El mejor amigo de papá llegó antes esa tarde
Tengo treinta y ocho años y todavía recuerdo esa tarde con una claridad que me incomoda. No por arrepentimiento, sino por lo contrario: porque cada vez que lo recuerdo siento lo mismo que sentí entonces, ese calor denso y eléctrico que me subía desde el estómago hasta la garganta. Hay cosas que una hace a los veinte que la definen para siempre. Esa tarde fue una de ellas.
Había vuelto de la facultad cerca de las cinco y media. Cursaba tercer año de administración y acababa de rendir un parcial que me había salido bien, así que llegué liviana, con esa energía nerviosa que queda después de un examen. Me quité los jeans y la remera, porque el calor era insoportable, y me puse una falda cortita de algodón que usaba solo dentro de casa y un top sin breteles. Me tiré en el sofá de la sala a mirar cualquier cosa en la televisión.
Mamá estaba cubriendo un turno extra en la clínica donde trabajaba como enfermera. Papá llegaría de la ferretería a las siete y media, como todos los días. La casa era mía por un par de horas y no tenía planes más allá de no hacer absolutamente nada.
A las siete menos diez sonó el timbre. Abrí sin pensarlo y era Rodrigo, el mejor amigo de papá. Lo conocía desde que tenía memoria. Siempre lo había tratado de tío, aunque no lleváramos la misma sangre. Estaba en cada asado, en cada cumpleaños, en cada Navidad. De chica me regalaba muñecas y libros; desde que cumplí los dieciocho, me daba plata en un sobre que siempre me entregaba con un abrazo que duraba un segundo más de lo necesario.
Rodrigo estaba casado con Carmen, una mujer callada que rara vez lo acompañaba a las visitas. Nunca tuvieron hijos. Creo que eso lo hacía volcarse hacia mí con un cariño especial, como si yo fuera la hija que el destino le había negado. O al menos eso creí durante mucho tiempo.
—Pasá, tío. Papá llega en un rato —le dije, haciéndome a un lado.
Se sentó en el sofá grande, el de tres cuerpos. Yo me acomodé en el individual que estaba en ángulo, a su derecha. Empezamos a hablar de cosas sin importancia: el calor, el trabajo, un partido que habían pasado la noche anterior. Pero noté algo raro casi de inmediato. Rodrigo no me miraba a los ojos. Su mirada bajaba y volvía a subir, como un ascensor descompuesto. Tardé unos segundos en entender qué pasaba.
Desde su posición podía verme las piernas enteras. La falda, que ya de por sí era corta, se me había subido al sentarme con las piernas cruzadas. Mi ropa interior quedaba apenas cubierta. Sentí un golpe de vergüenza que me duró exactamente tres segundos. Después sentí otra cosa.
Me está mirando. De verdad me está mirando.
Rodrigo tenía cincuenta y un años. El pelo raleado en la corona, unos kilos de más que le sentaban bien, manos grandes de hombre que trabaja con ellas. No era el tipo de hombre que aparecía en mis fantasías de estudiante. Pero algo en su nerviosismo, en la forma en que tragaba saliva y desviaba la mirada cuando yo lo pescaba, me hizo sentir un poder que no conocía.
Lo lógico habría sido ir a cambiarme. O decirle que me iba a mi cuarto a descansar, que papá ya vendría. Habría sido tan fácil. Un par de palabras y todo habría seguido igual para siempre. Pero no lo hice. A los veinte una tiene un demonio adentro que se alimenta de la curiosidad y de la impunidad, y esa tarde el mío se despertó con hambre.
Me reacomodé en el sofá. Pero en lugar de bajarme la falda, hice lo contrario: separé un poco las piernas, como si estuviera buscando una postura más cómoda. Vi cómo sus ojos se quedaban fijos un instante de más. Vi cómo apretaba las manos sobre sus propios muslos.
—Lucía, estás hecha toda una mujer —dijo con la voz un poco ronca.
—¿Te parece, tío? —respondí con una inocencia que no tenía nada de inocente.
Hubo un silencio. Uno de esos silencios que pesan como un mueble. Él me miró a los ojos por primera vez en varios minutos y dijo, casi en un susurro:
—Sí. Una mujer muy linda. Demasiado linda.
Me puse de pie. No sé de dónde saqué la audacia, pero me paré frente a él, a menos de un metro. Lo miraba desde arriba; él me miraba desde el sofá con los ojos abiertos, como si no pudiera creer lo que estaba pasando. Pude ver el bulto debajo de su pantalón. No lo disimulaba ni intentaba cruzar las piernas. Era evidente, tenso, casi obsceno contra la tela del jean.
—¿De verdad te parezco linda? —le pregunté, y mi propia voz me sonó ajena.
—Lucía... —empezó, como si fuera a frenar algo.
—Decime qué es lo que más te gusta de mí.
Vi cómo le brillaba la frente. Una gota de sudor le bajó por la sien. Eso me encendió más que cualquier caricia. Tener a un hombre hecho y derecho temblando frente a mí me daba un vértigo delicioso.
—Tu culo, Lucía —soltó, casi sin aire—. Tu culo me vuelve loco.
Me di vuelta. Le di la espalda. Escuché su respiración cambiar, volverse más pesada, más corta. Algo dentro de mí se soltó en ese momento, como un nudo que llevaba años apretado sin que yo lo supiera.
—¿Esto te gusta, tío?
