Lo que mi marido planeó con nuestro inquilino
Esto que voy a contar lo escribe mi marido, pero las palabras son mías. Él insiste en que lo pase en limpio, que lo lea en voz alta, que reviva cada detalle. Dice que se le pone dura cada vez que lo recuerda. A mí, si soy honesta, me sucede algo parecido.
Tengo treinta y dos años, dos hijas pequeñas y un apartamento de tres habitaciones en las afueras de Manizales. Hace un par de meses, para apretar un poco las cuentas del mes, mi marido propuso alquilar la pieza de servicio a un compañero de la constructora donde trabaja. Así fue como Mateo llegó a vivir con nosotros: veintiocho años, casi un metro noventa, ingeniero civil, espalda ancha y una sonrisa que sabía exactamente lo que provocaba. No era un adonis, pero tenía la clase de presencia que ocupa todo el espacio cuando entra a un cuarto.
Desde la primera semana noté que me costaba sostenerle la mirada. Cuando me saludaba con un beso rápido en la mejilla, sentía la barba recién afeitada raspándome la piel y un calor que me bajaba directo hasta las bragas. Yo no soy una mujer particularmente vanidosa: tetas medianas, cintura corta, un trasero que mi marido dice que vale por dos. Pero con Mateo cerca me sentía mirada como hacía años no me miraban.
—¿Te ayudo con eso? —preguntaba a veces, encontrándome de puntillas para alcanzar algo del estante alto.
—No, ya está —respondía yo, con la voz más firme que podía fingir.
No estaba bien. No estaba bien para nada.
Mi marido, Sebastián, lo notaba. Yo creo que lo notaba desde el principio, aunque entonces yo no entendía hasta qué punto.
***
La noche en que todo cambió fue un martes. Sebastián me avisó a la hora del almuerzo que se iba a Bogotá por una capacitación de tres días. Lo despedí en la puerta, hicimos planes para el regreso del viernes, le mandé un audio aburrido contándole de las niñas a las nueve. A las diez, ya con las pequeñas dormidas y la casa en silencio, me acosté con una camiseta vieja y un short de algodón que apenas me tapaba.
El timbre sonó pasadas las once. Bajé descalza, medio dormida, y abrí sin pensarlo demasiado.
Era Mateo. Olía a cerveza, no mucho, lo justo para que se notara.
—Perdón —dijo, y se rascó la nuca como un niño regañado—. No encuentro mis llaves por ningún lado.
—Pasá —dije, y me hice a un lado.
Me dio el beso de costumbre en la mejilla. Pero esa vez se quedó medio segundo de más, suficiente para que yo lo sintiera respirar contra mi pelo.
—Estás muy linda con esa pijama, Lucía.
Caminé hacia mi pieza con las piernas temblando. Cuando estaba por entrar, su mano me tomó del brazo y me giró hacia él. Lo siguiente lo tengo grabado en cámara lenta: su cara acercándose, el aliento tibio, mi cuerpo retrocediendo medio paso y mi boca abriéndose al mismo tiempo. Nos besamos como si lleváramos meses esperando.
Una vocecita en mi cabeza me decía que estaba casada, que tenía dos hijas, que esto era un error. Otra voz, mucho más fuerte, decía: ahora o nunca.
Mateo se llevó dos dedos a la boca, los humedeció con saliva sin dejar de mirarme, y los bajó por debajo del elástico del short. Cuando me los metió, gemí tan fuerte que tuve que morderme el labio para no despertar a las niñas. Empezó a moverlos despacio, después más rápido, y yo me corrí ahí mismo, parada en el pasillo, agarrada a su camisa para no caerme.
Me llevó a su habitación sin decir nada. Cerró la puerta con el pie. Me sacó el short, me empujó sobre la cama y se metió entre mis piernas. Su lengua hacía cosas que yo no recordaba que se pudieran hacer. Me empujaba la cabeza contra el colchón, me arqueaba la espalda, me jalaba el pelo cuando me pasaba la lengua por el clítoris.
—Métemela —le pedí, sin reconocer mi propia voz—. Por favor, Mateo, métemela ya.
Lo hizo despacio, centímetro a centímetro, mirándome a la cara para no perderse mi reacción. Cuando sentí que me llenaba entera, le clavé las uñas en los hombros. Me cogió como si hubiera estado esperando esto durante años, primero con calma, después con una urgencia que no me daba aire. Acabamos juntos. Sentí el calor de él dentro de mí y se me escapó un sollozo de alivio.
—Date la vuelta —dijo.
Me puse en cuatro. Y fue entonces cuando vi una sombra en el marco de la puerta.
Por un instante, el corazón se me detuvo. Pensé que era una de las niñas. No era. Era una silueta de hombre. Estaba quieta, mirando. No grité. No sé por qué no grité. Quizás porque algo en mí ya había entendido.
Me agaché sobre Mateo y se la chupé como nunca antes. Lo miré a los ojos mientras lo hacía, con la sombra todavía en la puerta. Él se vino en mi boca con un gemido ronco y yo tragué hasta la última gota.
***
Salí de la habitación con el short en la mano. La luz del salón estaba encendida.
Sebastián estaba sentado en el sofá, sin pantalones, masturbándose despacio. No me miró sorprendido. No me miró con rabia. Me miró como si llevara horas esperándome.
—¿Vos no estabas en Bogotá? —pregunté, sintiendo lo absurdo de la pregunta en cuanto salió de mi boca.
