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Relatos Ardientes

La madura del despacho me tentó sin decir una palabra

Esta historia no la he contado a nadie. La guardo por vergüenza, por confusión, o quizás porque parte de mí sigue pensando en ella más de lo que debería.

Todo comenzó en una cena de empresa a la que no quería ir. Llevaba cinco meses en la compañía y el único motivo por el que me animé fue Rodrigo, que insistió en que nos lo pasaríamos bien. No mencionó que ella también iba a venir.

La vi nada más llegar. Elena. Mi jefa directa. Cuarenta y tantos años, mano de hierro y ningún filtro cuando repartía críticas. Rodrigo me dio un codazo y se rio antes de que yo pudiera protestar.

—Tu ogra favorita —susurró pegado a mi oído.

—Me dijiste que no venía.

—Te dije que faltó a la última. No prometí nada más.

Elena saludaba mesa por mesa con esa energía suya que resultaba imposible de ignorar. El pelo negro, corto y perfecto como siempre, los labios pintados de rojo y un jersey de punto ajustado que revelaba más de lo que la ropa de oficina solía disimular. Me quedé quieto cuando llegó a nuestra silla.

—¡Marcos! —exclamó con las manos en las caderas—. El único de mi equipo que rinde. ¿Cómo estás?

—Bien, Elena. Muchas ganas de pasarlo bien —respondí levantándome para darle dos besos y oliendo su perfume, uno de esos fuertes que dejan rastro.

Se sentó a mi lado sin pedir permiso, arrastró la silla por el suelo haciendo chirriar las patas y se instaló. Rodrigo me miró con cara de circunstancias desde el otro lado.

—Hoy no hay que pasarse con las copas, que el lunes hay que rendir —me advirtió Elena con una sonrisa ambigua—. Ya sé que los de tu generación no sabéis lo que es madrugar.

Me reí por obligación y por dentro la mandé lejos.

La cena transcurrió sin grandes incidentes. Elena, para mi sorpresa, soltó un par de carcajadas genuinas. No recordaba haberla visto así en la oficina. Rodrigo aprovechó los momentos en que ella miraba hacia otro lado para cuchichear conmigo.

—Te juro que está bien —me dijo masticando un trozo de carne—. Para su edad, esa tía está muy bien conservada.

—Estás ciego —respondí.

—Fíjate mejor cuando se levante. Y dime luego si sigo ciego.

Lo hice. Cuando Elena se excusó para ir al baño, la seguí con la mirada sin proponérmelo. El jersey ajustado marcaba una cintura que no esperaba. Los vaqueros oscuros sujetaban unas caderas anchas que se movían con una seguridad que llamaba la atención. No era lo que me había imaginado bajo la ropa de trabajo.

—¿Y bien? —preguntó Rodrigo cuando yo volví la cabeza.

No le respondí.

***

Terminamos la cena cerca de medianoche y bajamos al pueblo en grupo. Hacía frío y la noche estaba cerrada, sin una estrella en el cielo. Elena caminaba entre todos nosotros charlando con soltura, algo que no era su estilo habitual. Entramos en un bar que no conocía, uno de esos con la música alta y la barra llena, donde el dueño de la empresa pagó la primera ronda.

Me puse a bailar con Rodrigo y durante un rato me olvidé de todo lo demás. Pero cuando pedí la tercera copa, alguien apareció a mi lado casi sin hacer ruido.

—¿Vas a pedir, chico? —Elena estaba ahí, con los ojos brillantes y el equilibrio ligeramente comprometido.

—Sí, un cubata. ¿Quieres algo?

—Para eso estoy aquí.

El bar estaba lleno. La gente se apretaba contra la barra y sin que ninguno de los dos lo buscara, su cuerpo terminó pegado al mío. Intenté hacer espacio pero era imposible. Entonces alguien me empujó por detrás y sin querer puse una mano en su cintura para mantener el equilibrio. Era firme, más de lo que esperaba.

—Gírate —me dijo—. Así caben los dos mejor.

