Mi madrastra subió a mi moto y todo cambió
Valeria llevaba casi una hora arriba cuando bajé al salón por segunda vez a ver si ya estaba lista. Mi padre me había pedido que la llevara a cenar al puerto mientras él resolvía un asunto en Madrid, y yo había dicho que sí sin pensarlo demasiado. Lo que no había calculado era cuánto tiempo podía tardar una mujer como ella en arreglarse, ni lo que iba a sentir cuando por fin la viera bajar.
La escuché antes de verla. El sonido de sus tacones sobre los peldaños de madera me llegó primero, y luego apareció ella en el hueco de la escalera con la parsimonia de alguien que sabe exactamente el efecto que produce.
—¿Nos vamos? —dijo, como si no llevara cuarenta minutos haciéndome esperar.
Me quedé sin palabras un momento. No era la primera vez que la veía arreglada, pero había algo diferente esa noche. Se había puesto un pantalón de cuero sintético que le marcaba cada curva, que le abrazaba el culo redondo y le subía muy alto por la entrepierna dibujando una línea que ningún hombre podía dejar de mirar. Una chaqueta corta a juego y una blusa blanca con el primer botón desabrochado dejaban adivinar el nacimiento de las tetas, apretadas por un sujetador que le empujaba el escote hacia arriba. Llevaba el pelo suelto y una pulsera de plata que tintineó cuando se apoyó en la barandilla.
—Pensé que no ibas a renunciar a la moto, así que busqué algo… adecuado —añadió, con una sonrisa que no era del todo inocente—. ¿Es demasiado?
—El look de motera clásico —respondí, porque era lo único que fui capaz de decir sin que se me notara que se me había secado la boca.
Tenía treinta y dos años. Mi padre, cincuenta y uno. Yo, veintinueve. Las matemáticas de esa situación llevaban tiempo incomodándome de formas que prefería no examinar demasiado.
Salimos al garaje y le quité la funda a la Yamaha MT-09. La moto quedó expuesta bajo la luz del fluorescente, negra y amenazante, con esa estética agresiva que siempre me había gustado precisamente por eso.
—Dios mío —murmuró Valeria, dando un paso atrás.
—No muerde —dije mientras me montaba y la arrancaba.
El motor rugió en el garaje y el sonido rebotó contra las paredes de hormigón. Vi cómo se le erizaba la piel de los brazos aunque hacía calor. Le ofrecí el casco de repuesto y ella se lo puso con cuidado, mirándose en el retrovisor con gesto de preocupación.
—El peinado ya da igual —le dije.
—Fácil decirlo para ti —protestó, pero se montó.
Cuando la noté subir detrás de mí, cuando sus muslos de cuero apretaron los míos y sus manos buscaron torpemente un sitio donde agarrarse, tuve que respirar despacio. Sentí su entrepierna acomodarse contra mi culo, la costura tirante de aquellos pantalones marcándose contra mí, y las tetas apretándose blandas contra mi espalda a cada respiración. Se me endureció la polla de golpe dentro del vaquero y tuve que moverme en el asiento para disimular. Me tomé un segundo de más revisando los retrovisores antes de meterme la primera marcha.
Salimos de la colina despacio. La noche había caído sobre el barrio residencial y las farolas proyectaban sombras largas sobre el asfalto. En el primer tramo recto aceleré suavemente para que se acostumbrara, pero al llegar a la primera curva pronunciada la moto se inclinó y Valeria se pegó a mi espalda como si su vida dependiera de ello.
—¡Dijiste que ibas despacio! —gritó.
—¡Esto es despacio! —respondí, y no pude evitar reírme.
Sus brazos me rodearon por completo, cruzados sobre mi pecho, y una de sus manos cayó bajita, justo por encima de la hebilla del cinturón, a un dedo de la polla dura que aún no se me había bajado. Podía sentir su calor a través de la chaqueta y la vibración del motor pasándonos a los dos por la entrepierna. En el semáforo siguiente pisé el freno con más suavidad de lo necesario solo para que no tuviera excusa de soltarse.
Esto es una locura, pensé. Concéntrate en conducir.
Bajamos hacia el centro por la avenida costera. Valeria fue relajándose a medida que entendía el ritmo de la moto, y hacia la mitad del trayecto dejó de agarrarse con pánico para hacerlo con algo diferente, más cómodo, con la barbilla apoyada ligeramente en mi hombro y los pezones marcándose duros a través de la blusa contra mi espalda. En los semáforos urbanos daba algún acelerón corto y ella se reía bajo el casco con una carcajada que no esperaba escucharle, mientras su coño enfundado en cuero seguía apretado contra mi trasero, aprovechando cada vibración.
