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Relatos Ardientes

Esa frase de mi mujer me empujó a los brazos de otra

«Dame una razón para seguir queriéndonos.» La frase de mi mujer todavía me golpea cuando remuevo la guinda del Manhattan que tengo enfrente. Llevo cuatro noches escuchándola en bucle, desde aquella discusión en la cocina, y todavía no encuentro respuesta. Por eso bebo solo esta noche, en la barra del hotel Almirante, en una ciudad que no es la mía.

Mi amiga Helena no ha podido coger el vuelo desde Berlín; un cliente le ha movido una entrega importante de su estudio de interiorismo. Carla no contesta al teléfono, y Pilar tenía una cena con sus suegros desde hacía meses. Podría haber subido a la habitación y haber llamado a mi mujer para intentar arreglar lo que sea que se nos está rompiendo. Pero esa frase, repetida una y otra vez, me pesa demasiado.

—¿Sin compañía esta noche, señor? —pregunta Tomás mientras me prepara el segundo Manhattan, con esa familiaridad de los barmanes que llevan veinte años detrás de la barra.

—Me hago mayor, Tomás. Pierdo atractivo.

—La señorita del rincón no parece estar de acuerdo —dice sin mirarla, sin señalar, sin dejar de pulir el vaso—. No le ha quitado ojo desde que entró. Y ya va por la tercera copa.

Tardo en girar la cabeza. Cuando lo hago, la veo. Una mujer sola, sentada en un reservado con la espalda apoyada contra el terciopelo borgoña. Pelo castaño hasta los hombros, vestido negro de tirantes finos, una pulsera delgada en la muñeca izquierda. La cuarta copa se la voy a invitar yo.

—Que sean cuatro, Tomás. Invito yo.

Tomás cruza el salón con la copa sobre una bandeja pequeña. Veo cómo ella escucha, busca con los ojos hasta encontrarme y entonces levanta la copa en mi dirección con una media sonrisa. Le devuelvo el gesto. No vas a moverte, idiota, me digo. Pero a los pocos segundos ya estoy cruzando el salón.

—Hola. Damián —digo, y le tiendo la mano.

—Lucía. Gracias por la copa. Y por venir a tomártela conmigo.

—Ya somos dos los que estamos solos. ¿Compartimos un rato nuestras respectivas soledades?

—Suena muy triste eso —dice, y se ríe bajito—. Mejor compartir otras cosas, ¿no crees?

La observo sin disimular. Tiene una cicatriz pequeña encima de la ceja derecha y unos ojos castaños muy claros, casi color miel cuando los alcanza la luz de la lámpara. El escote no es agresivo pero deja ver el principio de un tatuaje que se hunde hacia el pecho. Un trébol, creo. Apuro mi copa de un trago.

A ciertas edades cada minuto cuenta. Es lo que pienso media hora más tarde, en el ascensor, mientras subimos a su habitación. Yo me alojo dos plantas más arriba; no he subido a buscar la cartera, no he subido a buscar nada. Lucía me ha cogido de la mano en cuanto se ha cerrado la puerta del ascensor. La he besado contra el espejo del fondo, con una mano en su nuca y la otra deslizándose por la cintura.

—Tienes un buen culo, Lucía —le murmuro al oído.

—Y tú parece que tienes una buena… —contesta, sin terminar la frase. Sonríe, baja la mirada un instante. La conozco hace cuarenta minutos y ya hablamos así.

***

La habitación tiene un balcón cerrado con cortinas blancas y una cama enorme con una colcha de raso color crema. Hay una americana de hombre colgada del respaldo de una silla. No le pregunto. Ella no me pregunta nada de mí. Las dos alianzas que llevamos en la mano izquierda son el único contrato firmado esta noche, y los dos lo entendemos sin decirlo.

—Ponte ahí, de pie, frente al espejo —le digo. La luz del flexo de la mesilla le ilumina solo la mitad de la cara, igual que la del extractor se la iluminaba en la barra—. Ve quitándote la ropa. De espaldas. Despacio.

Lucía obedece sin teatralizar. Se baja un tirante. Después el otro. El vestido cae al suelo con un susurro de tela buena. Lleva un conjunto de lencería negra que hace juego con todo lo demás. La parte de arriba se desabrocha por delante; tarda en hacerlo, dejándolo a propósito para el final.

—Las braguitas —le ordeno—. Despacio.

Las baja con los pulgares enganchados en los costados, doblando un poco las rodillas. Cuando se da la vuelta, está completamente desnuda salvo por la pulsera fina. El tatuaje del trébol le baja hacia el pecho izquierdo y termina justo encima del pezón. Lo señalo con un dedo.

—¿Por suerte?

—Por la suerte que necesitaba esa semana —dice—. Como tantas otras cosas que hace una.

—Ven. Arrodíllate entre mis piernas. Pon mi mano aquí. Y también aquí.

Le coloco una mano en el pecho derecho, la otra en la mejilla. Lucía cierra los ojos un instante, como si quisiera grabarse el contacto. Cuando los abre, los tiene un poco más oscuros.

—Estás contento de haberme conocido. Lo noto —murmura, mirándome el bulto del pantalón.

—Compruébalo.

Me desabrocha el cinturón sin prisa. Después el botón, después la cremallera. Cuando me la saca, se queda un segundo mirándola antes de inclinarse. Empieza por la base, con la lengua plana, y sube hasta la punta. La envuelve entera. Baja hasta el fondo con una facilidad que no esperaba, y sostiene un par de segundos antes de retirarse, respirando por la nariz.

