Mi padre lo mandó a casa para que yo lo atendiera
Había pasado un mes. Treinta días desde que el calor de agosto se rindiera a un septiembre pegajoso, de esos que te pegan la camiseta a la espalda y vuelven el aire del polígono espeso como aceite quemado.
Un mes desde que la cocina de Carolina se convirtiera en escenario del desmadre que su padre, Ramón, todavía recordaba entre carcajadas roncas. Desde que Diallo, con la excusa de un grifo que perdía agua, terminara enseñando aquel madero de ébano que la dejó con los ojos como platos. Treinta días en los que ella no había podido fregar un plato sin que el recuerdo le cruzara la espalda como una descarga. Y un mes de abstinencia forzosa para el senegalés, que desde aquel «servicio de fontanería» no hacía más que soñar despierto con la hospitalidad de los Soler.
Aquella mañana, Ramón lo caló al primer mordisco del bocadillo de tortilla. El viejo camionero, con olfato para las debilidades ajenas, vio cómo Diallo se recolocaba el paquete cada dos por tres, incómodo con la costura del pantalón.
—Te va a estallar la vena de la frente, negro —soltó masticando con la boca abierta—. Tienes los huevos cargados como el depósito de mi camión.
Diallo bajó la mirada hacia la fiambrera, avergonzado.
—Sí, jefe… don Ramón. Mucho tiempo sin descargar. Dinero hacer falta en casa. No poder ir con mujeres pago.
Ramón soltó una de sus carcajadas que terminaban en tos.
—¡Pero serás canelo! Si necesitas un cambio de aceite, pásate por casa de mi Carolina. Le va la marcha más que a un tonto un lápiz, ya lo viste el mes pasado. Vas con educación, de mi parte, y le pides el favor de limpiarte el sable.
—¿Limpiar… sable? —repitió Diallo, sin pillar la metáfora.
—Que te la chupe, coño. Una limpieza de caño —aclaró Ramón con impaciencia—. Tú vas limpito, con esa carita de cordero apaleado que pones, y verás cómo te atiende. Es servicio social.
***
Aquellas palabras retumbaron en su cabeza el resto del turno. La idea le parecía una locura, una falta de respeto terrible. Pero el recuerdo de la boca de Carolina y la autorización del padre actuaban como un veneno dulce.
Al terminar, sus pies lo llevaron al barrio de adosados donde vivía ella. Llegó al atardecer. La casa estaba tranquila: no se oía a la niña ni se veía el coche del marido, ese tal Esteban al que apenas conocía por las fotos del salón. Llevaba el uniforme polvoriento, pero se había lavado la cara y los brazos en la fuente del parque. Su corazón latía contra las costillas como un pájaro atrapado.
Esto no estar bien, Diallo. Esto ser locura de don Ramón.
Pero el roce de los vaqueros contra el glande, ya turgente, le mandó un calambre directo al cerebro que anuló cualquier escrúpulo. Tocó el timbre.
Carolina abrió. Llevaba leggings negros que le marcaban los muslos generosos y una camiseta blanca de tirantes, sin sujetador, a través de la cual se adivinaban los pezones endurecidos. Al ver a Diallo plantado en su puerta, enorme, oscuro, llenando el marco entero, dio un respingo. Sus ojos azules bajaron, en un acto reflejo, hacia la entrepierna del hombre antes de volver a subir.
—¿Diallo? ¿Ha pasado algo? ¿A mi padre…?
—No, no, señora Carolina. Don Ramón estar bien. Salud de hierro.
—Ah… —soltó el aire, aliviada, pero la tensión no desapareció. Se apoyó en el marco cruzando los brazos bajo el pecho—. ¿Entonces? Esteban no está…
—No, señora. Yo venir porque su padre, don Ramón, decirme que viniera.
—¿Mi padre te ha mandado? ¿Para qué?
Diallo miró al suelo, luego a un punto sobre el hombro de ella. La vergüenza le quemaba la cara hasta hacerla brillar.
—Verá, señora… yo tener un problema. De hombre. Físico.
—¿Estás enfermo?
—No, no enfermo. Estar… cargado. Yo trabajar todo el mes. Yo ser hombre solo aquí. Mi familia estar lejos. Y dinero ser poco para gastar en calle.
Carolina parpadeó procesando la información. La situación era surrealista.
—Diallo, no te entiendo. ¿Necesitas dinero?
—No. Don Ramón decir que si yo tener mucha urgencia de vaciar… que viniera aquí. Que usted ser muy amable. Que tal vez podría ayudar a Diallo a… limpiar sable.
El silencio fue absoluto. Se podía oír el zumbido de una mosca contra la lámpara del recibidor.
Carolina se quedó petrificada. La boca se le abrió formando una «o» perfecta. Tardó unos segundos en traducir el eufemismo. Limpiar sable. Ese viejo verde. Ese cabrón manipulador.
La indignación le subió por el cuello como una llamarada. Estaba a punto de cerrarle la puerta en las narices.
Pero entonces lo miró de verdad. Vio la humillación sincera en sus ojos, cómo encogía los hombros anchos esperando el rechazo. Había una vulnerabilidad desarmante en aquel coloso de ébano: un niño grande pidiendo perdón, solo que pedía que le vaciaran los testículos.
Y, sin querer, su mente viajó un mes atrás. A aquella maza venosa palpitando en su cocina. Recordó la imposibilidad física de abarcarla, cómo el «machete» la había hecho sentir pequeña, femenina y animal a la vez. Su mirada bajó a los pantalones de Diallo. La lona estaba tensa, muy tensa.
—¿Mi padre te ha dicho que vengas a que yo te la chupe para que te ahorres a la rumana? —preguntó sin filtros, bajando la voz.
Diallo se estremeció.
—Por favor, señora… no usar palabras feas —susurró con una delicadeza incongruente—. Él decir «atender». Si usted no querer, yo marchar ahora. Perdón. Perdón mucho.
Dio un paso atrás, dispuesto a huir.
—Espera —dijo ella. La palabra salió antes de que pudiera frenarla.
***
Diallo se detuvo, con un pie en el escalón. Carolina se mordió el labio. Esteban no volvía hasta la noche. La niña estaba en un cumpleaños. Estaba sola. Y aquel hombre, con esa herramienta legendaria, estaba allí pidiéndoselo por favor con la educación de un mayordomo inglés atrapado en el cuerpo de un guerrero mandinga.
Era tan patético que resultaba adorable. Y excitante. Jodidamente excitante.
—Pasa —dijo apartándose—. Antes de que algún vecino piense que estás atracando la casa.
Diallo entró despacio, casi de puntillas, como si sus botas pudieran manchar el suelo inmaculado. El recibidor olía a vainilla, un contraste brutal con su olor: sudor seco, hormonas y deseo reprimido.
—Gracias, señora. Usted ser muy buena.
—No te hagas ilusiones todavía —cortó ella echando el pestillo—. Mi padre es un cerdo, Diallo. Y tú eres un caso.
Se acercó. La diferencia de altura era abrumadora.
—¿Te duele mucho? —preguntó en un tono casi clínico, de enfermera.
Diallo asintió con gravedad, como quien confirma un diagnóstico médico.
—Sí, señora. Doler. Estar muy lleno. Huevos pesar. Necesitar vaciar.
La honestidad brutal, dicha con ese acento arrastrado y esos ojos de cordero, hizo que a Carolina le temblaran las rodillas. ¿Y por qué este hombretón no se hace una buena paja?, se preguntó. Tal vez algún tabú cultural, tal vez un mandato religioso. La duda solo aumentaba la tensión.
—Está bien —suspiró fingiendo una resignación que no sentía—. Pero hay condiciones. Esto no es un burdel. Y yo no soy una cualquiera.
—No, no, señora. Usted ser ángel.
—Menos santas y más jabón. Vienes de trabajar y, con todo el respeto, hueles a tigre. Yo no me voy a meter nada en la boca que no esté limpio como una patena. ¿Entendido? Al baño del fondo. Toallas en el mueble. Usa el jabón de pastilla. Especialmente… ya sabes.
—Sí, sí, señora.
***
Cuando cerró la puerta del baño, Carolina se apoyó contra la pared. ¿Qué coño estoy haciendo? Pero la respuesta latía entre sus piernas. Quería volver a ver el «machete». Quería comprobar si su recuerdo había exagerado.
Oyó el agua correr. No pudo resistirse. Caminó hasta la puerta. Diallo, en su inocencia o quizás siguiendo el protocolo de sumisión que él mismo se había impuesto, la había dejado entornada. Empujó.
Estaba de espaldas, frente al lavabo, sin camiseta, revelando una espalda surcada de músculos que se movían bajo la piel oscura como serpientes. Se había bajado los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos.
Y ahí estaba.
Incluso en reposo, aquello era impresionante. Colgaba pesado, grueso, oscuro, balanceándose con cada movimiento.
—¿Puedo…? —la voz de Carolina salió ronca.
Diallo se giró sobresaltado, con las manos llenas de espuma. Al verla, no se tapó. Se quedó quieto, expuesto.
—Señora… yo estar lavando. Para usted.
—Lo sé. Déjame ver si lo haces bien. No me fío de los hombres y su higiene.
Era una excusa barata y ambos lo sabían. Carolina se sentó en la tapa del inodoro, cruzando las piernas, espectadora del ritual.
—Perdón si crecer —murmuró él—. Agua caliente y usted mirando… difícil mantener dormido.
