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Relatos Ardientes

La madura del despacho me tentó sin decir una palabra

Esta historia no la he contado a nadie. La guardo por vergüenza, por confusión, o quizás porque parte de mí sigue pensando en ella más de lo que debería. Sobre todo cuando me la casco por las noches, que últimamente es casi siempre.

Todo comenzó en una cena de empresa a la que no quería ir. Llevaba cinco meses en la compañía y el único motivo por el que me animé fue Rodrigo, que insistió en que nos lo pasaríamos bien. No mencionó que ella también iba a venir.

La vi nada más llegar. Elena. Mi jefa directa. Cuarenta y tantos años, mano de hierro y ningún filtro cuando repartía críticas. Rodrigo me dio un codazo y se rio antes de que yo pudiera protestar.

—Tu ogra favorita —susurró pegado a mi oído.

—Me dijiste que no venía.

—Te dije que faltó a la última. No prometí nada más.

Elena saludaba mesa por mesa con esa energía suya que resultaba imposible de ignorar. El pelo negro, corto y perfecto como siempre, los labios pintados de rojo y un jersey de punto ajustado que revelaba más de lo que la ropa de oficina solía disimular. Me quedé quieto cuando llegó a nuestra silla.

—¡Marcos! —exclamó con las manos en las caderas—. El único de mi equipo que rinde. ¿Cómo estás?

—Bien, Elena. Muchas ganas de pasarlo bien —respondí levantándome para darle dos besos y oliendo su perfume, uno de esos fuertes que dejan rastro.

Se sentó a mi lado sin pedir permiso, arrastró la silla por el suelo haciendo chirriar las patas y se instaló. Rodrigo me miró con cara de circunstancias desde el otro lado.

—Hoy no hay que pasarse con las copas, que el lunes hay que rendir —me advirtió Elena con una sonrisa ambigua—. Ya sé que los de tu generación no sabéis lo que es madrugar.

Me reí por obligación y por dentro la mandé lejos.

La cena transcurrió sin grandes incidentes. Elena, para mi sorpresa, soltó un par de carcajadas genuinas. No recordaba haberla visto así en la oficina. Rodrigo aprovechó los momentos en que ella miraba hacia otro lado para cuchichear conmigo.

—Te juro que está bien —me dijo masticando un trozo de carne—. Para su edad, esa tía está muy bien conservada. Yo me la follaba, tío.

—Estás ciego —respondí.

—Fíjate mejor cuando se levante. Y dime luego si sigo ciego.

Lo hice. Cuando Elena se excusó para ir al baño, la seguí con la mirada sin proponérmelo. El jersey ajustado marcaba una cintura que no esperaba. Los vaqueros oscuros sujetaban unas caderas anchas, un culo redondo y firme que se movía con una seguridad que llamaba la atención. No era lo que me había imaginado bajo la ropa de trabajo. Se me fue la vista a esas tetas que le rebotaban a cada paso y noté cómo se me empezaba a poner dura la polla debajo de la mesa.

—¿Y bien? —preguntó Rodrigo cuando yo volví la cabeza.

No le respondí.

***

Terminamos la cena cerca de medianoche y bajamos al pueblo en grupo. Hacía frío y la noche estaba cerrada, sin una estrella en el cielo. Elena caminaba entre todos nosotros charlando con soltura, algo que no era su estilo habitual. Entramos en un bar que no conocía, uno de esos con la música alta y la barra llena, donde el dueño de la empresa pagó la primera ronda.

Me puse a bailar con Rodrigo y durante un rato me olvidé de todo lo demás. Pero cuando pedí la tercera copa, alguien apareció a mi lado casi sin hacer ruido.

—¿Vas a pedir, chico? —Elena estaba ahí, con los ojos brillantes y el equilibrio ligeramente comprometido.

—Sí, un cubata. ¿Quieres algo?

—Para eso estoy aquí.

