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Relatos Ardientes

La amiga de mi esposa me esperó en la cocina

Conocí a Beatriz por mi esposa. Habían sido compañeras de colegio en Mendoza y se habían reencontrado años después en una oficina del centro, donde las dos terminaron trabajando para empresas distintas en el mismo edificio. Carolina, mi mujer, la traía a casa los viernes desde hacía meses.

El acuerdo era simple. Beatriz salía de su trabajo pasadas las nueve, vivía a casi una hora en colectivo y el sistema de transporte de esa zona se volvía un riesgo después de cierta hora. Nosotros teníamos un cuarto de huéspedes vacío desde que mi suegra se había mudado al sur. Carolina le ofreció quedarse a dormir las noches que se le hiciera tarde, y Beatriz aceptó sin dudar.

Yo no tuve voz en esa decisión, ni la pedí. Beatriz me caía bien. Era directa, se reía con la boca abierta y traía botellas de vino que costaban más de lo que yo gastaba en una semana de almuerzos. Las tres primeras veces que durmió en casa, apenas la crucé en el desayuno.

Cambió todo cuando Carolina empezó con las guardias del banco.

Le habían ofrecido un puesto nuevo, mejor pagado, con la condición de cubrir el cierre contable los últimos jueves de cada mes. Esas noches se quedaba hasta pasadas las dos de la madrugada y llegaba a casa cuando el cielo ya estaba clareando. Beatriz, casualmente, también trabajaba hasta tarde los jueves.

La primera noche que coincidieron así, Beatriz llegó a las once. Yo estaba en el living con una cerveza y un partido en mute. Ella se sirvió un vaso de agua, se sentó en el otro extremo del sillón y se sacó los zapatos. El vestido le quedaba ajustado en los hombros y se notaba que había tenido un día largo.

—¿Carolina avisó cuándo vuelve? —me preguntó.

—Después de las tres. Cierre contable.

Asintió. Se quedó mirando la pantalla sin hablar durante un rato. Yo intentaba no mirarla, pero la sentía respirar al lado mío, y el olor de su perfume mezclado con el cansancio del día tenía algo que no me dejaba concentrarme.

—¿Te molesta si me sirvo algo más fuerte? —dijo después.

Le señalé el mueble del whisky. Volvió con dos vasos.

No hablamos de nada importante esa noche. De su trabajo, del mío, de Carolina, de las vacaciones que ninguno de los tres lograba coordinar. A medianoche se fue a la cama. Yo me quedé en el living un rato más, fingiendo que veía el final del partido cuando en realidad estaba contando las baldosas del piso para no pensar en lo que ya estaba pensando: en si tenía o no bombacha debajo del vestido, en cómo se le movían las tetas cuando se reía sin sostén.

***

Pasaron tres jueves más antes de que ella dijera algo.

Fue una madrugada de finales de marzo. Yo había bajado a la cocina por un vaso de agua, descalzo, en remera y pantalón corto. Pensaba que la casa estaba dormida. Cuando encendí la luz del lavadero, ella estaba sentada en el banco alto de la barra, con la espalda apoyada contra la alacena, mirándome.

—No podía dormir —dijo.

Llevaba una bata corta y debajo, lo que pude adivinar, era una camiseta de tirantes y nada más. El pelo recogido en un rodete flojo. Sin maquillaje. Más hermosa así que cualquier viernes que la había visto arreglada para salir.

—Te traigo agua —le dije por decir algo.

Le serví un vaso y se lo extendí. Cuando lo agarró, sus dedos rozaron los míos y los dejó ahí más de lo necesario.

—Tengo que pedirte algo —dijo bajito—. Y necesito que no te enojes.

Me apoyé en la barra. El corazón me latía como si hubiera subido las escaleras corriendo.

—Decime.

Tomó aire. Cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, me sostuvo la mirada.

—Las paredes de esta casa son de papel. Cuando Carolina está, yo escucho todo. Todo lo que le hacés con la boca, todo lo que ella te dice mientras se lo hacés. La escucho pidiéndote que le comas el coño más despacio, o más rápido, o más adentro. La escucho tragándose tu polla. La escucho corriéndose en tu cara. Llevo meses escuchando eso desde la habitación de al lado, meses metiéndome los dedos sola mientras ustedes cogen del otro lado de la pared. Y necesito saber qué se siente.

No me moví. No respondí. Ni siquiera respiré bien durante varios segundos.

—No te estoy pidiendo que dejes a Carolina —siguió—. No te estoy pidiendo nada que tenga consecuencias mañana. Te estoy pidiendo una noche. Esta noche. Y si no querés, mañana me mudo del cuarto de huéspedes y no hablamos más del tema.

