La inmobiliaria madura que me esperó en su oficina
Tenía veintidós años y la costumbre de no prestar demasiada atención a las amigas de mi madre. Eran mujeres de otra generación: reuniones de café, el mismo cotilleo contado tres veces, conversaciones sobre propiedades y viajes organizados que a mí me resbalaban por completo. Verónica Salinas, la agente inmobiliaria más recomendada del barrio, encajaba perfectamente en esa categoría. O eso pensaba yo antes de abrir la puerta ese sábado de octubre.
Llevaba un pantalón ajustado color carbón, tacones que sonaban con autoridad en el suelo de mármol del recibidor y una blusa beis que se ceñía donde tenía que ceñirse. Cincuenta y dos años, según mi madre, aunque ese dato me resultó difícil de creer cuando la tuve frente a mí. Casada con un hombre de apellido largo que viajaba mucho por trabajo. Agente inmobiliaria desde hacía más de veinte años, con una reputación intachable en el sector. Eso era lo que yo sabía de ella antes de que se acercara a darme los dos besos de rigor.
—Mira cómo estás —dijo, y sus labios se detuvieron en mi mejilla un instante más de lo que era estrictamente necesario—. Ya no eres el crío que recordaba.
—Verónica… —respondí, sin encontrar nada más que añadir—. Pasa, mamá está en la cocina.
Se rio de algo que yo no había dicho y entró. La observé caminar hacia el fondo de la casa sin ningún disimulo. El pantalón se le ajustaba a las caderas de una manera que no dejaba margen para la imaginación: las dos medias lunas del culo se le marcaban firmes, redondas, perfectamente dibujadas bajo la tela, y se le movían con cada paso de una forma que me dejó la polla a medio despertar antes de cerrar siquiera la puerta. Cerré la puerta despacio y me quedé un segundo parado en el recibidor, intentando recordar por qué había ido a abrirla.
Durante la tarde fingí estudiar en el salón. Tenía los apuntes de tercero de Derecho abiertos sobre la mesa, aunque en ningún momento conseguí leer más de dos líneas seguidas. Verónica y mi madre hablaban en la cocina de tasaciones, metros cuadrados y la orientación del apartamento de la costa que mis padres llevaban meses intentando vender. De vez en cuando ella se asomaba al salón para buscar algo o refrescarse el café, y cada vez que pasaba cerca traía consigo ese perfume de madera y flores blancas que hacía difícil concentrarse en cualquier cosa que no fuera ella.
Mi padre había salido a ver el partido en casa de un vecino. Solo estábamos nosotros tres en la casa, y esa tarde yo era plenamente consciente de ello.
En un momento, mi madre fue al baño. Verónica se sentó a mi lado en el sofá. No en el extremo opuesto, con la debida distancia. A mi lado, con nuestras rodillas a pocos centímetros.
—¿Mucho trabajo con la carrera? —preguntó, con la voz algo más baja que antes.
—Tercer año. Va bien —respondí.
—Los chicos de tu edad acumulan mucha tensión —dijo, posando la mano en mi rodilla con una calma que me desconcertó—. Y no siempre saben cómo liberarla.
La mano no se quedó en la rodilla. Subió dos centímetros, tres, lo justo para que yo notara cómo me pulsaba la sangre en la entrepierna y cómo se me empezaba a poner dura ahí mismo, en el salón de mis padres, con mi madre en el baño a diez metros. No estaba hablando de los exámenes. Los dos lo sabíamos.
Retiró la mano con la misma calma cuando escuchó los pasos de mi madre en el pasillo. Volvió a cruzar las piernas y retomó la conversación sobre el apartamento como si nada hubiera pasado. Yo guardé los apuntes en la mochila. No iba a poder leer ni una línea más esa tarde.
Antes de marcharse, cuando mi madre fue a buscarle el abrigo al armario del recibidor, Verónica se paró junto al marco de la puerta del salón y me miró con esa expresión que era a la vez evaluación y decisión tomada.
