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Relatos Ardientes

Lo que vi en el cumpleaños 58 de mi padre

Esto que voy a contar pasó hace ya catorce años, pero tengo cada detalle grabado como si hubiera sido la semana pasada. Era el cumpleaños número cincuenta y ocho de mi viejo, Ricardo. La reunión grande con todos mis hermanos y mi madrastra Carmen estaba programada para el sábado, pero el cumpleaños caía en martes. Como ese día salí temprano del trabajo, se me ocurrió la brillante idea de pasar a darle un abrazo de sorpresa antes del festejo familiar.

Mi viejo me había mencionado que esa noche se iba a tomar unas cervezas con sus amigos de toda la vida en casa. Estacioné el carro a la vuelta de la cuadra, para que el ruido del motor no me delatara, y caminé las dos cuadras hasta la entrada con una caja envuelta bajo el brazo.

Lo primero que me sacó de onda fue ver todas las luces apagadas. Para ser una reunión con sus amigos, había demasiado silencio. Probé la puerta y, aunque me sorprendió, estaba sin seguro. Empujé despacio y entré con mucho cuidado, sin encender ninguna lámpara.

Caminé hacia la cocina y ahí me confirmé que algo raro pasaba. En el mesón había latas de cerveza vacías, dos copas de vino con restos en el fondo y una cajita de pastillas que en la penumbra no alcancé a leer del todo. Mi primera reacción no fue pensar en infidelidad ni en nada por el estilo. Más bien me asusté: pensé que tal vez habían entrado a robar y que mi viejo y Carmen estaban amordazados en alguno de los cuartos.

Avancé por el pasillo central. La casa es de una sola planta y todo se escucha de un cuarto al otro, así que afiné el oído. Y ahí me quedé congelado. No eran golpes ni gritos de auxilio. Eran risas. Risas femeninas, en plural, mezcladas con el ronroneo grave de mi padre. Eran dos mujeres claramente, y entonces sí me imaginé lo peor: que Carmen le estaba metiendo cuernos en su propia cama.

Apreté el paso, decidido a confirmarlo y a armar el escándalo del siglo. La puerta del cuarto principal estaba apenas entreabierta, una rendija de cuatro o cinco dedos. Pegué la cara a la madera con cuidado y me asomé.

Lo que vi me dejó la boca abierta.

Mi viejo estaba parado en el centro de la cama, con una bata blanca desabrochada que le colgaba de los hombros, los pulgares hacia arriba y una sonrisa que jamás le había visto. A sus pies, dos mujeres en cuatro patas, dándole la espalda a la puerta, con una lencería negra mínima que no dejaba nada a la imaginación. Sonó un clic y un destello: estaban en plena sesión de fotos.

A una de las mujeres la reconocí enseguida por el tatuaje de la espalda baja: era Carmen, mi madrastra. La otra tenía la cara medio tapada por una melena oscura que le caía hacia adelante, así que tardé unos segundos más en ubicarla.

Aunque Carmen es bastante menor que mi padre, en esa época ya pasaba los cincuenta. Pero el cuerpo se lo cuidaba: tenía un culo firme, redondo, que con esa tanga hilo dental se veía como de revista, con las nalgas partidas y brillantes bajo la luz tenue de la mesa de noche. Y la otra mujer no se quedaba atrás. Cuando giró un poco la cabeza para reírse de algo que dijo Carmen, se le abrió la cortina de pelo y casi se me sale el corazón por la boca.

Era Marisol, la prima de Carmen. Una señora un poco más llenita, con unas tetas enormes que le colgaban pesadas dentro del sostén de encaje, casi desbordándose por los costados, y un culo ancho, de esos que se mueven solos con cada respiración. Yo la había visto un par de veces en reuniones familiares —siempre con vestidos discretos, siempre con la sonrisa formal de cuñada— pero jamás así. Nunca con esa lencería ajustada que le marcaba la raja del coño encima de la tela, nunca con esa actitud que me la mostraba como una mujer completamente distinta a la que me imaginaba.

La cosa no se quedó en la sesión de fotos. En cuanto sonó el último clic, mi padre se quitó la bata y la tiró al piso. Se sentó en el borde de la cama, completamente desnudo, y tengo que reconocerlo: a sus cincuenta y ocho años el viejo se mantenía mejor de lo que yo creía. Sin panza, ancho de espaldas, y muy bien dotado. La polla se le levantaba pesada entre los muslos, gruesa, con la vena marcada por debajo y la cabeza ya hinchada y morada de las ganas. Se veía imponente, sentado ahí en medio del colchón, con una mujer a cada lado y las manos apoyadas en sus caderas.

