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Relatos Ardientes

El vecino del parque guardaba mis fotos en secreto

Empezó a finales del verano pasado, cuando había cumplido diecinueve y arrancaba mi primer cuatrimestre en la facultad. Las tardes calurosas me empujaban a salir a trotar al parque que está dos calles abajo de mi casa. Nunca me gustaron los gimnasios; demasiada gente, demasiados espejos. El parque, en cambio, era mío. Senderos sombreados, aroma a tierra mojada cuando regaban el césped, pájaros chillando en los árboles a la hora del atardecer.

Lo único raro de ese parque era Cándido.

Cándido tenía cuarenta y pico, vivía con su madre tres casas más allá de la mía y caminaba siempre con la cabeza un poco ladeada. Los chicos del barrio se reían de él. Le decían el bobo, el loquito, cosas peores. Yo nunca me había sumado. Mi mamá y la señora Aurora, su madre, tomaban café juntas desde antes de que yo aprendiera a caminar, y en mi casa estaba prohibido referirse a Cándido con cualquier mote. Era discapacitado, sí. Tenía un retraso que nadie en la familia había sabido explicarme nunca con detalle, y Aurora cargaba con él como una cruz silenciosa.

Esa tarde, mientras corría con los auriculares puestos, pasé al lado de un grupo de hombres que limpiaban el parque con escobas grandes y bolsas de basura. Tendrían cincuenta años todos, panzas tensando los uniformes, gorras manchadas de sudor. Vieron mis leggings y todo lo demás dejó de existir para ellos.

—Mirá ese culito —dijo uno, sin bajar la voz.

—La pondría en cuatro acá mismo y le rompería el coño de un revés —remató otro, riéndose como si fuera un chiste.

Pensaban que la música me los borraba. No me los borraba. Seguí trotando con la cabeza alta, fingiendo no oír, pero no voy a mentir: una parte de mí —una parte que todavía no sabía nombrar— se calentó al saber que con apenas un short y un top deportivo provocaba ese desborde en hombres que no me llegaban ni a los talones. Sentí cómo se me humedeció la costura del short, ahí abajo, y aceleré el paso para que no se me notara nada por delante.

De vuelta a mi cuadra, todavía con el corazón acelerado por el trote, vi a Cándido en el portón de su casa. Movía la mano como si me reconociera de toda la vida. Y, bueno, me reconocía: nuestras madres habían organizado meriendas, cumpleaños, novenas, bautizos. Me acerqué a saludarlo más por compromiso que por ganas.

—Niña, niña —empezó a balbucear, con ese hablar suyo que mezclaba palabras a medio masticar—. Ayúdame, por favor. La maquinita esa no me deja poner el juego.

Tenía una tableta nueva entre las manos, una de esas que su madre le habría comprado para que se entretuviera en casa. Pensé que Aurora estaría dentro. Pensé que tardaría dos minutos en bajarle la aplicación. Pensé mal en las dos cosas.

—Pasa, pasa —insistió.

El living olía raro. A encierro, a algo guardado demasiado tiempo. La cocina se intuía sucia desde la entrada. No le di importancia: era la casa de un hombre con discapacidad y una madre mayor, qué iba a esperar. Me senté en el sillón de pana marrón, crucé las piernas y le pedí la tableta.

—Ahora vuelvo, niña, te traigo agua —dijo, y se metió en la cocina arrastrando las pantuflas.

Aproveché para mirarlo bien por primera vez en mi vida adulta. Cándido medía como uno ochenta. Era grandote sin llegar a gordo, con la espalda ancha de un hombre que en otra vida hubiera trabajado en el campo. Llevaba unos lentes con cristales gruesos como culos de botella, un corte de pelo desparejo y barba de varios días. La ropa le quedaba mal, como si nadie le enseñara a comprársela.

Encendí la tableta. La pantalla estaba toda manchada. Pasé el dedo por la cámara para limpiar el cristal y, sin querer, abrí la galería.

Y ahí me quedé sin aire.

Decenas de fotos. Decenas. Yo trotando, yo de espaldas, yo agachada para atarme el zapato, yo bebiendo de la canilla del parque. Cada tarde de las últimas semanas estaba documentada en esa galería. Algunas estaban sacadas desde lejos, con zoom; otras se notaba que las había tomado caminando detrás de mí, con la cámara baja, apuntando directo a mi culo.

El estómago se me cerró. Iba a llamar a Aurora. Iba a llamar a mi mamá. Iba a—

Pero seguí pasando fotos, no sé por qué. Quizás para confirmar que no había nada peor. Y entonces apareció, como un golpe: una foto suya. De cuerpo entero, frente al espejo del baño, con la mano sosteniendo la polla erecta.

