Mi tía Mariela y la noche que se quedó dormida
Esto pasó hace ya unos cuantos años, en aquella casa enorme donde crecí con mis padres. Por entonces vivía con nosotros mi tía Mariela, la hermana menor de mi madre. Se había separado de su marido hacía cosa de medio año y se había mudado al cuarto del fondo con su hijo, un niño pequeño que dormía siempre temprano. Entre papeles y mudanzas, ella se pasaba el día en oficinas, embajadas y notarías, intentando reunir lo necesario para irse del país y empezar otra vida en algún rincón donde nadie supiera quién era ni de qué venía huyendo.
El resto de la familia tampoco paraba mucho en casa. Mi padre tenía turnos largos de noche y a veces no aparecía en dos o tres días. Mi madre viajaba cada quince días al norte para vigilar una parcela que nos quedaba por allá. Yo terminaba los turnos del taller a media tarde, así que entre semana coincidíamos solo a la hora de la cena, cuando todos llegaban cansados y sin ganas de hablar.
Aquel viernes en particular se alinearon todas las ausencias. Mi padre tenía guardia hasta el lunes. Mi madre se había marchado al campo esa misma mañana. El niño de Mariela estaba pasando el fin de semana con sus abuelos paternos. Cuando llegué a casa cerca de las siete, encontré a mi tía descalza en la cocina, con el pelo recogido en un moño flojo y una camiseta de algodón demasiado grande para ella.
—Pensé que iba a comer sola —dijo, sin levantar la vista de la sartén—. ¿Te animas a algo?
—Lo que estés haciendo está bien.
Cenamos en la mesa de la cocina, sin manteles, sin formalidades. Hablamos de cosas que nunca habíamos hablado: del marido del que se había separado, del miedo a empezar de cero en otro idioma, de lo poco que entendía yo todavía de la vida. Ella tenía treinta y cuatro años, yo veintiuno, y por primera vez sentí que me trataba como a un adulto.
—La casa está hecha un desastre —dijo cuando recogimos los platos—. ¿Me ayudas a ordenar un poco mientras tus padres no están? Si aparecen el domingo y ven esto, tu madre me mata.
Asentí y me arremangué. Era cierto, llevábamos días acumulando ropa, vasos, libros tirados por todas partes. Pasamos un buen rato barriendo, pasando la aspiradora, doblando ropa que sacábamos del tendedero del patio. En algún momento, mientras pasaba un trapo por la mesita del salón, le propuse abrir algo de tomar.
—Mi padre tiene un aguardiente fortísimo en el bar. Si lo destapamos, no se va a notar.
Mariela soltó una risa corta, de esas que se le escapaban cuando algo le hacía gracia y le daba culpa al mismo tiempo.
—Trae dos vasos.
El primer trago me lo bebí de pie, junto a la biblioteca, mientras ella terminaba de doblar una sábana. El segundo lo hicimos sentados en el sillón largo del salón, con la televisión encendida en una película vieja que ninguno de los dos miraba realmente. Para el tercero, ella ya se había quitado las zapatillas y había metido los pies bajo el cojín. El aguardiente quemaba al bajar y se instalaba en el estómago como una brasa.
—Estoy agotada —dijo, dejando caer la cabeza contra el respaldo—. Pero si paro de tomar, no voy a poder dormir. Tengo la cabeza llena de papeles.
—Sírvete otro entonces.
Lo hizo. Y otro más después de ese.
***
Me levanté al baño en algún momento, no sé si pasada la medianoche o más tarde. Cuando volví al salón, Mariela estaba dormida. Se le había caído el vaso vacío al suelo, sin romperse, y respiraba lentamente con la cara hundida en el cojín. Tenía las piernas dobladas y la camiseta se le había subido un poco por encima de la cintura.
Me quedé un momento en la puerta, mirándola. Por la ventana entraba el frío de aquella noche de invierno, y pensé que iba a despertarse helada si no la cubría. Fui hasta el armario del pasillo y traje una manta de lana gruesa.
Cuando me acerqué para taparla, no pude evitar mirarla más de la cuenta. No llevaba sostén. Bajo la tela fina de la camiseta se le adivinaban las tetas pesadas, los pezones marcados y duros por el frío, subiendo y bajando con cada respiración. Se había acomodado de costado, de modo que la cadera quedaba alta, marcada, y la curva del culo apuntaba justo hacia el lugar donde yo solía sentarme.