Las risas se transformaron de golpe en otra cosa. Como si alguien hubiera dado una orden silenciosa, las dos se le abalanzaron al mismo tiempo. Empezaron a recorrerle el pecho con las manos, a besarle el cuello, a bajar lentamente. Carmen le pasaba la lengua por la oreja y le mordisqueaba el lóbulo mientras le susurraba cochinadas que yo no llegaba a oír del todo, y Marisol se concentraba más abajo, abriéndole las piernas con una confianza que delataba que esa noche no era la primera vez.

La prima de mi madrastra se agachó y, sin ningún tipo de preámbulo, le agarró la verga con la mano derecha, la levantó y le pasó la lengua desde la base hasta la punta en un movimiento largo y lento. Se detuvo en la cabeza, la envolvió con los labios y empezó a chupársela metiéndosela hasta la mitad, sacándola despacio, dejando un hilo de saliva colgando del glande. Carmen no se quedó atrás: se inclinó por el otro lado y le empezó a lamer los huevos, uno primero y después el otro, metiéndoselos completos en la boca mientras Marisol seguía mamándosela arriba.

Oí jadeos, susurros, risas ahogadas. Y el primer gemido grave de mi viejo cuando las dos coincidieron con las bocas en la misma zona, chupándole la polla al mismo tiempo, una desde un costado y la otra desde el otro, con las lenguas rozándose sobre la vena de arriba.

Yo estaba en el pasillo con las manos pegadas a la pared y las piernas un poco temblorosas. La cabeza me decía que me fuera, que diera media vuelta, que esto no se podía borrar de la memoria. Pero la curiosidad me ganó por completo y me quedé. Me pegué todavía más a la madera, viendo cómo las dos se turnaban sin descanso. Marisol se la tragaba hasta el fondo, ahogándose un poco, con los ojos llorosos y el rímel corriéndose, mientras Carmen le agarraba la mano libre a su prima y se la ponía en la base para que se la masturbara al mismo tiempo. Lo que más me impactó fue ver cómo la polla de mi padre se ponía cada vez más firme con cada pasada de boca; se notaba que las dos sabían perfectamente lo que hacían y que llevaban un buen rato calentando motores.

En un momento, Marisol se separó un segundo para tomar aire, con la boca abierta y un hilo de saliva colgando hasta el glande, y le dijo a Carmen entre risas:

—Oye, este hombre tuyo está a punto. Mira cómo tiene la punta, prima, se va a correr en cualquier momento.

—Despacio —contestó Carmen, riéndose también, con los labios brillantes—. La noche es larga. Todavía tiene que cogernos a las dos, no le vayas a sacar la leche tan rápido.

El contraste entre la formalidad con la que esas dos mujeres se trataban en la mesa familiar y el desparpajo con el que coordinaban todo en esa habitación me tenía hipnotizado. Era una locura. Carmen, que en los almuerzos de domingo se ponía un delantal floreado y servía la sopa con dos manos, ahí adentro era otra mujer.

Mi madrastra se levantó de golpe, se sacó la tanga por las piernas dejándola caer al piso y se acomodó con una agilidad que me sorprendió sobre la cara de mi viejo. Fue un movimiento rápido, sin titubeos, como si lo hubieran hecho mil veces: le montó el coño entero encima de la boca, apoyando las rodillas a cada lado de la cabeza, y empezó a restregarse contra su lengua. Vi cómo mi padre le agarraba las nalgas con las dos manos, se las abría bien, y le sacaba la lengua entre los labios del coño con una gula que me hizo apretar los dientes. Carmen echó la cabeza hacia atrás, se agarró de sus propias tetas por encima del sostén y empezó a moverse en círculos, empapándole toda la cara.

Mientras ella tomaba el control desde arriba, Marisol no perdió un segundo, se subió al colchón, se sacó la tanga tirándola al aire con dos dedos, y se montó sobre el regazo de mi padre. Le agarró la polla con la mano, la enderezó y se fue bajando despacio, gimiendo con la boca abierta a medida que se la iba metiendo centímetro a centímetro. Cuando la tuvo hasta el fondo soltó un gruñido gutural que me caló en el estómago, y empezó a moverse arriba y abajo, primero suave y después con más ganas, con las tetas saltando pesadas dentro del sostén hasta que se lo desabrochó por delante y las liberó, dejándolas colgar libres, bamboleándose con cada embestida.

