Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi suegro y mi cuñado me esperaban esa tarde

El día anterior había visto a Carla montar el número de su vida con Rodrigo y mi marido, allí mismo, en el salón del chalet de mi suegro. Yo solo había mirado, escondida tras la puerta entreabierta, y desde entonces no había logrado pegar un ojo. Cuando esa misma mañana sonó el teléfono y reconocí la voz de mi suegro, supe que algo había cambiado entre nosotros, aunque él no me adelantó nada.

—Pásate por el chalet a media tarde, Marina —fue todo lo que dijo.

Dudé un buen rato frente al armario. Si me ponía algo demasiado discreto, parecería que iba a tomar el té. Si elegía algo demasiado evidente, iba a delatarme antes de tiempo. Acabé con un vestido cruzado en azul oscuro, justo por encima de la rodilla, con un escote que apenas insinuaba. Discreto, pero no inocente.

Toqué el timbre y me abrió mi cuñado Damián, el marido de Carla y el menor de los tres hermanos. Llevaba unas bermudas amarillas y el pecho descubierto. Como todos los hombres de aquella familia, cuidaba el cuerpo: hombros anchos, vientre plano, esa piel tostada de quien pasa veranos largos al sol.

—Hola, Marina, ¿tú también vienes a la piscina? —me dio dos besos cerca de la comisura.

Así que él no sabía nada.

—Tu padre me llamó —contesté, sin entrar en detalles.

Desde el piso de arriba se oyó la voz de mi suegro pidiéndonos que lo esperáramos un momento, que ya bajaba. Damián me hizo pasar al salón y nos sentamos en el sofá grande, ese sofá que yo conocía mejor de lo que él podía imaginar. Nos pusimos a hablar de cosas comunes —el calor, la obra del primo, la última cena familiar—, pero yo no podía dejar de mirarle el cuello, los antebrazos, esa pequeña cicatriz que tenía en la clavícula.

Bajó mi suegro con tres refrescos en una bandeja. Se sentó entre nosotros, o más bien me hizo a mí sentarme entre los dos. Hablamos un rato. Más bien hablaron ellos y yo asentía. En un momento, sin que la conversación cambiara de tema, sentí la mano de mi suegro sobre mi rodilla. Una mano grande, tibia, segura. Comenzó a subir despacio.

Damián se quedó mirando esa mano como si no entendiera lo que veía. Tardó unos segundos en reaccionar.

—¿Pero qué haces, papá? —preguntó por fin, con la voz un poco rota.

—Damián —respondió mi suegro sin retirar la mano—, la mujer de tu hermano mayor es una belleza. Y le gusta lo que le gusta. ¿Tú crees que no nos dábamos cuenta de cómo intentabas verla cambiarse cuando empezó a salir con tu hermano? Te tiembla la voz solo de mirarla. Hoy podemos compartirla. Ahí tienes la oportunidad que llevas años esperando.

La mano subió un poco más. Yo bajé la mirada y, de reojo, vi cómo la mano de Damián, hasta entonces apoyada en el respaldo, se descolgaba lentamente y aterrizaba en mi otro muslo. Los dos hombres respiraban distinto. Mi suegro, sereno; Damián, agitado, como si quisiera y no quisiera al mismo tiempo.

—¿Y mi hermano? —preguntó por fin Damián.

—Tu hermano se ha ganado lo que tiene —dijo mi suegro—. Una mujer así no se casa con un solo hombre, hijo. Se casa con la familia entera. Que disfrutemos nosotros lo que ya está perdido.

El argumento sonaba absurdo y, a la vez, no me molestó. Damián deslizó la mano hasta el borde de mis bragas. Mi suegro hizo una pausa, observando, y entre los dos, sin prisa, me las bajaron hasta los tobillos. Me las quitaron con una delicadeza que contrastaba con todo lo que estaba pasando.

—Piensa en la cantidad de veces que has fantaseado con tocarla aquí —le susurró mi suegro a su hijo—. Pues hazlo.

Damián me hundió los dedos despacio. Tenía la respiración cortada. Mi suegro, mientras tanto, se había quitado el pantalón y los calzoncillos en dos movimientos. Volvió a sentarse a mi lado, llevó mi mano hasta su miembro y miró a su hijo.

