Espié a mi madre con el chofer del barrio
Hace ya muchos años, cuando todavía creía que conocía bien a mi familia, en aquella casa donde crecí cada uno guardaba secretos que los demás jamás imaginaríamos. Mi padre trabajaba como sereno nocturno en una bodega del puerto, y las pocas noches que tenía libres se sentaba frente al televisor con una botella hasta caer dormido en el sillón. Mis hermanos mayores ya se habían ido con sus parejas, y la única que quedaba conmigo y mis padres era mi hermana, pero ella vivía pegada al teléfono con su novio y casi siempre dormía afuera.
Esa noche, en la casa solo estábamos mi madre y yo. Mi padre cumplía su turno de madrugada y mi hermana se había ido a una despedida de soltera. Yo tenía catorce años y, aunque mi madre me había mandado a dormir temprano, me quedé con la consola portátil debajo de las sábanas hasta cerca de las dos. Cuando por fin apagué la pantalla y traté de dormirme, empecé a escuchar unos sonidos extraños que llegaban desde el otro extremo del pasillo. Eran gemidos bajos, constantes, de esos que ni siendo virgen como yo entonces lo era se confunden con otra cosa.
Me quedé un rato quieto, esperando que se detuvieran, pero los gemidos no cesaban. Al contrario, se hacían más nítidos. Me senté en la cama con el corazón ya golpeándome en la garganta. Yo había visto algún video escondido en casa de mis amigos, pero la idea de escuchar a mi madre haciendo esos sonidos me resultaba imposible de procesar. Me convencí a mí mismo de que probablemente era la televisión, o algún sueño que ella estaba teniendo. Tuve que levantarme para confirmarlo.
Caminé descalzo sobre el piso frío del pasillo. Cada tabla del parquet viejo crujía con un ruido que a mí me sonaba a alarma. Cuando llegué a la puerta del cuarto de mis padres, descubrí que no estaba bien cerrada: había una rendija fina por la que se filtraba la luz del velador y, por la que también, los gemidos salían ahora claros y húmedos. Pegué la mejilla a la madera y miré.
Lo que vi me dejó la sangre helada. Mi madre estaba en su cama matrimonial con el chofer del vecindario, el hijo de la señora Carmen, el muchacho al que mi padre le había confiado los viajes al mercado desde que la habían asaltado en el colectivo. Aquel tipo, Tobías, era un vago conocido de la cuadra, un treintañero que vivía sin trabajar, parado siempre en la esquina fumando, con fama de no respetar ni a su propia madre. Y ahí estaba, en la cama de mis padres, encima de la mía.
Yo conocía a mi madre como una mujer seria, ama de casa de toda la vida, la que en la cuadra todos saludaban con respeto, la que mantenía la casa impecable y siempre se vestía con esos pantalones de tela que le marcaban las caderas. Tenía cuarenta y ocho años, pero conservaba ese cuerpo natural de mujer madura: pechos generosos que se le derramaban a los costados, un vientre apenas suelto y unas caderas anchas que llamaban la atención cuando salía al almacén. Yo siempre había dado por hecho que la vida sexual entre ella y mi padre se había muerto hacía rato, entre las borracheras de él y los años de matrimonio.
Pegado a la rendija, con el corazón a mil, me di cuenta de que esa no era la primera vez. La luz estaba encendida, sin ningún miedo, y los dos se movían con una confianza que solo existe entre amantes que ya se conocen el cuerpo. Mi madre estaba acostada al borde del colchón, completamente desnuda, con las piernas abiertas, y Tobías estaba arrodillado en el piso, con la cara hundida entre sus muslos. Su cabeza se movía con un ritmo lento y voraz, y eso era lo que la hacía gemir.
—Mmm, así, así, no pares —la escuché murmurar con una voz que jamás le había oído.
Era una voz desconocida para mí. La mujer que hablaba al borde del colchón no era la señora del mercado, no era la madre que me preparaba el desayuno; era otra. Sus pechos generosos caían a los costados, llenos y blandos, y su vientre subía y bajaba con la respiración entrecortada. Tobías la sostenía por las caderas con las dos manos, pegándole la pelvis a la cara, sin permitirle que se moviera ni un centímetro.
Yo no podía despegar el ojo de la rendija. Sentía la madera fría contra la mejilla, sentía el corazón golpeándome las costillas, y sentía algo más, algo que me daba vergüenza reconocer y que se me había despertado entre las piernas casi sin permiso. Era un golpe doble: rabia por mi padre, que en ese momento estaba haciéndose mala sangre por unos pesos en el turno de la madrugada, y un morbo extraño que me iba quemando por dentro mientras seguía mirando.
No te muevas, no respires fuerte, no hagas crujir el piso.
