Mi novia me pidió permiso y yo no supe decir que no
No voy a adornar esto. Lo que pasó entre Valeria y yo no fue algo que se construyó con romanticismo ni con conversaciones profundas sobre la relación. Fue crudo, directo, y empezó porque mi cuerpo me falló.
Llevaba meses con un problema de salud que me drenaba. No era nada visible desde afuera, pero por dentro me dejaba sin energía, sin ganas, sin capacidad de responder cuando ella se acercaba de noche con esa mirada que yo conocía tan bien. La verga no se me paraba. Por más que ella me chupara, por más que se montara encima y me restregara el coño caliente sobre la entrepierna, mi cuerpo no respondía. Al principio Valeria fue paciente. Me abrazaba, me decía que no importaba, que ya pasaría. Pero yo notaba como la frustración se le iba acumulando en los silencios, en la forma en que se daba vuelta en la cama sin decir nada, en el bulto que se le hacía bajo la sábana cuando se tocaba el coño pensando que yo estaba dormido.
Una noche, después de otro intento fallido en el que ella terminó con la boca llena de una verga que apenas se hinchó a medias, se sentó en el borde de la cama y me miró con los ojos rojos.
—Necesito que hablemos en serio —dijo.
No suavizó nada. Me dijo que la situación la estaba matando, que su cuerpo le pedía algo que yo no podía darle, que necesitaba que la cogieran, que necesitaba sentir una polla dura adentro, que no era culpa de nadie pero que ella no aguantaba más. No lo dijo con maldad. Lo dijo con la voz quebrada de alguien que lleva demasiado tiempo callando.
Y entonces soltó la pregunta.
—Si yo estuviera con alguien más... ¿podrías con eso?
El silencio que siguió fue de esos que pesan en el pecho. Sentí un nudo en el estómago, una mezcla de miedo y de algo que no supe nombrar en ese momento. Pero la alternativa era peor. La alternativa era perderla.
—Si es lo que necesitas —le dije, sin mirarla.
Ella asintió despacio. No hubo abrazo después. Solo el sonido de la lámpara al apagarse y la oscuridad del cuarto tragándose todo lo que no dijimos.
Pensé que tardaría semanas en dar el paso. Que lo pensaría, que dudaría.
Al día siguiente ya tenía a alguien.
***
Se llamaba Rodrigo. Lo encontró en una aplicación de citas esa misma mañana, como si ya supiera exactamente lo que buscaba. Un tipo mayor, de cuarenta y tantos, con fotos donde se le veía seguro de sí mismo, sin poses forzadas. Valeria me contó todo sin que se lo pidiera, como si la transparencia fuera parte del acuerdo. Me mostró el perfil, las conversaciones. El tipo era directo, sin juegos, y ella respondía con la misma claridad. En una de las primeras respuestas le había escrito que estaba caliente, que necesitaba una verga que la rompiera, que su marido no podía cogerla. Él le contestó que la iba a coger hasta dejarla sin caminar. Ella le mandó una foto del coño, abierta sobre la cama, con dos dedos adentro.
Quedaron para esa misma tarde.
Yo me quedé en el departamento tratando de no pensar. Puse la televisión, abrí una cerveza, intenté leer algo en el celular. Nada funcionaba. Mi cabeza estaba en lo que estaría pasando, en cada minuto que avanzaba sin que ella mandara mensaje.
Se vieron en un restaurante del centro. Me lo contó después, pero mientras pasaba yo solo tenía el silencio y la pantalla del teléfono sin notificaciones.
La comida duró menos de una hora. Valeria me dijo que casi no hablaron de nada importante. Que la conversación era lo de menos. Que desde que se sentaron frente a frente, Rodrigo la miraba de una forma que la hacía sentir expuesta, como si la ropa le sobrara con cada mirada. Que ella le sostuvo los ojos sin bajar la vista, sin hacerse la tímida, porque no tenía sentido fingir que estaba ahí por otra cosa. Bajo la mesa, él le pasó la mano por la rodilla, le subió por la cara interna del muslo y le metió dos dedos por el costado de la bombacha sin pedir permiso. La encontró empapada. Le susurró que estaba chorreando como una puta. Ella se mordió el labio y abrió un poco más las piernas.
Cuando terminaron de comer, él pagó la cuenta sin preguntar y le dijo con naturalidad:
—¿Vamos?
Valeria agarró su bolso y salió con él.
