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Relatos Ardientes

El hijo de mi amante me sorprendió en la ducha

Hola otra vez, criaturas. Hoy les traigo un relato que me pasó hace un tiempo y que sé que les va a gustar, porque el protagonista es un jovencito que tenía toda la cara de niño bueno y resultó ser todo lo contrario.

Para que entiendan el contexto: yo soy de las que andan en aplicaciones de citas desde hace años. Tengo marido y dos hijos, pero eso no me detiene. En esas apps conozco hombres de todas las edades. A muchos les digo que estoy casada y eso los enciende todavía más. Otros se asustan y desaparecen. Y a la mayoría los uso para tener sexo y, cuando se da, para sacar algún beneficio extra.

Al padre del protagonista lo conocí ahí. Lo voy a llamar Andrés. Divorciado, cincuenta y pocos, con un único hijo que vivía con la madre en otra ciudad. Para él yo era su novia. Para mí era apenas un amante más, uno de los varios que iba intercalando. Cada vez que nos veíamos me hablaba de su hijo, de las ganas que tenía de verlo en las vacaciones. Llegó el verano y el chico viajó para quedarse con él un par de semanas.

Esa mañana yo había quedado en pasar a saludar antes de salir a hacer unas compras. Tenía el día apretado. Mi plan era estar diez minutos, darme una ducha rápida —siempre me baño antes de salir, es una manía— y arrancar para el centro. Cuando toqué el timbre, Andrés me abrió con la cara de niño en Navidad.

—Ven, te lo presento —me dijo, agarrándome la mano.

Caminamos hasta el comedor. Sentado a la mesa, con un libro abierto adelante, había un chico de unos diecinueve años. Flaco, con el pelo revuelto y los ojos oscuros. Levantó la vista y se le notó el sobresalto: claramente Andrés no le había avisado que esa mañana iba a aparecer una mujer en taco alto y camisa anudada por la casa. Yo le sonreí.

—Hola, Tomás. Me hablaron mucho de ti —le dije, porque desde el primer segundo decidí tratarlo como cosa mía.

Él se levantó torpe, me dio un beso en la mejilla y se volvió a sentar. Yo me corrí hasta la cocina con el pretexto de servirme un café. Llené tres tazas en una bandeja y volví. Al apoyar la bandeja en la mesa me incliné todo lo que pude. La camisa que llevaba esa mañana —anudada en la cintura como un top— se abrió lo suficiente para que Tomás tuviera asiento de primera fila. Le vi la cara: se quedó tieso, con la boca medio abierta y una carpa marcándose debajo del pantalón deportivo. Andrés ni se enteró, seguía hablando de un examen.

—¿Tú también quieres? —le pregunté a Tomás, levantando la cafetera.

—Eh… sí, sí —contestó.

—¿Desde cuándo tomas café? —preguntó Andrés, con cara de sorpresa.

—Desde que se pusieron pesadas las materias —respondió el chico, mirándome de reojo.

Volví a inclinarme para servirle. Esta vez con menos disimulo. Tomás no me miró el café: me miró las tetas, fijo, sin pestañear, siguiéndome el pezón que se marcaba contra la tela. Cuando me erguí, le sonreí apenas. Estaba claro que la idea de pasar diez minutos en esa casa se me empezaba a complicar.

Mientras Andrés seguía con su monólogo sobre la facultad del chico, yo me coloqué detrás de él y le hice un masaje superficial en los hombros. Aprovechando que el padre no podía verme, le tiré un poco del borde de la camisa hacia abajo. Una de mis tetas se me salió por completo, con el pezón al aire, duro como una piedrita. Tomás estaba tomando un sorbo de café en ese momento. Lo escupió.

—¡Tomi, qué haces! —se quejó Andrés, mirándose la corbata manchada—. Ahora me la tengo que cambiar.

—Perdón, papá, me ahogué —balbuceó el chico.