Era enorme. Imposible no fijarse. Más gruesa y más larga de lo que había visto jamás en mis dos novios anteriores —y en cualquier otro material porno que hubiera buscado por curiosidad—, con el glande brillante e hinchado, tirante, y las venas marcadas a lo largo de toda la extensión como cuerdas debajo de la piel. Los testículos le colgaban debajo, pesados, cargados. Se me hizo agua la boca sin permiso.

Me quedé congelada. Tan congelada que no escuché sus pasos volviendo de la cocina hasta que tuve el vaso de agua delante de la cara.

—¿Qué pasa, niña? Te pusiste roja.

Le tendí la tableta sin poder articular palabra. La pantalla mostraba una de mis fotos en el parque.

—¿Por qué tienes esto, Cándido? ¿Sabes que esto está mal? —el tono me salió duro, pero la voz me temblaba.

Él miró la pantalla con una calma absoluta. Sin culpa, sin susto. Como si le estuviera reclamando por dejar la luz prendida.

—Las necesito. Por las noches no logro dormir, niña. Tengo que tocar mi cosita y, cuando pienso en ti, sale lechita y entonces sí me duermo.

Bajé la vista al pantalón de pijama que llevaba puesto. Y ahí estaba: un bulto creciendo, marcándose sobre la tela fina hasta que la goma del pantalón apenas pudo contenerlo. Se le veía la forma del glande gordo empujando contra el algodón, buscando salida.

—He visto en las películas, niña —siguió, sin pestañear—. Cómo las chicas se meten la cosita de los hombres en la boca. Cuando me toco, me imagino que tú haces eso conmigo. Que me la chupas hasta que me sale mucha lechita.

—¿Lo haces todos los días? ¿Con mis fotos?

—Todos los días, niña. A veces dos y tres veces. Pero no le digas a madre. Por favor, por favor, no le digas. Madre se enoja mucho cuando me sorprende.

Tendría que haberme levantado. Tendría que haber cerrado la tableta, agarrado la mochila y salido por esa puerta corriendo a contarle todo a Aurora. Tendría que haber sentido asco, repugnancia, miedo. Algo de eso sentí. Pero también sentí algo más, algo que me costaría admitir incluso ante el espejo durante meses: una curiosidad enorme, eléctrica, palpitándome directamente en el coño, empapándome el short hasta el elástico.

Lo había leído en relatos. Lo había imaginado en duchas largas. Lo había fantaseado con desconocidos. Y ahora un hombre mayor, fuera de los códigos del barrio, con un cuerpo que escapaba a cualquier expectativa, me miraba con ojos de cachorro suplicante y un bulto que pedía a gritos no quedarse encerrado.

Una sola vez.

Como un servicio social.

Nadie tiene por qué enterarse.

—Cándido, mírame.

—Sí, niña.

—¿Tú sabes guardar secretos?

—Soy el mejor guardando secretos, niña. Madre no sabe nada de las películas que veo. Madre no sabe nada de las fotos. Soy bueno, te lo juro.

—Vamos a hacer algo entonces. Una sola vez. Pero si se lo dices a alguien, le voy a contar a tu madre y a todo el barrio que eres un morboso. ¿Está claro?

Asintió como un nene de cinco años. Yo respiré hondo. Sabía que Aurora estaba en la novena de las cinco de la tarde y que volvía a las siete. Tenía hora y media. Más que suficiente.

—Acércate.

Vino hasta plantarse delante de mí, las pantuflas rozando mis zapatillas. Yo seguía sentada al borde del sillón, sintiendo cómo el coño me latía dentro del short, ya empapada por la sola idea de lo que estaba a punto de hacer. Bajé el cierre de mi sudadera muy lento, mirándolo a los ojos. La tela se abrió y aparecieron mis tetas, sostenidas por el top deportivo, con la línea del escote brillante de transpiración. No llevaba nada debajo. Cándido las miró con la boca abierta, como si estuviera asistiendo a un milagro religioso. Vi cómo el bulto de su pijama pegó otro tirón contra la tela, buscándome.

—Bájate el pantalón. Y todo lo demás. Hasta el piso.