***
El motel quedaba a pocas cuadras. Ella me contó después que el trayecto en auto fue en silencio, pero que Rodrigo le puso la mano en el muslo apenas arrancó, con firmeza, sin pedir permiso, y que ella no la quitó. Esa presión cálida, la palma abierta subiéndole apenas por el muslo bajo la tela, le fue dejando la piel alerta, el coño latiéndole de anticipación mientras miraba por la ventanilla sin decir una palabra. En un semáforo él le agarró la mano y se la puso sobre la entrepierna, sobre el bulto duro y gordo que se le marcaba debajo del pantalón. Valeria se lo apretó con la palma abierta, lo recorrió a lo largo, midiéndolo. Era grande. Más grande que la mía. Mucho más. Y estaba durísima, ya, ahí, antes de que se hubieran tocado de verdad.
Entraron al cuarto y la puerta apenas se cerró cuando él la tomó de la cintura y la jaló hacia su cuerpo. Valeria sintió la diferencia de inmediato. La fuerza, la seguridad, la forma en que la agarraba como si supiera exactamente dónde poner las manos. No hubo preámbulos suaves ni besos tentativos. Fue directo, intenso, con esa energía de alguien que no tiene dudas de lo que quiere.
Rodrigo le hundió la boca en la suya y la besó con hambre, empujándola hasta la pared mientras una mano le apretaba el culo por encima de la ropa y la otra le subía por la espalda hasta la nuca. Valeria gimió contra sus labios, le devolvió el beso con la boca abierta, mordiendo, chupando lengua, respirando con dificultad cuando él le bajó el cierre de la falda de un tirón y le metió la mano por debajo de la bombacha. Los dedos le encontraron el coño empapado de inmediato, resbaloso, caliente, abierto, y ella arqueó la cadera sin poder evitarlo.
—Mirá cómo te pusiste —le dijo él, con la voz baja, raspada, mientras le corría la ropa interior a un costado y le deslizaba dos dedos adentro, despacio al principio, después más profundo, hasta los nudillos, haciéndola abrirse con una facilidad obscena—. Estás chorreando, puta. Tu marido no te coge, ¿no?
—No —jadeó ella, con la frente apoyada en el hombro de él, las caderas moviéndose solas, montándose en los dedos que la abrían—. No me coge. Hace meses que no me coge.
—Hoy te voy a coger yo. Te voy a romper este coño.
Ella le respondió con la misma urgencia. Se aferró a su cuello, le desabrochó la camisa a tirones y le recorrió el pecho con las uñas, sintiendo como las manos de él le bajaban la ropa de los hombros, le desataban el corpiño, le agarraban las tetas y se las apretaban con una firmeza que le arrancó un gemido húmedo, directo, sin vergüenza. Se las amasó, le pellizcó los pezones hasta hacerla soltar un grito ahogado, le bajó la boca encima y se las chupó una a una, mordiendo la carne, dejándole marcas rojas. Valeria le bajó las manos al pantalón, le abrió el cinturón, le sacó la verga de un tirón. Era gruesa, larga, venosa, y le pulsaba en la palma de la mano. Se quedó mirándola un segundo, hipnotizada, midiendo lo que se le venía encima.
—Chupámela —le ordenó él, agarrándola del pelo y empujándole la cabeza hacia abajo.
Valeria se arrodilló sin resistirse. Le agarró la verga con las dos manos, le pasó la lengua a todo lo largo, desde los huevos hasta la punta, y se la metió en la boca de golpe, hasta atrás, hasta que se atragantó. Empezó a chupársela con hambre, haciendo ruidos sucios, babeando, mientras él le sostenía la cabeza por la nuca y le marcaba el ritmo. Le hundía la garganta en la verga una y otra vez, sin darle tregua. Valeria sentía los hilos de saliva caerle por el mentón, el ahogo cada vez que él se la metía hasta el fondo, las arcadas que no podía controlar, y cada arcada le mojaba más el coño.
—Mirame, putita. Mirame mientras me la chupás.
Ella levantó los ojos, llorosos, con el rímel corrido, y le sostuvo la mirada con la boca llena de verga. Él gruñó, le sacó la polla de la boca, le pegó dos cachetadas suaves en la mejilla con la verga babeada, y la levantó del pelo.
En algún momento, entre la ropa que se iba acumulando en el piso y la respiración que se volvía más pesada, Valeria se acordó de mí.
No de una forma tierna. No por culpa.
Se acordó del acuerdo.