—Beatriz —dije, y la voz me salió ronca—, esto es serio.

—Ya sé que es serio. Por eso te lo estoy preguntando con la luz prendida y no en el pasillo a oscuras.

Me costó tres latidos decidir. Después caminé hasta donde estaba sentada, le agarré la nuca con una mano y la besé. Tenía gusto a vino y a algo más limpio, como manzana verde. Me devolvió el beso como si llevara semanas calculándolo, metiéndome la lengua hasta el fondo, mordiéndome el labio de abajo cuando me separé un segundo para respirar. Le agarré una teta por encima de la bata y ella soltó un gemido corto contra mi boca, y me di cuenta de que ya tenía el pezón duro atravesándome la palma.

***

La levanté en peso del banco y la senté sobre la barra de la cocina. Le abrí la bata despacio. Debajo de la camiseta de tirantes no había sostén, y los pezones se le marcaban a través de la tela como dos puntas oscuras. Le saqué la remera por la cabeza y la dejé caer al piso.

Tenía los pechos más chicos que Carolina, pero los pezones más oscuros y más marcados, con la aureola grande y arrugada de frío. Le besé el cuello, la clavícula, el surco entre los pechos. Cuando le agarré uno con la boca y le succioné el pezón fuerte, soltó un sonido bajo que no era un gemido todavía. Era algo previo, como si recién estuviera convenciéndose de que esto pasaba. Le mordí despacio, después más fuerte, hasta que el pezón se le puso a latir contra mi lengua. Cambié al otro. Ella me agarró la nuca con las dos manos y me apretó la cara contra las tetas.

—Chupámelas —susurró—. Fuerte, no me vas a romper.

Le hice caso. Le comí las dos tetas mientras con una mano le abría las rodillas y le subía la palma por adentro del muslo. Cuando llegué a la bombacha, la tela estaba empapada. Se la corrí a un lado y le pasé dos dedos por la concha, de abajo hacia arriba, despacio, sintiendo cómo se le abría sola. Estaba caliente y mojada y resbalosa. Cuando le rocé el clítoris con el pulgar, se le escapó un gemido más largo y tuvo que taparse la boca con la muñeca.

—Bajá —le susurré.

Me hizo caso. Se deslizó de la barra y quedó parada frente a mí. Le bajé la bombacha hasta los tobillos. Se sostuvo de mis hombros para sacársela del todo. Después me miró con una mezcla de vergüenza y hambre, se agachó y me bajó el pantalón corto de un tirón. Se me la había parado hace rato y le rebotó en la cara cuando salió del elástico. Ella se rió bajito, la agarró con la mano, la miró un segundo como pesándola, y se la metió entera en la boca.

—Puta madre —dije, agarrándome del borde de la barra.

Me la mamó ahí mismo, arrodillada en las baldosas frías de la cocina, sin apuro, chupándomela con toda la boca y después solo con la punta, sacándomela para pasarme la lengua por abajo desde los huevos hasta el glande, escupiendo saliva para que resbalara mejor y la volvía a hundir hasta la garganta. Me miraba de abajo hacia arriba con los ojos húmedos, calculando cada mueca mía. Cuando sintió que estaba cerca, se la sacó de la boca, me apretó la base con la mano y me sopló despacio en la punta.

—Todavía no —dijo—. Quiero que primero me la comas vos a mí.

La di vuelta. La incliné contra la barra. Le besé la espalda desde la nuca hasta la cintura y bajé. Me arrodillé detrás de ella y le abrí el culo con las dos manos. Y le hice lo que llevaba meses escuchándome hacerle a Carolina.

Le pasé la lengua por la concha desde atrás, larga, plana, de abajo hacia arriba, terminando cada pasada en el ojete y volviendo a empezar. Ella se abrió más las piernas, apoyó los antebrazos en la barra y bajó la cabeza. Le hundí la lengua adentro del coño y me tragué el jugo. Estaba dulce y espeso y se me chorreaba por el mentón. Le chupé los labios uno por uno, se los estiré con la boca, la mordí despacio ahí donde nadie muerde.

—Más arriba —jadeó—. Chupame el clítoris, por favor, chupámelo.

La di vuelta otra vez. La senté al borde de la barra, le puse las piernas sobre mis hombros y le clavé la boca en el clítoris. Se lo chupé como si fuera un caramelo, cerrando los labios alrededor y tirando suave, mientras le metía dos dedos y se los movía adentro haciéndole señas al techo. No fue rápido. No quería que fuera rápido. Quería que sintiera cada segundo, que entendiera por qué llevaba meses imaginándose esto. Le agarré la cadera con la otra mano para que no se moviera. Ella se aferró al borde de la barra y se mordió el antebrazo para no gritar.

