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Relatos Ardientes

La madura del café que cambió mi sábado

El sábado por la mañana suelo dejar que el cuerpo dicte el ritmo. Aquel día había dormido poco, apenas cuatro horas, pero me había levantado con ganas de leer el periódico antes de pasarme por el despacho a revisar los informes que mi socia me había dejado sobre la mesa.

Las cafeterías que frecuento entre semana cierran los sábados, así que tiré de memoria y me acordé de una confitería en la zona alta de Barcelona que abría temprano. Desvié la ruta y aparqué a media calle.

No había mucha gente. Pedí un café americano con sacarina, tomé el periódico de un soporte que había junto a la barra y me senté en una mesa lateral, una de esas que permiten controlar la entrada y la barra de un solo vistazo. Costumbre profesional, supongo. Llevaba veinte minutos pasando páginas cuando se abrió la puerta y entró un chico alto con cara de cansancio. No le presté atención. Volví al periódico.

Unos segundos después saltó la alarma.

Una mujer cruzó la entrada con una soltura que no es habitual a las diez de la mañana de un sábado. Treinta y muchos, quizá cuarenta justos, era difícil decirlo. Botas negras altas hasta la rodilla, medias de rejilla con un bordado discreto, un vestido verde con manchones más oscuros que imitaban un camuflaje, un jersey de pico que le abría el escote sin pudor y un chal grande sobre los hombros. La clase de imagen que te obliga a levantar la vista.

El chico la esperaba. Y ella, sin dudarlo, eligió la mesa pegada a la mía, dejando solo un pasillo estrecho entre ambas.

Cuando se sentó cruzó las piernas y me regaló sin querer una panorámica de muslo y de escote. No supe en qué parte mirar primero. Pidieron café. Hablaron de la cafetería, de lo agradable que era el sitio, del bollo de canela que tenían en el escaparate. Yo intentaba volver al periódico, pero su perfume llegó hasta mi mesa y la portada del diario perdió todo interés.

No parecían pareja. Estaban frente a frente, hablaban con fluidez, pero faltaba ese gesto cómplice de los que duermen juntos. Aún así, no podía estar seguro. Pedí otro café.

Aproveché entonces para mirarla a los ojos. No los apartó. Sostuvo la mirada el tiempo justo para hacerme entender que había entendido. A partir de ese momento mi vista se centró en sus piernas, en su escote, en el pequeño aro plateado que le brillaba en la nariz. Las noticias me importaban menos que el ritmo con el que ella se llevaba la taza a los labios.

El segundo café me lo trajeron y volvimos a cruzar miradas. Sentí cómo sus labios esbozaban una sonrisa muy breve, casi privada. Me gustaba muchísimo esa mujer. No solo por la belleza ni por la vestimenta, también por la coquetería con la que se movía sin moverse, por esa femineidad que algunas tienen incluso cuando están sentadas mirando el móvil.

Pasaron varios minutos. Ella se reclinó un poco, el pelo recogido en un moño alto. El chico se levantó al recibir una llamada y salió a la calle. A través del cristal lo vi gesticular con el móvil pegado a la oreja.

Ella se levantó, buscó algo en el bolso. Al inclinarse no escondió el trasero, y al incorporarse el escote del jersey me dejó ver la curva entera de su pecho izquierdo. Me miró antes de dirigirse al fondo del local. Le sonreí. Me sonrió.

Es ahora o nunca.

Llevaba años jugando este juego y sabía que las oportunidades duran lo que dura una llamada telefónica. Esperé treinta segundos, lo justo para no resultar evidente, y me dirigí al baño. Antes de doblar la esquina del pasillo miré a la calle: el chico seguía gesticulando con el móvil pegado a la oreja.

El baño quedaba al final del local, subiendo tres escalones, en un pequeño distribuidor con dos puertas. Me apoyé en la pared. Treinta segundos después se abrió la puerta de chicas y salió ella. No fingió sorpresa. Me miró, sonrió.

—Disculpa que invada tu espacio —dije sin dejar tiempo a que la situación se enfriara—. Me encantaría que aceptaras esta tarjeta. Me gustaría conocerte si no estás comprometida.

Sostuvo la tarjeta entre dos dedos.

—Eres muy atrevido —dijo en voz baja, riendo—. Me gusta. No estoy comprometida.

—Andrés —añadí—. Si te apetece, llámame cuando estés libre.

—Lucía —respondió—. Ya veré.

Pasó por mi lado rozándome el brazo y volvió a la mesa. No regresé a la mía. Pagué en la barra, salí a la calle y caminé los cien metros que me separaban del coche. Cuando arrancaba, los vi salir a ellos. Subieron a un Audi gris. Ella me miró desde el asiento del acompañante y volvió a sonreír. Hice un gesto con la cabeza.