Buscó el celular entre la ropa revuelta del piso y me llamó. No dijo nada cuando atendí. Solo dejó el teléfono en la mesita de noche, con la llamada abierta, y volvió a lo que estaba haciendo.
Yo escuché el sonido húmedo de sus besos, la respiración de Rodrigo cada vez más cargada, y el chasquido de la ropa al caer. Después vino un gemido más largo, cuando él la levantó de la cintura y la sentó en la cama, separándole las piernas con ambas manos para mirarla como si se la estuviera comiendo con los ojos antes de meterle la cara entre los muslos.
Podría haber colgado. Debería haber colgado.
No colgué.
***
Lo escuché chupárselo. El sonido húmedo de una lengua trabajando contra un coño abierto, sin pausa, con avidez. Los gemidos de Valeria pasaron de cortos a largos, de controlados a rotos. La escuché agarrarse del respaldo de la cama, escuché las piernas cerrándose alrededor de la cabeza de él, escuché su voz quebrada pidiéndole que no parara, que ahí, que justo ahí, que le metiera la lengua adentro, que le chupara el clítoris, todo dicho con una urgencia que no le había escuchado en años. Cuando se vino, lo gritó. Un grito largo, sucio, que se le escapó del cuerpo entero, que terminó en una serie de jadeos quebrados mientras él seguía lamiéndole el coño tembloroso.
Después escuché el ruido del envoltorio del preservativo. El silencio breve mientras él se lo ponía. Y después el quejido grave de Valeria cuando él se la metió entera de una sola embestida.
—Ay, hijo de puta —gimió ella—. Qué grande la tenés. Qué grande la tenés, carajo.
—Esto es lo que necesitabas, ¿no? Esto querías. Una verga que te llene.
—Sí. Sí. Sí. Cogeme. Cogeme fuerte.
Lo que siguió fue una tortura que no quise detener. Cada sonido me llegaba filtrado por la distancia y la bocina del celular, pero era suficiente para armar la imagen completa en mi cabeza. El crujido rítmico del colchón. La cama golpeando contra la pared. La respiración de Valeria volviéndose más agitada, más suelta, liberando sonidos que yo no le había escuchado en meses. La voz grave de Rodrigo diciéndole cosas que no alcanzaba a descifrar pero que la hacían reaccionar con más intensidad. El sonido sucio, mojado, de carne contra carne, de huevos golpeando contra culo, de una verga gruesa entrando y saliendo de un coño empapado.
Valeria empezó arriba de él, lo supe por el cambio de peso sobre el colchón y por la forma en que su voz se volvió más mandona, más áspera. Le pedía que no se quedara quieto, que la agarrara bien, que la llenara, que la rompiera. Rodrigo respondió con un gruñido y el ruido seco de la cama contra la pared me hizo imaginarlo levantándola por las caderas, acomodándola, hundiendo la verga adentro de golpe hasta hacerla soltar un gemido largo, roto, de esos que nacen del fondo del cuerpo. La oía rebotar encima de él, escuchaba el chasquido húmedo del coño golpeando contra la pelvis, el aplauso de sus tetas saltando, la respiración entrecortada de los dos.
—Así, putita. Movete así. Cogete esa verga.
—Es enorme. Me llena toda. Me llega hasta el fondo.
—¿Tu marido te llena así?
—No. No me coge. No me coge nadie como vos.
Me quedé sentado en el sillón del living, con el teléfono pegado a la oreja, sin moverme. La cerveza se calentó en mi mano. La televisión seguía prendida en mudo, proyectando sombras azules sobre las paredes.
Los celos me comprimían el estómago como un puño cerrado. Pero debajo de eso, en una capa que me daba vergüenza reconocer, había otra cosa. Algo que se parecía peligrosamente a la excitación. Cada gemido de ella, cada pausa seguida de un golpe seco contra el respaldo de la cama, cada murmullo ahogado, me provocaba una reacción que no podía controlar ni entender. Sin darme cuenta tenía la mano sobre el bulto del pantalón, apretándomela. Por primera vez en meses, la verga se me había puesto dura. Dura de verdad. Y se me había puesto dura escuchando a mi mujer ser cogida por otro.
Ella no era pasiva. Eso lo notaba por los sonidos. Había momentos en que era su voz la que dominaba, la que marcaba el ritmo, la que le exigía más. Escuché como Rodrigo soltaba el aire entre los dientes, conteniendo algo, y ella no le daba tregua. Lo buscaba, lo presionaba, lo llevaba al límite y después lo frenaba con un cambio de posición que yo solo podía imaginar.