—Ahora le toca a ella, Damián. Quítate eso.

Mi cuñado venía con bermudas y nada debajo. Las dejó caer sin mirar dónde. Yo entendí lo que se esperaba de mí: les agarré la polla, una en cada mano, y empecé a moverlas a un ritmo parejo. La de mi suegro era más gruesa; la de Damián, más larga y caliente. Las dos respondieron rápido.

—¿De verdad me deseabas cuando empecé a salir con tu hermano? —pregunté de pronto, sin saber por qué necesitaba escucharlo.

—Sí —dijo Damián sin dudar—. Cada vez que te quedabas a dormir aquí, yo me inventaba una excusa para subir antes que tú al cuarto.

Ese «sí» me quemó por dentro. Solté la polla de mi suegro, me incliné sobre Damián y lo besé. Fue un beso largo, con saliva, con dientes. Mientras tanto, la mano de mi suegro se metió entre mis piernas y empezó a acariciarme.

—¿Ven lo que se han estado perdiendo —dijo, casi divertido— por una idea mal entendida de lealtad?

***

Cuando me separé de Damián, vi que la polla de mi suegro estaba más dura que la de un crío. Allí mandaba él, era evidente. Me puse a cuatro patas sobre el sofá, le agarré la base con una mano y se la metí en la boca. Damián, detrás de mí, soltó un suspiro entre dientes.

—Qué culo tienes, Marina.

—Damián —dijo mi suegro sin dejar de mirarme la cabeza subir y bajar—, tienes ese coño que llevas años queriendo a un palmo de tu polla. ¿Vas a seguir parado?

Mi cuñado reaccionó. Lo oí moverse a mi espalda y, después, sentí cómo me apoyaba las manos en las caderas.

—Primero, condón —ordenó mi suegro sin levantar la voz—. No querrás que ninguno sepa de quién está embarazada. En el bolsillo del pantalón hay uno.

Damián obedeció. Lo oí abrir el envoltorio, ponérselo, respirar hondo. Después, el calor de su cuerpo contra el mío, una pierna doblada en el sofá, la otra firme en el suelo. Me la metió de un solo empujón. Yo solté la polla de mi suegro un instante para gemir y la volví a recibir en la boca.

—Verdad, Damián, que tu cuñada es acogedora —comentó mi suegro—. Como mandan los cánones.

—No sé qué es —jadeó Damián—. Solo sé que llevo años imaginándomelo.

—Y créeme que es de las mejores que he conocido. Incluidas las profesionales.

Que hablaran de mí en mi presencia, en aquellas circunstancias, debería haberme molestado. No lo hizo. Solo quería dejarlos a los dos vacíos.

—Cambiemos de agujero —decidió mi suegro al rato—. Mi polla se ha hecho a tu boca, pero pertenece a otro sitio.

—¿Cambiamos de posición? —preguntó Damián.

—Yo no me muevo. Que ella suba encima.

Damián salió de mí. Se subió al sofá, se apoyó contra la pared, y yo me senté a horcajadas sobre mi suegro, abriendo bien las piernas. Cuando lo sentí entrar a pelo, sin condón, se me escapó algo entre gemido y risa. Damián acercó su miembro a mi cara y yo lo recibí.

—Papá, tienes razón —murmuró, agarrándose de la pared—. Lo hace mejor que cualquiera de las chicas del despacho.

—Tantos años buscando fuera lo que tenemos en casa —respondió mi suegro, casi con tristeza.

«¿Las chicas del despacho?», pensé. Esa frase tendría que volver a mí varias veces en los días siguientes. Pero en aquel momento solo pensaba en el ritmo, en cómo subir y bajar sobre uno mientras el otro me llenaba la boca.

Mi suegro fue el primero. Lo sentí tensarse, empujar hacia arriba con fuerza y derramarse dentro. Se quedó quieto, respirando, mientras Damián seguía moviéndose cerca de mi cara.

—Papá —dijo Damián cuando recuperó el aliento—, a mí me has hecho ponerme condón y tú te la has follado a pelo.