Lo hizo sin decir nada. Sin dudar. El elástico se enganchó en sus muslos un segundo y después su polla saltó como un resorte, descubierta, durísima, todavía más impresionante en vivo que en la foto. Se me escapó un sonido de la garganta, algo entre un jadeo y una risa nerviosa. La punta brillaba con una gota transparente colgando del glande, gruesa como una perla. Las venas le recorrían toda la longitud como ramas de un árbol viejo, marcadas, hinchadas. Los testículos le colgaban pesados debajo, tirantes contra la piel, del tamaño de dos huevos. Un olor tibio, a hombre encerrado, a piel sin lavar del todo, me golpeó de lleno la cara y me revolvió algo entre las piernas que no debería haber estado ahí.

Me temblaron las manos. No de miedo. De ansiedad pura.

La agarré con la derecha y mis dedos no llegaron a cerrarse del todo alrededor. Era ancha, caliente, sólida, como agarrar una botella de cerveza recién sacada del sol. La piel se le corría hacia atrás y adelante bajo mi puño con una elasticidad extraña, y cada vez que le bajaba el prepucio el glande se descubría más gordo, más rojo, más brillante. Empecé a moverla despacio, apretando bien. Él soltó un quejido grave, el primero, y se le aflojaron las rodillas un instante.

—Quieto —le ordené, en voz baja—. Te quedas quieto. Si te movés, paro. ¿Entendiste?

—Sí, niña. Quietecito. Quietecito.

Bajé del sillón. Coloqué un cojín en el piso, me arrodillé sobre él y acerqué la cara hasta tenerla a un dedo de los labios. El calor que despedía era una barbaridad, como una estufa. Le di un beso en la punta, apenas rozando el glande con la boca cerrada. Recogí la gota transparente con los labios y la probé con la punta de la lengua. Salada, densa, con un sabor propio. Otra oleada me bajó por el vientre.

Le di otro beso, más abajo. Después le pasé la lengua de la base hasta arriba, lento, con la respiración muy contenida, siguiendo una de esas venas gruesas como si fuera un caminito. Cuando llegué al glande volví a bajar por el otro lado. Cándido emitió un sonido que jamás había escuchado de un hombre, algo entre un gruñido y un gemido infantil.

—Niña... niña, se siente rico. Se siente como en las películas. Más que en las películas.

Bajé todavía más. Le agarré los testículos con la mano libre, los sopesé —pesaban, estaban duros, cargados hasta arriba de semen guardado durante quién sabe cuántas noches—, y me metí uno en la boca. Después el otro. Los chupé despacio, uno a uno, girándolos con la lengua, sintiendo cómo se le encogían por el placer. La verga le pegaba contra la frente mientras yo le hacía eso, dejando un rastro húmedo entre mis cejas.

—Ay, madre santa, niña. Madre santa.

Subí de nuevo. Abrí la boca todo lo que pude. La metí. Apenas me cabía la mitad. La sentí llenarme el paladar, aplastarme la lengua contra el piso de la boca, presionar contra la campanilla. Me atragantó un poco. Retrocedí, respiré por la nariz, volví a bajar. La trabajé con la lengua, con los labios, ayudándome con la mano para lo que no entraba. Le hacía un puño apretado alrededor de la base y con la boca envolvía la mitad superior, subiendo y bajando en un ritmo que fui encontrando de a poco. La saliva empezó a caer, primero un hilo, después un chorro que se me escurría por el mentón y me caía sobre las tetas todavía tapadas por el top, dejando manchas oscuras en la tela.

Me miraba desde arriba con los ojos volteados, en blanco, jadeando como si estuviera viendo algo que no podía creer. Subí la vista una vez y casi me corro yo nada más al verlo así: la boca abierta, los lentes empañados, el pelo revuelto, las manos temblándole a los costados sin saber dónde ponerse porque yo le había dicho quieto.

—Manos —le ordené, sacándomela un segundo, con los labios brillantes y una hilera de saliva colgando de mi boca a su glande—. Ponelas en mi cabeza. Despacio.

Las apoyó en mi pelo con una delicadeza absurda, como si tuviera miedo de romperme. Yo misma le empujé los dedos para que me agarrara mejor y volví a metérmela. Me la clavé más adentro, hasta que sentí que se me apretaba la garganta. Me atraganté otra vez, se me llenaron los ojos de lágrimas, la saliva se me desbordó por completo, me cayeron dos hilos gordos por el mentón. No paré.

Me la sacó de la boca con cuidado, casi asustado de haberme hecho mal, me levantó por los hombros y me besó en la boca. Al principio me resistí —no esperaba un beso, no era parte del trato, tenía la boca llena de él—, pero su cara era de una felicidad tan absoluta, tan fuera de cualquier otra cosa que hubiera visto, que terminé cediendo. Le devolví el beso. Mi lengua contra la suya, empapada del sabor de su polla. La barba rasposa contra mis mejillas. La saliva mezclada, cayendo entre los dos.