Verlas trabajar en equipo de esa forma, una arriba y la otra abajo, era un espectáculo que no encajaba con la imagen de familia tranquila que yo siempre había tenido. Los gemidos de Carmen se mezclaban con los jadeos de Marisol y con los sonidos ahogados del viejo lamiéndole el coño a su esposa. Cada vez que Marisol se dejaba caer entero sobre la verga, se escuchaba un chapoteo húmedo y el choque de las nalgas contra los muslos de mi padre. Yo estaba ahí, procesando que la «reunión con los amigos» que se suponía iba a encontrarme había mutado en un trío salvaje entre mi padre, su esposa y la prima de ella.

Marisol llevaba el ritmo y, en medio de los movimientos, se inclinó un poco hacia adelante y le preguntó a Carmen, casi sin aire:

—¿Siempre lo tiene así de duro cuando lo tienes tú sola? Me está partiendo, prima, tiene una polla que no se me acaba.

Mi madrastra soltó una risa entrecortada antes de contestar, todavía con la cara de mi padre pegada al coño:

—Claro que sí. Pero hoy, para celebrar los cincuenta y ocho como se merece, se tomó una pastilla azul para aguantarnos a las dos toda la noche. Cógelo bien, prima, exprímele esa verga que para eso la tiene.

Escuchar eso me dio un vuelco en el estómago. Ver a Carmen presumiendo de la potencia de mi padre y reconociendo que el viejo se había preparado con todo para ese trío fue demasiado. Marisol soltó un gemido más alto, como si la respuesta la hubiera encendido todavía más, y le metió un ritmo nuevo a la cama, rebotando con fuerza sobre la polla del viejo, haciendo que los resortes chillaran en medio del silencio del resto de la casa. Se agarró de los hombros de Carmen para no perder el equilibrio y las dos primas terminaron besándose en la boca por encima del cuerpo de mi padre, con las lenguas afuera, mordiéndose los labios, gimiendo la una dentro de la otra.

Ahí entendí que mi sorpresa de cumpleaños no tenía espacio en esa noche. Mi viejo estaba en su mejor momento, dopado y atendido por dos mujeres maduras, viviendo una fantasía que yo jamás hubiera imaginado que pasaba en esa habitación.

Tenía la oportunidad de irme y salvar lo poco que me quedaba de imagen familiar, pero los pies no se me movían del pasillo. Me quedé ahí, respirando bajito, viendo cómo la escena cambiaba otra vez de ritmo. Carmen se bajó de la cara de mi padre, jadeando, con el pelo todo revuelto y la barbilla del viejo brillando de sus jugos, y mi viejo, con una energía que parecía de veinteañero, agarró a Marisol de la cintura con una fuerza tremenda y la sacó de encima suyo con la polla todavía chorreando.

La giró en un segundo, dejándola boca arriba sobre el colchón. La cama crujió con el movimiento brusco. Sin perder un instante, Carmen se acomodó ahora ella sobre la cara de su prima, devolviéndole el favor: se abrió el coño con dos dedos y se lo dejó ahí, encima de la boca, para que Marisol se lo trabajara con la lengua. Marisol reaccionó enseguida, sacando la lengua entera y clavándosela en el clítoris, mientras mi padre se puso de rodillas entre las piernas de la prima, se agarró la verga con la mano y se la metió de una sola estocada firme, hasta el fondo.

Marisol arqueó la espalda y soltó un grito ahogado contra el coño de Carmen. Se aferró con las dos manos a las nalgas de su prima para mantenerla ahí encima, mientras mi padre le empezaba a dar cadera contra cadera, sin piedad, marcándole un ritmo brutal. Cada estocada le hacía saltar las tetas en la cara a Carmen, y el sonido de los cuerpos chocando llenaba el cuarto: los muslos del viejo golpeando la parte interna de los muslos de ella, los huevos rebotándole contra el culo con cada embestida.

Carmen, ya sin poder aguantarse, se inclinó hacia adelante y se agarró de la cabecera de la cama mientras se restregaba contra la boca de su prima. Se pellizcaba los pezones ella misma, se los estiraba hacia afuera, y mi padre aprovechaba y le pegaba unas palmadas en el culo con la mano libre. Cada nalgada dejaba la marca roja de los dedos y hacía que Carmen gimiera más fuerte, moliéndole la cara a Marisol con más ganas.