El bar estaba lleno. La gente se apretaba contra la barra y sin que ninguno de los dos lo buscara, su cuerpo terminó pegado al mío. Intenté hacer espacio pero era imposible. Entonces alguien me empujó por detrás y sin querer puse una mano en su cintura para mantener el equilibrio. Era firme, más de lo que esperaba.

—Gírate —me dijo—. Así caben los dos mejor.

Lo hice. Mi pecho quedó frente al suyo. Otro empujón por detrás me hizo avanzar un paso y la distancia entre nosotros se redujo a casi nada. Elena no se apartó. Sus tetas se aplastaron contra mi pecho y noté cómo los pezones se le marcaban a través del jersey. Me miró a los ojos con una expresión que no le había visto nunca en la oficina.

—Así estoy mucho mejor —murmuró.

Su aliento olía a whisky. El mío, probablemente también. Esperamos al camarero sin movernos y ella pagó los dos cubatas. Mientras bebíamos, sus labios se acercaron casi al borde de mi oído. Con el barullo del bar y su cuerpo aplastado contra el mío, la polla ya se me estaba poniendo dura otra vez y sabía que ella lo estaba notando contra su cadera. No se apartó. Al contrario: apretó un poco más.

—¿Te gusta trabajar para mí?

—Pues... sí.

—Ya lo sabía yo.

No entendí qué quiso decir, pero el tono no era el de la oficina. Era otro completamente distinto.

—Luego tomamos otra —dijo dejando el vaso en la barra—. Te buscaré.

Salí a respirar al frío de fuera. Rodrigo estaba con un compañero fumando y me echó un brazo por el hombro.

—¿Qué cara traes, tío?

—Nada. Que creo que me está tirando los tejos.

—Claro que sí —respondió sin inmutarse—. Lleva mirándote toda la noche. Y tú a ella también, aunque no quieras reconocerlo.

Quise negarlo. No pude.

***

Quince minutos después Elena salió al exterior. Se puso a nuestro lado, encendió un cigarrillo y nos habló del frío con esa voz grave suya que en la oficina sonaba a amenaza. Aquí sonaba diferente. Más humana, o quizás era solo el alcohol.

Cuando volvimos a entrar, Rodrigo se escabulló hacia el interior con una excusa. Elena me retuvo con una mano en el brazo.

—Quédate un momento.

Nos quedamos solos en la puerta. Me miró fijamente, sin que le importara el frío ni el tiempo que pasaba.

—¿Cuántos años tienes?

—Veintiséis.

—Podría ser tu madre —dijo—. Casi. —se apartó de la pared y me estudió de arriba abajo, deteniéndose en mi entrepierna sin ningún disimulo—. Aunque no lo parezco, ¿verdad?

—No, la verdad es que no.

—¡Qué mono! —rio de un modo que nunca le había escuchado, algo entre divertido y coqueto. Tiró el cigarrillo a medio terminar—. Anda, vamos para dentro, que la fiesta está ahí.

En la barra se pegó a mí con naturalidad, sacó la cartera y pidió dos cubatas más. Mientras esperábamos me habló del trabajo, de que los demás compañeros le caían fatal, de que yo era la única persona de la empresa con quien podía hablar en serio. Yo asentía con media atención porque la otra mitad de mi cabeza estaba ocupada en otra cosa.

—Tres años —dijo de pronto—. Tres años sin que mi marido me toque. —lo soltó mirando la barra, sin dramatismo, como si fuera un dato más—. ¿Sabes lo que es eso? Tres años sin que nadie me folle, Marcos. Tres años metiéndome los dedos yo sola en la cama pensando en cualquiera menos en él.

No supe qué decir. Puse la mano en su espalda en un gesto tonto de apoyo. Noté el tirante del sujetador bajo el jersey. Era ancho, porque tenía que serlo.

—No pienses en eso esta noche. Disfruta.

—Eso pienso hacer —dijo girando la cabeza hacia mí—. Te tengo a ti.

Me lanzó una mirada directa, sin disimulo, la primera vez en toda la noche que no dejaba ninguna duda. Bebió un trago largo y entrelazó los dedos con los míos sin darme tiempo a reaccionar.

