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Relatos Ardientes

El portero del séptimo piso ya no me mira igual

Mi nombre es Mariana, tengo treinta y cinco años y vivo en Barranquilla desde que tengo memoria. Aquí, donde el calor te empapa antes de salir de casa y la cumbia se mete por las ventanas a cualquier hora, una aprende temprano que el cuerpo es lo único que nadie le puede quitar. Bailar, sudar, reír fuerte: eso es Barranquilla. Y yo, con mis caderas anchas, mi cintura todavía firme y unas tetas que no caben en ningún sostén honesto, llevo el ritmo de esta ciudad desde antes de saber caminar.

Trabajo en una oficina de contabilidad, pero ahí termina la parte aburrida. La verdad es que a mis treinta y cinco ya no me interesan los noviazgos ni las promesas de domingo. Tengo a Camilo para los miércoles, cuando llego con la mandíbula apretada y necesito que alguien me la afloje a empujones contra la pared del baño. Y tengo a Sebastián para los domingos perezosos, que es de esos que te muerden el cuello despacio mientras te recita cosas que nadie debería decir en voz alta. La diferencia entre estar soltera y tener novio, descubrí, es solamente una palabra.

A esta edad una ya sabe lo que quiere. Pero también sabe lo que no espera. Y lo que pasó con el portero del edificio, eso no lo esperaba.

Hernán llevaba años en el lobby. Tendría cincuenta y pico, la piel curtida de tanto sol, los brazos gruesos de cargar paquetes ajenos por dos décadas y esa manera de saludar mirando al piso que tienen los hombres que aprendieron temprano a no incomodar. Siempre me trató con respeto, con un «doña Mariana» que sonaba más a costumbre que a distancia. Pero los hombres no engañan en una sola cosa: en cómo te miran cuando creen que no te das cuenta. Y Hernán me miraba.

Empezó un martes cualquiera. El ascensor estaba dañado, otra vez. Yo llegaba de la oficina con tacones que parecían agujas, un vestido que se me pegaba al culo y bolsas pesadas del mercado en cada mano. Subir siete pisos a pata, con ese calor, no era ningún chiste.

—¡Don Hernán! —grité desde el lobby, con un mechón pegado a la frente—. ¿Otra vez este aparato del demonio?

Él salió del cuartito de al lado de la entrada, ese espacio diminuto que olía a café espeso y a tierra mojada.

—Tranquila, doña Mariana —dijo con su voz ronca—. Ya llamé al técnico. Mañana viene.

—¡Mañana! Si yo mañana amanezco con las piernas hechas pedazos.

Se rascó la nuca y me miró con esos ojos que siempre se le iban un poquito más abajo de la cara. Yo no soy ciega.

—¿Le ayudo con las bolsas? —ofreció.

—Ay, sí, por favor. Que Dios se lo pague.

Cargó las dos pesadas, las de la papa y la yuca, y me siguió escaleras arriba. Yo iba delante, sintiendo su mirada en cada escalón. No voy a negar que me gustó. A los treinta y cinco una empieza a llevar la cuenta de las miradas que ya no le tocan, y la del portero pesaba en la espalda como una mano caliente.

Al llegar a mi puerta yo iba jadeando, con el pecho subiendo y bajando demasiado para disimular. Saqué un billete de cincuenta de la cartera y se lo extendí.

—Tome, don Hernán.

—No, doña, para eso estoy.

—No sea tonto. Coja.

Le metí el billete en el bolsillo del uniforme azul. Nuestras manos se rozaron. Fue un segundo, nada más, pero en ese segundo algo se enredó. Lo miré y él me miró. Vi cómo se le tensó la mandíbula. Vi una gota de sudor en su sien. Vi cómo se ajustó el pantalón al darse media vuelta y bajar las escaleras casi trotando.

Yo me quedé en el pasillo con la llave en la mano y el corazón un poco más rápido de lo razonable.

***

Después de ese día, la cosa se puso rara. Hernán me saludaba mirando al techo, al piso, a la planta de la entrada. Cualquier cosa menos a los ojos. Y yo, la muy descarada, empecé a provocarlo. Quizás por aburrimiento. Quizás por el calor de febrero. Quizás porque, en el fondo, esa tensión también me estaba calentando a mí.

Bajaba con vestidos cada vez más cortos. Me agachaba delante de él para recoger un paquete, asegurándome de que el escote le hablara antes de que yo abriera la boca. Cuando le pasaba el dinero de la administración me pegaba un poquito más de lo necesario. Él se ponía colorado, tartamudeaba, y se ajustaba el pantalón cuando creía que yo no estaba mirando.

Una tarde llegó una caja enorme con unos muebles que había pedido por internet.

—Doña Mariana, ¿dónde la dejo?

—Ay, ayúdeme a subirla, don Hernán. Yo sola no puedo.

Subimos los siete pisos. Él con la caja, yo detrás, mirándole la espalda ancha empapada en sudor. Al llegar al apartamento le indiqué la sala. Soltó el paquete y se enderezó, secándose la frente con el antebrazo.

