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Relatos Ardientes

El vecino del parque guardaba mis fotos en secreto

Empezó a finales del verano pasado, cuando todavía iba al instituto y no tenía ni idea de a qué facultad apuntarme. Las tardes calurosas me empujaban a salir a trotar al parque que está dos calles abajo de mi casa. Nunca me gustaron los gimnasios; demasiada gente, demasiados espejos. El parque, en cambio, era mío. Senderos sombreados, aroma a tierra mojada cuando regaban el césped, pájaros chillando en los árboles a la hora del atardecer.

Lo único raro de ese parque era Cándido.

Cándido tenía cuarenta y pico, vivía con su madre tres casas más allá de la mía y caminaba siempre con la cabeza un poco ladeada. Los chicos del barrio se reían de él. Le decían el bobo, el loquito, cosas peores. Yo nunca me había sumado. Mi mamá y la señora Aurora, su madre, tomaban café juntas desde antes de que yo aprendiera a caminar, y en mi casa estaba prohibido referirse a Cándido con cualquier mote. Era discapacitado, sí. Tenía un retraso que nadie en la familia había sabido explicarme nunca con detalle, y Aurora cargaba con él como una cruz silenciosa.

Esa tarde, mientras corría con los auriculares puestos, pasé al lado de un grupo de hombres que limpiaban el parque con escobas grandes y bolsas de basura. Tendrían cincuenta años todos, panzas tensando los uniformes, gorras manchadas de sudor. Vieron mis leggings y todo lo demás dejó de existir para ellos.

—Mirá ese culito —dijo uno, sin bajar la voz.

—La pondría en cuatro acá mismo —remató otro, riéndose como si fuera un chiste.

Pensaban que la música me los borraba. No me los borraba. Seguí trotando con la cabeza alta, fingiendo no oír, pero no voy a mentir: una parte de mí —una parte que todavía no sabía nombrar— se calentó al saber que con apenas un short y un top deportivo provocaba ese desborde en hombres que no me llegaban ni a los talones.

De vuelta a mi cuadra, todavía con el corazón acelerado por el trote, vi a Cándido en el portón de su casa. Movía la mano como si me reconociera de toda la vida. Y, bueno, me reconocía: nuestras madres habían organizado meriendas, cumpleaños, novenas, bautizos. Me acerqué a saludarlo más por compromiso que por ganas.

—Niña, niña —empezó a balbucear, con ese hablar suyo que mezclaba palabras a medio masticar—. Ayúdame, por favor. La maquinita esa no me deja poner el juego.

Tenía una tableta nueva entre las manos, una de esas que su madre le habría comprado para que se entretuviera en casa. Pensé que Aurora estaría dentro. Pensé que tardaría dos minutos en bajarle la aplicación. Pensé mal en las dos cosas.

—Pasa, pasa —insistió.

El living olía raro. A encierro, a algo guardado demasiado tiempo. La cocina se intuía sucia desde la entrada. No le di importancia: era la casa de un hombre con discapacidad y una madre mayor, qué iba a esperar. Me senté en el sillón de pana marrón, crucé las piernas y le pedí la tableta.

—Ahora vuelvo, niña, te traigo agua —dijo, y se metió en la cocina arrastrando las pantuflas.

Aproveché para mirarlo bien por primera vez en mi vida adulta. Cándido medía como uno ochenta. Era grandote sin llegar a gordo, con la espalda ancha de un hombre que en otra vida hubiera trabajado en el campo. Llevaba unos lentes con cristales gruesos como culos de botella, un corte de pelo desparejo y barba de varios días. La ropa le quedaba mal, como si nadie le enseñara a comprársela.

Encendí la tableta. La pantalla estaba toda manchada. Pasé el dedo por la cámara para limpiar el cristal y, sin querer, abrí la galería.

Y ahí me quedé sin aire.

Decenas de fotos. Decenas. Yo trotando, yo de espaldas, yo agachada para atarme el zapato, yo bebiendo de la canilla del parque. Cada tarde de las últimas semanas estaba documentada en esa galería. Algunas estaban sacadas desde lejos, con zoom; otras se notaba que las había tomado caminando detrás de mí, con la cámara baja.

El estómago se me cerró. Iba a llamar a Aurora. Iba a llamar a mi mamá. Iba a—

Pero seguí pasando fotos, no sé por qué. Quizás para confirmar que no había nada peor. Y entonces apareció, como un golpe: una foto suya. De cuerpo entero, frente al espejo del baño, con la mano sosteniendo el miembro erecto.