Era mi tía. Lo pensé con todas las letras. Era la hermana de mi madre. Y aun así, ya se me estaba poniendo dura antes incluso de mover la mano.
La cubrí con la manta. Le aparté un mechón de pelo de la frente. Sin pensarlo demasiado, pasé un dedo por el contorno de sus labios entreabiertos. Ella ni se inmutó. Me senté a su lado, con la respiración acelerada y la polla apretándome contra la tela del pantalón, y traté de meter las piernas bajo el otro extremo de la manta para no llamar la atención.
Al hacerlo, mi mano rozó la curva firme de su cadera. Y se quedó ahí.
El alcohol y el cansancio la habían hundido en un sueño espeso. Me lo dije a mí mismo como excusa, mientras los dedos seguían el camino de la tela hasta encontrar la piel desnuda del muslo. Estaba caliente, casi ardía. Subí un poco más, deslizando la yema por la cara interna, sintiendo cómo la carne se ponía tensa bajo mi palma. Le levanté apenas el borde de la camiseta y descubrí que llevaba puesta solo una tanga diminuta de algodón blanco, tan estrecha que apenas cubría la raja del coño.
El corazón me latía en los oídos. Cada movimiento mío parecía tan ruidoso como un portazo, pero ella seguía respirando con el mismo ritmo lento. Le pasé el dedo por encima de la tela y noté que ya estaba mojada, con una manchita húmeda formándose justo donde se le hundía entre los labios. Le enganché la tanga con dos dedos y se la fui bajando despacio por las piernas, muslo abajo, rodilla, tobillo, y se la dejé enredada entre los dedos como si ella misma se la hubiera quitado en sueños. Quería tener una coartada lista por si abría los ojos.
Lo que vino después no debería contarlo, pero lo cuento. Le abrí las piernas apenas, con miedo de despertarla, y me quedé mirándole el coño de mi tía de cerca por primera vez. Tenía un vello oscuro y recortado, los labios hinchados y separándose solos, brillantes por su propia humedad. Acerqué la nariz sin tocarla y respiré ese olor espeso y ácido que me pegó como una bofetada. Con la punta del índice recorrí el contorno de fuera hacia adentro, muy despacio, y sentí cómo se abría cediendo, resbalosa. Metí un dedo hasta la mitad. Ella tragó saliva en sueños y frunció el ceño, pero no abrió los ojos. Metí el segundo. La sentí apretarme por dentro con una fuerza tibia, chupándome los dedos hacia adentro como si tuviera hambre propia. Empecé a moverlos, entrar y salir, girarlos, buscar ese punto rugoso arriba y apretar contra él. En algún momento, sin dejar de bombearla, subí el pulgar hasta su clítoris y lo empecé a rodar en círculos pequeños. Ella suspiró más fuerte, movió la cadera apenas, y siguió durmiendo, o eso creí yo.
Con la otra mano me abrí el pantalón y me saqué la polla ya durísima. Empecé a machacármela con el mismo ritmo con el que le metía los dedos, con la vista clavada en cómo desaparecían y aparecían brillando entre las piernas de mi propia tía. Estaba tan cachondo que me dolía. Un hilo de líquido preseminal se me caía desde la punta y me mojaba la mano. No podía respirar bien.
***
Y entonces abrió los ojos.
Fue un segundo. Levantó la cabeza del cojín, parpadeó dos veces y me miró fijo, con los dedos todavía metidos hasta los nudillos dentro de ella y la polla en mi otra mano.
—¿Qué carajo me estás haciendo? —dijo en voz baja, sin gritar, lo cual me pareció peor que un grito—. ¿Cómo se te ocurre? Soy tu tía, por dios.
No supe qué decir. No me atreví ni a sacar la mano, porque sacarla me parecía aceptar todo. Me quedé congelado, con la boca seca, sintiendo el peso de su mirada y el calor de su coño apretado alrededor de mis dedos al mismo tiempo. Pensé en mi madre. Pensé en mi padre. Pensé en cómo iba a explicar aquello.