El sonido de los cuerpos chocando y el ritmo cada vez más intenso de mi padre me dejaron mudo: estaba viendo una faceta de él que jamás hubiera imaginado, un hombre completamente distinto al que se sentaba a la cabecera en las cenas familiares. Se sacaba la polla por completo, dejándola brillar de los jugos de Marisol, y se la volvía a meter de golpe, sacándole un grito nuevo con cada intromisión.

***

Y el ritmo en la cama cambió otra vez de golpe. Mi padre, que parecía tener un motor de repuesto, agarró a Marisol de las caderas con una fuerza que me sorprendió y la giró sobre el colchón, dejándola en cuatro patas. Ella ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar cuando el viejo, sin darle muchas vueltas, se le acomodó por detrás y se escupió dos veces en la mano para lubricarse la verga. Le abrió las nalgas bien abiertas con los pulgares, le apoyó la punta de la polla contra el ojete y empezó a empujar despacio.

Se escuchó un grito seco, de esos que te hielan la sangre, cuando se la metió por atrás. Marisol arqueó la espalda y clavó las uñas en las sábanas, con la boca abierta en una «o» perfecta, pero mi viejo no la soltó: la agarró del pelo, se lo enrolló en la mano como una rienda y le hundió la cara directamente contra el coño de Carmen, que seguía ahí apoyada contra la cabecera, con las piernas bien abiertas, recibiendo todo el espectáculo de frente. Marisol empezó a comerle el coño a su prima mientras el viejo le partía el culo con embestidas cada vez más profundas, empujando la cadera hacia adelante hasta que se le veían los huevos aplastados contra las nalgas.

Era una imagen de locos. Carmen ahí, entregada, mientras Marisol gritaba ahogada contra ella y mi padre le daba con una furia que hacía que toda la cama saltara. Los golpes secos de los cuerpos y los gemidos que ya no se podían contener. Mi viejo le mordió el hombro a Marisol, le pasó una mano por debajo y le agarró una teta pesada, apretándosela con fuerza, pellizcándole el pezón entre los dedos. Yo estaba ahí, pegado a la rendija, con la boca seca y el corazón martillando, viendo cómo mi viejo se despachaba a las dos mujeres con una intensidad que jamás me hubiera imaginado en un tipo que pasaba los cincuenta y cinco.

—Ay, prima, me está rompiendo el culo —jadeó Marisol despegándose un segundo del coño de Carmen, con la baba corriéndole por el mentón—. No pares, viejo cabrón, dame más duro, méteme toda esa verga.

Carmen le agarró la cara con las dos manos y se la volvió a hundir contra su coño, mientras le contestaba entre gemidos:

—Cállate y sigue chupando, prima. Tú viniste a que te la metan por todos lados esta noche, así que aguanta como una mujer.

Justo cuando pensaba que ya no podía ver nada más fuerte, la escena volvió a cambiar. Carmen, con una agilidad que me dejó loco, se deslizó por debajo de su prima en un movimiento rápido y quedaron encajadas en un sesenta y nueve perfecto, con el coño de Marisol cayendo justo sobre la boca de mi madrastra, mientras mi padre seguía dándole por detrás sin bajar el ritmo. Carmen tenía una vista privilegiada desde abajo: veía cómo la polla del viejo entraba y salía del culo de Marisol, brillando de saliva, a centímetros de su propia cara.

Me quedé hipnotizado viendo el movimiento del cuerpo de Marisol encima de Carmen, cómo se le marcaban las caderas con cada embestida del viejo y cómo mi madrastra le lamía el clítoris desde abajo mientras a Marisol se la seguían empalando por el culo. Y fue ahí cuando Carmen hizo algo que me terminó de rematar: sacó la cara de entre las piernas de su prima y, con una confianza total, estiró los brazos para agarrar los muslos de mi padre. Sin soltarlo, se lo acercó y empezó a chuparle los huevos con unas ganas que se escuchaban hasta el pasillo, metiéndoselos completos en la boca, mientras con la otra mano le acariciaba la verga en el punto exacto en que entraba y salía del culo de Marisol.

