Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que vi en el cumpleaños 58 de mi padre

Esto que voy a contar pasó hace ya catorce años, pero tengo cada detalle grabado como si hubiera sido la semana pasada. Era el cumpleaños número cincuenta y ocho de mi viejo, Ricardo. La reunión grande con todos mis hermanos y mi madrastra Carmen estaba programada para el sábado, pero el cumpleaños caía en martes. Como ese día salí temprano del trabajo, se me ocurrió la brillante idea de pasar a darle un abrazo de sorpresa antes del festejo familiar.

Mi viejo me había mencionado que esa noche se iba a tomar unas cervezas con sus amigos de toda la vida en casa. Estacioné el carro a la vuelta de la cuadra, para que el ruido del motor no me delatara, y caminé las dos cuadras hasta la entrada con una caja envuelta bajo el brazo.

Lo primero que me sacó de onda fue ver todas las luces apagadas. Para ser una reunión con sus amigos, había demasiado silencio. Probé la puerta y, aunque me sorprendió, estaba sin seguro. Empujé despacio y entré con mucho cuidado, sin encender ninguna lámpara.

Caminé hacia la cocina y ahí me confirmé que algo raro pasaba. En el mesón había latas de cerveza vacías, dos copas de vino con restos en el fondo y una cajita de pastillas que en la penumbra no alcancé a leer del todo. Mi primera reacción no fue pensar en infidelidad ni en nada por el estilo. Más bien me asusté: pensé que tal vez habían entrado a robar y que mi viejo y Carmen estaban amordazados en alguno de los cuartos.

Avancé por el pasillo central. La casa es de una sola planta y todo se escucha de un cuarto al otro, así que afiné el oído. Y ahí me quedé congelado. No eran golpes ni gritos de auxilio. Eran risas. Risas femeninas, en plural, mezcladas con el ronroneo grave de mi padre. Eran dos mujeres claramente, y entonces sí me imaginé lo peor: que Carmen le estaba metiendo cuernos en su propia cama.

Apreté el paso, decidido a confirmarlo y a armar el escándalo del siglo. La puerta del cuarto principal estaba apenas entreabierta, una rendija de cuatro o cinco dedos. Pegué la cara a la madera con cuidado y me asomé.

Lo que vi me dejó la boca abierta.

Mi viejo estaba parado en el centro de la cama, con una bata blanca desabrochada que le colgaba de los hombros, los pulgares hacia arriba y una sonrisa que jamás le había visto. A sus pies, dos mujeres en cuatro patas, dándole la espalda a la puerta, con una lencería negra mínima que no dejaba nada a la imaginación. Sonó un clic y un destello: estaban en plena sesión de fotos.

A una de las mujeres la reconocí enseguida por el tatuaje de la espalda baja: era Carmen, mi madrastra. La otra tenía la cara medio tapada por una melena oscura que le caía hacia adelante, así que tardé unos segundos más en ubicarla.

Aunque Carmen es bastante menor que mi padre, en esa época ya pasaba los cincuenta. Pero el cuerpo se lo cuidaba: tenía un trasero firme, redondo, que con esa lencería se veía como de revista. Y la otra mujer no se quedaba atrás. Cuando giró un poco la cabeza para reírse de algo que dijo Carmen, se le abrió la cortina de pelo y casi se me sale el corazón por la boca.

Era Marisol, la prima de Carmen. Una señora un poco más llenita, con unas curvas pronunciadas que yo había visto un par de veces en reuniones familiares —siempre con vestidos discretos, siempre con la sonrisa formal de cuñada— pero jamás así. Nunca con esa lencería ajustada que le marcaba todo, nunca con esa actitud que me la mostraba como una mujer completamente distinta a la que me imaginaba.

La cosa no se quedó en la sesión de fotos. En cuanto sonó el último clic, mi padre se quitó la bata y la tiró al piso. Se sentó en el borde de la cama, completamente desnudo, y tengo que reconocerlo: a sus cincuenta y ocho años el viejo se mantenía mejor de lo que yo creía. Sin panza, ancho de espaldas, y muy bien dotado. Se veía imponente, sentado ahí en medio del colchón, con una mujer a cada lado y las manos apoyadas en sus caderas.

Las risas se transformaron de golpe en otra cosa. Como si alguien hubiera dado una orden silenciosa, las dos se le abalanzaron al mismo tiempo. Empezaron a recorrerle el pecho con las manos, a besarle el cuello, a bajar lentamente. Carmen le pasaba la lengua por la oreja mientras Marisol se concentraba más abajo, abriéndole las piernas con una confianza que delataba que esa noche no era la primera vez.

