Mi inquilina me descubrió aquella tarde de enero
Hace diez años que enterré a Tomás. Al principio creí que el deseo se iría con él, que se enfriaría junto con el lado izquierdo de la cama. Tenía cincuenta y dos entonces. Ahora tengo sesenta y dos, y aprendí que el cuerpo no entiende de lutos largos.
Me llamo Mercedes. Vivo en una casa demasiado grande, con un patio trasero donde el jazmín crece sin que nadie lo pode. Heredé la casa, la viudez y una pensión que apenas alcanza para los impuestos, así que el año pasado decidí alquilar el cuarto del fondo. Soledad llegó respondiendo al anuncio del periódico una mañana de febrero. Tenía cuarenta y tres años, una maleta mediana y los ojos del color del té frío.
—Vengo escapando de un divorcio —dijo apenas la senté en la cocina—. No traigo problemas, ni amantes, ni perros. Solo necesito un cuarto y silencio.
Le dije que sí antes de pensarlo.
Durante los primeros meses fue una sombra educada. Saludaba al cruzarnos en el pasillo, dejaba su taza limpia sobre el escurridor, cerraba la puerta de su habitación con una delicadeza casi religiosa. Yo la observaba sin querer observarla. Tenía las caderas anchas, el andar tranquilo, una manera de pasarse la mano por la nuca cuando hacía calor que me hacía mirar más tiempo del aceptable.
Aquella tarde de enero, la ciudad hervía. El termómetro del patio marcaba treinta y ocho grados. Soledad se había ido al mediodía a hacer un trámite y la casa entera era mía, con las persianas a media asta y las baldosas refrescadas con balde y trapo. Me tendí sobre la cama con una bata fina, sin ropa interior, y dejé que el ventilador de techo me secara el sudor del pecho.
No iba a pasar nada. Solo iba a descansar.
Pero el cuerpo, que había aprendido a callarse durante diez años, decidió hablar esa tarde. Empezó como un cosquilleo entre los muslos, una presión sorda en el bajo vientre, ese aviso antiguo que conocía de memoria. Cerré los ojos y dejé que la mano bajara sola. Encontré los labios hinchados, la humedad ya esperando. Me toqué despacio, primero rodeando, después insistiendo sobre el clítoris. Pensaba en cosas concretas: la nuca de Soledad, la forma en que se inclinaba sobre la lavadora, el olor a jabón de glicerina que dejaba en el baño compartido.
Me corrí en silencio, mordiéndome el dorso de la mano. Un orgasmo limpio, casi triste, de los que terminan en lágrimas si una se descuida.
Después me quedé quieta, escuchando el ventilador. Y entonces oí la puerta de calle.
Soledad había vuelto antes de tiempo.
***
Me incorporé de golpe, con esa culpa absurda de la mujer que se sabe mojada. Acomodé la bata, me peiné con los dedos, salí al pasillo con la excusa de ir a tomar agua. Pero al pasar frente a su puerta, frené.
Estaba entreabierta. Tres dedos de luz amarilla.
Y desde adentro venía un sonido que no se parecía a ningún otro: respiración entrecortada, el crujido leve de un colchón viejo, un suspiro que se ahogaba antes de salir entero.
Sé lo que tendría que haber hecho. Seguir caminando, fingir que no había oído nada. Pero llevaba diez años en esa casa sin escuchar a otra mujer respirar de esa manera, y los pies se me clavaron en el piso.
Me acerqué un paso. Otro. La rendija me devolvió una imagen que no he podido borrar.
Soledad estaba desnuda sobre las sábanas blancas, con las piernas abiertas y una mano entre los muslos. La luz de la siesta entraba por la ventana y le caía oblicua sobre el vientre redondeado, sobre los pechos pesados con los pezones oscuros y endurecidos. La otra mano se apretaba uno de esos pezones, lo retorcía sin vergüenza. Tenía la cabeza echada hacia atrás, el pelo desparramado sobre la almohada, y los labios apenas entreabiertos.