—Nunca estuve en Bogotá —dijo—. Vení.
Me arrodillé delante de él. No hubo discusión, no hubo lágrimas, no hubo nada. Le tomé la verga con las dos manos y me la metí en la boca. Sebastián cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Le hice la mejor mamada de mi vida. La segunda que se tragaba alguien esa noche.
Cuando acabó, me levantó del piso, me dio vuelta y me apoyó contra el respaldo del sofá. Me bajó el short de un tirón.
—Tenés la concha llena de él —murmuró, casi al oído.
—Sí.
—Decímelo bien.
—Tengo la concha llena de Mateo.
Me la metió de una sola vez. Yo estaba tan mojada y tan llena que entró sin esfuerzo. Me agarró del pelo y me empujó la cabeza contra el cojín. Empezó a embestirme con una fuerza que no le conocía, hablándome al oído cosas que jamás me había dicho en diez años de casados: que era una puta, una zorra, su zorra, la zorra del ingeniero, la zorra de los dos.
No me ofendía. Me prendía como nunca.
Cuando se vino, todavía no había terminado. Me dio vuelta, me dobló sobre el sofá y me apoyó la cabeza de su verga en el otro agujero. Yo respiré hondo, me relajé como sabía que tenía que relajarme, y dejé que entrara. Estaba tan mojada por todos lados que casi no dolió. Me embistió despacio al principio, después más rápido, hasta que me llenó por dentro como si quisiera marcar el territorio.
Se vistió en silencio, se limpió las manos con mi short y, antes de irse, me dijo desde la puerta:
—No sabía que tenía una esposa de esta clase. Seguí con tu amante. Decile que te coma bien la concha y el culo. Te los dejo bien lubricados.
Y se fue.
***
No dormí. No sé si lloré. Estuve toda la noche en la cama de Mateo, con su brazo encima, intentando entender qué había pasado. Él tampoco habló mucho. Me parece que él sí sabía. Que Sebastián lo había arreglado todo con él. Que yo era la única que no estaba enterada.
A las seis sonó el despertador. Me levanté como cualquier otro día, hice el desayuno, peiné a mis hijas, las despedí en la puerta del bus del colegio. Cuando volví a entrar, la casa estaba en silencio otra vez.
A las siete y media, Mateo apareció en la cocina. Desnudo. Con la verga semi dura y un vaso vacío en la mano.
—¿Me servís agua, Lucía?
Le serví el agua. Él se la tomó despacio, mirándome por encima del borde del vaso.
—Vamos a la pieza —dijo después—. Quiero cogerte otra vez.
Fui. Por supuesto que fui.
Le chupé la verga un rato, sentada en el borde de la cama. Después me subí encima y empecé a moverme yo sola. Mateo me abrazaba la espalda, me besaba el cuello, me apretaba las nalgas. Yo cabalgaba con los ojos cerrados, pensando en todo lo que había pasado en las últimas diez horas.
Y entonces sentí otras manos.
Otras manos en mis caderas. Otra lengua en mi espalda, bajando. Otra boca abriéndome las nalgas.
—Tranquila —me susurró Mateo al oído—. Es Andrés. Lo conocés. Lo invitó Sebastián.
Andrés. El compañero del gimnasio de mi marido. Un tipo que había venido a casa dos veces a tomar cerveza. Que me había mirado las dos veces con la misma intensidad con la que ahora me lamía el ano.
Me metió primero un dedo. Después dos. Después tres. Me preparó con paciencia, con saliva, con lo que quedaba dentro de mí de la noche anterior. Y cuando me la metió, no fui yo la que gimió: fuimos los tres. Mateo abajo, llenándome la concha. Andrés detrás, abriéndome de a poco.
No había forma humana de procesar todo lo que sentía. Era demasiado. Era todo a la vez. Me agarré del cuello de Mateo, hundí la cara en su pecho y me dejé llevar. Perdí la cuenta de cuántas veces me corrí. En algún momento me corrí gritando, y en otro me corrí sin un solo ruido, con la boca abierta y los ojos en blanco.
Acabaron casi al mismo tiempo. Andrés primero, dentro, hasta el fondo. Mateo después, mordiéndome el hombro. Cuando salieron, sentí cómo se me derramaba todo por los muslos.
Mateo se levantó al baño. Andrés me dio vuelta, me abrió las piernas y se me subió encima. Me la metió otra vez, ahora por delante, y me cogió hasta venirse adentro de nuevo. No protesté. No quería que parara.
***
Esa tarde Sebastián llegó a casa como si no hubiera pasado nada. Me besó en la frente. Saludó a Mateo con un apretón de manos largo. Cenamos los cuatro, con Andrés también, hablando de fútbol y de la obra que tenían que entregar el lunes. Yo serví la mesa con una sonrisa rara, intentando no cruzar la mirada con ninguno de los tres.
Hoy, mientras escribo esto, ya pasaron tres semanas. Mateo sigue viviendo en el cuarto de atrás. Andrés viene los miércoles. Sebastián mira casi siempre, a veces participa, a veces solo escucha desde el otro lado de la pared con la respiración entrecortada. Las niñas no saben nada y nunca lo sabrán.
Y yo, que en otra vida me habría escandalizado de leer esto en una revista, no puedo dejar de pensar que mi marido tenía razón. Aquella primera noche, antes de salir por la puerta, me dijo que no sabía que tenía una esposa de esta clase. Yo tampoco lo sabía. Pero ahora que la conozco, no pienso volver atrás.