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Relatos Ardientes

La esposa de mi mejor amigo me esperó despierta

—A mí lo que me queda claro es que mi padre tenía razón —dije, después de vaciar el vaso de un trago—. Todas, sin excepción, son unas mentirosas. Lo digo sin ánimo de ofender a Lorena, que la tienes en un altar, pero las cosas son como son.

Esteban negó con la cabeza despacio. Llevaba tres copas más de las que solía permitirse y le costaba enfocar la mirada.

—No generalices, Damián. Lo de Mónica es una putada, lo sé, pero no todas son así.

—Catorce años, hermano. Catorce años con ella. Y todavía no me entra en la cabeza.

Levanté dos dedos hacia el barman y el tipo nos sirvió otra ronda sin preguntar.

—Y lo peor no es que me haya puesto los cuernos —seguí—. Lo peor es que no me dejó ni la opción de hacer como que no me enteré. En mi cama, Esteban. En mi propia cama. Como si quisiera que la pillara con otro encima.

Esteban miraba el vaso sin atreverse a interrumpir. Era el desahogo de quien había sido mi mejor amigo desde los doce años, y a esas alturas no le tocaba opinar, solo aguantar.

—Y encima con uno de esos rubios de gimnasio, cuerpo de revista y dos dedos de frente —añadí, golpeando la barra con la palma—. La cogía como si fuera una desconocida en un motel barato. Yo nunca, ni en los mejores años, le hice nada parecido.

—Damián, no hace falta que…

—En catorce años jamás me la follé así. Catorce años tratándola como a una reina, y al final ella quería que la trataran como a una cualquiera. Joder.

Esteban apuró el vaso casi sin darse cuenta. Hacía meses que no salía de casa para algo que no fuera el trabajo, y la combinación de ginebra y desesperación ajena le estaba ablandando las piernas antes de tiempo.

—Pasa página, hombre —dijo, intentando mantener la voz firme—. Hay mujeres por todas partes. Eres un tío hecho, tienes lo tuyo, no te va a costar.

—Ya no soy un crío, Esteban. En cuatro meses cumplo cincuenta y cinco. Catorce años con ella. Catorce. Yo dejé a Beatriz porque pensé que Mónica era la mujer del resto de mi vida.

—La vida da palos. Hay que tragárselos y seguir.

—Eso lo dices porque a ti no te ha pasado.

—Gracias a Dios —respondió con media sonrisa—. Y si para entenderte tengo que pasar por lo mismo, prefiero no entenderte. No se lo deseo a nadie. Aunque, ya que insistes con los catorce años, igual te acuerdas de que hace catorce años tú le hiciste exactamente esto mismo a…

—Ni la nombres —corté con un gesto seco—. Eso era distinto. Beatriz no se enteró hasta que el divorcio estaba firmado. Mónica me lo restregó en la cara. No es comparable.

Esteban se rio sin ganas y pidió otra. A medianoche, yo había exprimido el rencor lo suficiente para esa jornada. Pagué la cuenta sin dejar que él metiera la mano en la cartera.

—Te acompaño a casa.

—No hace falta.

—Sí hace falta. Te vas a partir la cara contra una farola.

Caminamos tres manzanas a paso de tortuga. Esteban llevaba la cabeza echada hacia delante y se sostenía a duras penas. Yo, que aguantaba mejor el alcohol pese a haber bebido el doble, lo sujetaba por el codo. Llegamos al portal sin que ninguno hablara. No hizo falta llamar al timbre.

Lorena abrió antes de que yo levantara la mano. Llevaba un camisón corto de tirantes finos y unos shorts que parecían cortados a tijera. La luz del recibidor le caía detrás, y al verme en el umbral cruzó los brazos sobre el pecho por reflejo.

—Damián. No sabía que estaba contigo.

—Te lo he secuestrado esta noche, perdona. Necesitaba a alguien con quien beber.

—No te preocupes. Pasad, pasad, no os quedéis ahí. Pensaba que se había ido solo.

Esteban se le echó encima y le dejó un beso húmedo en la mejilla. Lorena lo apartó con una mueca.

—Apestas. Quita, anda.

—Yo me marcho —dije—. Gracias por todo, mañana paso a ver cómo amanece este.

—¿Cómo te vas a ir? Es la una de la mañana y has bebido tú también, no te hagas el héroe. Te quedas a dormir y punto.

—No quiero molestar.

—Damián, llevo veinte años conociéndote. Sería raro que no te hubieras quedado nunca. Pasa.

Miré a Esteban, que se reía solo apoyado en la pared, y acepté. Lorena cerró la puerta con llave detrás de mí. No supe, en ese momento, por qué ese gesto me pareció tan pesado.

—Acompaño a este al cuarto y vuelvo —dijo ella—. Sírvete agua si quieres, sabes dónde está la cocina.

Me quedé de pie en el salón, mirando los muebles que conocía de memoria: el sillón gris donde Esteban se quedaba dormido viendo el fútbol, la lámpara de pie con la pantalla raída, las fotos de la pareja en la repisa. Veinte años entrando y saliendo de aquella casa. Veinte años saludando a Lorena con dos besos y bajando la mirada cuando ella se inclinaba a recoger algo del suelo.