—Si alguna vez necesitas relajarte, ya sabes dónde encontrarme —dijo, muy bajito.
Sonrió una sola vez y salió.
Esa noche no dormí bien. Me la pajeé dos veces pensando en ella antes de conseguir cerrar los ojos: la primera con la imagen del pantalón ajustado y esa mano que me había subido por el muslo, la segunda imaginando que la mano no se retiraba, que seguía subiendo hasta encontrarme la polla dura por encima del vaquero. Repasé la escena una y otra vez: la mano en la rodilla, la frase que había dejado a medias, esa manera suya de moverse como quien no tiene que demostrar nada. Tenía cincuenta y dos años, un marido y una vida completamente organizada al otro lado de esa sonrisa. Yo tenía veintidós y demasiado tiempo para darle vueltas a las cosas.
***
Pasaron dos semanas. Catorce días en los que cada vez que intentaba concentrarme en algo aparecía ese pantalón ajustado y esa mano sobre mi rodilla. Catorce días de mensajes que redacté y no envié, de excusas que no terminé de construir.
Fue mi madre quien me dio la excusa.
—Tengo que llevar unas carpetas con documentos a la inmobiliaria de Verónica, pero hoy tengo turno en el centro de salud. ¿Te importa acercarte tú?
No puse ninguna pega.
Iba pensando en ella durante todo el trayecto. En si estaría sola, en si algo de lo que había pasado el sábado había sido solo en mi imaginación, en qué haría si la encontraba con clientes y tenía que marcharme con las carpetas y un «hasta luego» formal. Aparqué en la calle con la mano algo menos firme de lo habitual.
La oficina estaba en la planta baja de un edificio de los años ochenta, a diez minutos en coche. Entré con las carpetas bajo el brazo. A través del cristal de la puerta vi que estaba sola, sentada frente a la pantalla del ordenador, con unos pantalones burdeos que brillaban levemente bajo la luz del techo.
Cuando empujé la puerta, levantó la vista. Se puso de pie.
Cerró la puerta con llave antes de venir a saludarme.
—¡Qué bien que hayas podido! —dijo, y me dio los dos besos de siempre. Esta vez uno fue muy cerca de la comisura de los labios—. Tu madre me avisó que venías.
Dejé las carpetas sobre el mostrador. Me giré. Ella estaba apoyada en el escritorio con los brazos cruzados y esa mirada que evaluaba y decidía al mismo tiempo.
—Desde el sábado del café no he podido dejar de pensar —dijo. La frase quedó abierta a propósito.
—Yo tampoco —admití.
Dio dos pasos hacia mí. Cuando llegó a mi altura no se detuvo. Siguió hasta poner sus manos en mi cintura y su cara a pocos centímetros de la mía. Olí el mismo perfume del salón de mi madre.
—Tengo treinta años más que tú —dijo. No era advertencia ni disculpa. Era otra cosa.
—Lo sé.
La besé yo primero.
Tenía una boca cálida, con mucha experiencia en cómo moverse. Me metió la lengua sin pedir permiso, jugando con la mía, mordiéndome el labio inferior y soltándolo solo para meterme otra vez la lengua hasta el fondo. Sus manos encontraron mi nuca y me apretaron hacia ella con una seguridad que me hizo perder el aire. Yo bajé las mías por sus costados, sobre el tejido liso del pantalón burdeos, y después más abajo, hasta abarcarle el culo con ambas palmas, firme y lleno, sintiendo cómo se le tensaban las caderas cuando le apreté de verdad. Soltó un gemido breve contra mi boca, de los que ya no tenían nada de sorpresa y sí mucho de ganas contenidas.
—He pensado en esto —susurró, sin separar del todo los labios de los míos—. En cómo me ibas a tocar si por fin te quedabas a solas conmigo. En cómo me ibas a follar, también.
Bajó una mano por mi pecho, por mi vientre, hasta encontrarme la polla por encima del vaquero. La apretó con la palma abierta, midiéndome el bulto duro como quien tasa una propiedad, y soltó una risa baja, satisfecha.