Era enorme. Imposible no fijarse. Más grueso de lo que había visto jamás en mis dos novios anteriores —y en cualquier otro material que pudiera haber buscado por curiosidad—, con la cabeza brillante y las venas marcadas a lo largo de toda la extensión.

Me quedé congelada. Tan congelada que no escuché sus pasos volviendo de la cocina hasta que tuve el vaso de agua delante de la cara.

—¿Qué pasa, niña? Te pusiste roja.

Le tendí la tableta sin poder articular palabra. La pantalla mostraba una de mis fotos en el parque.

—¿Por qué tienes esto, Cándido? ¿Sabes que esto está mal? —el tono me salió duro, pero la voz me temblaba.

Él miró la pantalla con una calma absoluta. Sin culpa, sin susto. Como si le estuviera reclamando por dejar la luz prendida.

—Las necesito. Por las noches no logro dormir, niña. Tengo que tocar mi cosita y, cuando pienso en ti, sale lechita y entonces sí me duermo.

Bajé la vista al pantalón de pijama que llevaba puesto. Y ahí estaba: un bulto creciendo, marcándose sobre la tela fina hasta que la goma del pantalón apenas pudo contenerlo.

—He visto en las películas, niña —siguió, sin pestañear—. Cómo las chicas se meten la cosita de los hombres en la boca. Cuando me toco, me imagino que tú haces eso conmigo.

—¿Lo haces todos los días? ¿Con mis fotos?

—Todos los días, niña. Pero no le digas a madre. Por favor, por favor, no le digas. Madre se enoja mucho cuando me sorprende.

Tendría que haberme levantado. Tendría que haber cerrado la tableta, agarrado la mochila y salido por esa puerta corriendo a contarle todo a Aurora. Tendría que haber sentido asco, repugnancia, miedo. Algo de eso sentí. Pero también sentí algo más, algo que me costaría admitir incluso ante el espejo durante meses: una curiosidad enorme, eléctrica, palpitándome entre las piernas.

Lo había leído en relatos. Lo había imaginado en duchas largas. Lo había fantaseado con desconocidos. Y ahora un hombre mayor, fuera de los códigos del barrio, con un cuerpo que escapaba a cualquier expectativa, me miraba con ojos de cachorro suplicante y un bulto que pedía a gritos no quedarse encerrado.

Una sola vez.

Como un servicio social.

Nadie tiene por qué enterarse.

—Cándido, mírame.

—Sí, niña.

—¿Tú sabes guardar secretos?

—Soy el mejor guardando secretos, niña. Madre no sabe nada de las películas que veo. Madre no sabe nada de las fotos. Soy bueno, te lo juro.

—Vamos a hacer algo entonces. Una sola vez. Pero si se lo dices a alguien, le voy a contar a tu madre y a todo el barrio que eres un morboso. ¿Está claro?

Asintió como un nene de cinco años. Yo respiré hondo. Sabía que Aurora estaba en la novena de las cinco de la tarde y que volvía a las siete. Tenía hora y media. Más que suficiente.

—Acércate.

Vino hasta plantarse delante de mí, las pantuflas rozando mis zapatillas. Yo seguía sentada al borde del sillón. Bajé el cierre de mi sudadera muy lento, mirándolo a los ojos. La tela se abrió y aparecieron mis pechos, sostenidos por el top deportivo, con la línea del escote brillante de transpiración. No llevaba nada debajo. Cándido los miró con la boca abierta, como si estuviera asistiendo a un milagro religioso.

—Bájate el pantalón. Y todo lo demás. Hasta el piso.

Lo hizo sin decir nada. Sin dudar. El elástico se enganchó en sus muslos un segundo y después su miembro saltó como un resorte, descubierto, durísimo, todavía más impresionante en vivo que en la foto. La punta brillaba con una gota transparente. Las venas le recorrían toda la longitud como ramas de un árbol viejo.

Me temblaron las manos. No de miedo. De ansiedad pura.

Lo agarré con la derecha y mis dedos no llegaron a cerrarse del todo alrededor. Era ancho, caliente, sólido. Empecé a moverlo despacio. Él soltó un quejido grave, el primero, y se le aflojaron las rodillas un instante.

—Quieto —le ordené, en voz baja—. Te quedas quieto.

—Sí, niña.

Bajé del sillón. Coloqué un cojín en el piso, me arrodillé sobre él y acerqué la cara. Le di un beso en la punta. Después otro, más abajo. Le pasé la lengua de la base hasta arriba, lento, con la respiración muy contenida. Cándido emitió un sonido que jamás había escuchado de un hombre, algo entre un gruñido y un gemido infantil.

