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Relatos Ardientes

Lo que mi vecino del ático dijo sobre mi madre

Hay cosas que uno no elige. La casa donde crece, los vecinos que le tocan, el amigo que aparece un día cualquiera y se queda para siempre. Adrián apareció así, sin avisar, un sábado por la tarde en que alguien en el rellano puso la música tan alta que mi padre tuvo que soltar el periódico y fruncir el ceño.

Yo tenía quince años. Él, dieciocho.

Mi madre fue la primera en decir algo. Lo dijo desde la cocina, con esa voz suya capaz de atravesar paredes, conversaciones y cualquier cosa que se interpusiera.

—Esteban, ve a ver quién es.

Mi padre dobló el periódico con la precisión de alguien acostumbrado a las interrupciones y salió al pasillo. Yo me escabullí detrás, curioso. En el rellano había una puerta abierta de par en par —la del ático— y desde dentro llegaba una mezcla de reggaetón, olor a cartón de mudanza y algo más dulzón que entonces no supe identificar, pero que con el tiempo aprendería a reconocer perfectamente.

Adrián abrió antes de que mi padre llamara. Llenaba el marco de la puerta. Dieciocho años y ya tenía el cuerpo de alguien que llevaba media vida en el gimnasio: hombros anchos, cuello grueso, ese físico que no pasa desapercibido y que él cargaba con la naturalidad de quien ha crecido sabiendo que el mundo lo mira. Camisa abierta, vaquero oscuro, pelo revuelto. Una sonrisa que no pedía perdón por nada.

—Vecino —dijo, mirando a mi padre—. Perdona el ruido. Estaba colocando cosas.

Mi padre asintió. Dijo que no había problema con esa voz suya, tranquila y escueta, la de siempre, la que no gastaba palabras donde bastaba un gesto. Adrián le tendió la mano y, cuando mi padre se la estrechó, tuve la extraña sensación de estar viendo dos especies distintas compartiendo un mismo espacio.

Fue entonces cuando me vio a mí.

—¿Tienes Play?

Así empezó todo.

***

Cuatro años dan para mucho. Dan para aprender los tics de alguien, sus manías, el modo en que fuma —lento, como si el tiempo le sobrara— y la forma en que ríe cuando algo le hace gracia de verdad: una risa corta, casi privada, muy distinta a la que usa delante de la gente. Dan para saber que Adrián Velasco no había comprado ese ático por necesidad sino por capricho, o más bien porque su padre le había soltado en algún momento que el dinero parado es dinero muerto y él había interpretado aquello a su manera. Dieciocho años, un ático en propiedad y una cuenta corriente que yo nunca vi pero cuyos efectos se notaban en cada rincón de la casa.

El sitio era enorme para una sola persona. Techos altos, ventanales que daban a la terraza, una cocina americana que usaba casi exclusivamente para dejar llaves y encendedores. La televisión, obscena de grande. Los mandos de la Play, en cambio, los tenía colocados con un orden casi quirúrgico sobre la mesita del salón: lo único verdaderamente ordenado en toda la casa.

Pasé allí muchas tardes. Demasiadas, dirían algunos. Las suficientes, digo yo.

Mi padre nunca puso objeción. Mi madre tampoco, aunque ella lo decía a su manera, con ese silencio suyo que no es aprobación sino simplemente ausencia de veto. Mónica tenía su mundo: el centro de estética, las clientas, los pedidos, las llamadas. Llegaba a casa con ese olor particular a productos, se cambiaba, y la casa entera cambiaba con ella sin que nadie lo dijera en voz alta.

Eso es algo que entendí muy tarde, o quizás siempre supe pero tardé en reconocer: mi madre tiene ese efecto. No lo busca, o al menos no siempre. Simplemente entra en un sitio y el sitio se reorganiza a su alrededor. Los hombres miran sin querer mirar, se les tensa la mandíbula, se les nota el bulto en el pantalón cuando se giran de espaldas para disimular. Las mujeres la evalúan de reojo. Ella sonríe con esa sonrisa amplia y fácil que tiene, la del trato, la de años detrás de un mostrador aprendiendo a hacer que la gente se sienta cómoda, y el efecto se multiplica.

Cuarenta y tres años. Nadie le echaba cuarenta y tres años.

La operación de pecho la había hecho seis meses atrás. Yo ya lo sabía antes de que ocurriera; en casa no hubo gran secreto, fue una decisión suya, hablada, razonada, ejecutada con la misma eficiencia con que mamá hace todo lo que decide hacer. Para lo que no estaba del todo preparado fue para el resultado. Dos tetas altas, firmes, redondas, que empujaban la tela de cualquier top que se pusiera y le marcaban los pezones cuando el aire acondicionado del centro de estética la enfriaba demasiado. No porque resultara excesivo, sino porque no lo era. Porque encajaba en ella de una forma casi irritante, como si siempre hubiera faltado algo y ahora ese algo estuviera por fin en su sitio, tensándole la blusa, meciéndose apenas cuando reía, obligando a cualquier hombre a mirar dos veces y a tragar saliva a la tercera.

Mis amigos lo notaron antes de que yo pudiera decir nada.