—Así —le digo en voz baja, con la mano enredada en su pelo—. Tómate tu tiempo. Tócate mientras me la chupas.

Una de sus manos baja entre sus piernas. La oigo. Está empapada antes de que la haya tocado yo. Mueve los dedos rápido, sin disimular, y de su garganta se escapa un sonido bajo que vibra contra mí. Un escalofrío me sube por la espalda.

***

—Ponte en la cama —le pido cuando empiezo a notar que me iría demasiado pronto—. A cuatro patas, de espaldas a mí.

Mientras me desnudo del todo, ella se acomoda como le he dicho. La luz le cae sobre la espalda, dejándole sombra en la parte baja. Se gira para mirarme por encima del hombro.

—¿Qué quieres, Lucía? —le pregunto, ya en el borde de la cama.

—Que me des fuerte —dice—. Por todos lados. Sin pedir permiso para nada.

Cojo la corbata, que he dejado encima de la colcha. Le sujeto las muñecas a la espalda con un nudo que aprieta lo justo y le dejo los codos doblados sobre las sábanas. Compruebo con un tirón corto que no le hace daño. Ella asiente sin mirar atrás.

La penetro por detrás, despacio al principio, dándole tiempo a respirar. Está mojada y caliente, y cuando empiezo a moverme más rápido se le escapa un gemido bajo contra la almohada. Mis manos se reparten entre su cintura y sus nalgas. Le doy una palmada, después otra, hasta que se le pone la piel encendida. No me detiene; se inclina hacia atrás cada vez que la golpeo, pidiendo más sin decirlo.

—Por el culo, Damián —jadea de repente, con la cara hundida en la sábana—. Hazlo por el culo ahora.

Salgo. Cojo el bote de la mesilla, donde alguien ha dejado vaselina como si supiera que iba a hacer falta. Le pongo dos dedos primero, con paciencia. Ella respira hondo, y noto que se abre debajo de mi mano. Cuando entro, lo hago centímetro a centímetro, esperando una respuesta que tarda un par de segundos en llegar.

—Sigue —murmura—. Sigue.

Sus pechos se balancean contra la colcha. Los pezones, durísimos. Un orgasmo le recorre el cuerpo entero, sin previo aviso; aprieta los puños atados a su espalda y suelta un grito ahogado contra el almohadón.

—No te corras todavía —dice cuando le ha pasado—. No ahí. Quiero chupártela hasta que te vengas. En mi boca.

Le desato las muñecas con cuidado. Tiene un par de marcas rojas que se difuminan en segundos. Lucía gira el cuerpo, se sienta sobre los talones, me agarra y me llena la boca de saliva con un par de movimientos lentos. Me mira fijamente. Después acelera. La mano sube y baja con un ritmo perfecto, casi mecánico, mientras me masturba con una concentración que me deja sin aire.

—Ya —digo, agarrándole la nuca con los dedos abiertos.

Se inclina. Me termino en su lengua. Lo paladea sin moverse del sitio, como si lo estuviera evaluando, antes de tragarse el resto.

***

—Ábrete de piernas —le pido cuando recupero el aliento, empujándola con suavidad para tumbarla en la cama—. Me voy a saciar.

Le subo las rodillas y me coloco entre ellas. La lengua busca primero alrededor, despacio, sin tocar el centro, hasta que la oigo respirar entrecortado. Entonces sí. Lucía se arquea, levanta las caderas, busca mi boca. Le sujeto los muslos con las dos manos para que no se aleje.

—Grita —murmura ella, no yo—. Quiero oírme.

Otro orgasmo la sacude unos minutos después, más largo, más profundo. Tiene la cabeza echada hacia atrás y la boca entreabierta. Se relame los labios cuando termina, sin despegar los ojos del techo. Yo subo a su lado y me apoyo en el codo. Le aparto un mechón de la frente.

—Ahora abrázame, Damián. Como si me quisieras.

Lo hago. La rodeo con un brazo y la atraigo contra mi pecho. Ella encaja la cabeza en el hueco de mi hombro y respira hondo, despacio, hasta que la oigo casi dormida.

El teléfono móvil empieza a sonar en su bolso, junto a la silla. Se incorpora con un movimiento ágil, vuelve a la cama envuelta en una sábana y se sienta en el borde con la pantalla iluminada. Pulsa, se aclara la garganta y contesta con una voz nueva, una voz que no es la de la mujer que acabo de tener boca abajo en esa colcha.

—Hola, cariño. Sí, ya en la habitación. No, hoy ha sido un día largo. Te quiero. Buenas noches. Dale un beso a los niños de mi parte.

Cuelga. Deja el móvil con la pantalla bocabajo en la mesilla y vuelve a tumbarse en la cama, pegada a mí, sin decir nada.

Yo miro el techo. La frase de mi mujer me cruza otra vez, idéntica, en el mismo tono que aquella noche en la cocina. Dame una razón para seguir queriéndonos. Lo único que se me ocurre es que no la tengo. Que estoy aquí, abrazado a una desconocida casada, fingiendo que algo de esto significa algo, cuando lo único que significa es que ninguno de los dos quiso quedarse a dormir solo esta noche.

—¿Estás bien? —me pregunta Lucía sin abrir los ojos.

—Sí —miento—. Estoy bien.

Cierro los ojos. Mañana habrá un avión, una mujer al otro lado, una conversación pendiente y una pregunta sin respuesta. Esta noche, al menos, una desconocida me ha pedido que la abrazara como si la quisiera, y yo lo he hecho mejor que en años.

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Comentarios (1)

EliasMGZ

increible!! sigue publicando por favor

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