Volví al hotel donde ella me humilló
Cuando abrí los ojos estaba desnudo, atado a los cuatro postes de la cama del hotel más caro de la ciudad, y Lucía me sonreía como si me trajera una sorpresa.
Cuando abrí los ojos estaba desnudo, atado a los cuatro postes de la cama del hotel más caro de la ciudad, y Lucía me sonreía como si me trajera una sorpresa.
Bajé al vestíbulo con mi camiseta puesta y subí con un hombre que venía a follarme delante de mi marido.
Llevaba tres whiskys y ninguna razón para volver a casa cuando esa pelirroja de ojos ambarinos me pidió que le asegurara la noche.
Fui a enfrentar a la amante de mi ex y terminé mirando su cuerpo demasiado tiempo, imaginando todo lo que no debía desear.
Cuando cerró el video y me mostró a la mujer con la que me había engañado, ya estaba demasiado mojada para fingir que quería irme.
Solo iba a mirar y a quitarme el morbo, pero cuando le vi la polla supe que no iba a volver a casa siendo el mismo.
Cuando Diego bajó la mirada y asintió por segunda vez, supe que la cena de negocios había terminado y que la verdadera transacción empezaba ahora.
Bajó a tirar la basura con un pijama fino sin sujetador y tardó diez minutos en volver. Cuando la escuché en la ducha, supe que algo se había roto para siempre.
Entró cuando todavía me dolían los golpes, se sentó sobre mis piernas y me dejó claro que no había ido a felicitarme.
Entre semana necesitaba otra polla, y aquel sábado convertí una pelea con mi marido en la excusa perfecta para cumplir mi fantasía más sucia.
Cuando volvió a casa con el pelo revuelto y una sonrisa que no era para mí, entendí que el pacto que habíamos firmado en la cocina ya no tenía marcha atrás.
Aquella mañana me depilé, me puse la lencería más provocadora del cajón y salí para la oficina con una sola decisión tomada: aceptar el trato de mi jefe.
Me llevó del porche al baño sin soltarme la mano, cerró la puerta y me miró en el espejo como si ya supiera cómo iba a acabar aquello.
Cuando atendió la videollamada desde la oficina, ya estaba desnuda en el hotel y yo tenía a otro hombre esperando fuera de cámara.
Lo invité a nuestra mesa para ayudar a mi esposo, pero cuando cerró la puerta supe que había metido al enemigo en nuestra cama.
Entré al cuarto convencida de que sería una cogida rápida para vengarme. Salí al amanecer sin recordar mi nombre.
Abrí su celular para confirmar una duda y terminé viendo algo que me dejó helado: mi esposa con dos hombres de mi propia familia.
Después de dos años sin tocarla, la tuve a mi lado en el avión, temblando, pidiéndome perdón y mirándome como si todavía fuera su hombre.
Entré al taller con el vestido más ajustado que tenía y sin bragas debajo, decidida a que ese hijo de puta me devolviera hasta el último peso que le había robado a mi marido.
El mensaje llegó al mediodía: esa noche debía llevar a mi esposa al hotel y esperar en la habitación contigua, frente a una pantalla encendida.