***

Lorena tardó más de lo necesario en volver. Me imaginé la escena: ella desvistiéndolo con la paciencia de las mujeres que ya no esperan nada de un viernes, tirándole la sábana por encima y apagando la luz sin decir nada. Yo la conocía. Yo conocía a esa mujer mejor de lo que cualquier amigo decente debería conocer a la esposa de otro.

Cuando volvió al salón, no me trajo agua. Cogió una silla, la colocó frente al sillón a dos metros, y se sentó cruzando una pierna sobre la otra, lateral, mostrándome el costado del muslo desnudo.

—Está como un tronco. Mejor para los dos —dijo.

Tragué saliva sin pretenderlo y me senté.

—Le he hecho beber más de la cuenta. Lo siento.

—No, le tocaba. Hacía meses que no salía. Solo que pudo haberme avisado.

La lámpara de la esquina daba una luz amarillenta, casi de cuento viejo. Lorena pasó la palma despacio por el muslo, desde la rodilla hasta el borde del short, y la miré sin disimulo. Llevaba un rato sin disimular ya nada.

—Supe lo de Mónica —dijo ella—. Lo siento muchísimo.

—Gracias.

—Algunas mujeres tenemos todo lo que queremos —añadió, con la voz baja, casi un susurro—. Lo que otras mendigan. Y lo tiramos a la basura. No lo entiendo.

Me reí sin ruido. Una risa amarga.

—En eso te doy la razón.

Silencio. Lorena no se movía. Yo no era capaz de apartar la vista del tirante caído sobre su hombro.

—Debes estar agotado —dijo ella.

—Sí. Esteban estaba peor, pero yo tampoco me salvo.

—Te llevo a la habitación.

Se levantó. Yo no.

—Perdona —dije, con media sonrisa—. Me cuesta ponerme de pie.

—Lo veo, lo veo. Deja que te ayude.

Se acercó al sillón y se inclinó hacia mí. Sin pensarlo, sin decidirlo del todo, le puse la mano en la parte de atrás del muslo, justo debajo del short, con el pulgar rozándole la curva de la nalga. Lorena no se movió. No respiró.

—Esteban tiene suerte —dije, mirándola desde abajo—. Lleva veinte años con una mujer fiel.

—Llevo veinte años siendo fiel porque tú no me has dado otra cosa.

Lo dijo sin pestañear, con la mano apoyada en el respaldo, los pechos casi rozándome la cara. Bajé la vista y vi los pezones a punto de salirse del camisón. Subí la mano y, en lugar de retirarla, deslicé la palma hacia arriba arrastrando la tela. Los tirantes se rindieron sin resistencia y los dos pechos de Lorena quedaron al aire, caídos pero firmes en las puntas.

—Te llevo deseando demasiado tiempo —dije, y cerré la boca sobre uno.

Lorena se mordió el labio y me pasó la otra mano por el pelo, sujetándome la cabeza contra ella. Mi otra mano, mientras tanto, se había metido por dentro del short y le apretaba la carne del trasero como si llevara años esperando ese momento exacto.

—No llevas nada debajo.

—Nunca. Si me quitas el short, vas a encontrar todo lo que duermo.

Tiré de la tela hacia abajo y el short cayó a sus tobillos. Ella se desprendió de él de una patada, sin dejar de mirarme. Me quedé un instante absorbiendo la imagen: una mujer madura, sin maquillaje, sin filtro, sin nada que disimulara las marcas del tiempo, y me pareció más excitante que cualquier mujer joven que hubiera tocado en mi vida.

—Hacía años que no veía a una mujer de verdad —dije.

—Así somos las mujeres de verdad —respondió con una sonrisa torcida.

Se me subió encima a horcajadas, sin esperar invitación. Me buscó la bragueta por encima del pantalón y me palpó la dureza.

—La tienes ya lista. Fóllame.

—La tengo lista desde que abriste la puerta.

Me soltó el cinturón con una rapidez que delataba intención, no improvisación. Levanté la cadera para ayudarla y, cuando me bajó los calzones, mi verga corta y ancha quedó libre. Ella no la miró dos veces. La encajó en su entrada y se hundió de un solo movimiento.

—Mmmm. ¿Por qué has tardado tanto? ¿Por qué tuvo que pasarte lo de Mónica para que te decidieras?

—No me hables así. Eres la mujer de mi mejor amigo.

—Soy la mujer que llevas catorce veranos mirando.

La agarré por la cintura y la frené contra mí. Lorena empezó a moverse con un balanceo lento, deliberado, restregándome los pechos por la cara, primero uno y después el otro, como si fuera una ofrenda y un castigo a la vez. Yo le sacaba la lengua para alcanzarle el pezón cada vez que me pasaba el pecho por encima.

—Joder, qué bien te mueves —murmuré—. Ahora entiendo todo.

