Mi confesión sobre los manoseos en público
Nunca pensé que dejaría que un desconocido me sobara el culo entre tanta gente, pero el morbo me pudo y no aparté su mano.
Nunca pensé que dejaría que un desconocido me sobara el culo entre tanta gente, pero el morbo me pudo y no aparté su mano.
Acepté que me llevara a casa después de la fiesta, pero cuando estacionó en la oscuridad entendí que esa noche iba a ponerme a prueba.
Entramos encadenados para animar una fiesta privada, pero en cuanto me soltaron el collar supe que aquella noche iba a perder mucho más que la vergüenza.
Bajamos del escenario riéndonos, pero en cuanto cerraron la puerta del apartamento nadie tenía ganas de seguir fingiendo.
Cuando llegué a esa casa, no imaginaba que terminaría desnuda entre mujeres maduras, lenguas expertas y una invitada mirando desde la puerta.
Iba a irme cuando una mano me tomó del brazo. Camila ya no era mi secreto de un cumpleaños: tenía novia, y esa noche las dos me miraron con la misma sonrisa.
Mi vecina volvió al amanecer con las piernas temblando y una sonrisa indecente; cuando me contó lo del club, no pude dejar de imaginarlo.
Nos cruzamos la mirada durante el concierto y no volví a ver otra cosa esa noche. Cuando me susurró al oído en los baños, ya sabía que iba a acabar en mi habitación de hotel.
Éramos pocos en la oficina, demasiado cachondos y con una costumbre peligrosa para los viernes. Aquella mañana nadie iba a salir vestido.
Después del beso de despedida, juré que todo acabaría ahí. Pero al día siguiente apareció en mi casa con una sonrisa y ganas de follarme.
Subí solo para encontrar un baño libre, pero la invitada que me guió cerró la puerta y me miró como si ya hubiera decidido qué iba a hacer conmigo.
Cuando la vimos subir al escenario con aquel vestido pegado al cuerpo, supe que íbamos a pujar hasta el límite para tenerla entre los tres.
Fui al club pensando en unas copas y terminé de rodillas, con la boca llena y el cuerpo pidiendo más de lo que creía soportar.
Me llevó del porche al baño sin soltarme la mano, cerró la puerta y me miró en el espejo como si ya supiera cómo iba a acabar aquello.
Fui a trabajar de camarera unas horas en una casa con piscina, pero la forma en que me miraban desde que llegué dejó claro que nadie quería solo una copa.
Camila me esperaba con una fiesta de treinta íntimos. Lo que no me esperaba era encontrar a una rubia en la ducha ni terminar la noche entre dos cuerpos que no conocía.
Me hizo desnudarme antes de entrar, y cuando vi a las otras tres mujeres mirándome y riéndose, supe que iba a convertirme en su juguete.
Subí al baño con uno de ellos, pero no imaginaba que esa noche iba a salir temblando, satisfecha y con el cuerpo todavía ardiendo.
La sujeté para que dejara de golpear a otra mujer, y acabé de rodillas, dolorido, excitado y completamente a merced de su sonrisa.
Cuando volvió del baño y me deslizó algo tibio en la mano, entendí que mi tanga rojo había vuelto con un secreto que iba a arruinarme el resto de la noche.