—¿Quiere agua? Se lo ganó.

—No se preocupe, doña Mari…

Se congeló. Hernán siempre me decía «doña Mariana». Nunca «doña Mari». Fue un descuido, un atrevimiento, y los dos lo notamos. El aire de la sala se espesó. Solo se oía el zumbido del aire acondicionado y el tintineo lejano del tráfico.

—¿Doña Mari? —repetí con la comisura del labio levantada—. ¿Y de cuándo acá tan familiar?

Se puso colorado y miró a la puerta como si fuera un bote salvavidas.

—Perdón, doña, fue sin querer. Disculpe.

Iba a salir disparado, pero yo me le acerqué. Cerré la puerta con calma. El clic del pestillo sonó como un disparo.

—No se disculpe —dije, casi en susurro—. A mí me gusta.

Se quedó inmóvil, mirándome como si no entendiera el idioma. Yo veía latirle el pulso en el cuello. Olía su sudor mezclado con jabón barato. Y, Dios mío, eso me prendió de una manera que no esperaba.

—Doña Mariana, no debería… —murmuró sin moverse.

—¿No debería qué? —pisé más cerca, hasta que el vestido casi le rozó el uniforme. Levanté una mano y le quité una mota de polvo imaginaria del hombro—. Usted es un hombre serio. Trabajador. Fuerte.

Le posé la mano en el bíceps. Era duro como una roca. Cerró los ojos y soltó un temblor.

—Llevo semanas viéndolo mirarme —seguí, la boca ya cerca de su oído—. ¿Le gusta lo que ve, don Hernán? ¿Mis tetas? ¿Mi culo?

—Doña, por favor —su voz era casi un quejido.

—¿Sí o no?

Abrió los ojos. Ya no había nervios en ellos. Había hambre, pura, animal, igual a la mía.

—Sí —gruñó con una voz que no le había escuchado nunca—. Sí, me gusta. Me vuelve loco.

Esa confesión soltó un nudo. Le agarré la mano callosa y la puse sobre mi culo, sobre la curva que tanto le había costado mirar de reojo. Apretó con una fuerza que me hizo contener la respiración. La otra mano me enganchó la cintura y me atrajo bruscamente. Nuestras bocas chocaron en un beso desesperado, sin paciencia, sin ternura. Sabía a café y a hombre que llevaba demasiado tiempo aguantándose.

—Llevo soñando con esto —masculló entre besos que me mordían el cuello—. Con usted, con ese culo…

—Cállese y déselo —ordené, rozándome contra la dureza que le marcaba el pantalón.

No necesitó que se lo dijera dos veces. Me dio la vuelta y me apoyó contra la pared, al lado de la puerta. Con manos torpes pero firmes me subió el vestido por encima de las caderas. Soltó un gruñido bajo cuando vio el culo apenas cubierto por la tanga. Se desabrochó el pantalón. Me apartó la tela de un dedo y me penetró de una sola vez, profundo, brutal.

Se me escapó un grito que mordí contra el antebrazo. No por el placer, todavía no, sino por la crudeza. No había preámbulos, no había caricias, solo una necesidad acumulada durante meses que reventó contra la pared del recibidor. Empezó a moverse con una cadencia firme y golpeada, y cada embestida me empujaba contra el yeso. Yo me mordía la mano para no alertar a la vecina del 7B, los tacones clavados al piso, el vestido arrugado en la cintura.

Me agarraba las nalgas, me las abría, me hablaba al oído cosas soeces que en otra boca habrían sido vulgares y que en la suya, en ese momento, eran exactamente lo que yo quería oír. Fue rápido, intenso, sin elegancia. Llegó con un rugido ahogado, hundiéndose hasta el fondo, y yo lo seguí poco después, contraída, mordiéndome la mano. Su pecho empapado quedó pegado a mi espalda, los dos jadeando, sin hablar.

Cuando se separó, el silencio fue incómodo. Se arregló el uniforme rápido, evitándome la mirada, y la vergüenza le volvió a la cara como una sombra.

—Yo… yo me voy —dijo, y casi huyó del apartamento sin mirar atrás.

Me dejé resbalar por la pared hasta el suelo, las piernas temblando, la cabeza en blanco. ¿Con el portero? ¿En serio, Mariana?

***

Los días siguientes fueron un infierno de miradas esquivas. Hernán volvió al «doña Mariana» de siempre, pero ahora con miedo metido en la voz. Yo estaba confundida. Lo que había pasado había sido salvaje y caliente, sí, pero también algo vacío. Y, contra toda lógica, yo quería más. Quería saber si detrás de ese hombre rudo y nervioso había alguien que valiera la pena conocer.

Una semana después bajé con la excusa de preguntar por el agua. Estaba en su cuartito viendo un partido en una televisión chica. Al verme se enderezó como si lo hubieran sorprendido haciendo algo prohibido.

—Doña Mariana.