—Y la tienes así desde que entraste —dijo—. Qué bien.
La giré despacio y la apoyé contra el escritorio. El borde duro le golpeó la espalda baja y ella arqueó el cuerpo sin resistirse, echando la cabeza atrás con una sonrisa torcida que me dejó la polla dura como una piedra. Le recorrí la espalda por encima de la blusa, notando la curva de los omóplatos y el hueco de la cintura, y luego metí las manos bajo la tela para palparle la piel caliente, la carne blanda y firme a la vez, hasta llegar al broche del sujetador.
—Cierra las persianas —dije.
Fue a hacerlo sin preguntar. La vi caminar hasta la ventana con esos pantalones burdeos pegados al culo, bajar las persianas una a una con la calma de quien no quiere que la prisa se le note demasiado, y volverse hacia mí ya con la blusa medio desabrochada y el pecho subiéndole rápido. Se le veía el inicio de un sujetador negro, con encaje, y la línea profunda del escote.
Me acerqué y terminé lo que ella había empezado. Le aparté la blusa de los hombros, le desabroché el sujetador por detrás y dejé al aire unos pechos grandes, redondos, pesados, con pezones oscuros que se le endurecieron en cuanto los vi. Metí la mano en uno de ellos y lo apreté con ganas, haciendo que me mirara como si llevara años esperando que alguien se atreviera a tocarla así. Le pellizqué el pezón entre el pulgar y el índice, suave primero, luego con fuerza, hasta que se le escapó un gemido sucio que no parecía suyo.
—Así —murmuró—. Jódeme con las manos primero. Que se note que llevas dos semanas pensando en estas tetas.
Me agaché un poco y le metí el pezón derecho entero en la boca. Lo chupé, lo lamí, lo mordí lo justo para que arqueara la espalda y me apretara la cabeza contra el pecho. Pasé al otro y le hice lo mismo, hasta dejárselos brillantes, hinchados, marcados de saliva. Ella tenía ya una mano metida entre mi cuerpo y el suyo, frotándose la entrepierna por encima del pantalón con desesperación.
—Quítamelos —pidió—. No aguanto más con esto puesto.
Le bajé los pantalones despacio, primero a las caderas, luego hasta la mitad del muslo. Debajo llevaba unas bragas finas, oscuras, ya empapadas en el centro. La tela se le marcaba pegada al coño y, al verla así, tan dispuesta, me bajó una oleada de calor bestial al vientre. La mancha de humedad le había traspasado el encaje y olía a mujer madura y caliente, a coño deseando.
—Mi marido lleva meses sin mirarme como me estás mirando tú —dijo, sin ningún rastro de tristeza. Solo el registro frío de un hecho—. Lleva meses sin meterme la mano ahí abajo. Tócame tú.
Le metí la mano por encima de la braga, frotándole el coño a través del encaje. Estaba empapada, ardiendo, y la tela se le hundía sola entre los labios. Aparté el encaje con dos dedos y le hundí el medio dentro de un solo movimiento. Cedió como mantequilla caliente, apretándome con un anillo de carne mojada y palpitante que me arrancó un jadeo.
—Joder, qué mojada estás —dije.
—Llevo dos semanas así —respondió, mordiéndose el labio—. Desde que me senté a tu lado en el sofá de tu madre.
Me arrodillé frente a ella. Le bajé las bragas hasta los tobillos y se las quité del todo, junto con los tacones, y le abrí las piernas apoyándole una rodilla en cada lado de mi cara. Tenía un coño hermoso, maduro, depilado al ras, con los labios un poco hinchados y brillantes de tan mojados. La besé en el interior del muslo primero, luego más cerca, sintiendo el temblor que le recorría las piernas. Abrí con los dedos sus labios húmedos y la lamí despacio, de arriba abajo, saboreándola sin prisa, tragándome su sabor salado y caliente mientras ella me agarraba del pelo con fuerza.
—Eso… —jadeó—. No pares.