Oí jadeos, susurros, risas ahogadas. Y el primer gemido grave de mi viejo cuando una de las dos lo tomó con la boca.

Yo estaba en el pasillo con las manos pegadas a la pared y las piernas un poco temblorosas. La cabeza me decía que me fuera, que diera media vuelta, que esto no se podía borrar de la memoria. Pero la curiosidad me ganó por completo y me quedé. Me pegué todavía más a la madera, viendo cómo las dos se turnaban sin descanso. Lo que más me impactó fue ver cómo el miembro de mi padre se ponía cada vez más firme con cada pasada de boca; se notaba que las dos sabían perfectamente lo que hacían y que llevaban un buen rato calentando motores.

En un momento, Marisol se separó un segundo para tomar aire y le dijo a Carmen entre risas:

—Oye, este hombre tuyo está a punto.

—Despacio —contestó Carmen, riéndose también—. La noche es larga.

El contraste entre la formalidad con la que esas dos mujeres se trataban en la mesa familiar y el desparpajo con el que coordinaban todo en esa habitación me tenía hipnotizado. Era una locura. Carmen, que en los almuerzos de domingo se ponía un delantal floreado y servía la sopa con dos manos, ahí adentro era otra mujer.

Mi madrastra se acomodó con una agilidad que me sorprendió y se sentó directamente sobre la cara de mi viejo. Fue un movimiento rápido, sin titubeos, como si lo hubieran hecho mil veces. Mientras ella tomaba el control desde arriba, Marisol no perdió un segundo y se montó sobre el regazo de mi padre, encajándose despacio mientras él soltaba un gruñido grave que llenó todo el cuarto.

Verlas trabajar en equipo de esa forma, una arriba y la otra abajo, era un espectáculo que no encajaba con la imagen de familia tranquila que yo siempre había tenido. Los gemidos de Carmen se mezclaban con los jadeos de Marisol y con los sonidos ahogados del viejo. Yo estaba ahí, procesando que la «reunión con los amigos» que se suponía iba a encontrarme había mutado en un trío salvaje entre mi padre, su esposa y la prima de ella.

Marisol llevaba el ritmo y, en medio de los movimientos, se inclinó un poco hacia adelante y le preguntó a Carmen, casi sin aire:

—¿Siempre lo tiene así de duro cuando lo tienes tú sola?

Mi madrastra soltó una risa entrecortada antes de contestar:

—Claro que sí. Pero hoy, para celebrar los cincuenta y ocho como se merece, se tomó una pastilla para aguantarnos a las dos toda la noche.

Escuchar eso me dio un vuelco en el estómago. Ver a Carmen presumiendo de la potencia de mi padre y reconociendo que el viejo se había preparado con todo para ese trío fue demasiado. Marisol soltó un gemido más alto, como si la respuesta la hubiera encendido todavía más, y le metió un ritmo nuevo a la cama, haciendo que los resortes chillaran en medio del silencio del resto de la casa.

Ahí entendí que mi sorpresa de cumpleaños no tenía espacio en esa noche. Mi viejo estaba en su mejor momento, dopado y atendido por dos mujeres maduras, viviendo una fantasía que yo jamás hubiera imaginado que pasaba en esa habitación.

Tenía la oportunidad de irme y salvar lo poco que me quedaba de imagen familiar, pero los pies no se me movían del pasillo. Me quedé ahí, respirando bajito, viendo cómo la escena cambiaba otra vez de ritmo. Carmen se bajó de la cara de mi padre, jadeando, con el pelo todo revuelto, y mi viejo, con una energía que parecía de veinteañero, agarró a Marisol de la cintura con una fuerza tremenda.

La giró en un segundo, dejándola boca arriba sobre el colchón. La cama crujió con el movimiento brusco. Sin perder un instante, Carmen se acomodó ahora ella sobre la cara de su prima, devolviéndole el favor, mientras mi padre se puso de rodillas entre las piernas de Marisol y le hundía las manos en los muslos.

Marisol arqueaba la espalda y se agarraba de las sábanas, soltando unos gemidos que llenaban todo el cuarto, mientras Carmen dominaba la situación desde arriba. El sonido de los cuerpos chocando y el ritmo cada vez más intenso de mi padre me dejaron mudo: estaba viendo una faceta de él que jamás hubiera imaginado, un hombre completamente distinto al que se sentaba a la cabecera en las cenas familiares.