Lo hice. Mi pecho quedó frente al suyo. Otro empujón por detrás me hizo avanzar un paso y la distancia entre nosotros se redujo a casi nada. Elena no se apartó. Me miró a los ojos con una expresión que no le había visto nunca en la oficina.

—Así estoy mucho mejor —murmuró.

Su aliento olía a whisky. El mío, probablemente también. Esperamos al camarero sin movernos y ella pagó los dos cubatas. Mientras bebíamos, sus labios se acercaron casi al borde de mi oído.

—¿Te gusta trabajar para mí?

—Pues... sí.

—Ya lo sabía yo.

No entendí qué quiso decir, pero el tono no era el de la oficina. Era otro completamente distinto.

—Luego tomamos otra —dijo dejando el vaso en la barra—. Te buscaré.

Salí a respirar al frío de fuera. Rodrigo estaba con un compañero fumando y me echó un brazo por el hombro.

—¿Qué cara traes, tío?

—Nada. Que creo que me está tirando los tejos.

—Claro que sí —respondió sin inmutarse—. Lleva mirándote toda la noche. Y tú a ella también, aunque no quieras reconocerlo.

Quise negarlo. No pude.

***

Quince minutos después Elena salió al exterior. Se puso a nuestro lado, encendió un cigarrillo y nos habló del frío con esa voz grave suya que en la oficina sonaba a amenaza. Aquí sonaba diferente. Más humana, o quizás era solo el alcohol.

Cuando volvimos a entrar, Rodrigo se escabulló hacia el interior con una excusa. Elena me retuvo con una mano en el brazo.

—Quédate un momento.

Nos quedamos solos en la puerta. Me miró fijamente, sin que le importara el frío ni el tiempo que pasaba.

—¿Cuántos años tienes?

—Veintiséis.

—Podría ser tu madre —dijo—. Casi. —se apartó de la pared y me estudió de arriba abajo—. Aunque no lo parezco, ¿verdad?

—No, la verdad es que no.

—¡Qué mono! —rio de un modo que nunca le había escuchado, algo entre divertido y coqueto. Tiró el cigarrillo a medio terminar—. Anda, vamos para dentro, que la fiesta está ahí.

En la barra se pegó a mí con naturalidad, sacó la cartera y pidió dos cubatas más. Mientras esperábamos me habló del trabajo, de que los demás compañeros le caían fatal, de que yo era la única persona de la empresa con quien podía hablar en serio. Yo asentía con media atención porque la otra mitad de mi cabeza estaba ocupada en otra cosa.

—Tres años —dijo de pronto—. Tres años sin que mi marido me toque. —lo soltó mirando la barra, sin dramatismo, como si fuera un dato más—. ¿Sabes lo que es eso?

No supe qué decir. Puse la mano en su espalda en un gesto tonto de apoyo. Noté el tirante del sujetador bajo el jersey. Era ancho, porque tenía que serlo.

—No pienses en eso esta noche. Disfruta.

—Eso pienso hacer —dijo girando la cabeza hacia mí—. Te tengo a ti.

Me lanzó una mirada directa, sin disimulo, la primera vez en toda la noche que no dejaba ninguna duda. Bebió un trago largo y entrelazó los dedos con los míos sin darme tiempo a reaccionar.

—Deja el vaso y ven.

Tiró de mí hacia el interior del bar, sorteando grupos de personas. No supe adónde íbamos hasta que me di cuenta de que estábamos en el pasillo de los baños.

—Elena, espera —dije—. ¿Qué haces?

No me respondió. Abrió la puerta del baño de mujeres y me empujó al interior. Antes de que pudiera protestar ya había echado el pestillo.

El baño era pequeño, con una sola taza y un lavabo. Me puse contra la pared y ella se quedó frente a mí, las manos apoyadas a mis lados, encajonándome.

—He visto cómo me mirabas —dijo.

—Yo no te miraba.

—El toque en la cintura. La mano en la espalda. Me has estado mirando toda la noche.

—Elena...

—¿De verdad?

Me cogió las muñecas y las llevó hacia atrás, hasta la parte baja de su espalda, hasta donde el vaquero se tensaba sobre sus caderas. Las dejó ahí.