En un momento la escuché decirle que la pusiera de espaldas. Que la pusiera en cuatro. Que la cogiera como a una perra. Después vino un jadeo brusco, el golpe de la cama, y el sonido sucio, repetido, de él entrando y saliendo entre sus piernas con una cadencia cada vez más pesada. Las palmadas en el culo. Una. Dos. Tres. El gemido roto de Valeria con cada golpe. La carne ardiéndole, el coño apretándose alrededor de la verga.
—Tirame del pelo —le pedía ella, con la voz hecha trizas—. Tirame del pelo. Decime puta. Decime que soy tu puta.
—Sos mi puta. Sos una puta cogida. Mirá cómo te entra. Mirá cómo te abro.
—Más fuerte. Más fuerte, carajo. Rompeme.
Valeria gemía con la voz quebrada, pidiéndole más fuerte, más adentro, mientras el aire se le cortaba entre un gemido y otro. Yo escuchaba el sonido obsceno, repetitivo, de los huevos de él chocando contra su clítoris, y sin pensarlo me había sacado la verga del pantalón. Me la agarré con la mano y empecé a pajearme despacio, con culpa, con rabia, con una excitación que me quemaba la cara de vergüenza.
Perdí la noción del tiempo. Pudieron ser veinte minutos o una hora. Solo existía el sonido que salía del teléfono y la confusión brutal que me generaba en el cuerpo.
En algún punto, todo cambió de ritmo. Se volvió más rápido, más desesperado. La voz de Valeria subió de tono, fragmentada, casi irreconocible. Le pedía que se viniera adentro, que la llenara, que le llenara el coño de leche. Rodrigo soltó un gruñido animal, los golpes contra el colchón se volvieron erráticos, y después un gemido prolongado, rasposo, de los dos al mismo tiempo. Valeria corriéndose otra vez, gritando entrecortado, y él vaciándole la verga con embestidas pesadas, profundas. Un silencio largo, roto solo por dos respiraciones pesadas tratando de normalizarse. Yo todavía con la mano en la verga, sin haberme animado a venir.
Y luego nada.
La llamada seguía abierta pero el silencio era total. Escuché pasos, el sonido de una puerta, agua corriendo. Después la llamada se cortó.
***
Me quedé mirando la pantalla del celular con la leyenda "Llamada finalizada" hasta que se apagó sola. No me moví. No podía. Tenía el cuerpo tenso, la mandíbula apretada, la verga dura todavía adentro del pantalón a medio abrir, y una vergüenza profunda apretándome el pecho.
Cinco minutos después, vibró el teléfono.
Era una foto.
Valeria, recostada en la cama deshecha, con el pelo pegado a la frente, las sábanas arrugadas alrededor, la piel brillante de sudor. No sonreía. No posaba. Solo miraba a la cámara con esa expresión de alguien que acaba de soltar algo que llevaba demasiado tiempo conteniendo. Tenía las marcas de unos dedos en la cadera, mordidas en el cuello, las tetas marcadas de rojo, el maquillaje corrido debajo de los ojos. Tenía las piernas medio abiertas y se le veía el coño hinchado, rojo, todavía abierto de la cogida, con un hilo blanco de semen escurriéndole por la cara interna del muslo. Se había sacado el preservativo, o él lo había roto, o ella se lo había pedido sin condón al final. No importaba. Lo único que importaba era esa foto.
Sin texto. Sin explicación. Solo la imagen.
La miré más tiempo del que debería admitir. La amplié, la recorrí con los ojos, deteniéndome en cada detalle como si estuviera buscando algo que confirmara lo que sentía. En la marca de los dedos en la cintura. En el coño todavía hinchado. En el chorro blanco bajándole por el muslo. Los celos seguían ahí, afilados, pero ya no eran lo único. Había algo más denso, más oscuro, que se me instalaba en el pecho y que no se iba. Me agarré la verga otra vez por encima del pantalón. Estaba más dura que nunca.
Cuando Rodrigo salió del baño, Valeria se vistió y se fue sin drama. Me lo contó después con una naturalidad que me descolocó. Como si hubiera ido al gimnasio. Como si no acabara de voltear nuestra relación entera del revés. Me dijo que se subió al colectivo todavía con la bombacha mojada de semen, sintiendo cómo le chorreaba entre las piernas en cada movimiento, y que cada vez que se acomodaba en el asiento se acordaba de la verga de él abriéndola.
