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Relatos Ardientes

La infidelidad que cometimos cuando mi marido viajó

2.7(14)

Sofía encontró el mensaje un martes por la tarde. El celular de Camila había quedado cargando en la cocina, y cuando la pantalla se encendió con una vibración, el nombre que apareció le cortó la respiración: Diego. El instructor de fotografía del centro cultural. El mismo que a ella le decía «eres distinta a todas» cada jueves, en su estudio, mientras le desabrochaba la blusa con las persianas a medio cerrar y le metía la lengua entre las tetas antes de bajarla al suelo y follarla contra el trípode.

El mensaje decía: «Lo de anoche estuvo increíble. Me encanta cuando te quedas después de clase y me la chupas con esa boca de puta que tenés.»

Cuando Camila bajó de bañarse, Sofía no se anduvo con rodeos.

—¿Tú también? —preguntó, con el teléfono en la mano—. ¿Con Diego?

El silencio duró diez segundos que se sintieron como diez minutos.

—¿Él te dijo que eras especial? —preguntó Camila, con la voz quebrada.

—Sí. Mientras me llenaba el coño con su verga sobre la mesa del cuarto oscuro.

—A mí también. Me lo dijo con la polla en mi boca, mamá.

Lo cortaron al día siguiente. Cada una por su lado, sin escándalo, sin explicaciones. Diego insistió un par de veces y después desapareció. Pero algo quedó entre ellas: la imagen de haber compartido al mismo hombre sin saberlo, de haber tenido la misma verga adentro, el coraje, y también, aunque ninguna lo dijo en voz alta, la curiosidad de saber cómo cogía la otra, qué ruidos hacía, qué le había hecho él con la lengua y con las manos.

***

Andrés no notó nada. Nunca notaba nada. Tenía cuarenta y siete años, la cabeza puesta en su trabajo de contador y los fines de semana dedicados al fútbol o a dormirse en el sillón antes de las once. No era mal marido, pero hacía tiempo que había dejado de mirar a Sofía como algo más que la mujer que compartía su cama. Cuando le metía la polla, era rápido, siempre en la misma posición, y se corría en menos de cinco minutos. Ella hacía años que fingía.

Un sábado que Andrés salió temprano a su partido, Camila propuso ir a tomar algo a la plaza. Sofía dudó. No era de esas madres que salen con sus hijas. Pero ese día dijo que sí.

Se arreglaron con más intención de la habitual. Sofía se puso unos jeans oscuros que le marcaban las caderas y una camisa de lino que insinuaba la forma de sus pechos. A los cuarenta, su cuerpo seguía girando cabezas: cintura estrecha, piernas largas, una espalda que los años de pilates mantenían recta, tetas firmes que todavía no necesitaban corpiño con relleno.

Camila eligió unos shorts cortos y una camiseta anudada en la cintura que dejaba ver una franja de vientre plano. A sus veintidós, con el pelo castaño claro cayéndole en ondas sobre los hombros y esos ojos claros heredados de su abuela, no necesitaba esforzarse mucho. El culo redondo se le marcaba en los shorts a cada paso.

En la plaza, los hombres las miraron. No de pasada. Las miraron de verdad. Un corredor casi tropezó por girar la cabeza hacia Camila. El mesero de un café les llevó unas galletas que no habían pedido.

—¿Viste? —susurró Camila.

—Vi —respondió Sofía, y sin querer, enderezó la espalda para sacar el pecho.

Volvieron a casa antes de que llegara Andrés. No habían hecho nada, solo habían dejado que las miraran. Pero esa noche, cada una en su habitación, pensaron en lo mismo: en las miradas, en cómo por un rato no habían sido madre e hija sino dos mujeres. Sofía se metió los dedos en el coño hasta correrse mordiendo la almohada. Camila, dos cuartos más allá, hizo lo mismo con el vibrador escondido en el cajón de las medias.

Se volvió un hábito. Cada vez que Andrés tenía planes, ellas salían. Empezaron a comprar ropa que escondían al fondo del armario, en bolsas que nadie revisaba. Ropa que era solo para ellas y para los ojos de los desconocidos. El juego era simple: cuánto podían provocar sin entregar nada.