Lorena se apretó contra mí y me besó en la boca con los ojos abiertos.

—Vamos al cuarto de huéspedes —dije, separándome—. Te quiero a cuatro patas, y aquí no.

Recogió la ropa del suelo, se la metió bajo el brazo y caminó delante de mí por el pasillo, descalza, sin volverse a mirar si la seguía. Sabía que sí.

***

En el cuarto echó la llave. Yo me quité el resto de la ropa mientras ella se subía a la cama de rodillas, con el culo en alto y los antebrazos apoyados en la almohada. La luz era apenas un resplandor de farola que entraba por la persiana entreabierta.

—Joder —dije, y me monté detrás.

La penetré de una embestida. Lorena ahogó un gemido contra la almohada.

—Sujétame del pelo —pidió.

Le enredé los dedos en la nuca y tiré hacia atrás. Empecé a embestirla con el ritmo cansado y sostenido de un hombre que sabe perfectamente lo que quiere desde hace años. Lorena me respondía echando la cadera hacia atrás cada vez que yo avanzaba.

—Coges mejor que ella —dije, sin pensarlo.

Lorena sonrió contra el lino de la funda. No supe si era cierto o si solo había encontrado el botón que sabía pulsar, pero a ella le daba igual. Era exactamente lo que quería oír esa noche.

—Sabía que la tenías gruesa —respondió.

—¿Mejor que la de Esteban?

—No lo digas. No hagas eso.

Le di una palmada en la nalga, no muy fuerte, lo justo para que sonara contra la piel.

—Lo voy a decir las veces que quiera. Esta noche te corres conmigo, no con él.

Lorena cerró los ojos y movió el culo en círculo contra mi pelvis. Catorce años imaginándome esto y ahora resulta que pasa, pensé. Que pase lo que tenga que pasar.

La empujé hacia abajo con la mano abierta sobre la nuca hasta que su cara quedó hundida en la almohada. Le sujeté las dos muñecas a la espalda con la otra mano. Quería hacerle algo distinto. No por crueldad, ni por revancha. Porque ya no me quedaban motivos para tratarla con miramiento.

—Llevo veinte años respetándote por ser la mujer de mi amigo —le dije al oído—. Eso se acabó esta noche. Esta noche eres mía y haces lo que yo quiera. ¿Está claro?

Lorena asintió contra la almohada. Un asentimiento corto, urgente, sin sarcasmo.

Volví a empujarme contra ella en arcos pronunciados, golpeándola con la pelvis cada vez. Le noté el cuerpo tensarse, los muslos cerrarse de pronto en torno a la verga, las muñecas tirando contra mi mano.

—Te has corrido.

Lorena no contestó. No podía.

Le solté las manos, salí de ella y la hice girarse boca arriba. Tenía el pelo pegado a la frente y la mirada perdida, una mezcla de pudor y satisfacción que no se molestó en disimular.

—Ahora te la tragas —dije—. Abre.

Ella me abrió la boca despacio, sin dejar de mirarme. Como quien obedece por placer, no por orden. Le sujeté la frente con una mano y le acerqué la verga a los labios. Le metí solo la punta y me masturbé el resto, mirándola fijamente.

El primer chorro fue largo y caliente. El segundo, el tercero. Lorena no apartó la cara. Recibió todo lo que yo tenía que darle. Cuando terminé, empujé un poco más adentro y le acabé de follar la boca durante diez segundos antes de retirarme de golpe.

—Madre mía —murmuré, dejándome caer a su lado—. Estoy hecho polvo.

Lorena se acomodó en el hueco entre mi pecho y mi brazo. No dijo nada. Tampoco hacía falta.

***

Me dormí casi al instante. Más tarde, ya con la primera luz del amanecer pegándome en los párpados, sentí algo cálido bajándome por el vientre. Abrí los ojos confundido y la encontré agachada sobre mí, con la boca cerrándose alrededor de mi verga blanda.

Sonrió cuando vio que la miraba.

—Una vez más antes de que te vayas —dijo, soltándome un momento—. La necesito.

La dejé hacer hasta que pude. Después la puse boca arriba y se la cumplí en el misionero, breve, sin adornos. Lorena me clavó las uñas en la espalda y se mordió el dorso de la mano para no gemir. Cuando terminé, ella me besó el cuello, se levantó de la cama y me pasó la ropa al pie del colchón.

—Antes de que despierte.

—Sí.

Me vestí en silencio, sin afeitarme, sin mirarme al espejo. En la puerta de la calle, Lorena me dio un beso corto en los labios y otro en la mejilla, este último el que se daba siempre delante de Esteban. Cerró sin esperar a que me alejara.

***

El sol de junio me pegó en la cara cuando salí al portal. Me quedé un segundo quieto, dejándome calentar. Todas, sin excepción, pensé, y por primera vez en una semana esa idea no me dolía. Me pareció hasta justa. Mientras Esteban no se entere, no pasa nada. Y vaya polvo tiene su mujer. Vaya polvo.

Sonreí, me metí las manos en los bolsillos y eché a andar hacia mi casa.

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