Sus manos fueron a los botones del jersey. Los abrió uno a uno con prisa, los últimos casi de golpe, y el tejido se separó mostrando un sujetador negro que aguantaba con esfuerzo lo que tenía dentro.

—Para —dije sin demasiada convicción—. Estás borracha.

—Sí —respondió—. Y quiero que me folles.

Se lo quitó.

Me quedé sin palabras. Lo que tenía delante era otra Elena. No la que firmaba informes y repartía críticas a diario, sino una mujer de cuarenta y tantos con un cuerpo que había pasado más horas en el gimnasio de lo que yo imaginaba. Sus pechos eran enormes, duros, reales.

—No has apartado las manos —señaló.

Era verdad.

Subió un pie al inodoro, bajó los vaqueros junto con la ropa interior y se inclinó hacia delante. El gesto era explícito. No había ambigüedad posible.

—Vamos —dijo mirándome por encima del hombro, el pelo negro cayéndole sobre la mejilla.

Mis manos tomaron la decisión antes que mi cabeza. Me bajé los pantalones, me puse a su espalda y la penetré de un movimiento largo y firme.

Elena soltó un sonido que no era un gemido ordinario. Era algo más urgente, más primitivo, como si hubiera estado esperando aquello durante demasiado tiempo. Se agarró a la pared con las dos manos y empezó a pedir más en voz muy baja, casi con los dientes apretados.

Lo que siguió duró pocos minutos pero fue intenso de un modo que no había experimentado antes. Ella se corrió rápido, con una tensión que recorrió todo su cuerpo de los tobillos a la nuca, y siguió pidiendo sin parar.

Después se giró, puso la espalda contra la pared y de pronto se dobló hacia el inodoro con urgencia. Salí del baño con los pantalones subidos y la cabeza dando vueltas. Una mujer me miró en el pasillo. Le dije que era mi jefa, que había bebido demasiado, y salí a buscar a Rodrigo.

***

Elena reapareció diez minutos después. Blanca como la pared y tambaleante, pero de pie. Rodrigo la tomó del brazo y me miró.

—¿La puedes acompañar a casa? Yo tengo que irme, quedé con Clara.

No tenía opción. Nos despedimos del grupo y salimos a la noche fría.

Elena se agarró a mi brazo en cuanto cruzamos la puerta. Fue indicándome el camino con monosílabos. Yo guardé silencio. Caminamos quince minutos por calles vacías hasta que sacó las llaves y abrió una puerta vieja de madera.

—Sube un momento —dijo—. Necesito ayuda.

Entró sin esperar. La seguí.

El piso olía a cerrado, a muebles viejos y a humedad dulce. Había una cómoda de madera oscura en el pasillo, fotos enmarcadas que no miré, una cocina con azulejos de otra época.

—¿Esto es tu casa? —pregunté.

—Era de mis padres —respondió desde otra habitación—. Me quedo aquí a veces.

Se hizo un silencio largo. Dejaron de escucharse sus botas sobre el suelo.

Sabía muy bien lo que estaba pasando.

Apareció en el umbral de la cocina descalza, sin el jersey, sin el sujetador, con solo la braga oscura y el pelo ligeramente revuelto. Se quedó mirándome con las manos en las caderas, igual que hacía en la oficina cuando esperaba una respuesta. Solo que ahora era diferente en todo lo demás.

—¿Seguimos o no?

No respondí con palabras. Me levanté de la silla.

Lo que pasó esa noche en ese piso no cabe en un resumen. Fue en la cocina primero, con ella apoyada en la mesa y yo sujetándola de las caderas. Después en la habitación, donde la cama crujió con un ritmo que no dejaba dudas a ningún vecino despierto. Elena tenía una energía que no concordaba con su edad ni con el whisky que llevaba encima. Se movía como alguien que sabe exactamente lo que quiere y no tiene ningún problema en pedirlo en voz alta.

Me habló de su marido mientras yo la penetraba desde atrás. Me dijo que llevaba tres años ignorándola. Me dijo que su hijo era la única persona que la quería de verdad. Me dijo cosas al oído que no voy a repetir aquí pero que en ese momento me pusieron más de lo que me hubiera gustado admitir.