Hasta que dejó de ser suficiente.

***

Un viernes, Andrés anunció que se iba todo el fin de semana a un congreso.

—Se quedan solas —dijo, cerrando la maleta—. Cuídense.

—Siempre nos cuidamos —respondió Sofía, con una sonrisa que él no supo leer.

Cuando el taxi se lo llevó, madre e hija se miraron. No hizo falta decir nada.

Sofía subió a su habitación y sacó la bolsa del fondo del armario. Se puso una camiseta negra ajustada que le marcaba los pechos como si estuvieran moldeados en la tela, sin corpiño, con los pezones asomando bajo el algodón, y una falda lápiz gris con abertura lateral que subía hasta medio muslo. Debajo, una tanga negra tan estrecha que se le metía entre las nalgas. Tacones bajos, aretes de plata, el pelo recogido en una cola baja.

Se miró al espejo. No estoy nada mal. Esta noche me la comen.

Camila eligió una camiseta mostaza que se adaptaba a su torso como una segunda piel y una falda plisada corta que terminaba diez centímetros arriba de la rodilla. Pelo suelto, labios apenas brillados. Debajo de la falda no llevaba nada. Cuando bajó las escaleras, su madre ya la esperaba en la puerta.

—¿Lista?

—Lista.

Caminaron seis cuadras hasta un bar con mesas en la acera. Sol de media tarde, cortados en taza de loza. Los chicos estaban en la mesa de al lado.

Eran tres. Veintipocos. Santiago era alto, de pelo oscuro y mandíbula marcada, con una camiseta gris que se le ajustaba en los hombros y en los brazos gruesos. Nicolás era delgado, rubio, con una barba de dos días y una mirada que recorría todo sin perderse nada. Tomás era el más bajo, pero su energía llenaba el espacio: manos que gesticulaban, carcajadas que se oían desde lejos.

—Disculpen —dijo Tomás, acercándose—. ¿Tienen fuego?

—No fumamos —dijo Camila.

—Qué lástima. ¿Y si nos sentamos un rato con ustedes? Está lleno.

Había varias mesas libres. La excusa era pésima. Sofía dijo:

—Siéntense.

Hablaron de todo y de nada. Tomás hacía reír a Camila con imitaciones de profesores. Santiago le preguntaba a Sofía por su trabajo, por sus gustos, por cómo era posible que tuviera una hija de veintidós.

Nicolás miraba. Eso era todo lo que hacía: mirar. Pero su mirada le recorría el cuerpo a Sofía como si la estuviera tocando con los dedos, deteniéndose en los pezones marcados bajo la tela, en la abertura de la falda, en la humedad que a ella ya se le empezaba a formar entre las piernas.

Los cafés se convirtieron en cervezas. En algún momento, la pierna de Santiago rozó la de Sofía bajo la mesa. Ninguno la retiró. La mano de Tomás se apoyó en el respaldo de la silla de Camila, a milímetros de su hombro. Ella no se corrió. Bajo la mesa, Tomás le puso la mano en la rodilla desnuda y la fue subiendo por el interior del muslo. Camila abrió las piernas un centímetro, después dos, y cuando los dedos de él le rozaron el coño mojado sin ropa interior, ella mordió el borde del vaso para no gemir.

Nicolás dijo algo gracioso y cuando Sofía se inclinó hacia adelante, el escote de su camiseta se abrió lo justo para que él viera el inicio de sus pechos y los pezones duros. No se enderezó.

Cuando el mesero avisó que cerraban, eran casi las diez.

—Estamos solas —dijo Sofía, y la frase le salió antes de que pudiera pensarla—. Mi marido viajó.

Los tres intercambiaron una mirada. Santiago sonrió.

—Vamos.

***

El departamento olía a jazmín. Sofía encendió una vela. Camila puso música baja. Alguien sirvió cinco copas de vino tinto. Se sentaron en el sillón grande: los tres en el medio, madre e hija en los extremos.

Al principio todo fue correcto. Las piernas se rozaban, los brazos se apoyaban donde no hacía falta, pero nadie cruzaba la línea. Sofía sentía el calor de Santiago contra su costado y, cuando bajó la vista, notó el bulto que le tensaba los jeans. Camila sentía la mano de Tomás en el respaldo del sillón, a centímetros de su nuca.

