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Relatos Ardientes

Lo prohibido entre madre e hijo durante el encierro

3.6 (14)

El espejo del baño le devolvió la imagen de siempre: una mujer de cuarenta y cuatro años, metro sesenta y cuatro, con caderas anchas y vientre plano. El cabello oscuro, todavía húmedo de la ducha, le caía sobre los hombros. Los pechos eran grandes, con pezones morenos y bien marcados. Las piernas firmes de quien no ha abandonado el gimnasio en años. Elena se miraba y pensaba que estaba bien, aunque últimamente nadie más que su hijo la mirara.

Llevaban semanas encerrados. El confinamiento había suspendido el tiempo dentro de ese piso, había reducido el mundo a cuatro habitaciones, había disuelto las distancias que antes mantenían entre ellos sin que ninguno lo reconociera. Ahora esa distancia ya no existía. Elena no sabía exactamente cuándo había desaparecido, pero tampoco sentía la necesidad de reconstruirla.

La mano se le fue sola hacia la entrepierna. Llevaba el sexo completamente depilado, los labios bien definidos. Se quedó así un momento, de pie frente al espejo, sintiendo ese calor conocido que llevaba semanas apareciendo cada mañana antes de ir a despertar a su hijo.

Se puso una tanguita negra, escueta. La bata por encima. Salió del baño descalza y cruzó el pasillo en silencio.

La puerta de la habitación de Diego estaba entornada. Elena la empujó despacio y lo vio dormido boca arriba, los brazos abiertos, con un calzoncillo gris como única prenda. Veintiún años, piel blanca, cuerpo de alguien que hacía pesas con constancia: abdomen marcado, pecho amplio, hombros anchos. Elena se quedó en el umbral más tiempo del que era razonable. Lo miraba con esa mezcla de orgullo y algo más oscuro que había ido creciendo durante el encierro, casi sin pedírselo.

Se acercó. Se sentó en el borde de la cama. Apoyó la mano abierta en el abdomen de Diego, sobre la piel tibia, y la fue deslizando hacia abajo sin apresurarse. Cuando llegó a la tela del calzoncillo, palpó lo que había debajo.

Diego abrió los ojos. La miró sin sorpresa.

—Buenos días —dijo ella en voz baja, y le bajó el calzoncillo con cuidado.

—Buenos días, mamá —respondió él, con la voz todavía ronca del sueño.

Elena lo tomó con la mano y empezó a masturbarlo despacio. Diego la observaba sin hablar. Ella se deshizo de la bata, dejándola caer al suelo, se tumbó a su lado y continuó sin soltarlo.

Se besaron. El beso duró. Las lenguas se encontraron sin prisa, con esa familiaridad que habían construido en semanas, y solo se separaron cuando Diego bajó la cabeza y buscó uno de sus pechos. Tomó el pezón oscuro con la boca y succionó con fuerza.

Elena cerró los ojos y lo dejó. Había algo en esa boca en su pezón que la deshacía de una manera distinta a todo lo demás: una mezcla de placer físico y algo más antiguo, más profundo, que no sabía bien cómo nombrar. Notó la humedad entre las piernas, el pulso acelerándose en las sienes.

Diego dejó el pecho y empezó a bajar por su cuerpo. Besó el vientre, lamió el ombligo, siguió descendiendo. Le quitó la tanguita sin prisa. Cuando llegó a la entrepierna, la encontró húmeda y abierta. Empezó a lamerla con calma, separando los labios con la lengua, rodeando el clítoris. Este creció bajo su lengua, hinchado y sensible. Elena apretó los muslos alrededor de su cabeza y arqueó la espalda.

—Métemela —pidió, con la voz tensa.

Diego se incorporó. La acomodó con las piernas apoyadas sobre sus hombros, en la postura que sabía que era la preferida de ella, y la penetró despacio. Centímetro a centímetro, hasta quedar dentro del todo. Elena exhaló despacio.

Entonces empezó a moverse.

Las embestidas eran profundas y rítmicas. Elena las recibía con los ojos cerrados, completamente concentrada en la sensación. Pensó, no por primera vez, en la cama donde estaban: la cama de su hijo, donde él había dormido de niño, donde había estudiado y soñado, y donde ahora la penetraba con ganas. Ese pensamiento le añadía una capa de morbo que no podía ni quería analizar.

