La infidelidad que cometimos cuando mi marido viajó
Sofía encontró el mensaje un martes por la tarde. El celular de Camila había quedado cargando en la cocina, y cuando la pantalla se encendió con una vibración, el nombre que apareció le cortó la respiración: Diego. El instructor de fotografía del centro cultural. El mismo que a ella le decía «eres distinta a todas» cada jueves, en su estudio, mientras le desabrochaba la blusa con las persianas a medio cerrar.
El mensaje decía: «Lo de anoche estuvo increíble. Me encanta cuando te quedas después de clase.»
Cuando Camila bajó de bañarse, Sofía no se anduvo con rodeos.
—¿Tú también? —preguntó, con el teléfono en la mano—. ¿Con Diego?
El silencio duró diez segundos que se sintieron como diez minutos.
—¿Él te dijo que eras especial? —preguntó Camila, con la voz quebrada.
—Sí.
—A mí también.
Lo cortaron al día siguiente. Cada una por su lado, sin escándalo, sin explicaciones. Diego insistió un par de veces y después desapareció. Pero algo quedó entre ellas: la imagen de haber compartido al mismo hombre sin saberlo, el coraje, y también, aunque ninguna lo dijo en voz alta, la curiosidad de saber qué había visto él en la otra.
***
Andrés no notó nada. Nunca notaba nada. Tenía cuarenta y siete años, la cabeza puesta en su trabajo de contador y los fines de semana dedicados al fútbol o a dormirse en el sillón antes de las once. No era mal marido, pero hacía tiempo que había dejado de mirar a Sofía como algo más que la mujer que compartía su cama.
Un sábado que Andrés salió temprano a su partido, Camila propuso ir a tomar algo a la plaza. Sofía dudó. No era de esas madres que salen con sus hijas. Pero ese día dijo que sí.
Se arreglaron con más intención de la habitual. Sofía se puso unos jeans oscuros que le marcaban las caderas y una camisa de lino que insinuaba la forma de sus pechos. A los cuarenta, su cuerpo seguía girando cabezas: cintura estrecha, piernas largas, una espalda que los años de pilates mantenían recta.
Camila eligió unos shorts cortos y una camiseta anudada en la cintura que dejaba ver una franja de vientre plano. A sus veintidós, con el pelo castaño claro cayéndole en ondas sobre los hombros y esos ojos claros heredados de su abuela, no necesitaba esforzarse mucho.
En la plaza, los hombres las miraron. No de pasada. Las miraron de verdad. Un corredor casi tropezó por girar la cabeza hacia Camila. El mesero de un café les llevó unas galletas que no habían pedido.
—¿Viste? —susurró Camila.
—Vi —respondió Sofía, y sin querer, enderezó la espalda.
Volvieron a casa antes de que llegara Andrés. No habían hecho nada, solo habían dejado que las miraran. Pero esa noche, cada una en su habitación, pensaron en lo mismo: en las miradas, en cómo por un rato no habían sido madre e hija sino dos mujeres.
Se volvió un hábito. Cada vez que Andrés tenía planes, ellas salían. Empezaron a comprar ropa que escondían al fondo del armario, en bolsas que nadie revisaba. Ropa que era solo para ellas y para los ojos de los desconocidos. El juego era simple: cuánto podían provocar sin entregar nada.
Hasta que dejó de ser suficiente.
***
Un viernes, Andrés anunció que se iba todo el fin de semana a un congreso.
—Se quedan solas —dijo, cerrando la maleta—. Cuídense.
—Siempre nos cuidamos —respondió Sofía, con una sonrisa que él no supo leer.
Cuando el taxi se lo llevó, madre e hija se miraron. No hizo falta decir nada.
Sofía subió a su habitación y sacó la bolsa del fondo del armario. Se puso una camiseta negra ajustada que le marcaba los pechos como si estuvieran moldeados en la tela, y una falda lápiz gris con abertura lateral que subía hasta medio muslo. Tacones bajos, aretes de plata, el pelo recogido en una cola baja.
Se miró al espejo. No estoy nada mal.
Camila eligió una camiseta mostaza que se adaptaba a su torso como una segunda piel y una falda plisada corta que terminaba diez centímetros arriba de la rodilla. Pelo suelto, labios apenas brillados. Cuando bajó las escaleras, su madre ya la esperaba en la puerta.
—¿Lista?
—Lista.
Caminaron seis cuadras hasta un bar con mesas en la acera. Sol de media tarde, cortados en taza de loza. Los chicos estaban en la mesa de al lado.
Eran tres. Veintipocos. Santiago era alto, de pelo oscuro y mandíbula marcada, con una camiseta gris que se le ajustaba en los hombros. Nicolás era delgado, rubio, con una barba de dos días y una mirada que recorría todo sin perderse nada. Tomás era el más bajo, pero su energía llenaba el espacio: manos que gesticulaban, carcajadas que se oían desde lejos.
—Disculpen —dijo Tomás, acercándose—. ¿Tienen fuego?