—Saquemos una foto —propuso Santiago.

Se apretaron para la foto. Los brazos de los chicos bajaron de los hombros a las caderas. Nadie se separó después del flash. La mano de Santiago quedó en la cintura de Sofía, los dedos rozando la tela justo debajo de sus pechos y después subiendo, descaradamente, para amasarle una teta por encima de la camiseta. La de Tomás, en el muslo de Camila, donde la falda ya no cubría, y de ahí a la ingle, y de ahí, sin transición, a los labios mojados de su coño desnudo. Camila entreabrió los labios y clavó las uñas en el sillón.

—¿Seguimos? —preguntó Nicolás, con su voz grave.

No dijo «seguimos con las fotos».

Sofía respiró hondo. Una de las dos asintió. Tal vez las dos al mismo tiempo. Santiago apagó la vela.

La luz anaranjada de la calle entraba por la ventana, difusa, borrando los bordes de todo. Santiago acercó su cara a la de Sofía. Le dejó el aliento en los labios un segundo, dos, tres.

—¿Segura? —susurró.

Sofía asintió y la boca de él ya estaba sobre la suya. Le mordió el labio inferior, le metió la lengua despacio, hasta el fondo, y ella se la chupó con la suya. Sofía le agarró la nuca y lo apretó contra ella, y con la otra mano, sin pensarlo, le buscó el bulto entre las piernas y se lo apretó por encima del pantalón. Estaba duro, largo, palpitando.

—Puta madre —murmuró él contra su boca.

Del otro lado del sillón, Tomás había tomado a Camila de la nuca y la besaba con hambre mientras seguía metiéndole dos dedos en el coño. Ella se rió contra su boca, un sonido corto que se transformó en un gemido cuando él encontró el punto exacto y empezó a masajearlo en círculos.

—Estás empapada —le susurró Tomás al oído.

—Sácame la falda —respondió ella.

Nicolás no se movía. Miraba desde el otro lado, con la palma abierta sobre su propia entrepierna, esperando. Sofía lo vio de reojo y le gustó saber que la estaba viendo.

Santiago deslizó las manos por debajo de la camiseta de Sofía. Subió por sus costillas hasta las tetas desnudas. Ella no llevaba corpiño y él soltó un jadeo cuando le encontró los pezones duros entre los dedos.

—No traés nada, mamita.

—Ni yo ni ella —dijo Sofía—. Sacala.

Le sacó la camiseta con un movimiento lento. Sofía no se cubrió. Ofreció sus pechos a la penumbra, a los ojos de Santiago y a los de Nicolás, que no la soltaban desde la sombra. Los pezones se le pusieron aún más duros bajo esas dos miradas.

Santiago se inclinó y se los devoró. Le chupó uno hasta hacerla gemir, después el otro, mordiéndolo apenas, tirando con los dientes. Sofía echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un gemido grave que resonó en la sala. Con las dos manos le desabrochó a Santiago el cinturón, le bajó el jean y le sacó la polla. Grande, gruesa, con la punta ya húmeda. Sofía se agachó y se la metió entera en la boca de una sola vez, hasta hacerse arcadas.

Camila lo oyó. Giró la cabeza y vio a su madre desnuda de la cintura para arriba, arrodillada frente a Santiago, chupándole la verga con los ojos cerrados y la baba corriéndole por el mentón.

—¿Qué miras? —preguntó Tomás.

—A mi mamá chupando una polla —dijo Camila—. Le queda bien dejarse ir. Nunca la vi así.

Nicolás se levantó. Se arrodilló detrás de Sofía, entre sus piernas abiertas. Sin decir nada, le subió la falda hasta la cintura y le arrancó la tanga de un tirón. La tela cedió con un chasquido seco.

Sofía quedó completamente desnuda, en cuatro sobre la alfombra de su propia casa, con la polla de Santiago hasta el fondo de la garganta y el coño mojado apuntando al techo. No sintió vergüenza. Sintió poder.