—Don Hernán —dije apoyándome en el marco de la puerta—. Tenemos que hablar.

—Mire, lo que pasó fue un error. Yo no debí. Usted es una señora y yo solo soy…

—Cállese —entré y cerré la puerta detrás de mí.

El cuartito era diminuto. Una cama angosta, una mesita de noche, una silla, una ventana al patio interior. El olor a él estaba en todas partes.

—¿Usted cree que lo hice por lástima? ¿O porque estaba caliente y no había nadie más a la mano?

No supo qué contestar.

—Lo hice porque me gustó —dije—. Me gusta cómo me mira. Me gusta su fuerza. Y lo que pasó arriba me gustó mucho.

Sus ojos se iluminaron un segundo, después se nublaron.

—Doña, esto no puede ser. Usted y yo somos de mundos distintos.

—¿Mundos? Por favor. Aquí los únicos mundos son el séptimo piso y este cuartito. Y a mí, en este momento, este cuartito me parece el más interesante de los dos.

Me arrodillé frente a la silla. Su respiración se entrecortó.

—¿Me va a decir que no ha pensado en eso? ¿Que no ha querido que pase otra vez?

Tragó saliva.

—Todos los malditos días —admitió bajito—. Y todas las malditas noches.

—Bueno. Entonces deje de hacerse el bobo.

Le bajé el cierre del pantalón con un crujido sutil. No protestó. Solo emitió un sonido ahogado, una mezcla de rendición y anhelo, y clavó las manos en los brazos de la silla como si pudiera salir volando.

—Doña, aquí no, pueden vernos —susurró con un hilo de voz.

—Cállate —ordené suave, y me incliné.

Cuando lo envolví, un temblor le recorrió el cuerpo entero. Un gruñido grave, casi animal, le salió de la garganta. La televisión chica seguía narrando el partido, una voz absurda que comentaba un córner mientras yo trabajaba, despacio al principio, después con más insistencia. Sus manos callosas se posaron en mi pelo, dudosas, no para dirigirme, sino para confirmarse que era real, que no era otro de sus sueños.

—Voy a… —logró decir, con la respiración rota.

No se apartó. Aceleré hasta que su cuerpo se tensó como un arco y un gemido prolongado le llenó la garganta. Se derrumbó en la silla, mirando el techo con cara de absoluto asombro.

Me limpié la boca con el dorso de la mano y me incorporé. Vi la vergüenza queriendo asomar otra vez. Me adelanté.

—Si me pides disculpas otra vez, me enojo de verdad, Hernán.

El nombre sin el «don» le hizo parpadear. Se enderezó y se abrochó torpemente.

—Es que no entiendo, señora. ¿Qué quiere conmigo?

—Para empezar, que dejes de decirme «señora» cuando estamos a solas —dije sentándome en el borde de la cama. La colcha era áspera y olía a suavizante barato—. Y, en segundo lugar, quiero saber qué hay detrás de este hombre callado.

Por primera vez le vi una sonrisa de verdad. Tímida, un poco torcida, pero le cambiaba la cara entera.

—No hay mucho que descubrir, doña Mari. Trabajo. Duermo. A veces miro el partido.

—Y piensas en mí contra la pared de la sala —completé.

Se ruborizó hasta la raíz del pelo, pero me sostuvo la mirada.

—Sí. Eso también.

***

El hielo se rompió ahí. A partir de esa tarde empezamos a inventar excusas. Yo bajaba a «revisar el buzón» a horas raras. Él subía a «ver un grifo que goteaba». Los encuentros en el cuartito eran rápidos, sofocados por el miedo a que alguien tocara la puerta, pero ya no eran solo asaltos crudos contra la pared. A veces, después, nos quedábamos cinco minutos en la cama angosta. Él me hablaba del pueblo de donde vino, de un hijo que vivía lejos con su madre. Yo le contaba lo aburridas que eran mis tardes en la oficina, lo vacío que se sentía a veces el séptimo piso a las once de la noche, con la salsa de los vecinos colándose por la ventana y nadie con quien bailarla.

Hoy, cuando llego del trabajo y veo el ascensor dañado, ya no me quejo en voz alta. Me río por dentro. A veces dañarse no es un accidente. A veces es el único idioma que un edificio entero entiende.

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Comentarios (7)

MarisolZ

que relato mas buenoooo!!! me tuvo pegada hasta el final sin poder parar

LectorNocturno

Increible como con tan poco se dice tanto. Por favor continua esta historia!!

Diego_pba

Quede con ganas de mas, esto no puede terminar ahi jaja. Muy bueno

SoledadR22

Esa tension que describis la senti re real, me recordo a situaciones parecidas que uno no olvida. Muy bien narrado

NachoK

Las confesiones de verdad tienen ese sabor especial... esto se siente autentico. Genial

PatricioB

Corto pero intenso. Mas!

confesiones_fan

Me encanto el comienzo, esa mirada desviada que lo dice todo sin decir nada. Excelente relato

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