—Me pediste un masaje —solté de golpe, sin saber de dónde me salía—. Antes de quedarte dormida. Me dijiste que te dolían las piernas.
—Yo no te pedí nada.
—Te quitaste la ropa interior tú misma. Mírate.
Bajó los ojos hacia su mano. Ahí estaba la tanga blanca, hecha un nudo entre sus dedos, con la entrepierna oscurecida por la humedad. Frunció el ceño. Por un instante, dudó. Yo aproveché:
—Llevas días sin parar. Tomaste mucho. A lo mejor te la quitaste sin darte cuenta. Yo solo… te estaba haciendo el masaje que me pediste.
Se quedó callada. Bajo la manta, mis dedos seguían quietos dentro de ella, sintiendo cada latido de la sangre en las paredes calientes del coño. La sentí cerrar los ojos un segundo y respirar hondo, como si estuviera haciendo un cálculo que no era del todo aritmético. Sin quererlo, apretó las paredes contra mis dedos, una vez, dos.
—Me cago en todo —murmuró por fin—. Me cago en todo, en serio.
Apartó la cara y miró al techo. Después bajó la vista y se topó con mi polla, todavía dura, brillando por la punta, apuntando hacia ella.
—Sigue.
—¿Qué?
—Sigue. Total, ya está. Hace meses que no me pasa nada en el cuerpo, ni un dedo, ni una polla, ni la mía siquiera. Termina lo que empezaste y después hablamos.
***
Se acomodó sin mirarme. Subió una pierna al respaldo del sillón y dejó la otra cruzada sobre las mías, abriéndose por completo, con una mezcla de rabia y rendición que nunca antes le había visto a ninguna mujer. El coño le quedó abierto de par en par delante de mí, todo rosado adentro, chorreando. Volví a moverme dentro de ella, esta vez sin disimulo, hundiendo los dos dedos hasta el fondo y sacándolos casi por completo, escuchando el ruido líquido que hacía cada vez que entraba. Le acaricié el clítoris con el pulgar, despacio al principio, marcando el ritmo con la respiración de ella. Mariela cerró los ojos y se mordió el dorso de la mano para no hacer ruido.
—Más fuerte —dijo, hablándole al techo—. No me trates como si fuera de cristal. Métemelos hasta adentro. No soy una niña, joder.
Le obedecí. Le metí un tercer dedo y empecé a follármela con la mano, fuerte, rápido, escuchando cómo el chapoteo llenaba el salón vacío. Ella arqueó la espalda, se agarró a su propia teta por encima de la camiseta y se pellizcó el pezón hasta ponerlo de piedra. En algún momento bajé la cabeza y reemplacé los dedos por la lengua. Le lamí primero por fuera, de abajo hacia arriba, saboreando esa mezcla salada y espesa que ya me chorreaba por la barbilla. Ella se sobresaltó, levantó la pelvis, hundió las dos manos en mi pelo y me empujó contra ella sin contemplaciones.
—Ahí, ahí, chúpamelo bien, mi amor, no pares, chúpame el coño como si te fuera la vida —gemía en voz baja, con la voz rota—. Cómemelo entero, joder, cómemelo.
Yo aprendía sobre la marcha, con el sabor caliente cubriéndome la boca, la nariz aplastada contra su vello, mientras ella respiraba cada vez más rápido. Le encontré el clítoris con la punta de la lengua y me quedé ahí, dando vueltas, aspirándolo, chupándolo entre los labios como si fuera un caramelo pequeño. Le metí dos dedos por debajo, apuntándolos hacia arriba, y empecé a apretarle ese punto duro y esponjoso mientras la lengua no le daba tregua.
El primer orgasmo llegó pronto. Fue corto y violento. Le sacudió el cuerpo entero, se le tensaron los muslos alrededor de mi cabeza y me apretó la cara contra el coño tan fuerte que me costaba respirar. Sentí cómo se le contraía todo por dentro, apretándome los dedos a espasmos. Antes de que pudiera apartarme, ya estaba viniéndose otra vez, con un grito breve que tuvo que tragarse a media voz, mordiéndose el brazo hasta dejarse la marca de los dientes.
Cuando por fin me dejó levantar la cabeza, tenía los ojos vidriosos y toda la cara mía era una máscara pegajosa.