Era una escena imposible: mi padre dándole con todo a Marisol por el ojete, Marisol entregada a las dos sensaciones a la vez con la lengua de Carmen en el coño y la polla del viejo en el culo, y Carmen ahí abajo rematando el conjunto, mamándole los huevos al viejo y manteniéndolo con los ojos en blanco y agarrado del respaldo de la cama para no perder el equilibrio. Los gemidos de las dos mujeres se mezclaban con los gruñidos de mi padre y con el sonido constante de los cuerpos, y de vez en cuando el viejo se sacaba la verga entera del culo de Marisol y se la ofrecía a Carmen, que la chupaba dos o tres veces con gusto antes de que él se la volviera a meter a su prima de una estocada.

—Me voy a correr —gruñó mi padre de repente, con la voz ronca—. Me voy a correr, ¿dónde la quieren?

—En la cara —dijo Carmen sin dudar, saliéndose de debajo y arrodillándose al lado de Marisol—. Las dos, viejo, sácala y córrete en nuestras caras.

Marisol se dio vuelta enseguida, se arrodilló también, y las dos se pusieron pegadas mejilla contra mejilla, con las bocas abiertas y las lenguas afuera, mirando hacia arriba. Mi padre se paró en la cama frente a ellas, se agarró la polla con la mano y empezó a masturbársela rápido, apuntándoles a las caras. Duró unos segundos, con la mandíbula apretada, y después soltó un rugido y empezó a chorrear: el primer chorro le cruzó la frente y el pómulo a Carmen, el segundo cayó pesado sobre la lengua de Marisol y le resbaló por el mentón, y los que siguieron les fueron pintando la cara y las tetas a las dos, hasta que la verga le quedó goteando entre los muslos, todavía dura.

Carmen y Marisol se miraron con los ojos brillantes, se rieron y se pusieron a besarse ahí mismo, con los labios llenos de semen, pasándoselo de una boca a la otra, chupándose las mejillas y las lenguas la una a la otra hasta dejarse limpias. Después, entre las dos, se turnaron para lamerle la polla al viejo hasta la última gota, dejándosela reluciente.

Me quedé unos segundos más, hipnotizado por la coordinación de los tres, entendiendo que el regalo de los cincuenta y ocho años de mi viejo había superado cualquier cosa que yo pudiera haber imaginado. Sentí que el aire me faltaba y que, si me quedaba un segundo más, el morbo me iba a terminar traicionando. Tenía la polla apretada contra el pantalón, dolorida de lo dura que la tenía, la cara caliente y el pulso me retumbaba en los oídos.

Empecé a retroceder por el pasillo, poniendo cada pie con la precisión de un cirujano para que el piso no crujiera. La casa seguía en ese silencio sepulcral, solo roto por las risas de las dos mujeres y por la voz grave de mi viejo pidiéndoles que se acomodaran de nuevo porque la pastilla azul le estaba pidiendo otra ronda, lo cual irónicamente me ayudó a que mis pasos pasaran desapercibidos.

Llegué a la cocina, pasé por el mesón donde estaban las cervezas y la cajita —que ahora sí confirmé que era de la pastilla azul— y salí por la puerta principal con el mismo cuidado con el que había entrado. Solo cuando sentí el aire fresco de la noche en la cara pude respirar hondo. Caminé rápido hacia el carro, tratando de bajar la adrenalina y procesar que acababa de ver a mi padre en el mejor cumpleaños de su vida, mientras yo me llevaba un secreto que me iba a quemar por dentro durante toda la fiesta del fin de semana.

Esa noche no pude dormir. Recordaba cada pose, cada gemido, el movimiento de los cuerpos de esas dos mujeres maduras que tan tranquilas parecían en las reuniones de familia. Me imaginaba el culo de Carmen restregándose contra la cara del viejo, las tetas de Marisol saltando con cada embestida, las dos caras pintadas de semen besándose. Terminé desahogándome solo, en mi cuarto, con la mano en la polla, corriéndome tres veces seguidas hasta quedarme con la mano llena y el abdomen manchado, como un adolescente.

***

El sábado de la fiesta, la tensión era de otro nivel. Llegué a la casa y todo parecía la típica reunión familiar: mi padre con su camisa impecable, Carmen haciendo de anfitriona perfecta con su delantal floreado, mis hermanos riendo como si nada. Pero yo no podía dejar de mirar a mi viejo a los ojos, pensando que apenas unos días antes ese mismo hombre estaba en la cama, dándolo todo gracias a la pastilla azul.

A la hora del almuerzo sonó el timbre. Carmen fue a abrir y anunció con una sonrisa de oreja a oreja:

—¡Miren quién llegó de sorpresa! ¡Marisol!