***
Llegó al departamento entrada la noche. Abrió la puerta, dejó las llaves en la mesa y me miró. Yo estaba en el mismo lugar donde me había dejado, en el sillón, con la televisión todavía en mudo.
—¿Estás bien? —preguntó, con cautela.
No contesté de inmediato. Me levanté, crucé el living y la besé. Con fuerza, con urgencia, de una forma en que no la había besado en meses. Ella se sorprendió pero no se alejó. Me devolvió el beso, y cuando mis manos la tomaron de la cintura pude sentir todavía el perfume de otro hombre mezclado con el suyo. En el cuello le quedaban dos marcas rojas, marcas de mordidas. Las besé. Le pasé la lengua por encima. Le bajé la boca a las clavículas, le abrí la camisa con torpeza, le mordí las tetas que todavía tenían los pellizcos del otro.
Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, mi cuerpo respondió.
La verga se me puso dura como en los primeros días. Dura, hinchada, pulsando contra el pantalón. Valeria me la agarró por encima de la tela y se le escapó un gemido sorprendido. Me la apretó, me la midió en la palma de la mano, y me miró con los ojos muy abiertos.
—Mirá lo que se te paró —me susurró—. Hace meses que no se te paraba así.
La empujé contra el sillón. Le bajé la falda hasta los tobillos. La bombacha estaba mojada, empapada todavía de él, manchada, pegada al coño. Se la corrí a un lado y la miré. Estaba abierta. Estaba roja. Se le veían las marcas de los dedos en los muslos. Y todavía tenía rastros de semen pegado al vello.
—Está cogido —murmuró ella, abriendo las piernas un poco más, sin vergüenza—. Está sucio. Está lleno de él.
Le hundí la cara entre las piernas. La chupé. Le chupé el coño cogido por otro, le pasé la lengua por todos lados, sentí el gusto extraño de él mezclado con ella, y en vez de asco lo que sentí fue una excitación oscura que me bajó por la espalda y se me clavó en la verga. Valeria me agarró del pelo, me apretó la cara contra el coño, me dijo que siguiera, que le chupara todo, que limpiara lo que el otro le había dejado adentro.
Después la di vuelta. La puse en cuatro sobre el sillón, con el culo en pompa, y le metí la verga de una sola embestida. Entró con una facilidad obscena, el coño todavía dilatado de la otra polla, todavía resbaloso, todavía caliente. Valeria soltó un gemido largo, sorprendido, y empezó a empujar el culo hacia atrás, montándose en mi verga, cogiéndome a mí ahora, exigiéndome el ritmo que el otro le había dado hacía horas.
—Cogeme —jadeaba—. Cogeme fuerte. Como me cogió él. Cogeme como una puta.
La agarré del pelo. Le pegué en el culo. Le hablé sucio por primera vez en años. Le dije que era mi puta, que era la puta de él, que era nuestra puta. Y ella se vino dos veces antes de que yo me viniera adentro, gritando, mordiendo el almohadón del sillón, apretándome la verga con un coño que ya no era solo mío.
No sé si fue la rabia, los celos, o esa cosa nueva que no me animaba a nombrar. Pero la busqué con una intensidad que no sentía desde el principio de lo nuestro. Y ella me respondió igual, como si el encuentro de la tarde la hubiera dejado con hambre todavía, como si nunca fuera suficiente. Cuando me corrí adentro, sentí cómo mi leche se mezclaba con lo que ya tenía. Y eso, por algún motivo, me hizo venirme más fuerte de lo que recordaba haberme venido nunca.
Después, acostados en la oscuridad, con la respiración todavía agitada, le pregunté:
—¿Lo vas a volver a ver?
Valeria tardó en contestar. Giró la cabeza y me buscó los ojos en la penumbra. Tenía el coño todavía chorreando entre las piernas, el semen de los dos escurriéndole sobre las sábanas.
—¿Querés que lo vuelva a ver?
El silencio que siguió fue distinto al de la noche anterior. Ya no era de miedo. Era de algo nuevo, algo que todavía no entendía del todo pero que ya no me parecía imposible.
—Sí —dije, casi en un susurro—. Creo que sí.
Ella no dijo nada. Solo se acercó, apoyó la cabeza en mi pecho y se quedó así, en silencio, mientras los dos procesábamos lo que acababa de cambiar entre nosotros.
La idea de compartirla ya no me resultaba ajena. Y eso me asustaba más que cualquier otra cosa.