—No fumamos —dijo Camila.
—Qué lástima. ¿Y si nos sentamos un rato con ustedes? Está lleno.
Había varias mesas libres. La excusa era pésima. Sofía dijo:
—Siéntense.
Hablaron de todo y de nada. Tomás hacía reír a Camila con imitaciones de profesores. Santiago le preguntaba a Sofía por su trabajo, por sus gustos, por cómo era posible que tuviera una hija de veintidós.
Nicolás miraba. Eso era todo lo que hacía: mirar. Pero su mirada le recorría el cuerpo a Sofía como si la estuviera tocando con los dedos.
Los cafés se convirtieron en cervezas. En algún momento, la pierna de Santiago rozó la de Sofía bajo la mesa. Ninguno la retiró. La mano de Tomás se apoyó en el respaldo de la silla de Camila, a milímetros de su hombro. Ella no se corrió.
Nicolás dijo algo gracioso y cuando Sofía se inclinó hacia adelante, el escote de su camiseta se abrió lo justo para que él viera el inicio de sus pechos. No se enderezó.
Cuando el mesero avisó que cerraban, eran casi las diez.
—Estamos solas —dijo Sofía, y la frase le salió antes de que pudiera pensarla—. Mi marido viajó.
Los tres intercambiaron una mirada. Santiago sonrió.
—Vamos.
***
El departamento olía a jazmín. Sofía encendió una vela. Camila puso música baja. Alguien sirvió cinco copas de vino tinto. Se sentaron en el sillón grande: los tres en el medio, madre e hija en los extremos.
Al principio todo fue correcto. Las piernas se rozaban, los brazos se apoyaban donde no hacía falta, pero nadie cruzaba la línea. Sofía sentía el calor de Santiago contra su costado. Camila sentía la mano de Tomás en el respaldo del sillón, a centímetros de su nuca.
—Saquemos una foto —propuso Santiago.
Se apretaron para la foto. Los brazos de los chicos bajaron de los hombros a las caderas. Nadie se separó después del flash. La mano de Santiago quedó en la cintura de Sofía, los dedos rozando la tela justo debajo de sus pechos. La de Tomás, en el muslo de Camila, donde la falda ya no cubría.
—¿Seguimos? —preguntó Nicolás, con su voz grave.
No dijo «seguimos con las fotos».
Sofía respiró hondo. Una de las dos asintió. Tal vez las dos al mismo tiempo. Santiago apagó la vela.
La luz anaranjada de la calle entraba por la ventana, difusa, borrando los bordes de todo. Santiago acercó su cara a la de Sofía. Le dejó el aliento en los labios un segundo, dos, tres.
—¿Segura? —susurró.
Sofía asintió y la boca de él ya estaba sobre la suya. Le mordió el labio inferior, le metió la lengua despacio. Sofía le agarró la nuca y lo apretó contra ella.
Del otro lado del sillón, Tomás había tomado a Camila de la nuca y la besaba con hambre. Ella se rió contra su boca, un sonido corto que se perdió en la penumbra.
Nicolás no se movía. Miraba desde el otro lado, esperando.
Santiago deslizó las manos por debajo de la camiseta de Sofía. Subió por sus costillas hasta el borde del corpiño.
—¿Te la saco? —preguntó.
—Sí.
Le sacó la camiseta con un movimiento lento. Después le desabrochó el corpiño con una sola mano. Sofía no se cubrió. Ofreció sus pechos a la penumbra, a los ojos de Santiago y a los de Nicolás, que no la soltaban desde la sombra.
Santiago se inclinó y los besó, uno y después el otro. Sofía echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un gemido grave que resonó en la sala.
Camila lo oyó. Giró la cabeza y vio a su madre sin ropa de la cintura para arriba, con los ojos cerrados y la boca entreabierta.
—¿Qué miras? —preguntó Tomás.
—A mi mamá —dijo Camila—. Le queda bien dejarse ir.
Nicolás se levantó. Se arrodilló frente a Sofía, entre sus piernas. Sin decir nada, le bajó la falda. Después la tanga.
Sofía quedó completamente desnuda en el sillón de su propia casa. No sintió vergüenza. Sintió poder.
Nicolás la besó en la boca, lento, profundo. Le separó las piernas, bajó besándole el cuello, el pecho, el vientre, y cuando su lengua la alcanzó entre los muslos, Sofía se arqueó contra el sillón apretando los puños en los cojines.
Santiago se quitó la camiseta y se sentó detrás de ella, sosteniéndola contra su pecho. Sofía sintió su erección presionando contra su espalda.
Tomás había desnudado a Camila. La camiseta mostaza y la falda plisada estaban en el piso. Él se detuvo a mirarla.
—Perfecta —dijo.
—No tanto —respondió Camila, y se quitó lo que faltaba con sus propias manos.
Tomás la recostó en el sillón y le separó las piernas. Cuando entró, Camila cerró los ojos y apretó los labios. El gemido escapó de todas formas.