—Soy mayor —respondió mi suegro sin inmutarse—. Si pillara algo, ya da igual. Y si esta queda preñada, será de la familia. Mejor.

Se incorporó y, sin asomo de pudor, se limpió con mi tanga, que había quedado tirado en el reposabrazos. Yo seguía con Damián en la boca. Él aguantaba bien, pero los gemidos cada vez eran más cortos, más cerrados. Al final no pudo más. Recibí toda su descarga y la tragué sin pensarlo.

—Cuñadita —jadeó—, esta vez mi padre tiene razón. Mamadas como esta no se aprenden en cualquier sitio.

—Y tú perdiéndotelo todos estos años —dijo mi suegro— por una lealtad mal entendida hacia el cabrón de tu hermano.

***

Descansamos un rato. Yo me quedé sentada en el sofá, entre los dos, con sus pollas cansadas y húmedas en mis manos. La de Damián fue la primera en reaccionar otra vez.

—¿Qué pasa, Marina? —protestó mi suegro con sorna—. ¿Te entretienes con la polla joven y te olvidas de la del pobre viejo?

—Por supuesto que no, suegro querido —dije.

Me agaché frente a él, lo recibí en la boca y empecé a moverme con calma. En ese momento sentí cómo Damián se acercaba por detrás. Estaba tan concentrada en la polla de mi suegro que no me había dado cuenta de que se había puesto otro condón. Me la metió otra vez en el coño, esta de pie, sujetándome de las caderas.

—Si nos viera mi hermano —murmuró Damián.

—Pues que aprendiera —contestó mi suegro.

Estuve así un buen rato, con una polla en cada hueco, intentando que ambos disfrutaran a la vez. Mi suegro miraba a su hijo y se reía bajito.

—Le estás poniendo los cuernos a tu hermano, Damián. Ya era hora.

—Es que el coño de mi cuñada lo merece —respondió él—. Apetece tanto.

Mi suegro volvió a soltarse un rato después. Esta vez en mi garganta. Me apartó suavemente con una mano y se levantó.

—Necesito un minuto, chicos.

Damián, en cambio, no había terminado.

—A ti puede que sí, padre —dijo—. A mí no.

Me hizo tumbarme de costado en la alfombra. Se acomodó detrás y me la metió otra vez, esta más lentamente. Mi suegro, sentado en el sillón de enfrente, se acariciaba sin prisa. Damián levantó la cabeza y se rio.

—Nunca pensé que iba a ver a mi padre haciéndose una paja mirándome.

—Si tu madre no hubiera sido tan cerrada —dijo mi suegro—, nos habrían visto follar antes. Pero a Estela había que apagarle la luz y meterse bajo las sábanas. Cuando empezaron a traer aquí a sus novias, yo aprendí a mirar.

—Me alegro de que ahora estés con quien estás.

—Yo también, hijo. Yo también.

Comprendí entonces que mi suegro no solo quería disfrutar conmigo: quería atar las manos a cada uno de sus hijos, dejarles a todos un secreto que ocultarles a los demás. La estrategia era vieja, la había visto en otros hombres, pero allí funcionaba.

—Ahora soy yo el que se corre —avisó Damián.

Sacó la polla de mi coño, se incorporó y me la acercó a la boca. Quedaban restos de la de su padre. Padre e hijo se mezclaron en mi lengua sin que ninguno protestara.

***

Pensaba que ahí terminaba la tarde. Me equivocaba. Después de descansar otro rato, los miré y los dos seguían atentos. Cogí una polla con cada mano y empecé a moverlas despacio.

—La zorra de tu cuñada quiere más —comentó mi suegro sin disimular el orgullo.

—Como te he dicho antes —respondió Damián—, no sé si lo es o no, pero ahora me apetece su culo.

—Por fin tomas la iniciativa, hijo. ¿Qué dices, Marina?

—Por mí, ningún problema.

Me puse a cuatro patas en la alfombra. Damián se colocó detrás. Mi culo ya conocía esos viajes, así que no hubo dolor, solo una presión densa, profunda, distinta. Damián empezó a moverse con un ímpetu que delataba años de fantasía. Mi suegro nos miraba.