Cuando terminó la primera vez, se corrió contra mi cara con una serie de espasmos que la hicieron doblarse hacia adelante, apretándome la cabeza entre los muslos, meándome la boca de un flujo tibio que me chorreaba por la barbilla. Le temblaban las piernas tanto que tuve que sostenerla para que no se cayera de la barra.

—La habitación —dijo entrecortado, tratando de recuperar el aire—. Vamos a la habitación.

—¿Cuál?

—La de huéspedes. No la de ustedes.

Tenía razón. Subimos en silencio, agarrados de la mano como adolescentes. Cerró la puerta con llave y me empujó contra ella. Esta vez fue ella la que se arrodilló y me la volvió a meter en la boca, con la puerta a mi espalda y el pasillo dormido del otro lado.

***

Cogimos tres veces antes de que el cielo empezara a clarear. La primera fue urgente, casi violenta, como descargar meses de presión acumulada. Me la chupó dos minutos y después se paró, me empujó a la cama, se subió arriba mío y se ensartó de una sola vez. Se le escapó un grito que ahogó contra mi hombro. Se quedó quieta unos segundos, con la boca abierta, sintiendo cómo la llenaba entera. Después empezó a moverse, apoyándose en mi pecho, cabalgándome fuerte, rebotando arriba y abajo con las tetas saltándole en la cara. Yo le agarré el culo con las dos manos y la ayudé a bajar cada vez más fuerte, hasta que sentí los huevos golpearle contra el culo con cada estocada. Se corrió arriba mío mordiéndose los nudillos, apretándome tan fuerte adentro que casi termino con ella. La tiré de espaldas, le levanté las piernas hasta los hombros y la terminé de coger doblada, hundiéndosela hasta el fondo, hasta que le vacié la primera corrida adentro. Sentí cómo le chorreaba por la concha cuando salí.

La segunda fue lenta, casi tierna, mirándonos a los ojos, hablando bajito. La acomodé de costado, me acosté detrás, le levanté una pierna y se la metí despacio, milímetro a milímetro, hasta que le entró toda. Empujé sin apuro, en tandas largas, mientras le acariciaba una teta y le mordía el hombro. Ella giraba la cabeza para besarme y me decía cosas al oído, cosas que Carolina no me decía nunca.

—Cogeme como si fuera tuya —susurró—. Decime que soy tuya esta noche.

—Sos mía —le dije contra la nuca—. Toda la puta noche.

—Otra vez.

—Sos mía. Este coño es mío.

Se corrió así, con mi mano en el clítoris y mi polla adentro, en un orgasmo largo que la hizo temblar entera durante casi un minuto. Yo aguanté. Me la saqué y le pedí que se diera vuelta.

La tercera fue distinta. Ella estaba bocabajo, yo arriba, y me pidió algo que no había pedido Carolina en años.

—Acá no —dijo, llevándome la mano a otro lado, guiándome el pulgar entre las nalgas—. Acá.

La miré sin moverme.

—¿Estás segura?

Asintió contra la almohada.

—Nunca me animé con nadie. Pero contigo sí. Esta noche sí.

Bajé a buscar aceite del baño. Cuando volví, ella se había acomodado, las rodillas separadas, una almohada bajo la cadera, el culo apuntándome. Le eché aceite en la raya y le pasé el dedo despacio, haciéndole círculos sobre el ojete hasta que empezó a relajarse. Le metí un dedo primero, hasta la mitad, dejándolo quieto para que se acostumbrara. Después hasta el fondo. Le metí dos. Ella se agarraba de la sábana y respiraba hondo.

—Ya —dijo—. Metémela, por favor, ya no aguanto.

Me eché más aceite en la polla y la apoyé contra el ojete abierto. Empujé despacio. Al principio no cedía. Después la punta pasó y ella soltó un gemido largo, entre dolor y alivio, mordiendo la almohada. Lo hicimos despacio, hasta que dejó de doler y empezó a ser otra cosa. Le entré del todo, centímetro a centímetro, esperando entre cada empujón, sintiéndola apretarme como nunca me había apretado nada. Cuando estuvo toda adentro, me quedé quieto un segundo.

—Movete —jadeó—. Cogeme el culo, por favor.

Empecé a moverme. Primero corto, después más largo. Ella metió una mano abajo y se tocaba el clítoris mientras yo se la clavaba por atrás. La escuchaba jadear contra la almohada, cada vez más rápido, cada vez más ronca. Me incliné sobre ella, le agarré el pelo del rodete flojo y tiré suave para arriba. Le mordí el hombro. La cogí más fuerte, contra la almohada, sintiendo el culo apretándome cada vez que se corría con los dedos, y se corrió dos veces así, seguidas, sin darme respiro. Cuando terminé adentro de ella, chorreándole la corrida en el fondo del culo, me agarró el brazo y me lo apretó tan fuerte que después tuve marcas durante dos días.

