Mi vecina madura me propuso ser amantes sin reglas
A los sesenta me prometí una vida tranquila. Entonces se abrió la puerta de enfrente y apareció ella, con dos mechones blancos y una sonrisa que prometía problemas.
A los sesenta me prometí una vida tranquila. Entonces se abrió la puerta de enfrente y apareció ella, con dos mechones blancos y una sonrisa que prometía problemas.
Acepté el fetiche de mi novio y salí vestida para que me miraran. Nunca pensé que terminaría a solas con un policía que me observaba demasiado.
Creí que iba solo a borrar esas fotos y volver a mi vida. En cuanto don Marcial abrió la puerta supe que había ido por algo muy distinto, y que él lo sabía mejor que yo.
La reconocí entre las góndolas del supermercado: más llena, más segura, con esa mirada de quien todavía recuerda lo que pasó entre nosotros en aquella aula vacía.
Tenía la edad de mi hija mayor y se empinaba para mirarme el escote mientras yo firmaba. No dije nada. Al día siguiente elegí el vestido pensando en él.
Llevaba dos semanas sin volver, pero su mensaje a medianoche me encontró en la cama, casi desnuda y sin un solo argumento para decir que no.
Hacía años que ningún hombre me miraba como él desde el balcón de al lado, y esa tarde descubrí que yo tampoco quería dejar de ser mirada.
Todos la odiaban antes de que volviera al barrio. Yo solo dibujaba sus tatuajes desde mi lado del muro, hasta que ella decidió cobrarme por ser su musa.
Salí de casa con un vestido normal, pero debajo llevaba algo que solo él vería. Sabía lo que iba a pedirme, y yo ya había decidido decir que sí.
Le prometí a Marcos que cuidaría de su madre mientras él estaba lejos. Lo que no le conté fue lo que pasó la tarde que ella se ofreció a cocinar en mi casa.
—¿Querés que lo probemos antes de que decidas? —dijo él, y Mariana entendió que esa tarde ninguno de los dos hablaría solo del proyector.
La primera vez que entré a su departamento encontré una tanga colgada en la ducha, y supe que aquel trato de comida por agua caliente iba a costarme mucho más que unas empanadas.
Esperé en la parada del autobús con el corazón acelerado, sabiendo que en cuanto su auto apareciera dejaríamos de ser madre e hijo para ser otra cosa.
Apagué el televisor cuando ella subió a dormir, pero la escena seguía repitiéndose en mi cabeza con la cara de mi hermana en lugar de la actriz.
Solía broncearse en topless junto a la pileta, segura de que nadie la veía. Hasta que sintió la mirada de él clavada en su piel desnuda.
Bajó la frente sobre el escritorio de roble, entre el hijo y la madre de él, y entendió que su título de suegra respetable acababa de morir en ese despacho.
Mi sobrina se metió en mi cama con una propuesta indecente, y no imaginé que mi hijo estaría espiándonos desde la puerta del pasillo.
Mi hermana cumplía veinte y yo tenía preparada una cámara, un guión y a toda la familia metida en su papel. Lo que ninguno imaginaba era hasta dónde íbamos a llegar esa noche.
Aurora abrió el camino a los dieciocho años. Elvira tardó dos décadas en rendirse. Magdalena juraba que jamás. Aquella noche de 1975 las cuatro acabamos en el mismo cuarto.
Choqué con ella en la acera, todavía con resaca. Me invitó a tomar algo. Tres horas después supe por qué una mujer madura no tiene nada que ver con una chica.