Andrés se levantó refunfuñando y subió las escaleras. Yo, con cara de inocente sorprendida, fingí descubrir recién que tenía la teta afuera y me la guardé despacio, mordiéndome el labio y pellizcándome el pezón un segundo de más para que él lo viera. Tomás no había vuelto a respirar.

—Tendríamos que limpiar este desastre —le dije, acercándome a la mesa para juntar las tazas.

Me incliné otra vez, exagerando el escote. Él me miraba como si estuviera por desmayarse.

—Alguien parece bastante distraído —le dije al pasar.

Sin darle tiempo a contestar, agarré las tazas y subí al cuarto de Andrés. Allí tenía siempre un par de prendas mías. Andrés ya estaba poniéndose la corbata nueva y yo me quité la camisa, me acomodé una bata de seda fina y empecé a atármela. Justo en ese momento la puerta se abrió de golpe. Tomás. Sin tocar. Se quedó duro al verme con la bata abierta, con las tetas al aire y la mano del padre todavía en mi cintura.

—¡Tomi! ¿No sabes tocar? Mariana se está cambiando —lo retó el padre.

—Perdón, pensé que ya te habías ido —dijo, sin sacarme los ojos de encima.

—Estoy yendo. ¿Qué necesitas?

—Plata.

—En el cajón hay. No abuses.

Bajamos los tres juntos. Andrés se despidió de mí con un beso largo en la puerta y salió disparado a la oficina, llegando tarde como siempre. Tomás se quedó parado en el pasillo, con la billetera del padre todavía en la mano. Yo subí derecho al baño, cerré la puerta y abrí el grifo. Necesitaba mojarme la nuca para enfocar la cabeza.

Me paré frente al espejo y me solté la bata. En el celular me llegó un mensaje. Era de Andrés, o eso decía el contacto:

«Verte así me dejó cachondísimo. Mándame fotos para aguantar la mañana.»

Me llamó la atención el tono —Andrés escribía siempre con puntos y comas, como un oficinista—, pero no le di vueltas. Me saqué la bata y me hice unas ocho fotos. De arriba para abajo, el cuerpo entero, una donde me apretaba las tetas con un brazo hasta hacerlas rebalsar, otra sentada en el borde del inodoro con las piernas abiertas y el coño depilado bien a la vista, otra en la que me abría los labios del coño con dos dedos y se me veía el clítoris hinchado. Las mandé. A los pocos segundos volvió a vibrar el teléfono.

«Más, mami, estás riquísima. Enséñame ese coño de cerca, mami, quiero ver todo.»

Mami. Andrés nunca me había llamado así. Pero yo estaba tan caliente con la idea de que un tipo de cincuenta me babeara desde la oficina que mandé otras cinco. Esta vez el coño en primer plano, con los labios brillándome de humedad, y una donde me metía el dedo del medio hasta el nudillo y se veía cómo entraba y salía chorreando. Recibí una foto a cambio: una verga firme, del glande hasta la mitad del tronco, sobre lo que parecía una sábana arrugada. Gruesa, con una vena marcada corriéndole por debajo y el glande brillante de humedad en la punta. Le contesté con lo primero que se me cruzó.

«Qué rica se ve. Lástima que no estás aquí para metérmela toda.»

Dejé el celular sobre el lavabo y me metí en la ducha. Apenas el agua me cubrió la espalda, escuché que la puerta del baño rechinaba. Pensé que la había dejado mal cerrada. Después escuché pasos. Despacio. Me asomé por la cortina y se me cortó la respiración. Pegado al tabique que tapa la entrada estaba Tomás. En calzoncillos —bueno, casi: los tenía bajados hasta los muslos—, con la verga afuera, dura, apuntando al techo, meneándosela despacio con la mano y sosteniendo el celular del padre con la otra, con mis fotos en la pantalla.

—¿Qué estás haciendo? —le pregunté, más asombrada que enojada.

Se asustó. Se metió detrás del tabique. Pero a los dos segundos asomó la cabeza con una mezcla de pánico y descaro.