—Hacía años que no me pasaba esto —dijo, casi enfadada—. Años. Ven acá, cabrón.
***
No me dio tiempo a contestar. Se incorporó, me empujó contra el respaldo del sillón y, sin demasiada ceremonia, me bajó el pantalón y los calzoncillos hasta las rodillas. Me miró la polla un segundo, hinchada, moradita en la punta, y sonrió de lado.
—Mira lo que tenías escondido, sobrino.
La agarró por la base con la mano y me la apretó, subiendo y bajando el puño despacio, mientras con la otra mano me pesaba las bolas. Después escupió encima, un salivazo espeso que me resbaló por toda la longitud, y empezó a masturbarme con la mano resbalando entera. Se inclinó y me la tomó en la boca con la misma furia con la que se había abierto unos minutos antes. Sentí cómo la lengua me daba vueltas alrededor del glande, cómo me chupaba con las mejillas hundidas, cómo se la metía entera hasta que le llegaba al fondo de la garganta y se atragantaba a propósito. Un hilo de saliva se le caía por la barbilla y le mojaba las tetas por encima de la camiseta.
Me sacaba la polla de la boca solo para lamerme las bolas, una por una, subiendo después por debajo con la lengua plana desde abajo hasta arriba, mirándome a los ojos todo el tiempo. Después se la volvía a meter y me la mamaba con ganas, apretando los labios en el aro justo bajo la corona.
—Me la vas a llenar entera, ¿verdad? —murmuraba entre chupada y chupada—. Dime que hace tiempo que no te corres, dímelo.
Yo apreté los puños contra los cojines, intentando aguantar. No aguanté demasiado. Sentí el nudo subiendo desde las bolas, las piernas se me pusieron rígidas y le avisé con un gemido ahogado. Ella no soltó, al contrario, apretó más. Cuando me vine, ella mantuvo los labios cerrados un instante y me la ordeñó con la mano al mismo tiempo, tragándose el primer chorro. Al segundo se atragantó, apartó la boca y dejó que el resto le cayera en la cara, en el cuello, entre las tetas por debajo de la camiseta. La corrida le colgaba del mentón en un hilo blanco espeso. Se pasó los dedos por la piel mojada, recogió lo que pudo y se los llevó a la boca, chupándoselos uno a uno, mirándome de reojo.
—Casi se me había olvidado a qué sabe —dijo, con media sonrisa—. Y vaya si me hacía falta.
Me pidió que le sirviera otro trago y la siguiera al cuarto del fondo. Cuando entré, ya estaba tendida en la cama, desnuda del todo, con la luz de la lámpara amarilla encendida sobre la mesita. Las tetas se le desparramaban a los lados, blancas, con los pezones oscuros y todavía duros. Tenía una mano entre las piernas, jugando sola, esperándome. Me hizo una seña para que me echara a su lado.
—La noche no se acabó, sobrino. Lo de ahí fuera fue solo el aviso.
Me besó por primera vez en la boca, hondo, empujándome la lengua hasta el fondo. Sentí el sabor de mi propio semen en sus labios y me costó un segundo entender que era la primera vez en mi vida que me probaba así. Bajó por mi pecho, por el estómago, mordiéndome la piel a tirones, y volvió a tomarme la polla en la boca hasta dejarme duro otra vez. No tardó mucho. A los cinco minutos ya la tenía de piedra otra vez, palpitando contra su lengua.
Se montó encima. Se puso a horcajadas sobre mí, con las rodillas a los lados de mis caderas, y agarró mi polla con la mano. Se la pasó primero por la raja del coño de arriba abajo, mojándomela entera con sus jugos, frotando la punta contra el clítoris. Me miraba fijo desde arriba, con el pelo desarmado cayéndole sobre la cara.
—¿Sabes cuántos años tenías cuando te cambiaba los pañales? —dijo—. Y mira ahora, sobrino. Mira lo que me vas a hacer.
Se encajó de un solo movimiento. Sentí un golpe seco, casi doloroso, cómo se abría entera para tragarme hasta la base, y la oí soltar el aire entre los dientes. Se quedó quieta unos segundos, con toda mi polla enterrada dentro, mirándome desde arriba. Le vi los ojos brillar húmedos.
—No te muevas —dijo—. Quiero acordarme de esto. Quiero acordarme de cómo se siente tenerte adentro la primera vez.