Se besaron sin dejar de moverse. Diego empujaba con ritmo, con determinación. Elena llegó al orgasmo con un gemido que intentó suprimir mordiéndose el labio. Las paredes de su vagina se contrajeron alrededor de él. Diego lo sintió y empujó más fuerte, arrancándole un sonido grave y ronco desde la garganta.

—Sí... mi niño... —jadeó.

Él esperó a que ella terminara. Luego se retiró y se sentó sobre su vientre. Elena tomó sus propios pechos con ambas manos y los apretó alrededor de él, envolviéndolo. Empezó a moverse despacio.

—¿Te vas a correr en las tetas de mamá? —preguntó, mirándolo.

—Sí —respondió él, con la voz tensa.

Diego no aguantó mucho. El semen llegó caliente y en oleadas, manchándole los pechos. Él se inclinó hacia adelante y los lamió sin ningún reparo, limpiándolos con la lengua. Después se tumbaron uno al lado del otro, y la mano de Elena trazaba círculos lentos sobre su espalda.

***

El encierro les había alterado los ritmos. Había días en que se buscaban tres veces antes de que oscureciera, en distintos rincones del piso, sin excusa ni protocolo. Esa misma mañana, después del desayuno, acabaron en la ducha.

Elena enjabonó sus manos y las pasó por los hombros, el pecho y el abdomen de Diego. Él hizo lo mismo con ella: cubrió de espuma los pechos, el vientre, los muslos, las nalgas. El agua caliente caía sobre los dos. Cuando se enjuagaron, él volvía a estar duro y ella sentía ese calor entre las piernas que no tenía nada que ver con el agua.

Si esto estaba tan mal, ¿por qué se sentía tan bien?

Elena no encontraba una respuesta que le convenciera. Y tampoco la buscaba con demasiado empeño. Los dedos de Diego encontraron su entrepierna. Ella respondió tomándolo con la mano y masturbándolo despacio bajo el agua mientras se besaban. Él apretó sus pezones entre los dedos hasta sentirlos endurecerse bajo las yemas.

La giró con suavidad. La apoyó contra el azulejo frío de la pared. Le abrió las piernas y se colocó detrás de ella.

La penetró despacio.

Las paredes de su vagina lo acogieron con esa presión cálida que él ya conocía bien. Diego aferró sus caderas y empezó a embestir. Las nalgas de Elena rebotaban contra su vientre con cada golpe. El agua seguía cayendo sobre los dos, pero ellos ya no la notaban.

Diego pegó el pecho a su espalda. Buscó el cuello de Elena con los labios, lo besó, lo mordisqueó con suavidad. Ella inclinó la cabeza a un lado, dejándole más espacio, sintiendo el aliento cálido de su hijo en la nuca cada vez que él se apartaba para respirar. La mano de Diego rodeó su cuerpo y aferró uno de sus pechos. Lo apretó. Elena apoyó la frente contra el azulejo.

—Mamá... me voy a correr —dijo él, con la voz pegada a su oído.

—Córrete dentro —respondió ella—. Quiero sentirte.

Diego se dejó llevar. El orgasmo llegó con fuerza, y Elena lo sintió expandirse dentro de ella con ese calor que la hacía estremecer. El suyo llegó casi al mismo tiempo, con un temblor que le recorrió las piernas de arriba abajo. Diego se retiró despacio. Ella se dio la vuelta y lo besó en la boca, con calma.

El agua y el jabón se llevaron el resto.

***

Comieron sin prisa, hablaron de poco y descansaron. Era la dinámica de esos días sin horarios ni obligaciones. Elena se quedó dormida con la mano apoyada en el pecho de Diego, escuchando su respiración.

Después de la siesta, fue al salón.

Diego estaba sentado en el sofá con un bóxer negro y la televisión encendida. Elena llegó con una bata blanca de algodón y se sentó a su lado. Esperó apenas unos segundos antes de empezar.

Empezó por el cuello. Un beso lento, la nariz rozando detrás de su oreja. Diego apagó el televisor sin decir nada y se giró hacia ella. Le correspondió con un beso en la boca y metió la mano entre la apertura de la bata. Encontró uno de sus pezones y lo rozó con los dedos hasta sentirlo endurecerse.

—Cómemelos —susurró ella, abriéndose la bata.

Diego bajó la cabeza y lamió ambos pechos antes de poner uno de los pezones oscuros en la boca. Lo succionó con fuerza. Elena, con la mano, palpó el bulto que crecía dentro del bóxer. A través de la tela notó el calor, la presión, el tamaño.