***

Y el ritmo en la cama cambió otra vez de golpe. Mi padre, que parecía tener un motor de repuesto, agarró a Marisol de las caderas con una fuerza que me sorprendió y la giró sobre el colchón, dejándola en cuatro patas. Ella ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar cuando el viejo, sin darle muchas vueltas, se le acomodó por detrás.

Se escuchó un grito seco, de esos que te hielan la sangre, cuando se la metió por atrás. Marisol arqueó la espalda y clavó las uñas en las sábanas, pero mi viejo no la soltó: la agarró del pelo y le hundió la cara directamente contra la entrepierna de Carmen, que seguía ahí apoyada contra la cabecera, recibiendo todo el espectáculo de frente.

Era una imagen de locos. Carmen ahí, entregada, mientras Marisol gritaba ahogada contra ella y mi padre le daba con una furia que hacía que toda la cama saltara. Los golpes secos de los cuerpos y los gemidos que ya no se podían contener. Yo estaba ahí, pegado a la rendija, con la boca seca y el corazón martillando, viendo cómo mi viejo se despachaba a las dos mujeres con una intensidad que jamás me hubiera imaginado en un tipo que pasaba los cincuenta y cinco.

Justo cuando pensaba que ya no podía ver nada más fuerte, la escena volvió a cambiar. Carmen, con una agilidad que me dejó loco, se deslizó por debajo de su prima en un movimiento rápido y quedaron encajadas en un sesenta y nueve perfecto, mientras mi padre seguía dándole por detrás a Marisol sin bajar el ritmo.

Me quedé hipnotizado viendo el movimiento del cuerpo de Marisol encima de Carmen, cómo se le marcaban las caderas con cada embestida del viejo y cómo mi madrastra recibía todo desde abajo sin perder la concentración. Y fue ahí cuando hizo algo que me terminó de rematar: sacó la cara de entre las piernas de su prima y, con una confianza total, estiró los brazos para agarrar los muslos de mi padre. Sin soltarlo, se lo acercó y empezó a chuparle el escroto con unas ganas que se escuchaban hasta el pasillo.

Era una escena imposible: mi padre dándole con todo a Marisol, Marisol entregada a las dos sensaciones a la vez, y Carmen ahí abajo rematando el conjunto, manteniendo al viejo con los ojos en blanco y agarrado del respaldo de la cama para no perder el equilibrio. Los gemidos de las dos mujeres se mezclaban con los gruñidos de mi padre y con el sonido constante de los cuerpos.

Me quedé unos segundos más, hipnotizado por la coordinación de los tres, entendiendo que el regalo de los cincuenta y ocho años de mi viejo había superado cualquier cosa que yo pudiera haber imaginado. Sentí que el aire me faltaba y que, si me quedaba un segundo más, el morbo me iba a terminar traicionando. Tenía la entrepierna apretada contra el pantalón, la cara caliente y el pulso me retumbaba en los oídos.

Empecé a retroceder por el pasillo, poniendo cada pie con la precisión de un cirujano para que el piso no crujiera. La casa seguía en ese silencio sepulcral, solo roto por los gemidos y los golpes secos del cuarto, lo cual irónicamente me ayudó a que mis pasos pasaran desapercibidos.

Llegué a la cocina, pasé por el mesón donde estaban las cervezas y la cajita —que ahora sí confirmé que era de la pastilla azul— y salí por la puerta principal con el mismo cuidado con el que había entrado. Solo cuando sentí el aire fresco de la noche en la cara pude respirar hondo. Caminé rápido hacia el carro, tratando de bajar la adrenalina y procesar que acababa de ver a mi padre en el mejor cumpleaños de su vida, mientras yo me llevaba un secreto que me iba a quemar por dentro durante toda la fiesta del fin de semana.

Esa noche no pude dormir. Recordaba cada pose, cada gemido, el movimiento de los cuerpos de esas dos mujeres maduras que tan tranquilas parecían en las reuniones de familia. Terminé desahogándome solo, en mi cuarto, como un adolescente.

***

El sábado de la fiesta, la tensión era de otro nivel. Llegué a la casa y todo parecía la típica reunión familiar: mi padre con su camisa impecable, Carmen haciendo de anfitriona perfecta con su delantal floreado, mis hermanos riendo como si nada. Pero yo no podía dejar de mirar a mi viejo a los ojos, pensando que apenas unos días antes ese mismo hombre estaba en la cama, dándolo todo gracias a la pastilla azul.