—Deja el vaso y ven.

Tiró de mí hacia el interior del bar, sorteando grupos de personas. No supe adónde íbamos hasta que me di cuenta de que estábamos en el pasillo de los baños.

—Elena, espera —dije—. ¿Qué haces?

No me respondió. Abrió la puerta del baño de mujeres y me empujó al interior. Antes de que pudiera protestar ya había echado el pestillo.

El baño era pequeño, con una sola taza y un lavabo. Me puse contra la pared y ella se quedó frente a mí, las manos apoyadas a mis lados, encajonándome.

—He visto cómo me mirabas —dijo.

—Yo no te miraba.

—El toque en la cintura. La mano en la espalda. Me has estado mirando toda la noche. Y llevas la polla dura desde que me pegué a ti en la barra. Lo he notado.

—Elena...

—¿De verdad?

Me cogió las muñecas y las llevó hacia atrás, hasta la parte baja de su espalda, hasta donde el vaquero se tensaba sobre sus caderas. Las dejó ahí. Después bajó una de mis manos y la puso directamente sobre su coño por encima de la tela. Estaba caliente. Muy caliente.

—¿Notas cómo estoy? —susurró—. Llevo toda la noche empapada por ti.

Sus manos fueron a los botones del jersey. Los abrió uno a uno con prisa, los últimos casi de golpe, y el tejido se separó mostrando un sujetador negro que aguantaba con esfuerzo lo que tenía dentro.

—Para —dije sin demasiada convicción—. Estás borracha.

—Sí —respondió—. Y quiero que me folles.

Se lo quitó.

Me quedé sin palabras. Lo que tenía delante era otra Elena. No la que firmaba informes y repartía críticas a diario, sino una mujer de cuarenta y tantos con un cuerpo que había pasado más horas en el gimnasio de lo que yo imaginaba. Sus tetas eran enormes, duras, reales, con los pezones oscuros y erizados apuntando hacia mí. Me cogió la cabeza con las dos manos y me las metió en la cara. Abrí la boca por instinto y le atrapé un pezón con los labios, chupándolo mientras ella soltaba un gemido bajo y ronco.

—Así, cariño. Muérdemelas. Llevo años sin que nadie me toque estas tetas.

Le pasé la lengua por toda la areola, tirándole del pezón con los dientes, y ella me apretaba la cabeza contra su pecho como si quisiera ahogarme entre ellas. Cambié al otro y le hice lo mismo, chupándoselo hasta dejárselo brillante de saliva. Mientras tanto una de mis manos había bajado sola al botón de su vaquero.

—No has apartado las manos —señaló.

Era verdad.

Le desabroché los pantalones y metí la mano dentro de la braga. Su coño ardía y estaba empapado, tal como me había avisado. Le pasé dos dedos por los labios mojados y le froté el clítoris con el pulgar. Elena soltó un jadeo largo y se agarró a mis hombros clavándome las uñas.

—Métemelos —jadeó—. Los dos. No seas suave.

Le hundí los dos dedos hasta el fondo de una vez y ella se arqueó contra mi mano abriendo la boca sin ruido. La follé con los dedos así, empotrada contra el lavabo, mientras le seguía mordiendo las tetas. Estaba tan mojada que se le escuchaba, ese ruido líquido y sucio que rebotaba en las paredes del baño.

—Basta, basta —dijo apartándome la mano—. Que me corro si sigues y quiero tu polla dentro.

Subió un pie al inodoro, bajó los vaqueros junto con la ropa interior hasta los tobillos y se inclinó hacia delante apoyando los antebrazos en la cisterna. Se le abrió el culo perfecto delante de mis ojos, el coño rosado y brillante entre los muslos, todo empapado. El gesto era explícito. No había ambigüedad posible.

—Vamos —dijo mirándome por encima del hombro, el pelo negro cayéndole sobre la mejilla—. Métemela ya. Fóllame como una guarra.