Me la había jugado. Pero si no lo hubiera hecho, jamás habría sabido cómo se llamaba.

***

Me pasé la mañana en el despacho intentando concentrarme en los informes, pero la cabeza se me iba a la tarjeta. Ese tipo de mujeres no llaman. O llaman cuando ya has dejado de esperarlas.

A las once de la noche llegué a casa, me metí en la ducha y, al salir, vi el destello del móvil sobre la mesilla. Un wasap.

«Me gustó tu audacia, jajaja. Si te apetece hablamos cuando esté libre. Lucía».

Me sequé despacio para no llegar al móvil con prisa adolescente. Me metí en la cama desnudo bajo el edredón y marqué.

Hablamos hora y media. Lucía se reía con facilidad, y se reía con la garganta, no con la educación. Me contó que el chico de la cafetería era el encargado de la mudanza. Había bajado a Tarragona a recoger sus cosas y el lunes las descargaría en su nuevo piso, porque se incorporaba a la delegación de su empresa con una nueva responsabilidad. Trabajaría en Hospitalet, como casi todo el sector logístico.

Antes de colgar le propuse pasar a buscarla por la mañana. Un vermut, un paseo en coche, una comida si le apetecía. Aceptó.

***

A las doce del mediodía aparqué frente al hotel donde se estaba quedando. La vi a través de la cristalera del lobby, sentada con las piernas cruzadas y un libro en la mano que no estaba leyendo. Llevaba el mismo tipo de botas, un vestido distinto, también ceñido, y el chal sobre los hombros. La saludé con un abrazo y dos besos y salimos caminando.

—¿El coche? —preguntó.

—Aquí detrás. No había sitio cerca.

Cuando llegamos al deportivo negro, la puerta del acompañante se levantó hacia arriba con un susurro hidráulico y a Lucía se le escapó la risa.

—Vaya máquina —dijo subiendo—. ¿No tendrás un negocio de alquiler de coches?

—Si lo dirigieras tú, igual lo abría mañana mismo.

Se rio. Cerré la puerta y rodeé el coche. Cuando me senté al volante me miró distinto.

—Sabes gestionar una cita. ¿De verdad no tienes pareja?

—Ya te lo dije anoche. No te mentí entonces.

Sonrió de medio lado y arranqué hacia un restaurante que había reservado en la costa. La conversación durante el camino fue casi monólogo de ella; yo prefería que hablara, que se sintiera escuchada, que se reconociera en la voz que ponía al describir sus últimos años. Estuvo tres años estudiando en Irlanda, había trabajado en un pub de Galway, hablaba inglés con un acento que no sonaba a academia.

Comimos junto al mar. Ella pidió pescado, yo arroz. Aceptó un único chupito de licor de café al final. No bebía habitualmente, lo dijo a modo de aviso. Cuando salíamos al aparcamiento le ofrecí las llaves.

—¿Te atreves?

—¿Tú confías en mí?

—Lo estoy haciendo.

Subió al asiento del conductor sin dejar de sonreír. Le expliqué los controles del coche y, mientras lo hacía, apoyé la palma de la mano derecha en la zona baja de su espalda, justo en el límite donde la cadera empezaba a curvarse. No la apartó. Se giró un segundo y volvió a mirarme con esa media sonrisa.

Condujo hasta mi casa con cuidado. Conducía bien, a pesar de los tacones. Aparqué yo en la entrada porque los demás coches dejaban poco espacio.

—Es preciosa —dijo al bajar—. Y tienes muchos coches.

—Cosas de los veinte. Ahora prefiero las experiencias.

Le enseñé la casa. La cocina, los dormitorios, el salón. En la galería trasera me preguntó por la piscina y por el jardín. Cuando llegamos al sótano y la vi quedarse mirando la sauna, me acerqué por detrás, posé las manos en su cintura y le hablé al oído.

—Lucía, lo más bonito de la casa eres tú.

Se giró despacio. Tomó mi mano entre las suyas. Nos besamos sin prisa, sin asalto, con la conciencia de que estábamos eligiendo cada milímetro. Subimos al salón sin separar los labios. Acaricié su espalda, dejé que la mano bajara hasta el límite de la tela del vestido y noté, a través del tejido fino, el hilo del tanga.

—Esto no está bien —murmuró contra mi boca—. Es nuestra primera cita.