A la hora del almuerzo sonó el timbre. Carmen fue a abrir y anunció con una sonrisa de oreja a oreja:

—¡Miren quién llegó de sorpresa! ¡Marisol!

Cuando la vi entrar, sentí que la cara se me ponía roja de golpe. Ahí estaba ella, vestida con un jean ajustado y una blusa sencilla, saludando a todo el mundo con un beso en la mejilla. Cuando llegó a mi padre se dieron un abrazo «familiar» que a cualquiera le hubiera parecido normal, pero yo me fijé en cómo se quedaron un segundo de más y en cómo Carmen les guiñó un ojo desde la puerta de la cocina.

Me senté a comer con un nudo en la garganta. Ver a Marisol sentada frente a mí, pidiendo que le pasaran la ensalada con esa carita de «yo no fui», me volaba la cabeza. Yo sabía perfectamente cómo gritaba esa mujer cuando mi viejo la tenía en cuatro, y verla ahí hablando del trabajo, del clima y de los planes de las próximas vacaciones, me hacía sentir que estaba viviendo en una película.

Cada vez que mi padre soltaba una carcajada o Carmen le tocaba el hombro al pasar, yo solo podía imaginarme el sesenta y nueve que se habían mandado el martes. Era un secreto que me quemaba por dentro, y lo más excitante era que ellos tres estaban ahí, tan tranquilos, celebrando los cincuenta y ocho del viejo como si fueran los santos de la familia, mientras yo era el único que sabía que ese cumpleaños había sido, por mucho, el más salvaje de su vida.

En un momento de la comida, mi padre levantó la copa para brindar.

—Gracias a todos por venir —dijo con esa voz grave de siempre—. De verdad, este ha sido un cumpleaños que… bueno, que no voy a olvidar nunca.

Vi cómo Carmen y Marisol intercambiaron una mirada rápida, un brillo en los ojos que solo yo entendí. Se aguantaron la risa y chocaron las copas con un entusiasmo que a mis hermanos les pareció lo más normal del mundo, pero a mí me hizo hervir la sangre. Sabía exactamente a qué se refería el viejo con eso de «no olvidar nunca».

Me terminé la cerveza de un trago, sintiendo el peso del secreto en la espalda. Al final, me levanté de la mesa y me acerqué a mi padre para darle el abrazo que supuestamente le iba a dar el martes. Al apretarle el hombro no pude evitar pensar en la cajita de pastillas y en la escena de la cama. Él me sonrió, me dio una palmada en la espalda y me dijo:

—Qué bueno que viniste hoy, hijo. Te perdiste la celebración tranquila del martes, pero lo importante es que estamos todos juntos.

«Tranquila», pensé mientras forzaba una sonrisa.

Nunca supe si mi padre se enteró de que los había espiado esa noche o si Carmen llegó a sospecharlo. Los tres siguieron tratándome como siempre, con la misma normalidad de siempre. Pero después de ese cumpleaños, mi madrastra y su prima se convirtieron en una fantasía recurrente para mí. Nunca llegué a insinuarles nada, ni ellas a mí, y probablemente fue lo mejor: si alguna vez se hubieran cruzado las miradas como esa noche en la habitación, sin dudarlo me habría quedado con las dos, tal como les ocurrió a mi padre la noche en que cumplió cincuenta y ocho.

Valora este relato

Comentarios (9)

Lolober

jajaja tremendo!! no me lo esperaba para nada, buenisimo

CuriosaYoli

Por favor que haya segunda parte, me quede con muchisimas ganas de saber como termina todo eso

Carlitos_MDP

La forma de narrarlo es increible, uno se mete en el pasillo con el y no puede parar de leer. Muy bien!

SantiagoMx

Buenisimo relato. Tenes un estilo muy natural que engancha desde el primer parrafo. Segui asi.

RosaM_77

El padre se supo festejar jeje... muy entretenido, espero el proximo con ansias

FEDEGUER

Excelente, muy bien narrado. De los mejores que lei en mucho tiempo

Mariana_LP

Me encanto la tension del momento en el pasillo a oscuras. Esa sensacion de querer escapar y no poder moverse esta muy bien descripta.

BrunoDeRosario

Quiero saber que paso despues!! Por favor una continuacion, el relato termina justo en lo mejor

LectorBsAs

Categoria maduras bien escrita es otra cosa. Este relato lo tiene todo.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.