El inspector que cerró el caso entre mis sábanas
VIERNES.
La llamada llegó pasadas las diez de la noche.
—Inspector, doble homicidio en el 4521 de la calle Magnolias. Los agentes y la forense lo esperan.
Mateo Herrera condujo hasta la mansión. Tres casas más al final de un cul-de-sac arbolado, vecinos murmurando en la acera de enfrente mientras los uniformados tomaban declaraciones.
Subió al dormitorio principal y se detuvo en el umbral. Por más años que llevara en homicidios, nadie se acostumbraba a esto.
Las dos víctimas estaban desnudas sobre la cama. El hombre sostenía aún el cuchillo clavado en el pecho de la mujer. En su espalda contó cinco, seis puñaladas. Olor denso a alcohol y a algo que el aire acondicionado no terminaba de disimular.
—¿Qué tienes, Soto? —preguntó.
Camila Soto, la subinspectora, ajustó su cuaderno con esa elegancia discreta que la caracterizaba. Trans, joven, terriblemente meticulosa. Hasta entonces nada había pasado entre ellos más allá de un coqueteo educado.
—Dos horas distintas de muerte, jefe. La mujer murió primero, sobre las nueve. Él entre una y dos horas después. Esto es un montaje.
Mateo señaló los garabatos sangrientos en el suelo.
—Las letras R y V —explicó Camila—. La señora Renata Velasco, la viuda, tiene un golpe contuso en la cabeza. Le he vendado la herida, pero necesita puntos.
Mateo bajó al estudio. La encontró fumando, espalda recta, mentón altivo, una mujer de cuarenta y tantos que parecía hervir por dentro y nevar por fuera. Repasó la versión que ella ofreció en cinco frases: sugirió a su marido invitar a Patricia Méndez para celebrar una victoria judicial; los encontró desnudos en el cuarto; su esposo inconsciente; ella con el cuchillo en la mano antes de que alguien la golpeara por la espalda en la cocina.
—¿Sabía que su esposo tenía una aventura?
Renata sonrió con desdén.
—Siempre le gustó alardear. Hace años que el sexo dejó de interesarme.
Mentira ensayada, pensó Mateo. Pero asintió como si le creyera.
***
Pasada la medianoche, Mateo cerró la puerta de su casa y se permitió temblar. Se había metido en un embrollo del que tenía que salir rápido y limpio.
SÁBADO.
—Buenos días, Soto. ¿Y la autopsia?
—Las muertes ocurrieron con diez minutos de diferencia. El señor Velasco apuñaló a la señora Méndez, eso es indiscutible. Las heridas que él recibió no perforaron el corazón ni la vena cava: pudo hacerlo. Pero a quien lo mató a él fue alguien con menos fuerza. Probablemente una mujer.
—Gracias.
Mateo regresó a la escena. En el porche, junto a una maceta, encontró un pendiente de plata con forma de media luna. Lo guardó en una bolsa y, cuando se incorporó, la puerta principal se abrió.
Renata Velasco apareció recién duchada. Los rizos negros aún mojados, un top morado y unos shorts que dejaban ver casi todo. La aparición olía a premeditación.
—Adelante, inspector —le invitó con una sonrisa de suficiencia.
—No, gracias. Una pregunta más. ¿Recuerda algo nuevo de aquella noche?
—Lo mismo que le dije anoche —contestó—. Aunque si quisiera entrar y aclarar dudas...
—Otro día, señora.
Cruzó la calle y llamó a la puerta de los Mora. Diana Mora era rubia, alta, delgada, con esa coquetería madura que sobrevive a todos los desengaños. Lo invitó a pasar al salón. Cruzó y descruzó las piernas mientras él preguntaba lo de siempre.
En el silencio entre dos preguntas, Mateo se levantó del sillón y se colocó frente a ella. Diana levantó la vista y se encontró con el bulto tenso de sus pantalones a la altura del rostro.
Lo que vino después fue ese tipo de cosa que no se planea ni se discute. Diana le palpó el abdomen sobre la camisa, fue subiendo, posó la cara contra los vaqueros y lo besó tres veces. Le desabrochó el botón, bajó la cremallera y se arrodilló. Sus dedos finos rodearon el sexo con incredulidad antes de abrir la boca.
—Despacio, mujer —pidió Mateo cuando ella casi se atragantó.
—Déjame a mí —murmuró.
Y le demostró lo que había aprendido en años de matrimonios discretos. Lamió, succionó, recorrió cada vena con los labios, tomó los testículos en la palma como si pesara qué fruta cosechar primero. Llevaba años sin una oportunidad así y se notaba en cada gesto.
—Joder, vas a hacer que me corra.
Era exactamente lo que ella quería. Apretó el clítoris bajo la falda y aceleró el ritmo. Mateo se dejó ir en su boca con un gemido contenido y ella tragó, satisfecha, los ojos brillantes.