Aparqué junto al paseo del puerto y esperé a que bajara. Tardó un momento, con las piernas algo temblorosas.
—Con cuidado —le dije, sujetándola por el codo hasta que se estabilizó.
Se quitó el casco y sacudió el pelo. Me miró con los ojos brillantes, mejillas ligeramente sonrojadas, y sonrió de una forma que no le había visto hasta entonces.
—Ha sido increíble —dijo—. Al principio pensé que me iba a morir, pero luego… es adictivo. Las vibraciones, la velocidad, esa sensación de que el suelo está justo ahí debajo…
—Ya te dije que te iba a gustar.
—No me lo dijiste con esas palabras, exactamente —replicó, y me devolvió el casco. Se ajustó los pantalones con un tironcito discreto, como si necesitara despegárselos de la humedad de la entrepierna, y evitó mi mirada al hacerlo.
***
Caminamos por el paseo cogidos del brazo porque ella lo propuso, o más bien porque extendió la mano de forma natural y yo ofrecí el codo sin pensarlo. El puerto estaba lleno a esa hora, turistas y locales mezclados, el olor a salitre y a fritos desde los bares.
Fue entonces cuando apareció Bruno.
Casi dos metros, hombros de armario, la cabeza afeitada y una sonrisa que ocupaba media cara. Lo conocía desde el instituto y seguía siendo igual de bestia y de ruidoso.
—¡Marco! ¡Tío, llegas ayer y ya tienes plan! —gritó desde diez metros de distancia.
Detrás de él venía su novia, Suki, menuda y callada, que contrastaba con él de una manera que siempre me había parecido fascinante.
—¡Perdona, yo no soy su novia! Soy su… —empezó Valeria, y se detuvo.
La miré de reojo. Vi exactamente el momento en que calculó lo que diría a continuación y decidió no decirlo.
—Es Valeria, un amiga —la salvé yo.
—¡Claro, una amiga! —se carcajeó Bruno, guiñando un ojo con toda la sutileza de un mazo—. ¡Cómo no!
—Bruno… —le advertí.
—Lo siento, lo siento —dijo, levantando las manos—. Es que no puedo evitarlo.
Suki le dio un codazo y le tendió la mano a Valeria con una sonrisa genuina.
—No le hagas caso. Yo soy Suki.
—Valeria. Encantada.
Les propuse tomar algo más tarde en el bar de siempre y quedamos en ello. Cuando nos separamos, Valeria esperó a que estuviéramos suficientemente lejos y me clavó una mirada lateral.
—Con que «una amiga»… —dijo.
—¿Hubieses preferido explicarles la verdad? —le pregunté—. «No, Bruno, es la mujer de mi padre. Solo que tiene menos años que yo, no sé si me sigues.»
Valeria soltó una carcajada corta, casi a su pesar.
—Tienes razón. Es una situación difícil de explicar sin que suene raro.
—Suena raro porque lo es.
—Lo es —admitió, sin apartar los ojos del paseo.
***
Seguimos caminando. En algún momento ella volvió a pasarme el brazo por el codo y yo lo dejé estar. Hablamos de Bruno, de Suki, de por qué algunas personas encajan mejor con quienes menos lo esperan. Valeria escuchaba con atención real, no con la educada distancia con que me había tratado los primeros meses de convivencia.
Fue entonces cuando una mujer alta, rubia, con esa clase de belleza que se lleva bien con el paso del tiempo, nos cortó el paso desde la acera de enfrente.
—¿Marco? —gritó.
Era Claudia. Tres años de relación, dos de silencios, uno de distancia definitiva. Cruzó la calle ignorando a Valeria como si no existiera y me abrazó con demasiada confianza, apretándome las tetas contra el pecho un segundo de más.
—Cuánto tiempo —dijo contra mi cuello.
Me zafé con educación.
—Hola, Claudia. Ella es Valeria, una amiga.
Claudia la miró entonces, con una sonrisa que era más evaluación que saludo.
—Vaya, Marco. Siempre con las más guapas —dijo, y en su tono había algo afilado.
—Nos vemos por ahí —corté, y tiré suavemente de la mano de Valeria para alejarnos.