Nicolás le pasó la lengua por todo el coño, de abajo hacia arriba, lento, sin apuro. Le abrió los labios con los dedos y se la clavó dentro, dando vueltas alrededor del clítoris. Sofía gimió con la boca llena, y Santiago le agarró la cabeza y empezó a moverla él, a follarle la boca a su ritmo.

—Así, mamita, tragátela toda —le decía—. Me encanta cómo la chupás.

Nicolás le metió dos dedos en el coño mientras seguía comiéndosela. Sofía se arqueó contra la alfombra, apretando los puños. Cuando le sumó un tercer dedo, ella se corrió por primera vez esa noche, temblando entera, con la verga de Santiago todavía golpeándole contra el paladar.

Tomás había desnudado a Camila. La camiseta mostaza y la falda plisada estaban en el piso. Él se detuvo a mirarla: las tetas chicas y firmes, el vientre plano, el coño depilado brillando de humedad.

—Perfecta —dijo.

—No tanto —respondió Camila, y se arrodilló para bajarle los pantalones con las dos manos.

La polla de Tomás saltó frente a su cara. Ella la agarró por la base y se la lamió desde los huevos hasta la punta, mirándolo a los ojos. Después abrió la boca y se la fue metiendo despacio, centímetro a centímetro, hasta que las lágrimas se le empezaron a caer por las mejillas.

—Puta —jadeó Tomás—. Cómo chupás, puta.

Ella se separó, con un hilo de saliva entre los labios y la polla.

—Cogeme ya.

Tomás la recostó en el sillón y le separó las piernas. Cuando entró, Camila cerró los ojos y apretó los labios. El gemido escapó de todas formas. Él le agarró las piernas por detrás de las rodillas y se las abrió al máximo, hundiéndosela entera de un solo empujón. Empezó a follarla con fuerza, con la piel golpeando contra la piel, un sonido húmedo y obsceno que llenaba la sala.

—Mírame, mirame mientras te la meto —le decía—. Mirá cómo te desaparece adentro.

Camila bajó la vista y vio la verga entrando y saliendo, brillando con sus jugos.

—Más rápido —pidió—. Más fuerte, la concha de tu madre.

Nicolás se incorporó, se sacó los pantalones y la ropa interior. Su polla era menos gruesa que la de Santiago pero más larga, y se curvaba hacia arriba. Se puso entre las piernas de Sofía, que seguía en cuatro. Ella sintió la punta presionando en la entrada de su coño empapado, húmeda, caliente.

—Mírame —dijo él.

Sofía giró la cabeza y lo miró. Y él entró. Un solo movimiento, lento pero firme, centímetro a centímetro, hasta que sus huevos chocaron contra el clítoris de ella. Sofía jadeó y bajó la cabeza contra la alfombra.

—Qué apretada estás, mami —murmuró Nicolás—. Y qué caliente.

Empezó a moverse despacio, marcando un ritmo constante, saliendo casi entera antes de volver a hundírsela hasta el fondo. Santiago se puso de rodillas frente a ella, le levantó la cabeza del pelo y le volvió a meter la polla en la boca. Sofía estaba atrapada entre los dos, ensartada por delante y por detrás. Y no quería escapar.

Nicolás fue aumentando el ritmo. Le agarró las caderas con las dos manos y empezó a embestirla más fuerte, más rápido. El chasquido de la piel contra la piel se mezclaba con los gemidos ahogados de Sofía y las órdenes roncas de Santiago.

—Trágatela, así, hasta el fondo. Esa lengua, movela.

Después cambiaron. La pusieron boca arriba sobre la alfombra. Santiago se acostó y la subió encima de él, penetrándola por delante mientras ella se dejaba caer sobre su verga. Sofía empezó a moverse arriba y abajo, cabalgándolo, con las tetas rebotando frente a la cara de él. Santiago se las agarró con las dos manos y se las apretó, y ella se mordió el labio.

Nicolás se colocó detrás. Sofía sintió la punta de su polla presionando en otro lugar, un lugar donde nadie le había entrado nunca.

—Ahí no —jadeó—. Ahí nunca…

—Relajate —dijo Nicolás—. Te lo voy a meter despacio.