Su sexo era distinto al mío. Los labios mayores eran carnosos, generosos, de un rosa profundo que casi tiraba al granate. El clítoris asomaba entre ellos, prominente, brillante, como un pequeño botón duro que ella frotaba en círculos con dos dedos. Sus caderas se levantaban buscando la mano. Cada vez que los dedos se hundían dentro de ella, un sonido húmedo, casi obsceno, llegaba hasta el pasillo.
Me llevé la mano a la boca para no hacer ruido. Estaba mojándome de nuevo, peor que antes.
Y entonces ella abrió los ojos.
Me descubrió mirándola. No gritó. No se cubrió. Tampoco apartó la mano. Sostuvo mi mirada con esa calma suya de mujer divorciada y curtida, y muy despacio, sin dejar de tocarse, dijo:
—Mercedes. Pasa. No te quedes ahí.
***
Empujé la puerta con la punta de los dedos. La cerré detrás de mí, sin pensarlo demasiado, porque pensar era exactamente lo que iba a arruinar la tarde.
—No sabía que estabas —murmuré, sin moverme.
—Volví hace diez minutos. Te oí.
Sentí que me ardía la cara.
—No te avergüences —dijo ella, y se sentó un poco contra el respaldo de hierro—. Yo también te oigo a veces. Por las noches. La pared es fina.
No supe qué contestar. Me senté al borde de la cama, con la bata todavía cerrada con un nudo flojo. Soledad estiró una mano y me la apoyó en la rodilla. Solo eso. La piel cálida sobre mi piel.
—¿Hace cuánto que no te toca alguien? —preguntó. No era una pregunta de verdad. Lo dijo como quien constata una temperatura.
—Diez años.
Asintió despacio. Movió la mano hacia arriba, por el muslo, hasta el borde de la bata. La detuvo ahí.
—¿Quieres que pare?
Negué con la cabeza.
Desató ella misma el nudo. La bata se abrió y quedé desnuda frente a esa mujer que no me conocía hasta hacía un año. Sentí pudor, claro, por la barriga blanda, por los pechos que ya no apuntaban hacia arriba, por todo lo que el tiempo había aflojado. Ella debió notarlo porque me tomó la cara con las dos manos.
—Eres hermosa, Mercedes. No me hagas perder la tarde explicándotelo.
Me besó. Fue el primer beso de boca abierta que recibía desde que enterramos a Tomás. Tenía gusto a menta y a algo más viejo, más femenino. Su lengua era paciente, no apurada, y me enseñó a respirar por la nariz mientras la besaba.
Sus manos bajaron a mis pechos. Los sostuvo con respeto, los pesó, los acarició por debajo, donde la piel se vuelve más fina. Después agachó la cabeza y se llevó un pezón a la boca. Lo chupó despacio, lo mordió apenas, y yo gemí por primera vez en una década delante de otra persona.
—Recuéstate —dijo.
Me dejé caer sobre la almohada que todavía guardaba el calor de su nuca.
***
Soledad me besó el cuello, la clavícula, el medio del pecho. Me lamió el ombligo y se quedó un rato ahí, soplando suavemente, hasta que las piernas se me abrieron solas. Bajó más. Cuando su boca llegó a la cara interna del muslo, ya estaba temblando.
—Mírame —dijo desde abajo.
La miré. Tenía los ojos clavados en los míos cuando pasó la lengua por toda la longitud de mi sexo, plana, lenta, sin prisa. Mi cuerpo se sacudió. Volvió a hacerlo, y otra vez, recogiendo todo lo que estaba ahí desde la siesta. Después concentró la lengua en el clítoris, lo rodeó, lo chupó con los labios cerrados, lo soltó, lo volvió a chupar.
—Así —susurré—. No pares.
Metió dos dedos. Los curvó hacia adelante, hacia ese punto que yo creía olvidado, y empujó al ritmo de la lengua. Me agarré con las dos manos al hierro de la cabecera. La habitación entera olía a nosotras.