Caminamos media manzana en silencio antes de que ella hablara.
—Supongo que eso me convierte en otra «amiga de Marco» más —dijo, imitando levemente el acento de Claudia.
—Claudia era otra historia —respondí—. Nos quisimos mal durante demasiado tiempo. Hay personas con las que la química es tan intensa que se convierte en un problema.
Valeria no dijo nada durante unos pasos.
—Lo entiendo —dijo al fin, en voz baja.
Y algo en la forma en que lo dijo hizo que me detuviera.
Nos miramos. Era la primera vez esa noche que nos mirábamos de verdad, sin el pretexto de la moto o de los saludos o de las conversaciones sobre otros. Solo nosotros dos en el paseo, con el ruido del puerto como fondo y esa frase suspendida entre los dos como una pregunta sin hacer.
—¿Tienes hambre? —pregunté.
—Sí —dijo ella, y retomamos el paso.
***
Cenamos en un sitio pequeño junto al agua, mesas de madera sin mantel, una carta de pizarrón y vino de la región. Pedimos sin mirar demasiado el menú y terminamos hablando durante dos horas de cosas que no tenían nada que ver con mi padre.
Me habló de su trabajo como diseñadora, de un proyecto que le estaba robando el sueño, de su madre enferma en Sevilla y de cómo lidiaba con la culpa de vivir lejos. Me lo contó despacio, eligiendo las palabras, como si llevara tiempo sin tener a alguien que escuchara sin interrumpir.
—No entiendo qué hacés publicando contenido de ese estilo en redes cuando claramente tenés mucho más dentro —le dije, sin pensar demasiado.
Ella me miró con los ojos entrecerrados.
—¿Fisgoneaste mi perfil?
—Un poco.
—¿Y qué viste?
—Vi lo que querés que vean. Lo que escondés es más interesante.
Valeria bajó la mirada al vino. Lo movió despacio en la copa antes de responder.
—Tu padre nunca me dice eso —dijo.
No era una queja. Era solo una constatación, dicha en voz tan baja que casi no la escuché sobre el ruido del local.
No deberías estar pensando lo que estás pensando, me dije.
Pero ya era tarde para eso.
***
Quedamos con Bruno y Suki en el bar a las once. Fueron dos cervezas cortas, porque Suki tenía que madrugar y Bruno nunca bebía demasiado desde que empezó a cuidar a su madre. Nos despedimos en la puerta y los vimos alejarse cogidos de la mano.
—Son bonitos —dijo Valeria.
—Son honestos el uno con el otro —respondí—. Eso es lo que los hace bonitos.
Ella asintió despacio, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando la calle vacía.
—Tenemos que volver —dijo, sin moverse.
—Sí.
Ninguno se movió durante un momento.
Fue ella quien giró la cabeza hacia mí primero. Y yo quien dio el paso. No fue un accidente ni un malentendido ni ninguna de esas ficciones que la gente se cuenta después. Fue una decisión que tomamos los dos en el mismo instante, sin palabras, con toda la conciencia de lo que significaba.
El beso empezó lento, apenas un roce, pero duró lo suficiente para dejar de ser breve. Le abrí los labios con la lengua y ella me la recibió con la suya, húmeda y caliente, y de golpe se me pegó al cuerpo, tetas contra pecho, coño de cuero contra el bulto que se me estaba armando otra vez en el pantalón. Le agarré el culo con las dos manos por encima del cuero apretado y ella soltó un gemidito ahogado dentro de mi boca. Sentí sus dedos hundírseme en la nuca, tirándome del pelo, y noté cómo empujaba las caderas contra las mías, restregándose sin darse cuenta o sin querer darse cuenta.
Nos separamos jadeando. Valeria se miró los zapatos con las mejillas encendidas. Yo me pasé la mano por el pelo, todavía sintiendo el sabor a vino y a saliva ajena en la boca.
—Esto es una locura —dijo ella.
—Lo sé.
—Marco…
—Lo sé —repetí.
Silencio. El puerto a nuestro alrededor, ajeno a todo, con su ruido de fondo de olas y motores lejanos.
—¿Y ahora qué? —preguntó en voz baja.
No tenía una respuesta honesta para eso. Solo sabía que habíamos cruzado una línea que ninguno de los dos había pretendido cruzar esa noche, y que la diferencia entre antes y después de ese beso era tan clara y tan irreversible como la diferencia entre parado y en movimiento sobre una moto.