Nicolás se incorporó y se puso entre las piernas de Sofía. Ella sintió la punta presionando, húmeda, caliente.
—Mírame —dijo él.
Sofía lo miró. Y él entró. Un solo movimiento, lento pero firme, centímetro a centímetro. Sofía jadeó y apretó los brazos de Santiago, que la sujetaba desde atrás.
Nicolás empezó a moverse despacio, marcando un ritmo constante. Santiago le besaba el cuello, le mordía los hombros, le acariciaba los pechos con las manos. Sofía estaba atrapada entre los dos. Y no quería escapar.
Después cambiaron. La pusieron en cuatro sobre la alfombra. Santiago se colocó detrás de ella. Cuando entró, más grueso, más urgente, Sofía gritó. Un grito ronco que hizo que Camila girara la cabeza desde el otro extremo de la sala.
—¿Ves, mamá? —dijo Camila, con la voz entrecortada mientras Tomás la embestía desde atrás—. ¿Ves lo que te perdías?
Sofía abrió los ojos, miró a su hija y le devolvió la sonrisa. Un segundo. Nada más. Pero ese segundo lo vieron los tres chicos.
Nicolás se colocó al frente. Sofía abrió la boca y lo tomó. Los ritmos se sincronizaron: cuando Santiago empujaba, ella tragaba; cuando se retiraba, ella respiraba. Nicolás le sujetaba la cabeza con las manos, sin fuerza, solo guiándola.
—Así —dijo Nicolás—. Así.
Santiago se corrió primero. Se retiró justo a tiempo y se derramó en la espalda de Sofía. Ella apenas lo registró porque Nicolás ya se había colocado detrás y la penetraba sin piedad.
El orgasmo le subió desde los pies, le recorrió las piernas, le apretó el estómago y le explotó en el pecho. Gritó sin nombre, sin palabras, solo porque no podía hacer otra cosa. Nicolás se corrió dentro de ella un instante después.
En el sillón, Camila cabalgaba encima de Tomás con la cara al techo, moviéndose arriba y abajo, buscando su propio ritmo. Cuando él le apretó las caderas y empujó desde abajo, ella gritó. Tomás se corrió dentro.
Pero no habían terminado.
Tomás se recostó en el sillón, recuperando el aliento. Santiago miró a Nicolás. Los dos miraron a las mujeres.
—Ahora las dos —dijo Santiago—. Al mismo tiempo.
Las pusieron lado a lado, en cuatro, sobre la alfombra. Santiago detrás de Sofía, Nicolás detrás de Camila. Entraron al mismo tiempo. Los gemidos se mezclaron, imposibles de distinguir.
—Cambiamos —dijo Santiago.
Se intercambiaron. Santiago detrás de Camila, Nicolás detrás de Sofía. El ritmo se mantuvo. Madre e hija, cuatro rodillas en la alfombra, moviéndose al compás de los mismos hombres que las habían mirado por primera vez esa tarde en un bar.
—Más fuerte —pidió Sofía.
Se lo dieron más fuerte.
—No pares —dijo Camila.
No pararon.
Los cuatro terminaron casi al mismo tiempo. Un desplome colectivo sobre la alfombra, cinco cuerpos respirando hondo, tratando de recordar cómo se volvía a la normalidad.
***
A las cuatro de la mañana, los chicos se vistieron en silencio. Santiago le dio un beso en la frente a Sofía.
—Increíble —dijo.
—Sí —respondió ella, sin abrir los ojos.
La puerta se cerró. Madre e hija quedaron solas en la oscuridad. Camila se acurrucó junto a Sofía en la alfombra.
—¿Estás bien, mamá?
—Estoy muy bien.
—¿Te gustó?
Sofía podía mentir. Podía decir «no sé». Podía cambiar de tema. Pero ya no tenía ganas de mentir.
—Sí. Me gustó.
—A mí también.
Durmieron hasta las nueve. Limpiaron antes del mediodía: copas a la cocina, cojines en su lugar, la vela derretida a la basura. Cuando Andrés abrió la puerta, el departamento olía a cloro y a café.
—¿Qué hicieron este fin? —preguntó, dejando la maleta en el piso.
—Nada —dijo Sofía—. Estuvimos tranquilas.
—¿Películas?
—Algo así —dijo Camila, con una sonrisa tan natural que ni su madre notó el esfuerzo.
Andrés besó a Sofía en la mejilla, saludó a Camila con un gesto y se sentó a comer. No preguntó más. Nunca preguntaba más.
Esa noche, cuando él le puso la mano en la cadera con la rutina de siempre, Sofía se dejó tocar. Cerró los ojos. Pero no pensó en él.
Pensó en Nicolás, en la forma en que la había sujetado por el pelo sin dejarla escapar. Pensó en Santiago, en el peso de su cuerpo detrás de ella. Pensó en la sonrisa de su hija desde el otro extremo de la alfombra.
Andrés se durmió a los cinco minutos. Sofía se quedó despierta, mirando el techo. Y sonrió en la oscuridad.