Le pasó saliva con los dedos, insistió con la punta, y entró. Sofía gritó. Un grito ronco, largo, mezcla de dolor y de placer, que hizo que Camila girara la cabeza desde el otro extremo de la sala.

—¿Ves, mamá? —dijo Camila, con la voz entrecortada mientras Tomás la embestía ahora desde atrás, en cuatro sobre el sillón—. ¿Ves lo que te perdías? ¿Ves cómo es que te cojan dos al mismo tiempo?

Sofía abrió los ojos, miró a su hija y le devolvió la sonrisa. Un segundo. Nada más. Pero ese segundo lo vieron los tres chicos.

Los dos empezaron a moverse dentro de ella, uno por el coño, otro por el culo, alternándose para que siempre hubiera una polla saliendo y otra entrando. Sofía no podía ni gritar. Solo jadeaba, con la boca abierta contra el hombro de Santiago, sintiéndose partida en dos, llena por todos lados.

Tomás sacó la verga del culo de Camila —porque también había pasado ahí, sin que su madre lo viera— y se la ofreció a la boca. Ella abrió sin dudar.

—Chupátela, límpiala —le dijo él.

Camila cerró los ojos y se la tragó entera, saboreándose a sí misma.

Santiago se corrió primero. Empujó tres veces más, hondo, y se derramó dentro de Sofía con un gruñido largo. Ella lo sintió palpitar contra las paredes de su coño y estuvo a punto de correrse solo con eso. Nicolás la seguía cogiendo por atrás sin bajar el ritmo.

—Aguantá, mamita, un poco más —le decía—. Que te voy a llenar el culo entero.

Le levantó las caderas y la puso otra vez en cuatro. Se la clavó hasta el fondo, agarrándola del pelo, tirándole la cabeza hacia atrás. Le mordió la nuca, los hombros. Con la otra mano le buscó el clítoris y se lo apretó entre los dedos, frotando en círculos.

El orgasmo le subió a Sofía desde los pies, le recorrió las piernas, le apretó el estómago y le explotó en el pecho. Gritó sin nombre, sin palabras, solo porque no podía hacer otra cosa. Se corrió empapando la alfombra, con espasmos que le sacudían todo el cuerpo. Nicolás se corrió dentro de ella un instante después, hundiéndose hasta el fondo y quedándose ahí, temblando.

En el sillón, Camila cabalgaba encima de Tomás con la cara al techo, moviéndose arriba y abajo, buscando su propio ritmo. Se apretaba las tetas ella misma con las dos manos, pellizcándose los pezones. Cuando él le apretó las caderas y empujó desde abajo, hundiéndosela hasta el hueso, ella gritó. Tomás se corrió dentro con tres embestidas violentas.

Pero no habían terminado.

Tomás se recostó en el sillón, con la polla brillante todavía dura, recuperando el aliento. Santiago miró a Nicolás. Los dos miraron a las mujeres, tiradas cada una a un extremo de la sala, con las piernas abiertas y el semen escurriéndoles.

—Ahora las dos —dijo Santiago—. Al mismo tiempo. Que se vean.

Las pusieron lado a lado, en cuatro, sobre la alfombra. Codo con codo. Santiago detrás de Sofía, Nicolás detrás de Camila. Entraron al mismo tiempo. Los gemidos se mezclaron, imposibles de distinguir. Madre e hija se miraron a los ojos, con las caras a centímetros de distancia, mientras dos vergas les entraban en el coño al mismo compás.

—Besate con tu hija —ordenó Santiago.

Sofía dudó medio segundo. Después Camila se estiró y la besó ella. En la boca. Con lengua. Sus lenguas se encontraron entre gemidos, mientras los golpes por atrás las hacían chocar frentes. Sofía sintió el sabor a semen todavía en la boca de su hija y se la chupó entera.

—Puta madre —jadeó Nicolás—. Miralas, cambiamos.

Se intercambiaron. Santiago detrás de Camila, Nicolás detrás de Sofía. El ritmo se mantuvo. Madre e hija, cuatro rodillas en la alfombra, moviéndose al compás de los mismos hombres que las habían mirado por primera vez esa tarde en un bar. Tomás se puso delante y les fue metiendo la polla por turnos, una y después la otra, entrando y saliendo de las dos bocas alternadas.