Sentí sus manos antes de escuchar que se movía. Me tomó de los muslos con una firmeza que no esperaba. Sus dedos subieron despacio, recorriendo mi piel centímetro a centímetro hasta llegar a mis nalgas. Las acarició sobre la tela de mi ropa interior, una bombacha de algodón blanco que no tenía nada de provocativa. Pero la forma en que él la tocaba la hacía sentir como la prenda más erótica del mundo.
Se levantó del sofá. Sentí su cuerpo detrás del mío, su pecho contra mi espalda, su erección presionando contra mis nalgas. Me rodeó con un brazo. Con la otra mano bajó hasta mi entrepierna y empezó a acariciarme sobre la falda, despacio, con movimientos circulares que me hacían cerrar los ojos.
—Estás empapada —me dijo al oído, y su voz grave me atravesó entera.
No me había dado cuenta. Estaba tan excitada que la tela estaba húmeda, pegada a mi piel. Él lo sabía antes que yo. Sus dedos encontraron el borde de la falda y la desabrocharon con una habilidad que delataba experiencia. Tenía dos botones a un costado y los soltó en un segundo. La falda cayó al piso y quedé solo en bombacha frente al mejor amigo de mi padre.
Esto está pasando de verdad.
Su mano volvió a mi sexo, ahora solo con la tela fina de por medio. Sentía su dedo medio presionar exactamente donde necesitaba que presionara, como si conociera mi cuerpo mejor que yo. Un gemido se me escapó sin permiso y lo sentí sonreír contra mi cuello.
Me bajó la bombacha con ambas manos, despacio, dejándola caer hasta mis tobillos. El aire de la sala me golpeó la piel desnuda y fue como una descarga eléctrica. Escuché el ruido de su cinturón, el de su cierre, la tela cayendo.
Me guio hacia el sofá. Me apoyé en el respaldo con las rodillas sobre los almohadones, de espaldas a él. Miré el reloj de la pared por reflejo. Las siete y cuarto. Quedaban quince minutos, tal vez menos.
Sentí su lengua. No esperaba eso. Rodrigo se arrodilló detrás de mí y me lamió con una dedicación que me hizo agarrarme del sofá con fuerza. Era pausado, minucioso, alternando entre mi sexo y la curva de mis nalgas. Ningún chico de mi edad me había tocado así. Ninguno se había tomado ese tiempo.
Cuando se incorporó, sentí la punta de su miembro apoyarse contra mi entrada. Avanzó despacio. Cada centímetro era una revelación. Era grueso, más de lo que había imaginado, y largo. Mi cuerpo se fue abriendo para él mientras yo mordía el almohadón para no gritar.
Cuando estuvo completamente dentro se quedó quieto un momento, como dándome tiempo para acostumbrarme. Pude sentir su pulso latiendo dentro de mí. Después empezó a moverse.
Los primeros movimientos fueron lentos, casi tiernos. Pero algo cambió en él. La delicadeza se fue y llegó una urgencia que me tomó por sorpresa. Me embistió con fuerza, con un ritmo que me empujaba contra el respaldo del sofá. Me dio una palmada en la nalga, seca, que me hizo jadear. Después otra, más fuerte.
—No sabés cuánto tiempo esperé esto —gruñó, y su voz ya no tenía nada del tío cariñoso que me regalaba sobres en Navidad.
Cada golpe de su cadera contra la mía resonaba en la sala vacía. Mi cuerpo respondía solo, empujando hacia atrás, buscando sentirlo más profundo. Enterré la cara en el almohadón mientras un orgasmo me subía desde abajo como una ola que no podía frenar. Cuando me alcanzó, todo mi cuerpo se tensó y tuve que morder la tela para ahogar un grito que habría alertado a los vecinos.
Él terminó segundos después. Lo sentí apretar mis caderas con fuerza, clavando los dedos en mi piel, mientras un temblor le recorría el cuerpo entero. Se quedó apoyado sobre mi espalda unos instantes, respirando contra mi nuca, y después se separó sin decir una palabra.
Recogí la falda y la bombacha del suelo y me fui casi corriendo a mi habitación. Me metí en la ducha con el corazón en la garganta. El agua caliente me caía encima mientras yo miraba la pared de azulejos sin ver nada, tratando de entender qué acababa de hacer.
Cuando salí del baño, la casa estaba en silencio. Me asomé a la sala y no había nadie. Supuse que papá había llegado y ambos habían salido a tomar algo, como hacían tantas veces. El sofá estaba exactamente como siempre. Nada delataba lo que había pasado ahí diez minutos antes.
***
Rodrigo volvió a visitarnos muchas veces después de esa tarde. En las cenas familiares, en los cumpleaños, en los asados de los domingos. Nunca más pasó nada entre nosotros. Ni una mirada de más, ni una palabra fuera de lugar. Era como si ese paréntesis de quince minutos hubiera existido en otra dimensión, una que solo nosotros dos conocíamos.
Ahora, a mis treinta y ocho, ya no soy aquella chica flaca con falda de algodón que abría la puerta sin pensar. Pero cada vez que alguien me pregunta cuándo descubrí quién era de verdad, pienso en esa tarde de verano, en el calor pegajoso de la sala, en el reloj marcando las siete y cuarto, y en las manos de Rodrigo subiendo por mis muslos como si tuvieran permiso para estar ahí.
Nunca se lo conté a nadie. Hasta ahora.