Volví a la carga, más hondo con la lengua, marcándole el clítoris con movimientos lentos y crueles hasta que empezó a respirar roto, con las rodillas abriéndose más y el cuerpo empujándome la cara. Le chupé el clítoris como un caramelo, lo solté, volví a chupárselo. Le metí la lengua dentro, todo lo que pude, follándola con la boca mientras ella se restregaba sin disimulo contra mi cara. Me pidió más con un gemido ahogado, moviendo las caderas contra mi boca como una mujer que ya no quería disimular nada. Cuando metí dos dedos dentro de ella, me apretó con una fuerza húmeda y apretada que casi me hizo perder la concentración.
—Joder, sí —dijo entre dientes—. Sí, así, así. Méteme los dedos y chúpame el clítoris a la vez. Ahí, ahí, ahí…
Se corrió con la boca apretada contra su propia mano para no hacer ruido, pero el cuerpo entero le tembló sobre el escritorio. El coño se le contrajo alrededor de mis dedos en oleadas, mojándome la palma de la mano, manchándome la barbilla de su jugo. Aún así seguía queriendo más. Siempre más.
—Levántate —dijo, jadeando todavía—. Levántate y ven aquí. Ahora me toca a mí.
Me puse de pie. Ella se dejó caer del escritorio y se arrodilló en el suelo, frente a mí, sin perder un segundo. Me desabrochó el cinturón, el botón, la cremallera, y me bajó el vaquero y los calzoncillos hasta los muslos de un solo tirón. La polla me saltó hacia fuera, dura, hinchada, con la punta ya brillante. Verónica la miró un instante, como quien por fin tiene delante lo que llevaba dos semanas imaginando, y se la metió entera en la boca.
—Hostia… —se me escapó.
Mamaba como si llevara la vida entera mamando pollas. Tragaba a fondo, hasta el final, y subía despacio con la lengua pegada al glande, dejándola caer fuera para escupir un poco de saliva y volver a metérsela hasta la garganta. Me agarró los huevos con una mano, suave, tirando de ellos hacia abajo, mientras con la otra se sujetaba mi muslo para no perder el equilibrio. Levantó los ojos para mirarme con la polla hundida hasta el fondo de la boca y yo pensé que iba a correrme allí mismo, mirándole esa cara de señora elegante con los labios estirados alrededor de mi verga.
—Como sigas así me vas a hacer correrme —dije, agarrándola del pelo para frenarla.
Sacó la polla de la boca con un chasquido y se relamió los labios.
—Aún no —respondió—. Quiero que te corras dentro de mí. Quiero notarte ahí.
La ayudé a sentarse encima del escritorio y aparté las carpetas de mi madre con el pie. Ella abrió las piernas sin que yo tuviera que pedírselo otra vez, enseñándome el coño húmedo y rojizo, todavía latiendo del orgasmo. Guie la polla hasta su entrada, rozando primero los labios mojados, frotándole el glande contra el clítoris dos, tres veces, hasta que ella misma me buscó con las caderas.
—Mete esa polla dentro —dijo, mirándome fijamente—. Quiero sentirla hasta el fondo. No me hagas suplicarte.
Entré despacio al principio, porque estaba empapada y apretaba de una manera deliciosa, caliente y cerrada, rodeándome con una presión que me arrancó un gruñido. Ella echó la cabeza atrás y clavó los dedos en el borde del escritorio cuando fui entrando más, centímetro a centímetro, hasta llenar cada rincón de ese coño maduro y ansioso que me tragaba como si me conociera de toda la vida.
—Eso es —dijo, con la voz rota—. Así me gusta. Duro. Sin compasión.
La follé con ritmo, sosteniéndola por las caderas mientras el escritorio chirriaba contra la pared. Ella se abría más, me pedía más con las piernas rodeándome la cintura y el coño agarrándome como una trampa caliente. El sonido de nuestra piel chocando, húmeda y obscena, se mezclaba con su respiración cada vez más desordenada y con los pequeños gemidos que ya no se molestaba en contener. Yo le veía las tetas saltar con cada embestida, el vientre tensarse, la cara descomponérsele de placer.