Después de varios minutos, Tobías se separó de los muslos de mi madre y se incorporó. Recién ahí pude verlo entero. Era flaco pero con los brazos marcados, el abdomen plano sin músculo definido y una cicatriz larga que le bajaba desde el costado del pecho. En el centro del torso tenía un tatuaje grande de una pantera saltando, y por debajo del ombligo le bajaba una línea de vello que terminaba en su sexo erguido. Era una verga larga y gruesa, rasurada, y la sostenía con la mano derecha mientras se acercaba a mi madre con una sonrisa que no tenía nada de inocente.
—Espérate —alcancé a oírla decir, mientras lo detenía con la palma sobre el pecho—. Ponte el preservativo, no quiero un disgusto a esta altura de la vida.
Tobías soltó una risa ronca. Le agarró los tobillos y le empujó las piernas hacia atrás, dejándola completamente abierta para él.
—¿Cuál preservativo, señora? Usted bien sabe que a mí me gusta a piel. Ni que fuera la primera vez sin forro.
Mi madre se rió. Esa risa fue lo que terminó de rompérmelo todo por dentro. La risa cómplice de una mujer que ya conocía esas manos, esa boca, esa voz. Una risa de meses de encuentros a escondidas, mientras mi padre trabajaba de noche y le pagaba al mismo hombre los viajes al mercado. Ella se acomodó más arriba en el colchón, abriendo más las piernas, y Tobías se ubicó entre ellas y la penetró de un solo empujón. Mi madre cerró los ojos, se aferró a las sábanas con las dos manos y soltó un quejido largo, profundo, que le salió del fondo del pecho.
El sonido de la pelvis chocando contra la pelvis empezó a llenar el cuarto. Era un golpe seco, rítmico, que retumbaba contra las paredes de bloque de la casa como un tambor. La cama vieja crujía con cada embestida, ese sonido familiar que yo había escuchado mil veces de niño y que ahora se mezclaba con la respiración pesada de un extraño.
—Sí, sí, dame, dame más —pedía mi madre con una voz entrecortada, llena de necesidad.
Tobías no le daba tregua. Sus testículos chocaban contra la piel del culo de mi madre y sus pechos rebotaban con una violencia que me dejaba paralizado. La pantera tatuada en el torso de él se movía con cada embestida, como si saltara una y otra vez sobre el cuerpo de ella. En un momento, mi madre echó la cabeza hacia atrás, con los ojos en blanco, soltando unos quejidos largos, casi como un llanto.
Yo apreté la mano por encima del pantalón, sin atreverme a más. Estaba duro hasta el dolor. Sabía que lo que estaba sintiendo no era normal, y al mismo tiempo no podía moverme de la rendija. Era como si el piso me hubiera atrapado los pies. Por un lado quería salir corriendo, despertar a mi hermana —aunque no estuviera—, llamar a mi padre, gritarle a Tobías. Por otro lado, no quería perderme ni un segundo de cómo aquel tipo terminaba de adueñarse de la cama de mi padre.
De pronto, Tobías la agarró por la cintura y, sin decir una palabra, la giró sobre el colchón hasta dejarla en cuatro. Mi madre no opuso resistencia. Levantó las caderas, ofreciéndole el culo con una entrega que me terminó de demoler. Bajo la luz del velador, su cuerpo se veía distinto: más voluminoso, más apetecible, más vivo. Sus pechos colgaban hacia abajo, rozando las sábanas, y se balanceaban con cada movimiento.
—¿Querés más, señora? ¿Querés más? —le preguntó él entre jadeos, mientras le daba un manotazo en una nalga que la hizo gritar.
Ella afirmó con la cabeza, sin palabras, hundiendo la cara en la almohada. Tobías la penetró otra vez con todo, hasta el fondo, y empezó a embestirla con un ritmo brutal. El choque de la pelvis contra el culo era un paf-paf constante que se escuchaba por todo el pasillo. Yo seguía allí, con la mano apretando mi propia erección por encima del pantalón, sintiendo la respiración cortada y el sudor bajándome por las sienes.
***
Después de un rato cambió la posición otra vez. Con una rudeza fría, la obligó a tirarse boca abajo, aplastando los pechos contra el colchón. Le clavó la verga desde atrás y, en un gesto que me dejó sin aire, le apoyó el pie suavemente sobre la nuca, manteniéndola contra la almohada mientras la seguía cogiendo. Los gemidos de mi madre salían ahogados, mezcla de asfixia y placer, y él parecía disfrutar todavía más esa imagen: la señora respetable del barrio sometida bajo su pie, gimiendo contra una almohada en su propia cama.
—Mmm... mmm... mmm —se quejaba ella, sin intentar zafarse.
Aquel hombre la tenía completamente entregada. No era violencia; era algo peor, una rendición total. Mi madre estaba ahí porque quería estar ahí, y eso era lo que más me dolía. La traición no era el sexo; era la voluntad con la que se había vendido al hijo de la vecina.