—Gracias, niña, gracias, gracias —repetía entre beso y beso—. Nunca... nunca alguien...

—Callate. Sentate.

Volvió al sillón. Yo seguí entre sus rodillas. Le hice la mejor mamada de su vida —y, probablemente, la única— durante varios minutos, alternando ritmos. Un rato lento, con la punta de la lengua girando alrededor del glande, sacando cada gota que le brotaba. Un rato rápido, apretando fuerte, produciendo esos ruidos húmedos y obscenos que llenaban todo el living, chupándosela hasta el fondo. Un rato solo con la mano, escupiéndole encima para lubricarla mejor, mirándolo a los ojos mientras se la corría con las dos manos giradas en direcciones opuestas.

Cuando los ojos empezaron a ponérsele extraviados, me tomó la cabeza con las dos manos.

—¿Puedo verte los pechos, niña? —preguntó, casi en un susurro, como si todavía pidiera permiso—. Por favor. Solo verlos. Solo un poquito.

Me bajé el top. Lo saqué por arriba, tirándolo al piso. Mis tetas quedaron al aire, blancas, con los pezones rosados endurecidos por el aire del living y por todo lo demás. Cándido las miró con devoción. Estiró una mano enorme y temblorosa, las acarició apenas con la yema de los dedos, después se llevó la palma a la nariz y respiró hondo, como si quisiera grabarse el olor.

—Chupámelas —le dije, sorprendida de la crudeza que me salía sola de la boca—. Vamos, Cándido. Chupámelas como te chupé yo a ti.

Se agachó desde el sillón. Se me tiró encima con la boca abierta, torpe, ansioso. Me apretó una teta con toda la palma, casi haciéndome doler, y me chupó el pezón con una fuerza desmedida. Grité. No de dolor, no del todo. Cándido paró en seco, asustado.

—Perdón, niña, perdón.

—Más suave. Así. Con la lengua primero. Después chupá.

Le enseñé. Le puse la mano en la nuca y le mostré cómo pasarme la lengua alrededor del pezón antes de succionar. Aprendió rápido. Cuando ya me tenía las dos tetas mojadas de saliva, con los pezones tan duros que dolían, me di cuenta de que su polla seguía golpeando contra su propio vientre, dura, olvidada, buscando algo. Le brotaba un hilo espeso de la punta.

Eso me terminó de prender fuego.

Bajé la mano al elástico de mi short, sin darme cuenta al principio de lo que hacía. Me metí los dedos por debajo, encontré el coño tan empapado que me chorreaba por dentro del muslo, y me toqué mientras él seguía chupándome las tetas. Me froté fuerte, con dos dedos, buscando el clítoris hinchado. La imagen entera —yo con las tetas afuera, tocándome sola, con un discapacitado mayor mamándome los pezones como un bebé enorme, su verga a un palmo de mi cara pidiendo pista— era tan sucia, tan fuera de todo, que casi me corrí ahí mismo.

—Volvé a sentarte —le dije, empujándole la cabeza para atrás—. Sentate y no te muevas.

Se sentó de nuevo. Yo volví al cojín. Volví a metérmela en la boca con más fuerza, con más saliva, mientras seguía tocándome con la mano libre por dentro del short. La masturbé con la otra mano, escupiéndole encima, y le besé los testículos uno por uno. Le pasé la lengua por el perineo y él pegó un salto como si le hubiera dado electricidad. Le lamí de ahí hasta la punta, en una sola pasada larguísima que le arrancó un aullido.

Sentí la primera contracción debajo de mi lengua y supe que estaba por terminar. Su verga se hinchó todavía más, se puso todavía más dura, la piel se le tensó al máximo. Los testículos se le pegaron al cuerpo.

—Niña, niña, va a salir la lechita, va a salir mucha, mucha, niña, niña...

La miré a los ojos sin sacármela. Le apreté la base con la mano y aceleré con la boca en la mitad superior, chupando fuerte, con las mejillas hundidas, mirándolo fijo mientras aceleraba el ritmo de mis dedos en el clítoris.

Cándido me agarró el pelo, gimió mi nombre por primera vez en toda la tarde, y se corrió dentro de mi boca con una intensidad que casi me ahoga. El primer chorro me pegó contra el fondo de la garganta y me hizo toser. El segundo me llenó la lengua entera. Y siguió, y siguió, como si hubiera guardado cada gota de todos los años que llevaba tocándose solo con mis fotos. Cinco, seis, siete oleadas espesas, calientes, con un sabor fuerte y salado que me golpeó la nariz por dentro. Yo me corrí al mismo tiempo, apretándome el clítoris con dos dedos, mordiéndome contra su polla, temblando de rodillas en el cojín, sin dejar de chuparlo.