En la cocina la azoté dos veces y ella pidió más. En la habitación me clavó las uñas en los hombros y yo no me quejé. Cuando por fin me corrí fue encima de ella, con sus pechos enormes moviéndose delante de mis ojos y su boca entreabierta mirando el techo.

Después se durmió en la cama de sus padres con una sonrisa que no le había visto nunca.

Recogí la ropa del suelo, apagué la luz de la cocina y me fui a casa caminando solo por las calles vacías.

***

El lunes llegué a la oficina con la cabeza baja. Creí que todo el mundo lo sabía. Que se me notaba en la cara. Que había alguna señal invisible sobre mí que decía lo que había hecho el sábado por la noche.

Una hora después escuché sus botas en el pasillo enmoquetado.

Elena pasó por mi zona saludando a dos compañeras. Tenía la cara diferente. Más relajada, más luminosa. Cuando llegó a mi mesa me miró directo a los ojos y sonrió.

—Buenos días, Marcos.

Tono amable. Casi dulce. Nada que ver con el de siempre.

—¿Puedes pasarte en una hora? Quiero repasar el informe.

—Claro.

Una hora exacta después toqué su puerta y entré. Cerré al pasar. Ella estaba de pie al lado de la mesa, con la blusa desabrochada dos botones más de lo habitual y un sujetador rojo que se asomaba sin disimulo.

—El informe puede esperar —dijo—. Siéntate.

Me señaló su propia silla, la de directora. Cuando me senté, apoyó el borde de la mesa frente a mí y me miró desde arriba con esa autoridad suya que ahora tenía otro significado.

—Me encantó el sábado —dijo directamente—. ¿A ti no?

—Sí —respondí en voz baja.

—Bien. Entonces lo repetimos.

Antes de que pudiera responder se puso de rodillas y empezó a desabrochar mi pantalón con una calma que contrastaba con todo lo del baño del bar. Cuando me tuvo libre, me miró desde abajo con una expresión que no era la de ninguna de las dos mujeres que había conocido esa semana.

—¿Te gustaron mis tetas? Desperté con una marca de tus dientes.—subió la blusa con una mano y me las enseñó embutidas en el sujetador rojo, señalando el lugar del supuesto mordisco—. Y también amanecí con otra cosa encima de la cara. No recuerdo haberte dado permiso para eso.

No respondí.

—La leche —dijo abriendo la boca despacio— va a ser para mí. Aquí es donde debe quedar.

Lo que siguió fue rápido y perfecto. Tres minutos que no voy a olvidar. Cuando terminé se limpió la comisura del labio, se levantó, ordenó la blusa y tomó la botella de agua de la mesa como si nada hubiera pasado.

—Vuelta al trabajo, Marcos.

—Sí, Elena.

—No —corrigió con una media sonrisa que no había visto nunca—. Sí, señora.

Fui a la puerta con las piernas todavía flojas. Antes de que pusiera la mano en el pomo, su voz me detuvo.

—Marcos. —estaba de pie con el culo apoyado en la mesa, los brazos cruzados, mirándome con esa expresión suya que en la oficina significaba una cosa y fuera de ella significaba otra completamente distinta—. Antes de irte a casa esta tarde, pásate por aquí y déjame tu número. Puede que necesite horas extra.

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Comentarios (8)

Tomas_88

increible relato, de los mejores que lei ultimamente!!

Nadia_cba

Por favor continualo, me quede con muchas ganas de saber que paso despues

SusanaBA

Me recordo a una situacion en el trabajo, esas tensiones que se sienten pero nadie dice nada... muy bien capturado. Se siente real.

ElChuscoLector

Genail, directo al favorito

LuciaPaz

Como hace que todo parezca tan natural? eso es lo que mas me gusta de este tipo de relatos, que no son forzados

Sergio_BA

Buen ritmo, no se hace pesado en ningun momento. Saludos desde Buenos Aires!

Julito_cba

jaja la parte de la cena me mato, se notaba que iba a pasar algo desde el principio. tremendo

MarisolV

Excelente, ojala haya segunda parte!!

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