Me quedé arriba de ella unos segundos, respirando en su nuca, todavía adentro. Cuando salí despacio, la corrida me chorreó por la ingle y le manchó la almohada.

Faltaba menos de una hora para que volviera Carolina. Bajé al baño de la planta de abajo, me bañé rápido, me lavé la boca dos veces. Cuando subí, Beatriz estaba acostada en la cama de huéspedes haciéndose la dormida, con la sábana hasta el cuello. Le di un beso en la frente y salí del cuarto.

Carolina llegó veinte minutos después. Me encontró en la cocina lavando los vasos del whisky. Me abrazó por la espalda, cansada, y me dijo que el cierre había sido un infierno.

—¿Beatriz durmió? —me preguntó.

—Hace rato.

Me dio un beso en el cuello. No notó nada.

***

Fueron seis meses así. Los últimos jueves de cada mes, cuando Carolina cubría el cierre contable, y a veces algún miércoles cuando se daba la ocasión. Beatriz tenía un cuidado quirúrgico: cambiaba las sábanas ella misma a la mañana siguiente, ventilaba el cuarto, dejaba todo como si esa noche no hubiera pasado nada.

Aprendimos a movernos en silencio. Yo aprendí los lugares donde podía morderla sin dejar marca. Ella aprendió la diferencia entre los crujidos del piso de madera. También aprendimos a coger sin hacer ruido: ella se mordía el dorso de la mano cuando se venía, yo me tragaba los gemidos contra su pelo. Aprendió a mamármela en silencio, con la boca llena y sin respirar por la nariz cuando la garganta se le contraía. Yo aprendí a comerle el coño despacio, midiendo cada movimiento de mi lengua para que la cama no crujiera. Una vez Carolina volvió antes de lo previsto y nos cruzamos en el pasillo: Beatriz salía del baño en bata, yo iba bajando para tomar agua. Carolina nos saludó a los dos con un beso y se metió en la cama. No sospechó nunca.

Lo que no esperaba era enamorarme. Y no era amor en el sentido limpio. Era algo más enredado, más sucio. Yo seguía queriendo a Carolina. Pero los jueves contaba los minutos para que se fuera al banco. Y los viernes a la mañana, cuando bajaba a desayunar y veía a Beatriz sentada en la cocina con Carolina, las dos riéndose de algo que había pasado en la oficina, me costaba la vida no traicionarme con una mirada.

Cómo no se da cuenta, pensaba. Cómo no nos huele.

***

Terminó en septiembre. Sin aviso.

La madre de Beatriz tuvo un derrame y quedó con secuelas. Vivía sola en Tandil. Beatriz pidió licencia en el trabajo y se mudó para cuidarla. Vino una última vez a casa, esa misma noche, a buscar las cosas que tenía en el cuarto de huéspedes.

Carolina la ayudó a empacar. Yo estaba en el living, fingiendo que leía. Antes de irse, Beatriz se acercó y me dio un abrazo largo, de esos abrazos que son demasiado largos para ser inocentes, pero Carolina no estaba mirando.

—Te voy a extrañar —me dijo en el oído.

—Yo también.

Me dio un beso en la mejilla, muy cerca de la comisura, y salió.

Volví a verla un año después, en el casamiento de una amiga común. Vino con un tipo más alto que yo, más joven, abogado de algún estudio que sonaba importante. Carolina la abrazó dos minutos. Yo le di la mano y le dije que me alegraba verla. Hablamos del clima y de su madre, que estaba mejor.

Antes de que volviera a la mesa, le pregunté en voz baja si alguna vez se había arrepentido.

Me miró y se le escapó esa misma sonrisa que tenía la primera noche, la del banco alto en la cocina.

—Ni un día —dijo.

Y volvió a la mesa donde el novio la estaba esperando.

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Comentarios(8)

FierroLector

Que buen relato! me tuvo atento de principio a fin. Sigue asi

Capi_BA

Por favor una segunda parte!! quede con ganas de mas, no puede terminar ahi

Valentina_SCL

Me encanta cuando los relatos se sienten tan reales, como si de verdad hubiera pasado. Muy bueno, felicitaciones.

Pato_MZA

el titulo lo dice todo jajaja

lector_cba

Tremendo, esa Beatriz no tiene desperdicio jaja

DiegoMRC

Como sigue? hay continuacion de esto?

MarcosRio

Me recuerda a algo que me paso hace años... estas situaciones pasan mas de lo que la gente cree

SantiagoB

Muy bien escrito, se nota la tension desde el principio. Sigue escribiendo por favor!

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