Mis manos tomaron la decisión antes que mi cabeza. Me bajé los pantalones, me saqué la polla, que ya estaba a punto de reventar, y le froté el glande por los labios mojados del coño. Elena soltó un quejido de impaciencia y empujó el culo hacia atrás.

—No juegues, cabrón. Métemela toda.

La agarré por las caderas y la penetré de un movimiento largo y firme hasta que mis huevos golpearon contra su clítoris. Su coño estaba tan estrecho y tan mojado que se me escapó un gruñido.

Elena soltó un sonido que no era un gemido ordinario. Era algo más urgente, más primitivo, como si hubiera estado esperando aquello durante demasiado tiempo. Se agarró a la pared con las dos manos y empezó a pedir más en voz muy baja, casi con los dientes apretados.

—Sí, así, dámela toda... llevaba años esperando esto... más fuerte, coño, más fuerte...

Empecé a embestirla con fuerza, sin cortarme, agarrándola de las caderas y estampándola contra la cisterna con cada golpe. Sus tetas rebotaban contra la porcelana y ella arqueaba la espalda para ofrecerme el culo por completo. Le di un azote y ella gimió más fuerte.

—Otro. Dame otro.

Le solté un azote fuerte en la nalga derecha y quedó la marca roja de mi mano. El coño se le apretó de golpe alrededor de mi polla.

—Joder, Elena, así me vas a hacer correr enseguida.

—Todavía no, cabronazo. Todavía no.

La follé así unos minutos más, escuchando el chasquido de mi pelvis contra su culo y sus jadeos ahogados. Le metí un dedo en la boca y ella lo chupó como si fuera otra polla. Cuando lo saqué se lo pasé por el ojete y se lo empujé despacio hasta el nudillo.

—Ahí no —jadeó, pero sin apartarse.

—¿No?

—Otro día. Hoy no. Hoy quiero correrme con tu polla dentro del coño.

Le seguí follando, con el dedo dentro del culo y la polla dentro del coño, y a los pocos golpes ella empezó a temblar de arriba abajo. Se corrió rápido, con una tensión que recorrió todo su cuerpo de los tobillos a la nuca, mordiéndose el antebrazo para no gritar y apretándome tan fuerte con su coño que casi me arrastra a mí también. Siguió pidiendo sin parar, con la voz ahogada.

—No pares, no pares, no pares...

Se corrió una segunda vez casi encima de la primera, y sentí cómo sus jugos me chorreaban por los huevos y me manchaban los muslos. Aguanté como pude, apretando los dientes, porque no quería acabar todavía.

Después se giró, puso la espalda contra la pared, todavía jadeando y con las tetas subiendo y bajando, y de pronto se dobló hacia el inodoro con urgencia. El whisky le pasó factura de golpe. Me subí los pantalones con la polla todavía dura y mojada por dentro, salí del baño con la cabeza dando vueltas. Una mujer me miró en el pasillo. Le dije que era mi jefa, que había bebido demasiado, y salí a buscar a Rodrigo.

***

Elena reapareció diez minutos después. Blanca como la pared y tambaleante, pero de pie. Rodrigo la tomó del brazo y me miró.

—¿La puedes acompañar a casa? Yo tengo que irme, quedé con Clara.

No tenía opción. Nos despedimos del grupo y salimos a la noche fría.

Elena se agarró a mi brazo en cuanto cruzamos la puerta. Fue indicándome el camino con monosílabos. Yo guardé silencio. Caminamos quince minutos por calles vacías hasta que sacó las llaves y abrió una puerta vieja de madera.

—Sube un momento —dijo—. Necesito ayuda.

Entró sin esperar. La seguí.

El piso olía a cerrado, a muebles viejos y a humedad dulce. Había una cómoda de madera oscura en el pasillo, fotos enmarcadas que no miré, una cocina con azulejos de otra época.

—¿Esto es tu casa? —pregunté.

—Era de mis padres —respondió desde otra habitación—. Me quedo aquí a veces.

Se hizo un silencio largo. Dejaron de escucharse sus botas sobre el suelo.

