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Relatos Ardientes

Detrás de la jefa madura había un fuego sin apagar

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El vuelo de vuelta desde Estocolmo duró tres horas largas y las pasé mirando por la ventanilla sin ver nada. Sabía exactamente por qué me habían llamado de improviso: el cliente sueco era el marido de la mujer con quien había pasado los últimos dos meses, y cuando él lo descubrió, el escándalo fue suficiente para que me pusieran en el primer avión de regreso. Lo que no tenía claro era si al llegar me esperaba una carta de despido o algo diferente.

No fue ninguna de las dos cosas. Me recibió Marta, la directora de área, con esa expresión suya a medio camino entre el cansancio y la ironía. —Rodrigo, Rodrigo... el trabajo nadie te lo discute. Pero esa costumbre tuya de liarte con mujeres casadas va a ser tu ruina. —Intenté decir algo y me cortó con la mano. —No me cuentes nada, que no te he preguntado. Solo escúchame: hay una delegación en la costa que necesita a alguien de tu perfil. Coge el sobre y que Dios te ayude.

El sobre contenía el traslado. Mismo sueldo, nueva oficina en Alicante, y una cláusula de movilidad que había firmado cuando entré y que no dejaba margen de maniobra. Me pasé por el sindicato de pura inercia. La respuesta no me sorprendió: había aceptado esas condiciones, ellos las respetaban, no había nada que hacer. El lunes siguiente aparecí en mi nuevo destino con una caja de cosas y la cara de quien llega sabiendo que viene castigado.

La delegación era una planta de oficinas en un edificio de los años noventa, cerca del puerto. Cuando entré, vi exactamente lo que me esperaba: media docena de hombres de entre cuarenta y cincuenta años, con ese aire cansado de quien lleva demasiado tiempo en el mismo sitio. Me miraron con una mezcla de curiosidad y lástima que me resultó familiar. El más mayor, un tipo con bigote llamado Emilio, se acercó primero. —Tú eres el nuevo. ¿Qué has hecho para que te manden aquí?

Les dije que no lo sabía, que era un traslado rutinario. No me creyeron, pero tampoco insistieron. Lo que sí hicieron fue ponerse a hablar de la jefa. —Natalia. Viuda, cuarenta y pocos años, y una amargura que se le sale por los poros. No soporta a los hombres, nos pone a caldo a todos por igual. —El de bigote bajó la voz. —Y encima está como un tren, que es lo más irritante de todo. Aquí nadie puede ni acercarse.

Estaba preparado para encontrarme a una mujer de aspecto severo, ropa anodina y esa expresión de quien lleva años convencida de que el mundo le debe algo. Lo que entró por la puerta diez minutos después me dejó sin palabras. Natalia tenía unos cuarenta años bien llevados, pelo rubio hasta los hombros con un flequillo recto que le llegaba a las cejas, ojos de un gris azulado muy claro y una figura que se notaba incluso bajo el traje negro entallado que llevaba. Caminaba sobre unos tacones altos y lo hacía con la seguridad de quien los lleva puestos desde adolescente. Cuando me vio, se detuvo un segundo.

—Tú eres Rodrigo. —No era una pregunta. —Sé perfectamente por qué estás aquí y lo que ha pasado antes. No te voy a preguntar nada al respecto, pero te aviso de algo: lo que hayas hecho en otros sitios aquí no funciona. Los hombres con demasiado ego me generan problemas, y los problemas los resuelvo rápido. Tienes despacho propio porque llegas de número tres, pero eso no te da ningún privilegio especial. ¿Alguna duda? —No me dejó responder. Se giró y entró en su despacho.

Los compañeros me miraron con esa sonrisa de bienvenida al club que no hace falta explicar. Al día siguiente no dijeron nada nuevo: que era una amargada, que desde que había enviudado había levantado una muralla, que nadie sabía nada de su vida personal porque ella no daba explicaciones de nada. Los escuché sin hacer demasiados comentarios y empecé a formarme mi propia opinión.

Dos días después llegó Cecilia, la secretaria de Natalia. Era su cuñada, la hermana del marido fallecido. Tendría unos treinta y ocho años, el pelo siempre recogido en algún tipo de moño elaborado, ropa de colores vivos y una timidez tan visible que parecía casi una condición física. Se acercó a mi despacho con una sonrisa nerviosa. —Hola, soy Cecilia. Si necesitas cualquier cosa, ya sabes dónde está mi mesa. —Tenía la voz suave, de las que nunca suben el tono.

Para entender mejor el contexto, llamé a una excompañera que conocía a la empresa desde hacía tiempo y nunca me mentía. Me confirmó lo esencial: Natalia era competente y muy respetada, pero desde que había enviudado tres años antes se había encerrado en sí misma. El marido, Erik, había muerto en un accidente de tráfico. Antes de eso eran una pareja de las que generan conversación, según me dijo: ella intensa, él igual o más. Ahora Natalia funcionaba a base de trabajo, distancia y ninguna concesión.