Tragué lo que pude, las mejillas infladas, la barbilla goteando. El resto se desbordó por mis labios, cayó sobre mis tetas, brilló sobre mi piel transpirada, se me escurrió por el escote. Un hilo blanco se me colgó del pezón derecho. Cándido lo miraba caer con los ojos abiertos, sin respirar, como quien mira un fenómeno natural.

Cuando terminó, agarró su verga todavía duro y me lo paseó por toda la cara, despacio, casi con ternura, como si fuera un rito. Me la pasó por los labios, por los pómulos, por la frente, dejándome un rastro brillante por todos lados. Después yo misma la usé para recoger lo que se me había escurrido al escote —la froté sobre mis tetas, embarré la punta con su propio semen mezclado con mi saliva y sudor— y volver a chupársela limpia hasta la última gota. Me tragué lo que había recogido. No dejé nada.

—Bien limpito —le dije, sacándomela por fin de la boca con un beso húmedo en la punta—. Bien limpito, Cándido.

Me levanté. Me arreglé el top, la sudadera, el pelo, todavía con las piernas temblando y el coño palpitando después del orgasmo. Pasé al baño, me lavé la cara y la boca con agua fría, escupí varias veces en la pileta, me miré en el espejo: tenía los labios hinchados, un cerco rojo alrededor de la boca por la barba de él, y una gota de semen que no había visto pegada en el nacimiento del pelo. La limpié con la punta del dedo y me la chupé, no sé por qué. Cuando salí, Cándido seguía en el sillón, con los pantalones todavía a la altura de los tobillos, la verga a media asta pero sin bajar del todo, recuperando el aliento como un maratonista.

Me agaché. Le di un último beso a la punta de su verga. Después uno suyo, en la frente sudada.

—Ni una palabra de esto, ¿me oíste? Y borra todas mis fotos esta misma noche.

—Sí, niña —dijo, asintiendo como un cachorro al que acaban de educar.

Salí de su casa con las piernas todavía temblándome. Crucé la cuadra mirando al piso, rogando que ninguna vecina estuviera asomada. Entré en la mía, me encerré en mi pieza y me quedé largo rato sentada al borde de la cama, sin saber si lo que sentía era vergüenza, satisfacción o las dos cosas mezcladas. Me metí la mano dentro del short otra vez. Todavía tenía el sabor de él en la boca. Me corrí de nuevo, mordiendo la almohada, pensando en su cara cuando le salió el primer chorro.

Hace ya casi un año de aquella tarde. La universidad, los exámenes, los chicos de mi edad llenándome el calendario. Cándido sigue saludándome cuando me cruza, con esa misma sonrisa lenta de siempre, y mi madre todavía toma café con Aurora los miércoles por la tarde.

Nadie sospecha nada. Las fotos, juro, las borró esa misma noche; lo comprobé al día siguiente, con una excusa tonta, pidiéndole que me mostrara la tableta otra vez.

Pero yo todavía paso por el parque a trotar, todas las tardes. Y cuando lo veo desde lejos, asomado en la ventana, no le aparto la vista. Le sostengo la mirada. Y a veces, alguna noche en la que no consigo dormir, soy yo la que se toca despacio, con dos dedos metidos en el coño y el pulgar apretándome el clítoris, pensando en él, en ese cuerpo enorme y torpe, en esa polla que apenas me entraba en la boca, en la primera —y única— tarde en la que un hombre me miró como si yo fuera lo único bueno que le había pasado en la vida.

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Comentarios(8)

Gonzalo_81

Que giro inesperado!! no me lo esperaba para nada, tremendo

Maru_lectora

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber todo lo que paso despues

MarioDeRosario

Me encanto como lo contaste, se siente muy real. Ese momento de ver las fotos debe haber sido un impacto enorme jaja

SilviaCba

Increible relato, me tuvo enganchada hasta la ultima linea

curiosa87

Jaja me hizo acordar a cuando entre a la casa de alguien y encontre algo que no esperaba... aunque nada tan intenso como esto

NocheVelada88

Nunca se sabe lo que guarda la gente en el celu. Que morbo lo de la galeria

PatricioLect

Pense que iba a ser un relato tranquilo y termino siendo uno de los mejores que lei aca. Seguí así!

Valen_Sur

corto se hizo :) esperando mas

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