—Ahora volvemos —dije—. Y mañana decidimos qué hacemos con esto.
Valeria asintió, recogió el casco que llevaba colgado del brazo y me lo tendió para que lo guardara.
—De acuerdo —dijo.
Subimos a la moto en silencio. Esta vez cuando sus brazos me rodearon no había nada de torpeza ni de miedo, solo el peso tranquilo de alguien que ha decidido quedarse. Y una mano suya, la derecha, se descolgó despacio hasta apoyarse en el interior de mi muslo, no lejos de la polla que llevaba media noche latiendo dentro del vaquero. No la movió. No la retiró. Simplemente la dejó ahí, quemando a través de la tela.
Conduje despacio de vuelta a la colina, tomé las curvas con cuidado, y no dije nada durante todo el trayecto. Cada vez que frenaba, sus tetas me apretaban más fuerte contra la espalda, y cada vez que aceleraba, ella se me clavaba con el coño en el trasero como si la vibración del motor le estuviese haciendo el trabajo que las manos aún no se atrevían a hacer.
No hacía falta hablar.
Cuando aparqué en el garaje y apagué el motor, el silencio se comió toda la casa. Nos quitamos los cascos sin mirarnos. Ella bajó primero, y esperó a que yo desmontara, y en el instante en que me giré para colgar las llaves ya la tenía otra vez encima, la boca contra la mía, la lengua adentro, empujándome contra el depósito frío de la moto.
—Se supone que decidíamos mañana —murmuré contra sus labios.
—Mañana no puedo pensar en otra cosa —respondió ella, y me metió la mano por debajo del cinturón sin más rodeos.
Me agarró la polla por encima del calzoncillo, la apretó una vez de arriba abajo, y todo lo que había estado conteniendo desde que la vi bajar la escalera se me subió a la cabeza de golpe. La levanté por el culo, la senté en el depósito de la Yamaha y le abrí la chaqueta corta de un tirón. Le arranqué los botones de la blusa uno tras otro, sin cuidado, y le bajé las copas del sujetador con los pulgares hasta que las tetas le saltaron fuera, blancas, llenas, con los pezones rosados endurecidos como piedras. Me agaché y me metí uno entero en la boca, chupando, mordiendo con los dientes justo lo suficiente para que gimiera fuerte contra el techo del garaje.
—Aquí no —jadeó ella—. Arriba. Sube.
La cargué a peso hasta la escalera y de ahí subimos entre tropiezos, besándonos, ella arrancándome la camiseta por encima de la cabeza en el descansillo, yo bajándole la cremallera del pantalón de cuero en la puerta del cuarto de invitados. Entramos en mi habitación cerrando la puerta con el culo y Valeria cayó de espaldas sobre la cama con la blusa abierta, las tetas al aire y el pantalón a medio muslo.
—Sácamelos —dijo, moviendo las caderas—. Me estoy asfixiando ahí abajo.
Le tiré del cuero hasta arrancárselo por los tobillos. Debajo llevaba un tanga negro empapado, la tela oscurecida por el centro y pegada al coño como una segunda piel. Le abrí las piernas sin miramientos y le aparté el tanga con dos dedos. El coño se le abrió rosado, brillante, con los labios hinchados y un hilo de flujo colgando del clítoris hasta la tela. Bajé la boca sin avisar y le pasé la lengua entera de abajo arriba, muy despacio, hasta cerrar los labios sobre el clítoris.
—Joder —siseó ella, arqueándose—. Joder, Marco…
La chupé sin parar, con la punta de la lengua girando en círculos sobre el capullo hinchado, mientras le metía dos dedos en el coño y se los curvaba hacia adentro. Estaba tan mojada que se oían los dedos entrar y salir. Ella me agarró del pelo con las dos manos y me apretó la cara contra su entrepierna, empujando las caderas hacia arriba, follándome la boca sin vergüenza.
—No pares, no pares —repetía—, así, más fuerte, chúpamelo más fuerte, joder…
Sentí cómo se le apretaban las paredes del coño alrededor de mis dedos, cómo los muslos empezaban a temblarle a ambos lados de mi cabeza, y le clavé la lengua plana contra el clítoris hasta que se corrió con un gemido ahogado, mordiéndose el dorso de la mano para que no la oyera medio barrio. El flujo caliente le chorreó por los dedos y por la barbilla mientras yo seguía lamiéndosela despacio, alargándole el orgasmo hasta que ella misma me apartó tirándome del pelo.