Carolina observó hipnotizada cómo, bajo la fricción del jabón, aquel trozo de carne despertaba en una expansión geológica. La manga flácida se llenó de sangre, alargándose hasta desafiar la gravedad. La espuma blanca contrastaba violentamente con la piel negra mientras él limpiaba el glande con cuidado exquisito, frotando el frenillo.
—Así —susurró ella—. Limpia bien la base. Y las bolas.
Diallo obedeció. Se enjabonó el escroto, levantando una pierna sobre el borde del bidé, ofreciéndole una vista privilegiada del nacimiento de sus muslos, duros como rocas.
—¿Estar bien así, señora? —preguntó con la voz tomada por la excitación, girándose con la polla totalmente erecta, cubierta de espuma, apuntando hacia el techo como el mástil de un velero.
Carolina tragó saliva. Era monstruosa. Definitivamente más grande de lo que recordaba.
—Acláratela.
Diallo usó la ducha de mano. El agua arrastró la espuma dejando la piel reluciente. Se secó dando golpecitos, sin frotar, para no dispararse allí mismo.
—Listo, señora.
—Vamos al salón. En el sofá estarás más cómodo. Y yo también.
***
Caminaron de vuelta. Diallo iba con los pantalones bajados a los tobillos, dando pasitos cortos como un pingüino dotado, sosteniendo la erección con una mano. La imagen era ridícula, pero Carolina estaba demasiado caliente para reírse.
Diallo se sentó en el borde del sofá beige, con las piernas abiertas. Su erección se alzaba majestuosa, con una curva ligera hacia la izquierda y una vena gruesa recorriendo el lateral como una autopista.
—Mi padre tenía razón en una cosa —dijo Carolina recogiéndose el pelo en una coleta improvisada, gesto que arrancó un gemido suave al senegalés—. Tienes una herramienta que debería estar prohibida.
—Es… genética. Culpa de mi padre.
—Cállate, tonto. Es un cumplido.
Carolina se arrodilló entre sus piernas. Al tener aquella cosa a la altura de los ojos, sintió un vértigo real. El glande, ancho y liso, del color de una ciruela oscura, la miraba fijamente. Una gota transparente brillaba en la uretra.
—¿Puedo tocar, señora? —preguntó él con las manos levitando cerca de la cabeza de ella.
—Puedes. Pero con cuidado.
Diallo posó las manos enormes y calientes sobre la cabeza. Eran manos rudas, de trabajador, pero el tacto fue increíblemente reverencial.
Carolina acercó el rostro. El olor era limpio, a jabón, pero debajo subyacía ese aroma almizclado y ferroso de hombre puro. Sacó la lengua y lamió la punta.
—Ahhh —Diallo soltó un jadeo ahogado, echando la cabeza atrás—. Dios mío, señora, usted tener lengua de terciopelo.
Carolina sonrió contra la piel. Empezó con besos suaves, recorriendo el tronco. Sus manos rodearon la base y se dio cuenta de que sus dedos no llegaban a tocarse. El grosor era absurdo.
—Voy a intentar meterla. Pero quédate quieto. Si das un empujón fuerte, me atraviesas la nuca.
—Yo quieto. Yo estatua.
Carolina abrió la boca todo lo que pudo, desencajando la mandíbula. La entrada fue lenta, laboriosa. El cabezón le estiró los labios hasta dejarlos blancos. La lengua trabajó frenéticamente bajo el frenillo, mientras las mejillas se hundían haciendo el vacío.
Diallo respiraba por la nariz como un toro. Sus manos se crisparon en el pelo de ella, pero cumplió la promesa: no empujó. La curiosidad animal le obligaba a abrir los párpados cada poco para recrearse en la estampa: una mujer blanca, de piel fina, rendida a sus pies.
—Oh, sí… señora… qué gusto… disculpe si está muy grande… yo no querer hacer daño…
Carolina solo gemía, un sonido nasal que vibraba contra la polla. Empezó a mover la cabeza arriba y abajo. El ritmo era lento. Cada bajada, un desafío; cada subida, un alivio que dejaba un rastro brillante en el tronco oscuro.
Le encantaba la sumisión aparente del gigante temblando, pidiendo perdón por su placer mientras ella lo dominaba con la boca. Pero también le excitaba la brutalidad latente. Sabía que si perdía el control, la destrozaría. Ese peligro controlado era la especia definitiva.
***
De pronto, el instinto más primario tomó el mando. Las manos de Diallo abandonaron los hombros de ella y se hundieron en su melena. Apresó la cabeza y empezó a guiarla con movimientos contundentes, empujando con la pelvis, obligándola a recibirlo más adentro.
El aire empezó a faltarle. El roce constante en el fondo de la garganta le provocó un reflejo de náusea. Sus ojos se humedecieron. Sintió que se ahogaba bajo la fuerza del senegalés.
Con un movimiento brusco, Carolina se zafó del agarre.
