La noche que me desnudé en el karaoke de la playa
Cuando solo me quedaban el sujetador y el tanga, mi amiga subió al escenario y pidió que la música empezara otra vez. No quería dejarme sola allí arriba.
Cuando solo me quedaban el sujetador y el tanga, mi amiga subió al escenario y pidió que la música empezara otra vez. No quería dejarme sola allí arriba.
Estaba apoyada en la pared, mirando el móvil, con un vestido negro que le quedaba demasiado bien. No fumaba. Solo esperaba, y yo todavía no sabía a quién.
Habíamos quedado para tomar algo sin más, como dos personas que se llevan bien. Lo que no esperaba era cómo terminaría esa noche de fiesta.
Cuando la noté endurecerse contra mi muslo, supe que esa noche iba a cruzar una línea que ni siquiera sabía que existía dentro de mí.
Llevaba el disfraz demasiado apretado y media cerveza de más cuando empujé la puerta equivocada. Dentro estaba él, mirándome como si supiera que yo no iba a salir.
Llevábamos meses rozándonos con la mirada en el juzgado. Aquella tarde de feria, entre dos coches y lejos de todos, dejamos de fingir que no pasaba nada.
Me había arreglado mil veces frente al espejo de mi cuarto, pero esa noche, por primera vez, no era para mí sola. Alguien me estaba esperando del otro lado de la puerta.
Subió al estrado vestida mientras las demás ya estaban casi desnudas, y supe que esa noche iba a perder por completo la vergüenza delante de todos.
Llevaba años sin pisar un boliche, pero esa noche el amigo de mi hijo me miró de una forma que ningún hombre me miraba desde hacía mucho.
Perdí a mis amigos, perdí el rumbo y, sin saber cómo, terminé arrodillado entre dos mujeres que acababa de conocer. Esto pasó de verdad.
Llevaba toda la noche con tres hombres y todavía me sentía insaciable. Así que tomé el teléfono y escribí: «¿Están listos para no dejarme dormir en todo el fin de semana?»
Solo quería respirar lejos del humo y las bromas. Jamás imaginé que, desde el asiento trasero de mi propio coche, vería lo que aquel desconocido se atrevió a hacer con mi mujer.
Maximiliano presumía de ser el alfa de la sala hasta que ella cruzó la puerta. Bastó un susurro y su perfume para que su imperio de humo se viniera abajo frente a todos.
Cuando la mujer más elegante del salón me tomó de la mano y susurró «acompáñame», supe que esa noche no iba a parecerse a ninguna otra de mi vida.
Cuando subí a la camioneta con mi novio inconsciente en el asiento de atrás, su padre ya tenía esa sonrisa de quien sabe exactamente lo que va a pasar.
Crucé media España para dejar atrás aquella tarde en la piscina, pero la música y un desconocido me arrastraron a repetir lo que juré no volver a sentir.
Llevaba apenas un mes en la empresa cuando mi directora plantó la mano sobre mi muslo y me ordenó que subiera a tomar algo. No pensaba desobedecerla.
Tenía cuarenta y dos años, un matrimonio recién enterrado y unas ganas enormes de sentirse deseada otra vez. Esa noche, en la barra, alguien la miraba.
Habíamos saltado la verja de una finca vacía. Él me marcaba el ritmo con la mano en mi nuca y yo me dejé llevar sin pensar en nada más.
A oscuras, a unos metros de mi portal, su polla brillaba bajo la única farola de la calle. Y yo ya sabía que iba a volver a bajar la cabeza.