Abrí la boca. Lo metí. Apenas me cabía la mitad. Lo trabajé con la lengua, con los labios, ayudándome con la mano para lo que no entraba. Me miraba desde arriba con los ojos volteados, en blanco, jadeando como si estuviera viendo algo que no podía creer. Subí la vista una vez y casi me corro yo nada más al verlo así.

Me sacó la cabeza de su entrepierna con cuidado, me levantó por los hombros y me besó en la boca. Al principio me resistí —no esperaba un beso, no era parte del trato—, pero su cara era de una felicidad tan absoluta, tan fuera de cualquier otra cosa que hubiera visto, que terminé cediendo. Le devolví el beso. Mi lengua contra la suya. La barba rasposa contra mis mejillas.

—Sigue, niña, por favor.

Volvió al sillón. Yo seguí entre sus rodillas. Le hice la mejor mamada de su vida —y, probablemente, la única— durante varios minutos. Cuando los ojos empezaron a ponérsele extraviados, me tomó la cabeza con las dos manos.

—¿Puedo verte los pechos, niña? —preguntó, casi en un susurro, como si todavía pidiera permiso.

Me bajé el top. Mis pechos quedaron al aire, blancos, con los pezones rosados endurecidos por el aire del living y por todo lo demás. Cándido los miró con devoción. Estiró una mano enorme y temblorosa, los acarició apenas, después se llevó la palma a la nariz y respiró hondo, como si quisiera grabarse el olor.

Eso me terminó de prender fuego.

Volví a metérmelo en la boca con más fuerza. Lo masturbé con la mano y le besé los testículos. Sentí la primera contracción debajo de mi lengua y supe que estaba por terminar. Lo miré a los ojos sin sacármelo. Cándido me agarró el pelo, gimió mi nombre por primera vez en toda la tarde, y se vino dentro de mi boca con una intensidad que casi me ahoga.

Tragué lo que pude. El resto se desbordó por mis labios, cayó sobre mis pechos, brilló sobre mi piel transpirada. Cuando terminó, agarró su miembro todavía duro y me lo paseó por toda la cara, despacio, casi con ternura, como si fuera un rito. Después yo misma lo usé para recoger lo que se me había escurrido al escote y volver a chupárselo limpio.

Me levanté. Me arreglé el top, la sudadera, el pelo. Pasé al baño, me lavé la cara y la boca con agua fría. Cuando salí, Cándido seguía en el sillón, con los pantalones todavía a la altura de los tobillos, recuperando el aliento como un maratonista.

Me agaché. Le di un último beso a su miembro. Después uno suyo, en la frente sudada.

—Ni una palabra de esto, ¿me oíste? Y borra todas mis fotos esta misma noche.

—Sí, niña —dijo, asintiendo como un cachorro al que acaban de educar.

Salí de su casa con las piernas todavía temblándome. Crucé la cuadra mirando al piso, rogando que ninguna vecina estuviera asomada. Entré en la mía, me encerré en mi pieza y me quedé largo rato sentada al borde de la cama, sin saber si lo que sentía era vergüenza, satisfacción o las dos cosas mezcladas.

Hace ya casi un año de aquella tarde. La universidad, los exámenes, los chicos de mi edad llenándome el calendario. Cándido sigue saludándome cuando me cruza, con esa misma sonrisa lenta de siempre, y mi madre todavía toma café con Aurora los miércoles por la tarde.

Nadie sospecha nada. Las fotos, juro, las borró esa misma noche; lo comprobé al día siguiente, con una excusa tonta, pidiéndole que me mostrara la tableta otra vez.

Pero yo todavía paso por el parque a trotar, todas las tardes. Y cuando lo veo desde lejos, asomado en la ventana, no le aparto la vista. Le sostengo la mirada. Y a veces, alguna noche en la que no consigo dormir, soy yo la que se toca despacio, pensando en él, en ese cuerpo enorme y torpe, en la primera —y única— tarde en la que un hombre me miró como si yo fuera lo único bueno que le había pasado en la vida.

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Comentarios (7)

Gonzalo_81

Que giro inesperado!! no me lo esperaba para nada, tremendo

Maru_lectora

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber todo lo que paso despues

MarioDeRosario

Me encanto como lo contaste, se siente muy real. Ese momento de ver las fotos debe haber sido un impacto enorme jaja

SilviaCba

Increible relato, me tuvo enganchada hasta la ultima linea

curiosa87

Jaja me hizo acordar a cuando entre a la casa de alguien y encontre algo que no esperaba... aunque nada tan intenso como esto

NocheVelada88

Nunca se sabe lo que guarda la gente en el celu. Que morbo lo de la galeria

PatricioLect

Pense que iba a ser un relato tranquilo y termino siendo uno de los mejores que lei aca. Seguí así!

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