La hermana de Noelia y el juego de los ojos vendados
Bruno trajo cruasanes y la noticia de que la oveja negra de la familia pasaría el fin de semana con nosotros. No imaginé hasta dónde llegaría esa tarde.
Bruno trajo cruasanes y la noticia de que la oveja negra de la familia pasaría el fin de semana con nosotros. No imaginé hasta dónde llegaría esa tarde.
Carolina nunca le había contado a nadie lo que deseaba en secreto. Esa noche, con la casa para ellas dos, decidió que su cuñada sería la primera en escucharlo… y en algo más.
Lucía siempre se preguntó qué sentiría con un hombre como el marido de su hermana. Esa noche lo descubrió, mientras Tomás esperaba de rodillas con una jaula entre las piernas.
Llevaba un mes diciéndome que su marido fantaseaba con verla con otro. Esa noche dejé de escucharla hablar y la llevé donde todo podía pasar de verdad.
Durante años lo mencionábamos entre risas y copas, sin atrevernos. Esa noche alguien escribió nuestros nombres en papelitos y todos dejamos de hablar.
Mi mujer salió a trabajar y yo me quedé solo con mis informes. Entonces escuché la llave en la cerradura y entró ella, sin avisar, con esa minifalda roja.
La víspera de mi boda me preparé a solas en la suite del hotel. Lo que no sabía mi futuro marido es para quién me estaba preparando en realidad.
Cuando Diego salió de la ducha con la toalla apenas atada, Lucía supo que esa semana iba a ser muy difícil de soportar en silencio.
Esa tarde de calor, Lucía se sentó junto a él en el sillón y le confesó algo que ningún cuñado debería escuchar. Damián supo que estaba perdido antes de responder.
Le dije que no iba a tocarlo, que solo mirara. Pero cada carpeta que abría en la pantalla me empujaba un poco más cerca de cruzar la línea que llevábamos meses bordeando.
Le dije que se trajera los modelitos más exagerados que tuviera. Quería pasearla por la ciudad y, al volver al hotel, perderme entre sus pies durante horas.
Cada vez que su hermana se daba la vuelta, ella se quitaba las sandalias y dejaba sus pies a la vista, sabiendo lo que me hacía y disfrutando cada segundo de mi tortura.
Nunca había tocado una panza así sin el guante y la bata de por medio. Esta vez era la de Marisol, su cuñada, y no pudo fingir que solo buscaba las patadas de los gemelos.
Faltaban días para el parto y yo solo pensaba en una cosa. Cuando la contracción me dobló de dolor, le pedí a Rocío que metiera la mano bajo la sábana.
Cojeaba, sudaba y no se atrevía a mirarme. Cuando le ordené que se quitara la toalla delante de su hermano, supe que haría todo lo que yo dijera.
Esperé a que las puertas se cerraran. Diego ya besaba a su novia sin disimulo, y la hermana de ella me miraba de reojo, mordiéndose el labio, sin saber qué hacer con las manos.
Mi hermano me contaba todo: sus amantes, sus fetiches, lo que hacía con Romina. Lo que nunca imaginó es que una madrugada yo terminaría en mi cama con ella, sin él.
Cerré la puerta con pestillo y me convertí en otra persona frente al espejo. No conté con que él tuviera una copia de la llave.
Cuando entré en la cocina ella ya tenía la lasaña en el horno y dos copas servidas. La pegué contra el mármol antes de que pudiera dejar la fuente.
Llegué destrozada por la muerte de mis padres. Verónica me prometió que en Brasil aprendería a olvidar, pero nunca imaginé cómo pensaba consolarme mi propia hermana.