Después empezó a moverse. Lento. Se levantaba casi hasta que se me salía y bajaba despacio, dejando que la sintiera pulgada por pulgada. Rápido después, saltándome encima con las tetas botando delante de mi cara, hasta que le agarré una con cada mano y me la metí en la boca a chuparle los pezones. En círculos. Quieta otra vez, contrayendo y soltando los músculos por dentro, ordeñándome con las paredes, como si tocara un instrumento con el coño. Cada vez que me notaba a punto de terminar, se levantaba apenas, me apretaba con dos dedos por debajo justo bajo la corona y esperaba a que la urgencia se calmara, antes de seguir.
Después se puso a cuatro patas en la cama, con el culo alzado hacia mí, y me miró por encima del hombro.
—Ahora dame como si me odiaras. Como si supieras que está mal y te diera igual.
Me arrodillé detrás. La agarré de las caderas con las dos manos y se la metí de una embestida, hasta el fondo. Ella gritó contra la almohada, mordiéndola. Empecé a follármela así, fuerte, escuchando el chapoteo y el golpe seco de mi pelvis contra sus nalgas cada vez que embestía. Le di una palmada en el culo y le quedó la marca roja de mi mano. Le di otra. Ella gimió más fuerte, empujando el culo hacia atrás para encontrarme.
—Más, más, así, rómpeme, rómpeme —jadeaba contra la almohada—. Métemela toda, sobrino, toda, hasta el fondo, joder.
Le agarré el pelo con una mano y tiré hacia atrás, hasta arquearla. Con la otra le pasé el dedo por delante y le froté el clítoris al ritmo de las embestidas. Sentí cómo se contraía otra vez alrededor mío, cómo el coño se le apretaba y se le soltaba a espasmos, cómo se venía gritando contra la almohada por tercera o cuarta vez esa noche. La solté y ella se derrumbó de bruces, con los muslos temblando, sin poder aguantar más el peso.
No supe contar las veces que se vino aquella noche. Yo mismo perdí la cuenta. Más de las que hubiera creído posibles. Terminé por vaciarme dentro de ella, boca abajo, agarrándola por las caderas y hundiéndomela hasta el hueso, sintiendo cómo la corrida me subía a chorros calientes y le llenaba el coño hasta rebosar. Cuando me salí, se le escurrió un hilo blanco por la cara interna del muslo, y ella se lo recogió con un dedo y se lo llevó a la boca sin decir nada.
***
Al amanecer, los dos estábamos vacíos. Ella se había dormido encima de mí, todavía respirando entrecortado, con una pierna atravesada sobre las mías y una teta aplastada contra mi costado. Yo me quedé mirando el techo, con el corazón a mil, intentando entender qué demonios había pasado en mi propia casa.
Por la mañana no hablamos del tema. Desayunamos como si nada, leímos el periódico, ella me preguntó por el trabajo y yo le pregunté por los papeles. Pero esa noche, cuando volví del taller, me esperaba otra vez con la puerta del cuarto entornada, desnuda bajo la sábana, con dos dedos ya metidos en el coño de tanto esperarme. Y al día siguiente también. Y al otro.
Durante los meses que tardó en conseguir los papeles para irse, vivimos así, con un secreto compartido que llenaba la casa cada vez que mis padres salían por la puerta. Aprendimos los horarios de cada uno, los pasos en el pasillo, los ruidos de las cerraduras. Nos convertimos en cómplices de algo que no podíamos nombrar delante de nadie.
El día que la acompañé al aeropuerto, ya con su hijo en el cochecito y las maletas facturadas, me apartó un momento detrás de una columna. Me besó muy rápido, casi sin tocarme, como si el aire se hubiera puesto a mirar.
—Gracias —me dijo al oído—. Por todos los ratos. Por cada polvo. Me los llevo conmigo, donde sea que termine.
Hace años de eso. Mariela vive ahora en otro continente, casada otra vez, con dos hijos más. Casi no nos escribimos. Pero a veces, cuando paso por delante del salón de aquella casa donde ya no vive nadie, todavía me acuerdo del crujido del sillón, del frío de la manta de lana y de la primera vez que la oí decir mi nombre con la voz rota mientras se me venía en la boca.