Pasaron varios minutos de embestidas que parecían no tener fin. La cama crujía, la cabecera golpeaba contra la pared, la respiración de él se volvía cada vez más áspera. Finalmente, Tobías la giró otra vez y la dejó boca arriba. Le abrió las piernas hasta hacer que las rodillas casi tocaran sus hombros, y se inclinó sobre ella.
Se besaron. Y no fue un beso rápido; fue uno largo, sucio, ruidoso, con la lengua bien metida, mientras él seguía moviéndose dentro de ella. Sus pechos se aplastaban contra el torso de Tobías, justo sobre el tatuaje de la pantera. El ritmo se aceleró. Él la agarró del cuello con una mano abierta, sin apretar, solo para sentirla, y le dio las últimas estocadas, las más profundas, las que le hicieron arquear la espalda y soltar unos gemidos que ya eran casi gritos.
—Me vengo... ya me vengo, señora —jadeó él, con la voz apretada entre los dientes.
Justo antes del final, se salió de un tirón. Quedó arrodillado entre las piernas de mi madre, agarrándose la verga con la mano, y empezó a venirse en chorros sobre el vientre de ella. Los hilos blancos cayeron sobre su piel, mezclándose con el sudor, y ella se quedó ahí, con los ojos entrecerrados, mirándolo con esa expresión rota y satisfecha de quien ya no tiene nada que esconder.
***
Yo seguí en el pasillo, con la respiración entrecortada, sin saber qué hacer con la imagen que acababa de tatuárseme en la cabeza. Vi cómo Tobías, después de descargarse sobre el cuerpo de mi madre, se dejó caer a un lado, sobre las sábanas revueltas que pertenecían a mi padre. Se quedó ahí, bufando, con la pantera todavía brillando por el sudor bajo la luz del velador. Su sexo descansaba sobre el muslo, todavía húmedo.
Mi madre no se movía. Estaba con los ojos cerrados, intentando recuperar el aire, con la piel del vientre brillando por los chorros que aquel hombre le había dejado. Parecía otra mujer. No tenía absolutamente nada que ver con la señora de pantalones de tela y zapatos de taco bajo que cada mañana salía a comprar la verdura.
Lo que terminó de quebrarme fue el gesto siguiente. Tobías estiró la mano y, con una intimidad que solo tienen las parejas, le acarició el pelo. Le pasó los dedos por la frente, le metió un mechón detrás de la oreja, y le dijo algo al oído que no llegué a escuchar. Mi madre sonrió. Esa sonrisa fue peor que todo lo que había visto antes.
Me despegué de la rendija con cuidado, sintiendo el piso frío bajo los pies como si por primera vez fuera consciente de mi propio cuerpo. Caminé de vuelta a mi cuarto como un fantasma, con el pantalón todavía apretado y la cabeza dándome vueltas. Cuando cerré la puerta y me metí en la cama, me quedé mirando el techo en la oscuridad. Por la ventana entraba un poco de luz de un farol y dibujaba sombras en el cielorraso.
No lloré. No me toqué. No hice nada. Solo me quedé ahí, con la imagen de mi madre clavada en los ojos, intentando que se borrara y sabiendo de antemano que no se iba a borrar nunca. Esa madrugada entendí, sin que nadie me lo explicara, que en mi casa había un secreto que iba a tener que cargar yo solo. Que mi padre era engañado en su propia cama por un hombre al que él mismo le pagaba para llevar a su mujer al mercado. Que los muros de la casa eran finos y la verdad estaba siempre a un paso de filtrarse por una rendija.
Nunca le dije nada a nadie. No a mis hermanos, no a mi hermana, no a mis amigos. Mi padre siguió saliendo a su turno de noche, mi madre siguió haciendo el desayuno cada mañana, y Tobías siguió pasando por la cuadra con su auto destartalado, saludando con un gesto cordial cuando me cruzaba con él en la esquina. Yo le devolvía el saludo apretando los dientes, y él me miraba con la misma sonrisa que aquella noche, como si supiera que yo sabía, aunque jamás hubo manera de probarlo.
Aquella fue la única vez que los vi juntos. No volví a escuchar gemidos detrás de ninguna puerta, no volví a encontrarme con luces encendidas a las tres de la madrugada. Pero estoy seguro de que aquello no fue el primer encuentro, y dudo mucho que haya sido el último. Las miradas que se cruzaban en la calle, el gesto con que ella le servía un mate cuando él pasaba a buscarla, la naturalidad con que mi padre lo trataba como si fuera un sobrino más, todo eso me confirma que la rendija de aquella madrugada solo dejó ver una de las muchas noches en que la casa se había vuelto otra cosa cuando mi padre no estaba.
Hoy, después de tantos años, todavía recuerdo cada detalle como si lo estuviera viendo en este momento: la pantera tatuada que saltaba con cada embestida, los ojos en blanco de mi madre, la sonrisa cómplice cuando él le contestó lo del preservativo. Y la sombra del farol contra el cielorraso de mi cuarto, mientras yo intentaba dormir y entendía que algunas cosas, una vez vistas, no se pueden devolver.