—Ven —dijo con la voz ronca, sentándose y buscándome el pantalón—. Ven aquí. Quiero vértela.
Me desabrochó el vaquero y me bajó el calzoncillo de un tirón. La polla me saltó fuera, dura, hinchada, con la punta ya mojada de líquido. Ella se la quedó mirando un segundo, se pasó la lengua por los labios y se la metió entera en la boca sin previo aviso. La sentí llegar hasta el fondo de la garganta, apretarme, y luego retirarse despacio dejándome un rastro de saliva por toda la verga.
—Dios, Valeria… —gemí, apoyándome con las dos manos en el cabecero.
Ella me la chupó con hambre atrasada, con las dos manos ayudándose, mirándome desde abajo con los ojos aguados cada vez que se la tragaba entera. Me lamía los huevos, subía otra vez, escupía sobre la punta y volvía a bajar. Cuando noté que me iba a correr en su boca la aparté agarrándola de la mandíbula.
—Túmbate —le dije.
Ella obedeció sin discutir. Se dejó caer de espaldas, se agarró las tetas con las dos manos y abrió las piernas mostrándome el coño empapado.
—Fóllame —dijo, sin bajar la voz—. Rápido, antes de que me arrepienta. Fóllame fuerte, Marco.
Me subí encima, le agarré una pierna por detrás de la rodilla y le empujé la polla dentro de una sola embestida. El coño se le abrió apretado, caliente, chorreando alrededor de mi verga, y ella soltó un gemido largo que se murió contra mi hombro cuando la callé con un beso. Empecé a follármela despacio al principio, entrando hasta el fondo cada vez, sacándola casi entera y volviendo a hundírsela, con las tetas rebotándole a cada golpe entre nuestros pechos.
—Más fuerte —jadeó ella—. No me trates con cuidado, no soy una puta muñeca, dámela más fuerte…
La agarré por las caderas y le clavé la polla más rápido, más hondo, hasta que la cama empezó a golpear contra la pared con un ritmo que ninguno de los dos intentó disimular. Ella se agarró al cabecero con las dos manos, echándome el coño encima cada vez que entraba, y me miraba a los ojos sin pestañear, con la boca abierta y la respiración rota.
—Date la vuelta —le dije.
Se puso a cuatro patas sin protestar, con el culo levantado y la espalda arqueada. Le vi la marca roja del tanga en las nalgas y le di un azote seco que le dejó la huella de la mano. Ella gimió y empujó el culo hacia atrás pidiendo más. Le volví a meter la polla desde detrás, agarrándola por las caderas, y a partir de ahí me la follé a fondo, sin ritmo, embistiéndola como si estuviera intentando romper algo. Cada vez que se la clavaba se le escapaba un gemido corto contra la almohada, y yo veía cómo mi verga entraba y salía brillante de su flujo, cómo el coño le tragaba entera cada envite.
—Me voy a correr otra vez —jadeó ella—, no pares, joder, no pares, así, así…
Le pasé una mano por delante y le froté el clítoris con dos dedos mientras seguía embistiéndola. Duró tres o cuatro golpes más y se corrió gritando contra la almohada, con todo el cuerpo temblándole, apretándome la polla tan fuerte con las paredes del coño que casi me arrastra con ella. Aguanté los dientes apretados, la seguí follando durante el orgasmo, y cuando noté que ella empezaba a bajar la saqué de golpe.
—Ponte de espaldas —le dije—. Quiero mirarte.
Se giró jadeando, con el pelo revuelto y el rímel corrido, y abrió las piernas por última vez. Le hundí la polla otra vez y le folle mirándola a la cara, sin apartar los ojos de los suyos, hasta que la corrida me subió desde la base de la espalda. La saqué en el último segundo y me corrí en chorros gordos sobre su vientre, sobre las tetas, sobre el nacimiento de la garganta. Ella se pasó dos dedos por encima, se los llevó a la boca y me los chupó sin dejar de mirarme.
Me dejé caer a su lado. Los dos nos quedamos jadeando en silencio, con el techo dando vueltas, con la respiración descompasada.
—Mañana no vamos a decidir nada —murmuró ella al fin, con los ojos cerrados y una sonrisa cansada en los labios.
—No —admití—. Ya está decidido.
Algunas cosas se entienden mejor sin palabras, especialmente las que no deberían estar pasando y pasan de todas formas.