—Date la vuelta —dije, sacándosela un momento—. Quiero follarte por detrás.
No protestó. Se bajó del escritorio, se giró y se inclinó hacia delante apoyando los codos sobre la madera. El culo le quedó a la altura perfecta, separado, ofrecido, con el coño rosado y empapado mirando hacia mí. Le di una palmada en la nalga derecha, no fuerte, lo justo para verla saltar, y le metí la polla de un solo golpe hasta el fondo. Ella soltó un grito apagado contra el escritorio.
—Joder, joder, así —gimió—. Más, dame más.
La agarré por las caderas y empecé a follarla por detrás con todo lo que tenía. La veía morderse el labio, agarrarse al borde del escritorio con los nudillos blancos, mover el culo hacia atrás para encontrarme en cada embestida. Cada vez que entraba hasta el fondo, las nalgas le rebotaban contra mi pelvis con un sonido húmedo, plano, sucio. Le tiré del pelo para echarle la cabeza hacia atrás y verle la cara de medio lado, los ojos cerrados, la boca abierta, manchada del pintalabios que se le había corrido.
—Eres una guarra —murmuré, casi sin darme cuenta de que lo decía en voz alta—. Una guarra elegante.
—Tu guarra —corrigió ella, mirándome de reojo, con una sonrisa que era todo deseo—. Hoy soy tu guarra. Sigue.
La hice volver al escritorio boca arriba. La levanté del suelo, la senté en el borde y le abrí las piernas hasta donde daban de sí. Se las puse sobre mis hombros, doblándola casi por la mitad, y se la volví a meter de cuajo. Desde ese ángulo entraba todavía más profundo, y ella lo notaba. Le mordí un pezón, luego el otro, mientras seguía embistiéndola desde arriba con golpes cada vez más profundos, sintiendo cómo la polla desaparecía entera dentro de ella y volvía a salir cubierta de su humedad. Verónica se aferró a mis hombros, me arañó la espalda, me miró con los ojos medio cerrados y la boca entreabierta como si estuviera al borde de algo demasiado grande para nombrarlo.
—Más fuerte —pidió—. No seas educado ahora. Rómpeme. Quiero notar esa polla mañana.
Y se lo di. Más fuerte, más sucio, más crudo. La estampé contra el escritorio y la follé como si la hubiera estado deseando toda la puta vida, metiéndole la polla hasta el final una y otra vez, viendo cómo se le sacudían las tetas con cada embestida y cómo se le escapaban palabrotas entre jadeos cuando le daba justo donde más le gustaba. Le bajé una mano hasta el clítoris y se lo froté en círculos rápidos mientras la seguía follando a fondo. El orgasmo le llegó otra vez de golpe, con las piernas tensándose alrededor de mi cintura y la espalda arqueada mientras se corría convulsionando, empapándome el bajo vientre. El coño se le cerró en torno a mi polla con tantos espasmos seguidos que casi me tira al suelo.
—Me estoy corriendo… joder, me estoy corriendo —balbuceó, temblando—. Sigue, sigue, no pares. No te salgas ahora, por favor.
No paré. Seguí hasta que me dejó completamente desarmado, hasta que sentí que la presión en los cojones me subía como un golpe y le di tres, cuatro embestidas finales antes de vaciarme dentro de ella con un gruñido que se me quedó atascado en la garganta. La llené de semen mientras ella me apretaba todavía más fuerte, hundiendo las uñas en mi espalda y murmurando mi nombre con una voz que ya no sonaba a señora perfecta ni a agente inmobiliaria intachable, sino a mujer jodidamente satisfecha. Sentí cómo se me iban las últimas gotas dentro, cómo el coño se la tragaba todo, y cómo se le escapaba un hilillo blanco por la comisura cuando finalmente saqué la polla, todavía dura.
—No te muevas —dijo, agarrándome de la nuca—. Quédate ahí un minuto. Solo así.