El primero fue Pablo, un miércoles a la salida del instituto, cuando mi madre pasó a recogerme porque había aparcamiento y llevaba algo que dejar cerca. Vestía un top ajustado y unos vaqueros, nada del otro mundo, pero Pablo se quedó paralizado en mitad de la acera con el bocadillo a medio camino de la boca.

—Tío —fue lo único que dijo. Y después, más bajo, cuando ella ya se había subido al coche—: joder, macho, las tetas que tiene tu vieja. Me la follaba entera, ahí mismo, contra el capó.

Yo le aparté el brazo y no contesté. Esa fue la primera vez. No fue la última.

Con el tiempo dejé de contarlas.

***

La tarde en que todo empezó de verdad era un jueves sin nada especial. Octubre, creo. Había llovido por la mañana y el suelo de la terraza de Adrián todavía estaba oscuro cuando subí. Él estaba en el sofá, descalzo, con una camiseta del gimnasio y el mando en la mano, la partida pausada, un porro a medias en el cenicero. Me saludó sin levantar la vista.

Me dejé caer en el otro extremo del sofá y cogí mi mando. Estuvimos un rato así, en ese silencio cómodo que solo existe con la gente de verdad, el que no necesita llenarse.

Fue él quien habló primero.

Lo hizo sin apartar los ojos de la pantalla, con esa naturalidad suya que a veces resulta más brutal que cualquier intención.

—Tu madre estaba bajando cuando yo subía —dijo—. Con un vestido. Rojo. Ajustado hasta decir basta.

No contesté. Seguí mirando la pantalla.

—Tío. —Ahora sí me miró, de reojo—. Tu madre es una locura. Se me ha puesto dura solo de cruzarme con ella en la escalera. Te lo juro.

—Para. —Lo dije sin demasiada convicción.

—No te estoy faltando al respeto. Te estoy diciendo la verdad. —Volvió a la pantalla, cogió el porro, dio una calada lenta y soltó el humo por la nariz—. Me la follaría. Me la follaría hasta romperla, en serio.

El mando me pesó de repente en las manos. No dije nada.

—¿Sabes qué haría? —siguió él, sin mirarme, la voz baja, casi indiferente, como quien comenta el resultado de un partido—. La pondría a cuatro patas sobre esa mesa. Le subiría el vestido hasta la cintura y le arrancaría las bragas de un tirón. Si es que llevaba, porque con un vestido así de pegado igual no llevaba nada. Le metería la lengua en el coño hasta que se corriera dos veces seguidas, gritando mi nombre, agarrada al borde de la mesa. Y entonces le metería la polla entera, de golpe, sin avisar. Hasta el fondo. Para que sintiera bien lo que es follar con alguien de veintidós años y no con tu padre.

Tragué saliva. Sentí algo que no era exactamente incomodidad. Era más complicado que eso. Era esa mezcla a la que llevaba años sin ponerle nombre, la que aparecía cada vez que Pablo o Sergio o cualquier otro decían algo parecido y yo ponía cara de ofendido mientras por dentro algo se movía en una dirección que no quería examinar demasiado. La polla se me estaba empezando a hinchar dentro del pantalón y odié a mi cuerpo por eso.

—Es mi madre —dije.

—Ya lo sé. —Adrián exhaló el humo despacio, sin dejar de sonreír a la pantalla—. Y aun así. Le comería el coño hasta cansarme. Se lo abriría con dos dedos y se lo lamería despacio, todo entero, chupándole el clítoris hasta que se me clavara las uñas en la nuca. Y después me la follaría de todas las maneras posibles. De pie contra la pared, sujetándole las tetas. En el sofá, ella encima, moviéndose ella sola sobre mi polla. Boca abajo, con la cara aplastada contra la almohada, aguantando bien como una guarra. Y le llenaría el coño de leche, tío. Hasta arriba. Y luego se la sacaría con dos dedos y se la haría chupar.

Cerré los ojos un segundo. Los abrí. La partida seguía pausada en la pantalla. Adrián le dio otra calada al porro como si acabara de hablar del tiempo.

—Estás loco —dije. Me salió ronco. Ni yo me lo creí.

—Loco no. Sincero. —Se encogió de hombros—. Cualquier tío con ojos en la cara pensaría lo mismo. Yo lo digo. Los demás se callan.

No dije nada más. Él tampoco. La partida siguió. La música sonaba baja, algo con mucho bajo que Adrián ponía siempre cuando fumaba, y el humo dulzón del porro fue llenando el salón poco a poco.

Pero algo había cambiado.

No en él, que siguió tan tranquilo como siempre. En mí. En la forma en que esas frases se quedaron girando en algún lugar al que no suelo asomarme, encendidas como una pantalla que alguien olvidó apagar. La imagen de mi madre a cuatro patas sobre esa mesa. Su culo levantado, el vestido rojo enrollado en la cintura, el coño abierto y brillante. Adrián detrás, agarrándola de las caderas, metiéndosela sin piedad.

Me la follaría hasta romperla.