Conocí al marido de Cecilia unas semanas después, durante una comida de empresa. Roberto era un hombre tranquilo, de los que no dejan huella, con un apretón de manos flojo y una actitud reservada que combinaba bastante bien con la de su mujer. Resultó que los dos éramos aficionados al mismo videojuego multijugador, uno que estaba de moda ese año, y nos intercambiamos los nombres de usuario para echar alguna partida. Jugamos bastantes veces, y sin necesidad de preguntarle nada en concreto, Roberto fue soltando información a su ritmo.

Las conclusiones que saqué de aquellas conversaciones eran bastante claras. La dureza de Natalia no venía de nacimiento: venía de la ausencia. Antes de enviudar era una mujer que disfrutaba de la vida, en todos los sentidos. Ahora la coraza era tan sólida que había convencido a todo el mundo de que ya no quedaba nada debajo. Con Cecilia fue menos explícito, pero algo en la forma en que evitaba ciertos temas me hizo sospechar que su mujer tampoco era tan previsible como parecía.

Las siguientes semanas almorcé con Cecilia varias veces. Sus miradas habían cambiado, aunque la timidez seguía siendo la misma. Un día, mientras esperábamos la cuenta, le dije lo que pensaba sin darle más vueltas. —Tienes un físico estupendo y siempre lo escondes detrás de ropa que no dice nada. Un escote te quedaría muy bien, eso creo yo. —Se puso roja hasta la raíz del pelo y balbució algo que no llegué a entender del todo. Al día siguiente llegó a la oficina con un vestido de escote pronunciado que hizo que toda la planta levantara la vista. A Natalia se le notó en la cara que no le había gustado nada.

Era casi la hora de comer cuando Natalia me llamó al despacho. Los compañeros se iban marchando ya, y al final quedamos solos en la planta. Cerró la puerta con más cuidado del necesario y se cruzó de brazos. —Cecilia es mi cuñada. La hermana de mi marido. Y está casada. Llevas semanas haciéndole la pelota y ella está cayendo en la trampa. Eso se acaba hoy. —La dejé terminar. Luego hablé yo. —Para ahora mismo. En mi vida privada no tienes autoridad tú ni nadie. Yo no acoso a ninguna mujer. Y que tú hayas decidido vivir como si el mundo se hubiera acabado no significa que todos los demás tengamos que hacer lo mismo.

Algo cambió en su cara. No esperaba que le contestara así. —Yo no vivo como si nada se hubiera acabado. Soy una persona responsable. —Lo dijo con menos convicción de la que pretendía. —Tú lo dirás —respondí—. Pero ya que estamos: lo de imberbe que me has llamado fue pasarte de la raya. Y permíteme que te diga una cosa más: lo que tú necesitas es que alguien te recuerde que eres una mujer antes que una directora. Una buena tarde que te quite esa cara de entierro.

Se quedó paralizada. La vi contener la respiración, los brazos apretando más fuerte sobre el pecho. Sus ojos claros me miraron con algo entre furia y una atención que no cuadraba del todo con la furia. —Eso es una falta grave —dijo por fin, con la voz más baja de lo que pretendía. —¿Vas a tomar medidas? —pregunté con calma—. Puedo facilitarte la tarea, si quieres. —Y sin precipitación, con toda la calma del mundo, empecé a desabrochar el cinturón.

No se movió. Sus ojos bajaron solos, aunque ella nunca lo hubiera reconocido. Cuando quedé expuesto ante ella, el silencio en el despacho era total. La vi tragar saliva. —¿Quieres tocarlo? —pregunté—. O prefieres seguir fingiendo que no lo necesitas. —Sus brazos cayeron a los lados. Los dedos le temblaban levemente. Dio un paso hacia delante. Luego otro. Cuando sus dedos me rozaron, fue como si la tensión acumulada en semanas encontrara finalmente un canal de salida.

Sus manos exploraron despacio al principio, con la precaución de alguien que lleva tiempo sin hacer algo y teme equivocarse. Pero el cuerpo tiene memoria, y en menos de un minuto sus movimientos fueron más seguros, más hambrientos. Levantó la vista hacia mí y la máscara había desaparecido por completo. En sus ojos no quedaba ni rastro de la directora fría: había una mujer de cuarenta años que llevaba demasiado tiempo sin que nadie la tocase como se merece.

—Así —dije en voz baja—. Sin órdenes. Sin jerarquías. —Se mordió el labio. Luego se arrodilló despacio, como quien se rinde a algo que llevaba tiempo resistiendo, y me tomó en su boca. El calor fue inmediato, intenso. Se entregó a eso con una concentración que solo tienen las personas que llevan mucho tiempo conteniendo algo y por fin lo sueltan. Sus manos se aferraron a mis muslos y encontró el ritmo enseguida, como si lo hubiera estado ensayando sin saberlo.

La levanté cuando noté que perdía el control y la senté sobre el borde de su escritorio. Pasé el brazo por los papeles y varios cayeron al suelo. A ninguno de los dos nos importó. Le desabroché la blusa con calma, botón a botón, mientras ella me miraba con esa mezcla de incredulidad y hambre que no admite fingimiento. