores. Cuando sintió que el orgasmo de ella se acercaba como una ola inevitable, se dejó ir. Eyaculó dentro de ella en el instante exacto en que ella se deshacía: un clímax violento que la hizo arquearse, gritar improperios entrecortados, convulsionar alrededor de él hasta que no quedó fuerza en su cuerpo. Después se apartó despacio, ofreciéndonos el miembro brillante, todavía duro como acero.
Camila y yo nos lanzamos sobre él con una avidez salvaje. Nuestras bocas se encontraron en su sexo caliente, nos disputábamos su atención como dos fieras hambrientas, mejillas rozándose, respiraciones mezclándose en un coro de suspiros y sonidos húmedos. No había palabras, solo el ritual de limpiar cada rastro de su clímax con una devoción casi sagrada: lamíamos, succionábamos, nos besábamos alrededor de él compartiendo el sabor en la boca de la otra.
Mateo, apoyado contra el borde de la mesa, nos observaba con asombro y deleite. Cuando finalmente nos apartamos, jadeantes, con los labios hinchados y brillantes, soltó una risa baja, casi incrédula.
—Sois un par de golfas insaciables. Nunca me la habían dejado tan limpia.
Camila y yo reímos, todavía arrodilladas en el suelo, las piernas temblando por la intensidad del momento. Nos miramos y en sus ojos vi el mismo fuego que ardía en los míos: algo había cambiado entre nosotras para siempre. La experiencia compartida nos había atado con un lazo invisible, más fuerte que la sangre, más profundo que el deseo. Y mientras el sol de la tarde entraba por la ventana de la cocina y caía sobre nuestros cuerpos exhaustos, supe que la idea de explorar más allá empezaba a tomar forma como una promesa inevitable.
***
Por la noche, después de cenar, le insistimos a Mateo para que nos diera otro rato. Pero hacerlo en casa era inviable: nuestros padres ya habían vuelto. Entonces propuse ir a casa de mi novio y que nos jodieran bien jodidas entre los dos. Camila asintió excitada, mucho más cuando supo que mi novio y yo manteníamos una relación abierta, y sobre todo cuando le hablé de la modesta mazmorra que tenía montada en su sótano y de los aparatos que guardaba allí para dar placer.
Pero esa, ya, es otra historia.