—Tú me escribiste «lástima que no estás aquí» —dijo—. Ese era yo.

Me quedé un segundo sin reaccionar. La verga seguía firme entre sus dedos, con un hilo de líquido preseminal escurriéndole del glande. El muy descarado había agarrado el celular del padre cuando este se cambiaba, había mandado los mensajes, se había cargado todas mis fotos, y ahora se estaba haciendo la paja mirándome en la ducha, sin ningún tipo de pudor. Y el morbo me ganó. Me ganó completo. Sentí que el coño se me apretaba solo, palpitando bajo el chorro.

—Ven aquí —le dije, despacio.

—¿En serio?

Apoyó el celular al lado del lavabo y caminó hasta la cortina. Quiso correrla. Yo la sostuve.

—Espera. Esto es demasiado bueno para ser verdad.

—Dímelo a mí —contestó, con una sonrisa torcida.

Saqué la mano por entre la cortina y le levanté la camiseta. Él la entendió y se la sacó solo. Después le bajé el calzoncillo de un tirón hasta los tobillos. Le agarré la verga con toda la mano, la sopesé un segundo —caliente, dura como una piedra, con el prepucio ya replegado y el glande morado— y empecé a masturbarlo despacio, todavía protegida por la tela mojada. Con el pulgar le repartí el líquido de la punta por todo el glande, resbaladizo, y le hice círculos apretados en el frenillo. Él soltó un gemido ronco y flexionó las rodillas.

—¿Te gusta cómo te la agarra mami? —le pregunté.

—Estás… estás increíble.

Solté la cortina y salí de la ducha chorreando, con el pelo pegado a los hombros y el agua bajándome por las tetas hasta el ombligo. Me arrodillé en la alfombra. Lo empujé con las dos manos hasta que su espalda chocó contra los azulejos. La verga le quedó justo a la altura de mi boca, apuntándome a la cara, con las venas marcadas, los huevos apretados y colgantes contra la piel del muslo.

—Esto es todo lo que vas a tener —le dije, agarrándole los muslos con las dos manos.

Y me lo metí entero en la boca. De un envión, sin previo aviso, hasta que la nariz me chocó con el pubis y sentí el glande empujándome en la garganta. Era una verga normal, ni grande ni chica, derecha, sin circuncidar, con el glande rosado. Me entraba toda sin esfuerzo. Empecé despacio, sacándomela hasta la punta, dándole un beso húmedo en el glande, y volviendo a tragarla enterita, dejando que un hilo de saliva me colgara del mentón hasta las tetas. Después fui apurando el ritmo. La chupaba con los cachetes hundidos, haciendo ruido a propósito, moviendo la lengua alrededor del glande cada vez que llegaba arriba y pasándola por el frenillo con la punta. Tomás tenía las dos manos contra la pared, los nudillos blancos.

—Dios mío —murmuró—. Dios mío.

Me la saqué de la boca con un pop y le pasé la lengua por toda la tira, desde los huevos hasta el frenillo, despacio, mirándolo a los ojos. Después le escupí un salivón bien gordo en la punta y usé mi propia baba para hacerle una paja rápida con la mano, girando la muñeca en cada subida, mientras le succionaba solo el glande con la boca, apretando los labios como un anillo alrededor de la corona.

—Chupa, mami, chúpala así —jadeó él.

Me agarró de la cabeza con las dos manos y empezó a marcar él el compás. Yo aflojé la mandíbula y dejé que hiciera lo que quisiera. En una de esas me empujó hasta el fondo y me apretó la cara contra su pelvis. Hice una arcada, se me llenaron los ojos de agua, se me escaparon los mocos y una hilera de saliva se me chorreó hasta las tetas. El muy desgraciado aguantó dos segundos más, sintiéndome la garganta apretándole el glande, antes de soltarme. Tosí, escupí. Le bajé a chuparle los huevos, uno primero y después el otro, metiéndomelos enteros en la boca, jugándoles con la lengua, mientras lo masturbaba con la mano libre, apretándole bien la base y mirándolo desde abajo con los ojos hinchados y el rímel bajándome por las mejillas.