—¡Eh, para, para! —tosió—. Déjame a mí el ritmo, ¿vale? No hace falta que me uses como un juguete.
Diallo la miró con los ojos nublados, desorientado, como si no recordara lo que acababa de hacer.
—Perdón, señora. Yo perder cabeza.
—Y tú muy bestia. Calmadito.
Volvió a tender las manos, esta vez con delicadeza. Sus dedos rozaron el cabello envolviéndola sin presionar; sus pulgares acariciaron las sienes, una promesa de placer sin fuerza bruta. Carolina asintió con una sonrisa traviesa. Era un pacto tácito: él guiaba, ella complacía.
El sabor salado del líquido preseminal ya impregnaba su paladar. Mientras la boca trabajaba en el glande, sus manos iniciaron una danza propia: una subía y bajaba por el tronco con presión perfecta; la otra masajeaba las ciruelas oscuras con suavidad, una tortura dulce que arrancaba gemidos sin control.
El chasquido húmedo era el único sonido. Carolina cerró los ojos, disfrutando del poder de llevarlo al borde y traerlo de vuelta con la punta de la lengua. Lo notaba cerca: en la tensión de los muslos como granito, en cómo los dedos callosos se cerraban más fuerte sobre su pelo.
—Señora… señora Carolina… —la voz se quebró—. Yo avisar. El tren llegar. No poder parar.
—No pares —ordenó volviendo a engullir el glande con voracidad—. Dámelo todo, Diallo. Que no se diga que los Soler no somos hospitalarios.
—¡Oh, Dios! ¡Sí! ¡Hospitalarios! —gritó él, una frase absurda en el clímax pero dicha con total convicción.
El cuerpo del senegalés se tensó como un arco. Sus caderas dieron un golpe seco hacia adelante, incontrolable, clavando la polla hasta el límite. Carolina se atragantó pero no se apartó.
—¡Saliendo! ¡Saliendo leche! —y entonces estalló.
Carolina sintió el primer chorro golpear su paladar como un disparo a presión. Caliente, espeso, abundante. Mucho más que la vez anterior. Semanas de abstinencia liberándose en su boca. Tragó una vez, dos veces. El sabor era fuerte, amargo y salado, sabor a hombre puro. Pero era demasiado. Diallo seguía bombeando, espasmo tras espasmo, vaciándose con gruñidos de animal herido.
La boca se desbordó. El semen escapó por las comisuras de los labios, bajó por la barbilla, goteó sobre la camiseta blanca, manchó el suelo.
—¡Perdón! ¡Perdón por manchar! ¡Pero, mamada rica! ¡Joder, qué rico!
Finalmente los espasmos cesaron. Diallo se quedó desplomado contra el sofá, respirando como si hubiera corrido una maratón.
***
Carolina se separó lentamente y se pasó el dorso de la mano por la boca, mirando el desastre con satisfacción.
Diallo abrió un ojo y, al verla así, con su esencia por toda la cara, se llevó las manos a la cabeza, horrorizado.
—¡Ay, señora! ¡Mire cómo ponerla! ¡Yo limpiar!
—Quieto ahí —rió ella—. Esto se lava.
Fue a la cocina y volvió con un rollo de papel. Diallo se limpió el miembro, que empezaba a descender, con una delicadeza triste. Se subió los calzoncillos y los pantalones rapidísimo, abrochándose el cinturón como queriendo ocultar la prueba del delito.
—Yo no saber cómo agradecer. Usted salvar mi vida. Yo sentir ligero. Como pluma.
—No me des las gracias. Digamos que hemos saldado la deuda de la fontanería.
Diallo metió la mano en el bolsillo y sacó un billete arrugado de cinco euros.
—¿Esto ser suficiente para agua, jabón y papel?
Carolina soltó una carcajada sincera y le apartó la mano con ternura.
—Guárdate eso, grandullón. Vete a casa antes de que llegue mi marido.
Diallo guardó el billete y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se giró una última vez.
—¿Señora? Si el mes que viene yo tener problema otra vez… ¿yo poder volver? Yo prometo lavar doble.
Carolina se apoyó en el marco, sintiendo todavía el sabor de él en la lengua y una humedad persistente en sus propias bragas que necesitaría atención más tarde. Sonrió torcida, herencia directa de su padre.
—Si vienes así de educado y así de limpio… ya veremos, Diallo. Ya veremos.
El senegalés sonrió mostrando unos dientes blanquísimos, hizo una reverencia torpe y salió a la noche caminando con un paso mucho más ligero, silbando bajito, mientras Carolina cerraba la puerta y pensaba cómo coño iba a explicarle a Esteban la mancha del sofá si no la sacaba antes de que llegara.
Papá, eres un hijo de puta —pensó con cariño y cierto resquemor, mientras iba a buscar el quitamanchas—. Pero qué razón tenías.