Sabía muy bien lo que estaba pasando.

Apareció en el umbral de la cocina descalza, sin el jersey, sin el sujetador, con solo la braga oscura y el pelo ligeramente revuelto. Se quedó mirándome con las manos en las caderas, igual que hacía en la oficina cuando esperaba una respuesta. Solo que ahora era diferente en todo lo demás. Las tetas se le movían sueltas con cada respiración, los pezones todavía duros por el frío o por lo del bar, y la braga oscura tenía una mancha visible entre las piernas.

—¿Seguimos o no?

No respondí con palabras. Me levanté de la silla.

Fui directo hacia ella y la agarré de la nuca, aplastándola contra mi boca. Nos besamos con lengua por primera vez en toda la noche, un beso sucio, con sabor a whisky y a algo más. Le metí la mano por dentro de la braga y le encontré el coño tan mojado como en el baño. Ella me buscó la polla por encima del pantalón y me la apretó con fuerza.

—La quiero otra vez —jadeó contra mi boca—. Y ahora quiero mamártela como no me dejaste antes.

Me arrastró hasta la cocina y me empujó contra la mesa. Se puso de rodillas en las baldosas frías, me desabrochó los pantalones con prisa y me sacó la polla, todavía brillante de sus jugos secos. Se quedó mirándomela unos segundos con la boca abierta.

—Joder, qué polla tienes, cabrón. Y yo perdiendo el tiempo con el inútil de mi marido.

Se la metió entera en la boca de una sola vez, hasta atragantarse. Me la mamó con hambre, con ruido, dejando que el hilo de saliva le cayera por la barbilla hasta las tetas. Me la sacaba, me la escupía y me la volvía a tragar. Me chupó los huevos uno por uno mientras me masturbaba con la mano, mirándome hacia arriba con los ojos vidriosos.

—¿Te gusta cómo mama tu jefa, Marcos? ¿Te gusta ver a la ogra de rodillas comiéndote la polla?

—Me encanta —jadeé agarrándole la nuca—. No pares.

Le apreté la cabeza y empecé a follarle la boca yo mismo, embistiéndole contra la garganta hasta que las lágrimas le rodaron por las mejillas emborronándole el maquillaje. Ella no se apartó. Se agarró a mis muslos y se dejó hacer.

—Ven aquí —le dije levantándola del suelo—. A la mesa.

La levanté en volandas y la senté sobre la mesa de madera. Le arranqué la braga de un tirón y le abrí las piernas de par en par. Me arrodillé yo esta vez y le hundí la cara en el coño. Le pasé la lengua desde el ojete hasta el clítoris de una sola lamida y ella soltó un grito que despertó a medio edificio.

—Ay, Dios, sí... cómemelo entero, no pares...

La comí durante minutos, chupándole el clítoris, metiéndole la lengua hasta el fondo, mordiéndole los labios del coño. Ella me apretaba la cabeza entre los muslos y se retorcía sobre la mesa haciendo crujir la madera. Se corrió otra vez encima de mi boca, empapándome la cara entera.

Me levanté con el mentón brillante y la polla apuntando al techo. La agarré de las caderas, la arrastré hasta el borde de la mesa y la penetré de un solo golpe. Elena echó la cabeza hacia atrás y gritó sin ningún cuidado.

—Sí, así, más fuerte, rómpeme el coño...

La follé sobre la mesa apretándole las tetas con las dos manos, pellizcándole los pezones hasta que se le pusieron rojos. Sus piernas me rodeaban la cintura y sus talones me clavaban en el culo pidiéndome más. La mesa se movía con cada embestida.

Después la llevé a la habitación, donde la cama crujió con un ritmo que no dejaba dudas a ningún vecino despierto. Elena tenía una energía que no concordaba con su edad ni con el whisky que llevaba encima. Se movía como alguien que sabe exactamente lo que quiere y no tiene ningún problema en pedirlo en voz alta.