Cuando la vi entrar, sentí que la cara se me ponía roja de golpe. Ahí estaba ella, vestida con un jean ajustado que le marcaba el culo redondo y una blusa sencilla que se le tensaba en las tetas, saludando a todo el mundo con un beso en la mejilla. Cuando llegó a mi padre se dieron un abrazo «familiar» que a cualquiera le hubiera parecido normal, pero yo me fijé en cómo se quedaron un segundo de más, en cómo la mano del viejo le bajó una pulgada más de lo debido por la espalda, y en cómo Carmen les guiñó un ojo desde la puerta de la cocina.

Me senté a comer con un nudo en la garganta. Ver a Marisol sentada frente a mí, pidiendo que le pasaran la ensalada con esa carita de «yo no fui», me volaba la cabeza. Yo sabía perfectamente cómo gritaba esa mujer cuando mi viejo la tenía en cuatro con la polla en el culo, cómo se le corría el rímel de tanto llorar de placer, cómo se dejaba pintar la cara de semen; y verla ahí hablando del trabajo, del clima y de los planes de las próximas vacaciones, me hacía sentir que estaba viviendo en una película.

Cada vez que mi padre soltaba una carcajada o Carmen le tocaba el hombro al pasar, yo solo podía imaginarme el sesenta y nueve que se habían mandado el martes, la doble mamada, los chorros de leche en las dos caras. Era un secreto que me quemaba por dentro, y lo más excitante era que ellos tres estaban ahí, tan tranquilos, celebrando los cincuenta y ocho del viejo como si fueran los santos de la familia, mientras yo era el único que sabía que ese cumpleaños había sido, por mucho, el más salvaje de su vida.

En un momento de la comida, mi padre levantó la copa para brindar.

—Gracias a todos por venir —dijo con esa voz grave de siempre—. De verdad, este ha sido un cumpleaños que… bueno, que no voy a olvidar nunca.

Vi cómo Carmen y Marisol intercambiaron una mirada rápida, un brillo en los ojos que solo yo entendí. Se aguantaron la risa y chocaron las copas con un entusiasmo que a mis hermanos les pareció lo más normal del mundo, pero a mí me hizo hervir la sangre. Sabía exactamente a qué se refería el viejo con eso de «no olvidar nunca».

Me terminé la cerveza de un trago, sintiendo el peso del secreto en la espalda. Al final, me levanté de la mesa y me acerqué a mi padre para darle el abrazo que supuestamente le iba a dar el martes. Al apretarle el hombro no pude evitar pensar en la cajita de pastillas y en la escena de la cama. Él me sonrió, me dio una palmada en la espalda y me dijo:

—Qué bueno que viniste hoy, hijo. Te perdiste la celebración tranquila del martes, pero lo importante es que estamos todos juntos.

«Tranquila», pensé mientras forzaba una sonrisa.

Nunca supe si mi padre se enteró de que los había espiado esa noche o si Carmen llegó a sospecharlo. Los tres siguieron tratándome como siempre, con la misma normalidad de siempre. Pero después de ese cumpleaños, mi madrastra y su prima se convirtieron en una fantasía recurrente para mí. Nunca llegué a insinuarles nada, ni ellas a mí, y probablemente fue lo mejor: si alguna vez se hubieran cruzado las miradas como esa noche en la habitación, sin dudarlo me habría quedado con las dos, tal como les ocurrió a mi padre la noche en que cumplió cincuenta y ocho.

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Comentarios(9)

Lolober

jajaja tremendo!! no me lo esperaba para nada, buenisimo

CuriosaYoli

Por favor que haya segunda parte, me quede con muchisimas ganas de saber como termina todo eso

Carlitos_MDP

La forma de narrarlo es increible, uno se mete en el pasillo con el y no puede parar de leer. Muy bien!

SantiagoMx

Buenisimo relato. Tenes un estilo muy natural que engancha desde el primer parrafo. Segui asi.

RosaM_77

El padre se supo festejar jeje... muy entretenido, espero el proximo con ansias

FEDEGUER

Excelente, muy bien narrado. De los mejores que lei en mucho tiempo

Mariana_LP

Me encanto la tension del momento en el pasillo a oscuras. Esa sensacion de querer escapar y no poder moverse esta muy bien descripta.

BrunoDeRosario

Quiero saber que paso despues!! Por favor una continuacion, el relato termina justo en lo mejor

LectorBsAs

Categoria maduras bien escrita es otra cosa. Este relato lo tiene todo.

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