Cuando terminamos, se quedó sentada en el escritorio con la blusa abierta, las piernas todavía abiertas, mirando el techo. La corrida le bajaba por el muslo y a ella no parecía importarle. Yo me apoyé en la pared de enfrente, con el vaquero a la altura de los muslos y la polla brillante de ella. Ninguno dijo nada durante un rato largo.
—Esto no puede ser solo una vez —dijo al fin.
—No —respondí—. No puede.
***
Nos seguimos viendo durante casi nueve meses. A veces en su oficina, cuando la recepcionista salía a comer y ella cerraba la persiana de la entrada. Otras veces en pisos vacíos que tenía en cartera: apartamentos con las persianas bajadas y olor a pintura nueva, donde el único mueble era a veces una silla plegable que nunca terminábamos usando. Una tarde de noviembre, en su coche aparcado detrás del mercado municipal, con la lluvia golpeando el techo y las ventanas empañadas en cuestión de minutos. Esa tarde se subió encima de mí en el asiento del copiloto, con la falda enrollada en la cintura y sin bragas, y se me clavó la polla hasta el fondo en mitad del aparcamiento, follándome ella a mí, montándome como si llevara meses esperando ese momento. Se corrió mordiéndome el cuello para no gritar mientras yo le agarraba el culo con las dos manos y la empujaba hacia abajo cada vez que ella subía.
Verónica no era impulsiva. Lo organizaba todo con la misma precisión con que coordinaba sus visitas a propiedades. Me llegaba un mensaje escueto y directo: «Jueves, tres y media, calle Rosales 22, cuarto A». Y yo aparecía.
Una vez llegué al piso de la calle Rosales y la encontré en bata, con el pelo suelto, como si llevara horas esperando. «Tengo el día libre», dijo, y cerró la puerta con llave sin más explicaciones. Esa tarde fue diferente a todas las demás: más tranquila, más larga, sin el reloj marcando el tiempo que quedaba antes de que alguien volviera de comer. Me la chupó en el sofá hasta dejarme al borde y luego se apartó para que no me corriera. Me hizo follarla en el suelo del salón, encima de una manta vieja que había llevado a propósito. Después, ya en la cama del dormitorio que olía a piso vacío, me pidió que se la metiera por detrás, despacio, con paciencia, y me dejó hacerlo por primera vez. Se corrió dos veces con mis dedos en el coño mientras yo le entraba por el culo con cuidado, susurrándole obscenidades en el oído. Cuando terminé dentro de ella esa última vez, se quedó tumbada bocabajo en la cama, con las marcas de mis dedos en las caderas, y se rio bajito contra la almohada.
En esas horas aprendí cosas que nadie me había enseñado todavía. No solo sobre el sexo, aunque también. Aprendí cómo habla una mujer cuando ya no tiene miedo de pedir lo que quiere. Aprendí que el deseo cambia cuando alguien lleva años conteniéndolo y decide un día que no tiene ningún sentido seguir haciéndolo.
—¿No te complica todo esto? —le pregunté un día, mientras nos vestíamos en silencio en un piso del barrio antiguo.
—Todo en mi vida me complica —respondió, abrochándose los botones sin mirarme—. Al menos esto me gusta.
No volví a preguntar.
El final no fue ningún drama. Un día dejaron de llegar los mensajes. Esperé una semana, luego dos, sin saber bien si debía escribirle yo. Cuando me la crucé en casa de mis padres por las fiestas de diciembre, me dio los dos besos de costumbre y una sonrisa perfectamente normal, como si fuera la primera vez que nos veíamos ese año. Mi madre no notó nada. Mi padre tampoco.
Yo sí noté que llevaba los mismos pantalones burdeos de la tarde de la oficina.
Recogí el abrigo y salí a la calle. Hacía frío. Me paré un momento en el portal y pensé en que hay trenes que pasan una sola vez, y que lo inteligente no es quedarse en el andén mirándolos alejarse.
Yo me había subido. Eso era suficiente.