—La chupas como nadie —dijo, casi sin voz—. Sos una puta increíble.

—Soy tu puta —le contesté antes de volver a metérmela hasta la campanilla.

Volví a la verga. Le dejé caer otro escupitajo bien gordo en la punta y se la repartí con la mano antes de tragarla otra vez. Ahora la lamía por los costados, le pasaba la lengua por la venita que le corría por debajo, se la envolvía con los labios y la dejaba salir con un pop húmedo. Él se animó: me agarró del pelo con las dos manos, se lo enrolló en los puños y empezó a moverse, cogiéndome la boca en serio, embistiéndome la garganta como si fuera un coño. Yo dejé que lo hiciera. Me lloraban los ojos, la boca se me llenaba de saliva y baba que se me caía a las tetas mojadas, y cada tanto sentía que el glande me pegaba en el fondo hasta hacerme arcada. Cuando quiso bajar la mano a tocarme el coño, lo paré.

—Quieto. Tú te quedas ahí.

Me levanté y lo empujé al piso. Cayó sentado sobre la alfombra, con la verga bien parada apuntando al techo, brillando de saliva y babas mías. Le pasé una pierna por encima, le di la espalda y me bajé en cuclillas hasta rozar la punta con los labios del coño. Estaba tan mojada que no hizo falta guiarlo con la mano: se me deslizó adentro con un solo movimiento largo. Sentí cómo me abría, cómo me llenaba centímetro a centímetro hasta hacer tope en el fondo. Apoyé las manos en su pecho. Subí y bajé una vez, despacio, para sentirlo bien adentro. La segunda vez ya me clavé con fuerza, apretándolo con las paredes del coño para arrancarle un gemido. Se lo arranqué. Después él perdió la paciencia: me agarró de la cintura con las dos manos y empezó a embestir desde abajo, rápido, sin freno, como si no hubiera tocado a nadie en su vida. Quizás no lo había tocado.

—Así, así, dale, cógeme —gemía yo—. Buen chico. Tratas bien a mami.

—Mami —repitió él, con la voz quebrada—. Qué coño tenés, qué coño, mami, no puedo…

No supe si lo decía como juego o como otra cosa. No me importó. Las dos posibilidades me hicieron temblar las piernas. Cuando se cansó y aflojó, yo tomé el control. Me apoyé bien en sus muslos y empecé a rebotar sobre él, fuerte, dejando que cada caída sonara como un aplauso seco contra su pelvis. El culo me golpeaba contra sus piernas con un chasquido húmedo cada vez que bajaba, y a él se le escapaba un gruñido cada vez que llegaba al fondo. Mis pezones le quedaban a la altura de la cara y él estiraba el cuello para chupármelos al pasar, se los llevaba enteros a la boca, tironeaba con los dientes hasta hacerme gemir de dolor y placer al mismo tiempo. Yo le agarré la cabeza con las dos manos y se la aplasté contra las tetas, restregándoselas por la cara.

—Chúpalas, chúpalas bien, ahogate ahí —le ordené.

Cuando se me empezaron a cansar las piernas, me di vuelta sin sacármelo. Giré despacio sobre su verga, sintiéndomela adentro rotar y presionar cada pared del coño. Quedé montada de frente. Apoyé las manos al lado de su cabeza y le ofrecí la boca para que me besara. No lo besé en serio: le saqué la lengua y dejé que la chupara como si fuera otra verga. Él me la mamó, me llenó la boca de saliva ajena. Yo le devolví el favor: le escupí en la boca abierta y él tragó, sin cortarse, con los ojos clavados en los míos.

—Eres un chico cochino —le susurré, moviendo las caderas en círculos lentos.

—Y tú eres una loca —contestó, riéndose por primera vez en toda la mañana.