La puse boca arriba, le levanté las piernas hasta ponérselas sobre mis hombros y le hundí la polla hasta el fondo. En esta posición le llegaba tan adentro que ella soltaba un quejido con cada golpe.

—Ahí, ahí, justo ahí...

Luego la puse a cuatro patas, me arrodillé detrás y la penetré desde atrás agarrándola del pelo. Le tiré de la melena hasta arquearle el cuello y le follé el coño con toda la mala leche que llevaba encima.

Me habló de su marido mientras yo la penetraba desde atrás. Me dijo que llevaba tres años ignorándola. Me dijo que su hijo era la única persona que la quería de verdad. Me dijo cosas al oído que no voy a repetir aquí pero que en ese momento me pusieron más de lo que me hubiera gustado admitir. Cosas de zorra, de guarra, de que era la puta de su empleado, de que quería que la preñara aunque no pudiera.

La azoté dos veces sobre la cama y ella pidió más. Le clavé las uñas en las caderas y ella me clavó las suyas en los hombros y yo no me quejé. Le mojé el dedo en la saliva y se lo empujé despacio por el culo mientras la seguía follando. Esta vez no dijo que no. Al contrario, apretó el culo contra mi mano.

—Un dedo nada más —jadeó—. El culo me lo guardas para la próxima vez.

La palabra próxima me hizo saltar por dentro. Aumenté el ritmo hasta que la cama golpeó contra la pared. Elena se corrió por tercera o cuarta vez esa noche, ya había perdido la cuenta, y yo noté que no aguantaba más.

—Me voy a correr —jadeé.

—Encima —dijo girándose de golpe y tumbándose boca arriba—. Córrete encima de mis tetas. Quiero verte.

Me arrodillé sobre ella, encima de su tripa, y empecé a machacármela apuntándole al pecho. Elena me miró con la boca abierta, sujetándose las tetas con las dos manos, apretándoselas para hacerme un canal entre ellas.

—Vamos, dámelo todo, empapa a tu jefa...

Reventé. La leche le salpicó primero el cuello, luego las tetas, luego la barbilla, un chorro largo tras otro. Ella se pasó los dedos por la corrida y se los llevó a la boca sin dejar de mirarme.

—Delicioso —dijo con una sonrisa perversa.

Después se durmió en la cama de sus padres con una sonrisa que no le había visto nunca, con las tetas todavía brillantes de mi semen y las piernas abiertas.

Recogí la ropa del suelo, apagué la luz de la cocina y me fui a casa caminando solo por las calles vacías.

***

El lunes llegué a la oficina con la cabeza baja. Creí que todo el mundo lo sabía. Que se me notaba en la cara. Que había alguna señal invisible sobre mí que decía lo que había hecho el sábado por la noche.

Una hora después escuché sus botas en el pasillo enmoquetado.

Elena pasó por mi zona saludando a dos compañeras. Tenía la cara diferente. Más relajada, más luminosa. Cuando llegó a mi mesa me miró directo a los ojos y sonrió.

—Buenos días, Marcos.

Tono amable. Casi dulce. Nada que ver con el de siempre.

—¿Puedes pasarte en una hora? Quiero repasar el informe.

—Claro.

Una hora exacta después toqué su puerta y entré. Cerré al pasar. Ella estaba de pie al lado de la mesa, con la blusa desabrochada dos botones más de lo habitual y un sujetador rojo que se asomaba sin disimulo.

—El informe puede esperar —dijo—. Siéntate.

Me señaló su propia silla, la de directora. Cuando me senté, apoyó el borde de la mesa frente a mí y me miró desde arriba con esa autoridad suya que ahora tenía otro significado.

—Me encantó el sábado —dijo directamente—. ¿A ti no?

—Sí —respondí en voz baja.

—Bien. Entonces lo repetimos.

Antes de que pudiera responder se puso de rodillas y empezó a desabrochar mi pantalón con una calma que contrastaba con todo lo del baño del bar. Me bajó los pantalones y el calzoncillo hasta las rodillas y me sacó la polla, que ya se había puesto dura desde el momento en que había cerrado la puerta. Cuando me tuvo libre, me miró desde abajo con una expresión que no era la de ninguna de las dos mujeres que había conocido esa semana.