Volví a besarla. La tomé por las axilas y nos dejamos caer sobre el sofá. Le besé el cuello, el escote, el hueco entre los pechos. Lucía resoplaba entre risas pequeñas y cerraba los ojos. El chupito de licor de café estaba haciendo su parte, pero la calentura no era del licor: era acumulada, dos años acumulados, según me confesó después.

—Eres preciosa —le dije al oído—. Pero me gusta más todo lo demás. Tu cabeza. Tu manera de sostener la mirada en la cafetería. Eso es lo que me ha enloquecido.

No respondió. Movió la cadera para colocarse a horcajadas sobre mí, y dejé que la situación cogiera ritmo. El vestido se le subió hasta la cintura. La separaba del pantalón solo el tanga. Empezó a frotarse contra mí con la cabeza apoyada en mi hombro. Cuando volvió a buscarme la boca, me sostuvo la cara entre las manos como si tuviera miedo de que me escapara.

—Me has puesto a cien sin hacer nada —dijo—. Hace mucho que no sentía esto.

La tumbé sobre el sofá. La desnudé con calma, prenda a prenda, deteniéndome en cada centímetro de piel que iba apareciendo. Tenía un cuerpo trabajado, sin marcas, con la suavidad de quien se cuida sin obsesionarse. Le besé el vientre, le besé la cara interna del muslo, le aparté el tanga con dos dedos.

Tardó poco en jadear. La dejé jadear. La dejé arquear la espalda y subir la cadera hasta que sus manos buscaron mi pelo y empezaron a apretar. No le dije nada cuando se corrió. Solo seguí, lentamente, hasta que su cuerpo terminó de relajarse y ella cerró los ojos con una sonrisa que era mitad agotamiento, mitad incredulidad.

—No me lo puedo creer —murmuró—. No me lo puedo creer.

Cuando volví a buscarle la boca, ya con la camisa abierta y el pantalón en el suelo, fue ella la que bajó la mano y la cerró sobre mí. Me miró con cara de niña que sabe perfectamente lo que hace.

—Llevo dos años parada —dijo—. Pero sé chupar bien.

—Eso —respondí— me lo guardo para luego.

La levanté en brazos y la llevé al dormitorio. Lucía pesaba poco, se sujetó a mi cuello como si esto fuera lo más natural del mundo. La dejé sobre la cama, abrí el cajón de la mesilla, saqué un preservativo. Cuando volví a colocarme entre sus piernas, la besé despacio antes de empujar.

—Despacio —pidió en voz baja.

Le hice caso. La besé mientras entraba milímetro a milímetro, y la besé cuando la sentí ceder, y la besé cuando empezó a moverse buscándome ella. Estuvimos así un rato largo, en una posición casi inmóvil, que parece menos pero es mucho más, porque obliga a sentirlo todo. Cuando empecé a moverme con ritmo, ella ya estaba lista, y la respiración se le entrecortaba contra mi cuello.

Se corrió otra vez antes de que yo me decidiera a cambiar de postura. La puse a cuatro patas, le besé la espalda, volví a entrar despacio. Esa vez aguantó mejor. Empujé hasta el fondo y mantuve el ritmo hasta que su cuerpo se tensó y volvió a caer sobre las sábanas.

—Quiero que te corras —dijo girando la cara, con el pelo pegado a la frente—. Dime cómo.

—Ven.

Se incorporó. La guié. Su boca era todo lo que prometía. Y cuando llegué al límite, la sujeté con las dos manos por la nuca y dejé que terminara conmigo. Ella no se apartó. Tragó. Me miró desde abajo con una sonrisa enorme.

***

Por la mañana la llevé a la oficina sin que se cambiara. Esa tarde repetimos. Y desde aquel día, tres noches por semana, paso por su piso. Lucía es cariñosa, se entrega, no calcula. Y eso, a estas alturas, es lo que más se valora.

Aún tengo el periódico de aquel sábado, doblado por la página donde la vi entrar. Algún día lo enmarcaré.

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Comentarios (7)

CamiloBaires

muy bueno!!! desde el primer parrafo te atrapa, no lo pude dejar a la mitad

martin1010

se hizo cortisimo... necesito saber que paso despues. segunda parte porfavor!

PatricioB

Las botas altas y el vestido camuflade... jaja me recordo a algo que me paso hace unos años en un bar. muy bien contado, se siente real

RolandoMza

Tremendo!!! cuando sale la continuacion???

CarlaM33

Me encanto! La categoria maduras siempre da los mejores relatos y este no es la excepcion. Esperando mas

Curioso77

como lograste capturar tan bien esa tension del primer momento? se nota que saben escribir

NicoLector

buenisimo, sin vulgaridades y aun asi te engancha de principio a fin. mas de esto

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