Me apreté contra él para que el clítoris me rozara contra su hueso púbico y empecé a mover el culo hacia adelante y hacia atrás, chapoteando. Estaba tan mojada que me chorreaba por los muslos y le manchaba los huevos y la alfombra. Me subió una ola calentísima desde la panza. Todavía no me corría, pero faltaba poco.

Me bajé de él, y la verga le salió con un sonido a succión que nos hizo reír a los dos. Lo arrastré de la mano hasta el lavabo. Me senté arriba, abrí las piernas y lo enganché por la cintura con los talones, cruzándolos contra su culo para tenerlo bien pegado.

—Ahora me la metes bien —le ordené.

Lo hizo. Entró de un envión y se quedó quieto un segundo, respirando contra mi cuello, mordiéndome apenas el hombro. Sentí el glande topándome adentro, tan profundo que me hizo doler apenas. Después arrancó. Lento al principio, sacándomela casi entera y volviendo a metérmela hasta el fondo, cada vez, con ese chasquido de coño mojado que me ponía loca. Pegándome despacio en el clítoris con el pulgar mientras me cogía, dibujándome círculos apretados sobre el capuchón hinchado. Yo me agarraba del borde del lavabo con las dos manos y me mordía el labio para no gritar. Andrés podía volver en cualquier momento si se acordaba de algo, y la idea me ponía todavía peor.

—Más fuerte —pedí—. Rómpeme, dale.

Tomás cambió el ritmo. Me agarró de la nuca con una mano, me empujó contra el espejo y empezó a moverse en serio. Cada empuje me hacía golpear los omóplatos contra el vidrio. El espejo se me empañaba en la espalda cada vez que respiraba. Me clavó los dedos en las nalgas para levantarme más y coger más profundo. Le clavé las uñas en los hombros hasta que le dejé marcas rojas de media luna. Sentí que la verga me pegaba justo en un punto adentro, uno que hacía años ningún tipo me había encontrado, y se me arqueó la espalda sola. Me corrí ahí, contra el espejo empañado, gritando sin control, apretándole la verga con los músculos del coño mientras me venían las oleadas una atrás de otra. El primer temblor me subió desde los pies y me estalló en la panza. El segundo me hizo cerrar los ojos y clavarle los talones en el culo para que no parara. No me reconocía. No había forma de que esa fuera yo, una mujer de cuarenta y dos años bañada en sudor, partida en dos por el hijo joven de su amante, chorreando encima del lavabo de la casa del padre.

—Date vuelta —me dijo él, con una autoridad que no le había escuchado en toda la mañana.

Lo obedecí. Me bajé del lavabo con las piernas temblando y me apoyé contra la bañera, dándole la espalda, las manos contra la pared, el culo bien arqueado hacia atrás. Él se me pegó por detrás. Me agarró las nalgas, me las abrió con los pulgares y se quedó mirando un segundo, respirando por la boca. Después me pasó el glande por la raja, arriba y abajo, empapándolo en el jugo del coño, pasándolo por el ojete y volviendo a bajar, hasta que me la clavó de nuevo. Esta vez lo hizo despacio, observando, como si quisiera grabar la escena en la cabeza para siempre. Yo miraba hacia abajo, entre mis piernas, y le veía los huevos golpeándome cada vez que la clavaba hasta el fondo.

—Más rápido —pedí otra vez.

Me dio una palmada en una nalga, seca, fuerte, que resonó contra los azulejos. Después otra en la otra, más fuerte todavía. Me ardía la piel. Me encantaba. Me enganchó del pelo y me arqueó la cabeza hacia atrás hasta que le vi la cara reflejada en los azulejos brillantes. Me cogía rápido, profundo, con la respiración entrecortada. Cada embestida me sacudía las tetas contra la loza fría de la bañera y me arrancaba un gemido gutural. Yo gemía contra los azulejos, apretándolos con las palmas mojadas, dejándole al chico que me hiciera lo que quisiera.