Bajé a casa una hora después con la polla todavía a medio poner y un peso raro en el estómago. Mi madre estaba en la cocina, de espaldas, todavía con el vestido rojo. Se había recogido el pelo. Movía algo en el fuego y canturreaba en voz baja, sin saber que yo estaba ahí, y por un segundo la observé como si fuera la primera vez.

Reparé en cosas que llevaba años viendo sin ver. En cómo el vestido le ceñía la cintura y le marcaba el arco del culo, redondo, alto, ese culo que tanto miraban los albañiles de la obra de enfrente. En cómo el tirante, demasiado fino, se le había deslizado un dedo por el hombro, dejando ver el nacimiento de una teta llena que la tela apenas conseguía contener. En el calor que le quedaba aún en la piel después de subir las escaleras, ese brillo fino de sudor en la nuca. En la manera en que la tela le caía justo por debajo de las rodillas y dejaba intuir, sin enseñar, la curva de la pantorrilla, los muslos que se adivinaban tensos debajo, la línea que separaba las nalgas cuando se inclinaba un poco sobre el fuego.

La polla se me puso completamente dura contra el vaquero. Me quedé quieto en el marco, sin atreverme a moverme, con miedo de que se girara y lo viera.

La voz de Adrián seguía dentro de mi cabeza, ronca, indiferente, casi aburrida. Le metería la lengua en el coño hasta que se corriera dos veces seguidas. Como si lo que había dicho fuera lo más obvio del mundo y yo el último en enterarme.

Carraspeé.

Mi madre se giró. Me sonrió con esa sonrisa suya de siempre, la del mostrador, la que multiplica los efectos. El vestido se le tensó sobre el pecho al girarse y las dos tetas se le movieron apenas, pesadas, firmes, marcando los pezones a través de la tela porque el aire acondicionado estaba puesto.

—¿Has cenado algo arriba?

—No tengo hambre —respondí, y me sorprendió la firmeza de mi propia voz. Bajé el brazo para taparme el bulto con disimulo.

Ella ladeó la cabeza, me miró un segundo de más y volvió al fuego. Yo me quedé apoyado en el marco, sin atreverme a entrar del todo, sintiendo que algo invisible se había instalado entre nosotros y que ninguno de los dos lo iba a nombrar todavía.

Subí a mi cuarto. Cerré la puerta. Me tumbé en la cama con los ojos abiertos, mirando el techo y escuchando el rumor de los platos abajo. Me desabroché el vaquero sin pensarlo demasiado, me bajé la ropa interior y me la saqué. La tenía dura como no la recordaba en meses, la punta ya húmeda, palpitando contra la palma de la mano.

Pensé en el vestido rojo. Pensé en el tirante caído. Pensé en el nacimiento de esa teta que había visto sin querer verla al asomarme. Empecé a moverme la mano despacio, aprentándome bien, imaginando que era ella la que estaba arriba, con la mano llena de saliva, envolviéndome la polla con esos dedos largos de manicura perfecta. Imaginé el vestido rojo cayéndole hasta la cintura, esas dos tetas nuevas quedándose al aire justo delante de mi cara, los pezones rosas, tiesos. Imaginé metérmelas en la boca una detrás de otra, chuparlas hasta dejárselas marcadas.

Y después imaginé a Adrián. La escena que él mismo me había pintado, palabra por palabra. Mi madre a cuatro patas sobre la mesa del ático, el vestido enrollado en la cintura, el coño brillante y abierto, Adrián detrás sujetándola por las caderas y metiéndosela hasta el fondo. Los gemidos de ella. La forma en que se le movería el pecho con cada embestida. La cara que pondría cuando él le llenara el coño de leche, esa cara de guarra satisfecha que yo nunca le había visto y que de pronto sabía perfectamente cómo sería.

Me corrí sin hacer ruido, mordiéndome el labio, con toda la leche cayéndome sobre el estómago y la camiseta subida. Tardé un buen rato en abrir los ojos. Cuando lo hice, el techo seguía siendo el techo y abajo mi madre seguía canturreando.

Me la follaría.

Esa noche tardé en dormirme. No por culpa, ni por vergüenza, ni por nada parecido a lo que uno espera sentir en un momento así. Tardé en dormirme porque, por primera vez en mucho tiempo, era yo el que pensaba en mi madre como pensaba Adrián. Y era más fácil de lo que jamás habría reconocido en voz alta.

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Comentarios(9)

SantiagoMdq

Tremendo!!! Me leí todo de un tirón sin darme cuenta

LunaRosada_03

Eso del vestido rojo me intrigó demasiado, hay que saber cómo termina esto

PabloNight_77

La tensión que se va armando entre los dos es perfecta. Espero ansioso la continuación

Claudio_Bs

Buenisimo relato, ese detalle del vestido me dejó con la boca abierta. Seguí escribiendo!

TintaNocturna

Me encanto como construís los personajes sin apurarte, se siente todo muy creible

koque56

jajaja cuatro años para llegar a ESO, que paciencia tenia el vecino eh

NocheRoja

Muy bien escrito, quedo con ganas de mas. Por favor una segunda parte

MiguelF_cba

hay segunda parte???

Rosita_mdq

leí el excerpt y tuve que entrar a leerlo completo, no me arrepiento para nada. Excelente

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