—Soledad, me voy a correr.
—Hazlo.
El orgasmo me partió en dos. No fue como el de la siesta, contenido y triste. Este me sacudió las piernas, me arqueó la espalda, me arrancó un grito que no me reconocí. Soledad no apartó la boca hasta que dejé de temblar, hasta que las piernas se me cayeron abiertas, vencidas.
Subió por el cuerpo, despacio, besándome el camino. Me besó en la boca y me hizo probar mi propio sabor. Sonrió.
—Ahora tú.
***
Me coloqué entre sus muslos. Ella separó las rodillas para hacerme lugar. Su sexo me esperaba abierto, brillante, con ese clítoris insolente que me había vuelto loca por la rendija. Tenía miedo. Llevaba una vida entera con un solo hombre, y ese hombre nunca había bajado tan al sur. No sabía qué iba a saber mi boca cuando llegara.
Apoyé los labios primero, sin lengua, como un beso. Sentí el calor, la humedad, el latido. Soledad jadeó. Saqué la lengua y la pasé por toda la línea, igual que ella había hecho conmigo. El sabor era denso, salado, mineral. Me gustó. Me gustó tanto que volví a hacerlo, y otra vez, hundiéndome más.
—Chúpame el clítoris —pidió—. Despacio.
Lo busqué entre los labios, lo rodeé con la lengua, lo aprisioné suavemente con la boca. Ella enredó los dedos en mi pelo y me marcó el ritmo. Yo agregué los dedos. Dos, como ella había hecho. Estaba apretada para tanta intensidad, me costó al principio, pero pronto me chupó con las paredes y empezó a moverse contra mi cara.
—Mercedes. Mercedes. Así.
Aceleré la lengua. Curvé los dedos. La sentí contraerse antes de que ella misma se diera cuenta. Sus muslos se cerraron contra mis sienes. La cama crujió. Mordió la almohada para no gritar y se corrió en una serie de espasmos largos, lentos, mojándome la barbilla, las manos, el cuello.
Me quedé ahí, con la cara apoyada en su muslo, escuchándola volver.
***
Lo hicimos otras dos veces antes de que cayera la noche. Una contra la pared, en su baño, debajo del agua tibia. Y otra más calmada, ya en mi cama, con la luz apagada y la ventana abierta al patio. En la oscuridad nos enredamos pierna con pierna, sexo contra sexo, frotándonos despacio hasta que las dos perdimos la cuenta de quién se corrió primero. Su clítoris contra el mío era una sensación que no figuraba en mi inventario. Algo vivo, eléctrico, que no se parecía a nada anterior.
Después conversamos. Le conté de Tomás, del silencio largo de la viudez, de los inviernos en que dormí con los calcetines puestos para no notar la cama vacía. Ella me contó de su marido, de los años perdiendo el deseo de a poco, hasta darse cuenta de que no era con los hombres. Que siempre lo había sabido, pero recién a los cuarenta se animó.
—Llegué tarde —dijo—, pero llegué.
—Yo también.
Me besó la sien.
—No es tarde, Mercedes. Es ahora.
***
Han pasado seis meses desde aquella tarde de enero. Soledad sigue durmiendo en el cuarto del fondo, pero ya casi nunca lo usa. Pagamos las facturas a medias, compartimos la nevera, plantamos albahaca en el patio. Los vecinos suponen lo que quieran. A los sesenta y dos, la opinión ajena ocupa menos espacio del que ocupaba antes.
Algunas tardes, cuando hace tanto calor como aquella primera vez, ella deja la puerta entreabierta a propósito. Yo paso por el pasillo fingiendo que voy por agua, freno frente a la rendija, miro. Ella sabe que la miro. Yo sé que ella sabe. Después entro, cierro detrás de mí, y empezamos otra vez.
La viudez fue larga. Esto, espero, sea más largo todavía.