—Dime que te gusta —exigió, dándome otra palmada que me dejó la marca de la mano en la nalga.

—Me encanta —le dije—. Me encanta cómo me coges, no pares, dale, cógeme como si fuera tuya, rómpeme ese coño.

—Dime que soy mejor que mi papá.

Se me escapó una carcajada. Y al mismo tiempo, sin pensarlo, contesté:

—Eres mejor que tu papá. Me la metes mucho mejor que él. Nunca me lo cogió como me lo estás cogiendo tú.

Se puso como loco. Me agarró de las dos caderas y empezó a embestirme a lo bestia, tan fuerte que le escuchaba los huevos rebotarme contra el clítoris y el pubis mojado. Los pies se me resbalaban en el piso encharcado. Sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo, cómo se le hinchaba la verga adentro, y supe que estaba por venirse. Se vino a los pocos segundos. Me sacó la verga rápido, con un ruido a succión, me empujó del hombro para que me arrodillara y se me plantó de frente, meneándosela a dos manos apuntándome a la cara. Se le terminó en la boca, en el mentón, en el cuello, en el nacimiento de las tetas. Tres chorros largos y calientes, gruesos, cayendo en cascada uno detrás de otro. El primero me pegó justo cruzándome la nariz y el labio de arriba. El segundo me manchó los pómulos y la frente. El tercero me chorreó por el mentón hasta las tetas, dejándome un hilo pegajoso colgando del pezón. Yo abrí la boca para recibirlo, mirándolo a los ojos, sacando la lengua para que viera cómo caía. Cuando terminó, todavía le quedaba un hilo colgando de la punta. Le agarré la verga con la mano y me la pasé por toda la cara para limpiarme, restregándome el glande blando contra las mejillas, contra los labios, y después me chupé los dedos uno por uno, sin dejar de mirarlo.

Justo en ese momento sonó el celular del padre, apoyado al lado del lavabo. Tomás se sobresaltó. Yo le hice un gesto para que no se moviera. Me tragué lo que me había quedado en la boca, despacio, para que lo viera pasar por la garganta.

—Deja —le dije, acomodándome el pelo mojado—. Que suene.

Sonó dos veces más. A la tercera, el chico ya tenía la verga blanda, todavía brillando de leche y baba, y se le notaba el miedo en la cara. Le pasé la mano por la mejilla, dejándole a propósito una marca de semen ahí, para que se la tuviera que limpiar mirándose al espejo.

—Anda. Atiéndelo. Yo me termino de bañar.

Agarró el celular con cuidado, salió del baño y cerró la puerta sin hacer ruido. Yo me metí otra vez en la ducha. El agua estaba fría. Me dejé estar un rato largo bajo el chorro, mientras el agua me arrastraba la corrida seca de la cara y del cuello hasta el desagüe, riéndome sola, pensando en la cara que iba a poner Andrés cuando esa noche me llamara como cada noche.

Bueno, criaturas, hasta acá llega el relato. Ya sé que me van a preguntar si volví a la casa de Andrés. Por supuesto que sí. Pero esa es otra historia, y se las cuento la próxima. Besos.

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Comentarios(8)

Guti83

jajaja tremendo el momento de la ducha, no lo vi venir

Valeria_77

Increible como lo contaste, se siente que de verdad paso. Espero que escribas mas!

MarceCP_88

segunda parte porfavor!!

RobertoMX

La situacion del inicio me engancho de entrada. Bien escrito, sin rodeos.

CuriosoNocturno

Me pregunto que habrá pensado el cuando la vio... que situacion mas inesperada jaja

Juan_noctambulo

Buenisimo!!! Me gusto mucho como esta narrado, se imagina bien la escena

Lupe_fdez

Que situaciones de la vida... me recordo a algo que me paso aunque nada tan extremo jaja. Gracias por compartirlo

TomasLV99

Genial, mas relatos en esta categoria

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