Iba a dejarse mamar otro poco cuando Mateo abrió los párpados y vio una niña en la puerta del salón.
Tres años, quizá cuatro. Sonriente, los dientes mellados.
—Hola. Soy Lucía.
A Mateo se le secó la garganta. Apartó a Diana con un gesto suave.
—Hola, Lucía.
—¿Estás jugando con mi mamá?
Diana levantó la cabeza con la mirada perdida y, al comprender la escena, palideció. Le rogó a la niña que subiera a su cuarto. Lucía protestó. Diana endureció el tono.
—¡Lucía Mora, sube ahora mismo!
La niña se cruzó de brazos. Antes de salir, miró a Mateo con la cabeza inclinada.
—¡Tienes la colita muy fea! ¡Adiós!
—Adiós, Lucía.
Cuando desapareció, Diana se irguió con las mejillas en llamas.
—Váyase, por favor. Ya ha tenido bastante.
—Si recuerda algo de la noche del crimen, llámeme.
—¡Acaba de eyacular en mi boca y me pregunta por crímenes! ¡Es usted un cerdo!
Mateo prefirió retirarse antes de que la situación empeorara.
***
DOMINGO.
Después de un par de interrogatorios y dos órdenes de registro, todo encajó. La señora Castaño, vecina del 4520, había guardado en su escritorio una llave de la casa de los Velasco. La señora Villar, del 4523, había escondido bajo unas lonas del cobertizo una tubería ensangrentada con huellas de una tercera persona.
Esa tercera persona era Brisa Castaño, dieciocho años recién cumplidos, hija de Lorena Castaño. El pendiente con forma de media luna apareció en el cajón de su mesilla.
Brisa terminó confesando. Era amante de Esteban Velasco y se enteró de su romance con Patricia Méndez. Discutieron. Él le dijo que no la dejaría. Ella planeó el asesinato y dibujó las iniciales R. V. en sangre para incriminar a la viuda.
Las madres, cómplices por encubrimiento, fueron procesadas. Brisa, condenada a veinte años por homicidio en primer grado.
Renata Velasco testificó como víctima. Lloró lo justo. Sostuvo la mirada de Mateo apenas un segundo durante el juicio.
***
Tres meses después.
Renata estaba esparciendo mantillo alrededor de los parterres de la entrada. Hacía calor temprano y la camiseta rosa se le pegaba al cuerpo. Cuando una sombra cayó sobre su espalda, sonrió antes de darse la vuelta.
—Hola, preciosa.
—Hola, encanto.
Le saltó al cuello y le rodeó la cintura con las piernas. Mateo le apretó las nalgas. Se besaron ahí, en mitad del jardín, frente a las ventanas vacías de las vecinas presas.
—Todo salió como dijiste.
—Sí. Ponerle el cuchillo a Esteban en la mano y dejar que apuñalara a esa pobre mujer fue idea brillante. Solo lamento que la matara de verdad.
—Él decidió subir a follársela en tu cama. No fue culpa tuya.
Renata le apartó un mechón de pelo de la cara.
—Pronto este jardín será tuyo.
***
Unos meses después, Mateo tocó el timbre y aguardó.
Cuando Renata abrió, casi se quedó sin aire. Llevaba un camisón de raso negro, escotado, con un par de tirantes finísimos y tacones de aguja absurdamente altos. El pelo recogido. Las canas a la vista, sin disimular ya, porque ahora podía permitírselo.
Esa misma tarde había salido a comprar lo necesario: vino, queso, un camisón nuevo, lubricante. Casi se moría de vergüenza al pedir el frasco en la tienda gourmet.
—¿Para qué lo necesita? —preguntó la dependienta.
—Para follar.
—Entonces, mejor uno con base de silicona, hágame caso.
De joven había aceptado que la sodomizaran. Cuando se casó, dejó de hacerlo y no lo echó en falta. Pero sabía que era lo que más les gustaba a los hombres y esa noche necesitaba complacerlo. Se consideraba feminista, cada año más, pero en la cama disfrutaba que la dominaran, la azotaran, la ataran al cabezal. Eso no la convertía en sumisa: era un juego compartido, pactado, que duraba lo que duraba una noche.
—Buenas noches —dijo Mateo cruzando el umbral—. Pensé que te habías olvidado de mí.
—Pasa, papi. Tengo vino del bueno.
La atrajo por la cintura desde la espalda y le besó la nuca. Renata le palpó la rigidez sobre el pantalón.
—¿Has tenido un día duro, inspector?
—Aún no. Pero creo que va a ponerse difícil.
—No te quepa duda.
