Mi suegro y mi cuñado me esperaban esa tarde
Llegué al chalet con un vestido discreto, sin saber que mi cuñado me esperaba en bermudas y que mi suegro tenía algo más que un refresco preparado.
Llegué al chalet con un vestido discreto, sin saber que mi cuñado me esperaba en bermudas y que mi suegro tenía algo más que un refresco preparado.
Cuando volví del baño, mis dos hermanos la tenían acorralada en el centro del salón, y en su mirada no había sorpresa: había una sonrisa que llevaba meses esperando ese momento.
El móvil vibró con la orden de conectarme. En la pantalla apareció la piscina del chalet y mi cuñada esperando con un bikini que no dejaba nada a la imaginación.
Llegué un día antes que mi hermana al hotel de Cancún. Casi dos días sola con su marido: la playa nudista, el probador de lencería, los tequilas. Algo iba a pasar.
La cámara del salón se encendió justo cuando ella cruzó las piernas en el sofá. Yo solo tenía que mirar y esperar mi turno.
Cuando Valeria preguntó ¿cuándo empezamos? con esa sonrisa, entendí que la noche no tendría marcha atrás. Y ya no quería que la tuviera.
Todos dormían a metros cuando me apoyé contra la pared fría del patio. Esa noche, mi cuñado haría algo conmigo que ningún hombre había conseguido antes.
Se bajó de la camioneta y no miró atrás. Dos horas y media después volvió y me dijo: vengo llenita. Y olía al semen de mi hermano.
Me tocó dormir en el suelo de mi propio cuarto. Mi hermana y su marido estaban en la cama. Llevábamos meses esperando el momento. Esa noche fue el momento.
Dejé caer la sandalia sin que nadie lo viera. Mi pie buscó su pierna bajo la mesa y, cuando lo encontré, supe que ya no había vuelta atrás.
Nos dejaron solos en el hotel con la excusa de los zapatos. Cuando me arrodillé a calzarla, todo cambió. No debería haber pasado, pero ninguno de los dos lo detuvo.
Llevaba dos años mirando a mi cuñada como no debía. Esa noche en la disco, ella me preguntó si quería que me lo contara o que me lo mostrara.
La pantalla mostraba su salón: las dos cuñadas sentadas muy juntas, sin sospechar que yo las estaba mirando. Esa tarde empezó algo que ninguna podría olvidar.
Lorena me dijo esa tarde, con una calma que me dejó sin palabras, que su hermana necesitaba compañía y que no le importaría que fuera yo.
Le propuse que durmiera en mi habitación para que no estuviera sola con el miedo. No calculé lo que iba a pasar cuando se metió en mi cama.
Desde la pantalla del dormitorio de mi suegro, vi cada detalle. Mi marido y Claudia sobre mi propia cama. Y en vez de sentir rabia, metí la mano entre mis piernas.
Cuando me desperté de la siesta, la casa estaba en silencio. Hasta que oí los gemidos en el cuarto de invitados y supe que esa tarde no terminaría como debía.
Bajé del baño con la imagen de mi cuñada Renata recién duchada metida en la cabeza. Una hora después llamó a mi puerta envuelta en una bata.
Crucé la puerta del chalet esperando una charla familiar y, al fondo del salón, mi cuñado me esperaba sin camiseta con una sonrisa que nunca le había visto.
Cuando se abrió la pantalla, mi cuñada recibía a sus dos parientes en el salón con una sonrisa que jamás le había visto en los almuerzos del domingo.