Se montó encima de él a horcajadas. A través de la tela del bóxer y la tanguita blanca que llevaba, ambos sentían el calor que emanaba del otro. Se besaron largamente. Diego volvió a bajar la cabeza hacia sus pechos, lamiéndolos y mordiéndolos con esa concentración que a ella le resultaba irresistible.

Cuando la ropa empezó a molestar, se la quitaron sin aspavientos. Diego le bajó la tanguita por los muslos despacio. Elena le bajó el bóxer. Se tumbaron en el sofá.

Elena se colocó encima de él, invertida. Diego hundió la lengua en su entrepierna, abriendo los labios, rodeando el clítoris con cuidado. Ella inclinó la cabeza y recorrió con la lengua la longitud del pene, de la base hasta el glande. Lo besó. Se lo metió en la boca y succionó.

Los sonidos del salón eran solo los de ellos dos.

Elena apretaba los labios y tomaba profundo, mientras Diego seguía lamiendo y separando con los dedos. Los dos se daban placer con la boca al mismo tiempo, sin prisa, completamente absorbidos en el otro. De vez en cuando uno de los dos gemía, y el sonido quedaba amortiguado por lo que tenía en la boca.

Cambiaron de postura. Elena se puso a cuatro patas sobre los cojines del sofá. Diego se arrodilló detrás de ella. Era su postura favorita: la que le daba más profundidad, más control, y le permitía ver cómo las nalgas de su madre respondían a cada embestida. La penetró. Aferró sus caderas y empezó el movimiento: profundo, rítmico, constante.

—Ohhh... no pares —pidió ella, con la mejilla apoyada en el respaldo del sofá.

Diego aumentó el ritmo. Las embestidas se volvieron más fuertes, más rápidas, y de vez en cuando le daba un golpe suave en las nalgas con la palma abierta. Elena respondía con un sonido grave desde la garganta que él ya conocía bien.

Ella pasó una mano entre sus piernas y empezó a tocarse mientras él la penetraba. El doble estímulo fue suficiente. El orgasmo llegó en oleadas largas, y ella mordió el cojín del sofá para amortiguar el sonido. No era solo el placer físico, era también el pensamiento que lo acompañaba: que era su propio hijo, que era prohibido, que estaban solos en el mundo y que eso los liberaba de cualquier otra consideración.

Cuando terminó, Diego se sentó en el sofá con las piernas abiertas. Elena se arrodilló en el suelo entre sus rodillas. Lo tomó con la mano, lo lamió de arriba abajo, saboreándose a sí misma en él. Luego se lo metió en la boca, despacio primero, luego con más decisión.

—Córrete en mi boca, cariño —dijo, mirándolo a los ojos antes de seguir.

Volvió a metérselo. Diego aguantó poco. Cuando llegó el orgasmo, Elena no se retiró. Recibió todo, lo mantuvo un momento en la lengua y tragó. Notó el calor bajando por la garganta.

Se levantó y se sentó a su lado. Se besaron con ternura. Las manos de ambos se entrelazaron encima del muslo de él.

—Te quiero, mamá —dijo Diego.

—Yo también te quiero, hijo —respondió ella.

Afuera, el encierro seguía. Dentro, el tiempo pasaba de otra manera, y ninguno de los dos tenía intención de buscar cómo volver atrás.

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3.6 (14)

Comentarios (9)

Marcos_72

Que relato mas intenso... me dejo sin palabras. Espero que haya segunda parte porque asi no puedo quedarme jaja

lectura_nocturna

increible como lograste generar esa tension desde las primeras lineas. Me engancho al toque

furtivofogoso

buenisimo!!! sigue asi

NightReaderX

Me lo lei de un tiron y cuando termino ya queria mas. Segunda parte urgente por favor

Valentina_22

Ay dios que tema tan intenso jajaja pero no pude dejar de leerlo hasta el final. Muy bien escrito, se agradece

DiegoMR

La tension que se va construyendo es lo mejor del relato. Se nota que saben escribir, gracias!

PatriRosa

Que final tan abierto!!! Quiero saber que paso despues, por favor continuen la historia

CarlitosV

Me recordo a esos relatos que uno lee tarde a la noche sin poder parar jaja. Muy atrapante desde el inicio

Rocko

tremendo, de los mejores de esta categoria. Chapeau

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