***
En el dormitorio, Mateo le retiró las bragas con los dientes y le abrió las piernas con calma. La olió, la lamió, le rodeó los muslos con los brazos para que no escapara. La lengua iba y venía sobre el clítoris como si tuviese todo el tiempo del mundo. Renata se sujetaba a las sábanas con los nudillos blancos.
—¡Oh, Dios! —gritó cuando el primer orgasmo la sacudió como una corriente eléctrica.
Cuando recuperó la respiración, le quitó el camisón a Mateo por la cabeza. Las bragas, sin saber cómo, le habían quedado a él en la muñeca a modo de pulsera.
—¿Estás lista?
—Adelante.
Mateo le hundió el sexo despacio, casi con maldad. Renata lo retuvo entre los muslos, lo encerró con las pantorrillas, sintió otro clímax acercándose. Pero él se zafó, le abrió las piernas tomándola por los tobillos y empezó a entrar y salir muy lentamente, ensañándose en cada embestida.
Renata se incorporó, lo empujó contra el colchón y se arrodilló junto a él. Tomó su sexo en la mano y lo miró con hambre. Quería que reventara de duro. Le besó los testículos, se metió la verga entera y empezó a salivar con ruido a propósito, golpeándose la garganta contra el glande.
—Como vuelvas a llamarme señora, me la como de verdad —jadeó.
Mateo se rió y le agarró el pelo. La empujó hasta el fondo. Renata sintió las lágrimas asomar pero aguantó. Quería impresionarlo.
Cuando la soltó, tomó aire de golpe. Mateo se inclinó, le besó las nalgas, le mordió una y le separó las dos con los pulgares.
—¡Pero qué haces! —rió ella, fingiéndose escandalizada.
¡PLASH! Una palmada seca.
—Ahora vas a ver, bombón.
Renata, ya perdida en la calentura, abrió el cajón de la mesilla y sacó el lubricante. Se lo aplicó ella misma. Después, en un impulso, fue hasta el calzador del rincón. Apoyó las rodillas en el asiento, se inclinó sobre el respaldo hasta apoyar los pechos contra la madera y arqueó la espalda.
Mateo vertió el gel en su palma, se acercó, le acarició las nalgas con una lentitud deliciosa y le introdujo un dedo. Renata se contrajo. Después fueron dos. Y luego tres.
No pidió permiso. Encajó la verga contra el orificio.
—¡Despacio, papi! —suplicó con voz infantil.
—No tengas miedo, preciosa. Papi sabe lo que hace.
Empujó. Renata sintió la punzada del estiramiento y aquel dolor que recordaba de su juventud, desgarrador por mucho lubricante que hubiera. Mateo la asió de la cintura y entró hasta el fondo sin contemplaciones.
Empezó a embestir contra el respaldo del calzador. Renata apretaba los dientes, los ojos llenos de lágrimas, el rímel arruinado. No quería que parara. Lloraba y disfrutaba al mismo tiempo.
—¿Estás bien? —preguntó él al notar los sollozos.
—Sí, sí. Soy una escandalosa.
Le dolía bastante, eso era obvio. Y disfrutaba precisamente de que le doliera.
Mateo siguió. Renata empezó a gritar.
—¡Qué rico, papi! ¡Sí, dame duro! ¡Rómpeme el culo! ¡Ay, sí, así, papi!
La folló como un animal. El dolor y el placer se fundieron en una fricción imposible y la abocaron al clímax. Encadenó dos, tres orgasmos hasta que Mateo se vació dentro de ella aplastándola contra el calzador con todo su peso.
Cuando terminó, la abrazó, le acarició los pechos, le besó el cuello. Renata empezó a llorar otra vez, esta vez con otra clase de llanto. Sentir el calor del semen en su vientre, el sudor pegajoso entre los muslos, los músculos temblando, le dio una sensación rara de ternura. Ese hombre había aguantado una eternidad y, sin razón aparente, ella se sintió amada de verdad.
***
A media mañana del día siguiente, Camila Soto pasó por la casa. Se movía con su elegancia habitual. Le guiñó un ojo a Renata desde el porche.
—¿Qué tal todo?
—Bien —contestó la viuda con una oleada de gratitud—. Gracias a ti.
Sin la complicidad de la subinspectora, ocultar las pruebas habría sido imposible. Camila había ajustado los tiempos en el informe. Había hecho desaparecer una huella aquí, otra allá. Ningún juez sospecharía de la subinspectora más meticulosa del departamento.
Mateo se asomó a la ventana del salón con dos tazas de café en la mano.
—¿Te quedas a desayunar, Soto?
—Solo si hay algo más que café.
Renata sonrió y entró tras ellos. El sol de media mañana entraba a raudales por el ventanal del jardín. El mantillo aún olía a tierra recién removida. La casa era suya. Mateo, suyo. Y Camila, en cierta forma, también.
Tres mujeres y un inspector. La última conjura del caso Velasco.