—Más fuerte —pidió Sofía—. Rómpanme el coño.

Se lo dieron más fuerte.

—No pares —dijo Camila—. Cogeme como una puta.

No pararon.

Los cuatro terminaron casi al mismo tiempo. Santiago se salió del coño de Camila y le vació el semen entero sobre el culo. Nicolás hizo lo mismo con Sofía, corriéndose en su espalda con un chorro largo y grueso. Tomás fue el último: sacó la polla de la boca de Sofía, se la metió una vez más a Camila en la cara y se corrió sobre los labios de las dos, un chorro para cada una.

Un desplome colectivo sobre la alfombra, cinco cuerpos respirando hondo, empapados en sudor y semen, tratando de recordar cómo se volvía a la normalidad.

***

A las cuatro de la mañana, los chicos se vistieron en silencio. Santiago le dio un beso en la frente a Sofía.

—Increíble —dijo.

—Sí —respondió ella, sin abrir los ojos.

La puerta se cerró. Madre e hija quedaron solas en la oscuridad. Camila se acurrucó desnuda junto a Sofía en la alfombra, con la mano apoyada en el vientre de su madre.

—¿Estás bien, mamá?

—Estoy muy bien.

—¿Te gustó?

Sofía podía mentir. Podía decir «no sé». Podía cambiar de tema. Pero ya no tenía ganas de mentir.

—Sí. Me gustó. Nunca me habían cogido así en la vida.

—A mí tampoco.

Durmieron hasta las nueve, abrazadas y desnudas sobre la alfombra manchada. Limpiaron antes del mediodía: copas a la cocina, cojines en su lugar, la vela derretida a la basura, la alfombra al lavadero. Cuando Andrés abrió la puerta, el departamento olía a cloro y a café.

—¿Qué hicieron este fin? —preguntó, dejando la maleta en el piso.

—Nada —dijo Sofía—. Estuvimos tranquilas.

—¿Películas?

—Algo así —dijo Camila, con una sonrisa tan natural que ni su madre notó el esfuerzo.

Andrés besó a Sofía en la mejilla, saludó a Camila con un gesto y se sentó a comer. No preguntó más. Nunca preguntaba más.

Esa noche, cuando él le puso la mano en la cadera con la rutina de siempre, Sofía se dejó tocar. Cerró los ojos y le abrió las piernas. Andrés se la metió con la torpeza de siempre, se movió cuatro veces, y se corrió. Sofía ni lo sintió.

Pensó en Nicolás, en la forma en que la había sujetado por el pelo mientras le rompía el culo. Pensó en Santiago, en el peso de su cuerpo detrás de ella y en el gusto de su semen en el fondo de la garganta. Pensó en la sonrisa de su hija desde el otro extremo de la alfombra, con la lengua afuera y una polla en cada mano. Pensó en el beso que se habían dado, con boca de puta las dos.

Andrés se durmió a los cinco minutos. Sofía se quedó despierta, mirando el techo, con una mano entre las piernas. Y sonrió en la oscuridad.

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2.7(14)

Comentarios(12)

Lola_deBaires

Que situacion tan morbosa... me encanto como desarrollaste todo. Seguí escribiendo!

Curiosa_99

Increible!!! no me lo esperaba para nada jaja

Rolando_BsAs

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de saber que paso despues

fercho_lee

Eso paso de verdad? jajaja tremendo

Luna_22

Me encanto la tension del comienzo, se siente muy real. De los mejores relatos que lei aca

Marcos_BA

wow... sin palabras

Lectora_K

Me recordo a una situacion parecida que me contaron... aunque no tan extrema jaja. Muy bien escrito, se nota que tenes talento

TucMán88

Que morboso jajaja, me gusto mucho. Esperando la continuacion!

Lautaro_V

excelente relato!!! mas asi por favor :)

RositaFan

La dinamica entre las dos personajes esta muy bien lograda. Sigue asi que escribis muy bien

Patri_lec

Hize bien en leerlo antes de dormir jaja, buenisimo

Sevillana

Me quedo corto, quiero mas!!! ojala haya continuacion pronto

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