—¿Te gustaron mis tetas? Desperté con una marca de tus dientes. —subió la blusa con una mano y me las enseñó embutidas en el sujetador rojo, señalando el lugar del supuesto mordisco—. Y también amanecí con otra cosa encima de la cara. No recuerdo haberte dado permiso para eso.

No respondí.

—La leche —dijo abriendo la boca despacio— va a ser para mí. Aquí es donde debe quedar.

Se la metió en la boca sin más preámbulo y empezó a mamármela despacio, mirándome fijamente a los ojos. No era la mamada urgente y sucia de la cocina de su casa. Era otra cosa. Metódica, lenta, calculada. Me la sacaba entera, me pasaba la lengua por el glande, me la volvía a tragar hasta el fondo. Con una mano me acariciaba los huevos y con la otra se había abierto el sujetador y se pellizcaba un pezón.

—Elena, en la oficina... —susurré—. Nos van a oír.

Sacó la polla de la boca un segundo, sin dejar de masturbarme.

—Entonces no hagas ruido. Y ya te he dicho antes que aquí soy señora.

Me la volvió a tragar. Me chupó los huevos, subió por el tronco con la lengua, me devoró el glande como si fuera un caramelo. Yo apretaba los brazos del sillón para no soltar ningún gemido. Ella se sacaba una teta del sujetador rojo y se golpeaba la cara con mi polla, luego se pasaba el glande por los pezones erizados. Todo eso mientras yo escuchaba pasos y voces en el pasillo detrás de la puerta.

—Córrete cuando quieras —susurró—. Ya sabes dónde va.

Volvió a metérsela hasta la garganta y aceleró el ritmo, subiendo y bajando la cabeza con las manos apoyadas en mis muslos. Cuando noté que reventaba, ella dejó la polla justo en la punta de la lengua, con la boca abierta y la mirada clavada en la mía.

Lo que siguió fue rápido y perfecto. Tres minutos que no voy a olvidar. Le llené la boca hasta que le desbordó por la comisura, un chorro tras otro, y ella no apartó la vista ni un segundo. Después cerró los labios, tragó todo lo que tenía dentro haciendo un ruido obsceno con la garganta, y me chupó la polla otra vez para limpiarme las últimas gotas.

Cuando terminé se limpió la comisura del labio con el dedo, se lo lamió, se levantó, ordenó la blusa y tomó la botella de agua de la mesa como si nada hubiera pasado.

—Vuelta al trabajo, Marcos.

—Sí, Elena.

—No —corrigió con una media sonrisa que no había visto nunca—. Sí, señora.

—Sí, señora.

Fui a la puerta con las piernas todavía flojas. Antes de que pusiera la mano en el pomo, su voz me detuvo.

—Marcos. —estaba de pie con el culo apoyado en la mesa, los brazos cruzados, mirándome con esa expresión suya que en la oficina significaba una cosa y fuera de ella significaba otra completamente distinta—. Antes de irte a casa esta tarde, pásate por aquí y déjame tu número. Puede que necesite horas extra.

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Comentarios(8)

Tomas_88

increible relato, de los mejores que lei ultimamente!!

Nadia_cba

Por favor continualo, me quede con muchas ganas de saber que paso despues

SusanaBA

Me recordo a una situacion en el trabajo, esas tensiones que se sienten pero nadie dice nada... muy bien capturado. Se siente real.

ElChuscoLector

Genail, directo al favorito

LuciaPaz

Como hace que todo parezca tan natural? eso es lo que mas me gusta de este tipo de relatos, que no son forzados

Sergio_BA

Buen ritmo, no se hace pesado en ningun momento. Saludos desde Buenos Aires!

Julito_cba

jaja la parte de la cena me mato, se notaba que iba a pasar algo desde el principio. tremendo

MarisolV

Excelente, ojala haya segunda parte!!

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