—Joder, con la manera que tienen de hacerlo por ahí, se me ha vuelto a poner dura.

—Pues tráela —dije yo—. Tu nuera se la merece.

Se acercó, se agachó al borde de la alfombra y me ofreció la polla. La recibí en la boca, sin parar de mover las caderas hacia atrás contra Damián.

—Nunca me cansaría de que me la chuparas —dijo mi suegro—. Eres adorable.

Esas palabras me encendieron de golpe. Recordé entonces lo que Carla había hecho el día anterior. Solté un instante la polla de mi suegro y le dije:

—Suegrito, túmbate.

Lo hizo. Le acaricié hasta dejársela de hierro. Después me coloqué encima, dejé que entrara por delante y miré por encima del hombro a Damián, imitando el tono burlón del padre.

—Damián, métesela a la zorra de tu cuñada por el culo.

—Mira tú —se rio mi suegro—, ahora es ella la que te lo pide.

—Para mí es un honor, cuñada —dijo Damián.

Se subió encima, me apoyó las manos en los omóplatos y entró con cuidado. Las dos pollas, dentro de mí, separadas apenas por la pared interna, me hicieron perder el sentido del tiempo. No sabía cuál sentía dónde. Solo notaba que eran dos. Dos hombres. Dos respiraciones. Dos manos en mi espalda.

—¿Ves, hijo, lo que podemos hacer juntos? —decía mi suegro, jadeando—. Olvídate de tus hermanos. Especialmente del cornudo. Quédate conmigo.

—Si esto sigue, te prometo lealtad eterna, padre.

—Así me gusta.

Se movían sincronizados, sin mirarse. Yo solo podía gemir. Pensé, entre oleadas, que toda mujer debería conocer alguna vez ese vértigo: dos hombres a la vez, dos ritmos, dos pieles distintas, dos egos compitiendo por dejarte vacía.

—Marina —dijo mi suegro de pronto—, otra vez me corro.

Sentí el calor inundándome por dentro. Parecía mentira que un hombre de su edad aguantara tanto. Damián siguió un rato más, atrás, hasta que también terminó dentro de mí con un gemido largo, casi infantil.

Nos lavamos por turnos. Nos vestimos en silencio. Yo recogí mi tanga húmedo del reposabrazos, lo metí en el bolso y me eché un poco de agua en la cara. En la puerta, mi suegro me dio un beso largo en la frente.

—Mañana otra vez, Marina.

No le contesté. Solo le sonreí. Damián, detrás, ya tenía la mirada de los que saben que volverán.

Conduje hasta casa pensando en mi marido, en sus dos hermanos, en aquel padre que parecía manejar los hilos de toda la familia desde el chalet. Me había convertido, sin proponérmelo, en una pieza más del juego. Y, lo que más me asustaba, no me importaba en absoluto.

Valora este relato

Comentarios (9)

Elchato77

buenisimo!!! uno de los mejores que lei en esta categoria en mucho tiempo

NachoPzMdq

Por favor seguí con esto, quede con muchas ganas de saber como sigue. ¿hay segunda parte?

Santi_Rosario

Me encanto como lo fuiste armando desde el principio, se siente muy natural la situacion. Sigue subiendo relatos asi!

GabrielMx

Jajaja me mato el detalle del refresco en la intro, no me lo esperaba para nada. Muy buen arranque, engancho desde el primer parrafo

CuriosoBA

¿esto es real o pura ficcion? porque se siente muy autentico, muy bien narrado

Sole_Mdq

que morbo jaja, pero bien escrito, se nota que sabes contar historias

LoboGris88

Increible relato, de lo mejor que lei ultimamente en esta seccion. Se nota el cuidado en los detalles, en la forma de describir cada momento. Espero que sigas escribiendo porque tenés un talento real para esto

MarianaG_77

me recordó a una situacion parecida que viví hace años... guardo el recuerdo con mucho cariño jajaja. Excelente como siempre

rodrigo_parana

se hizo corto para lo bueno que es, queda con ganas de mas!!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.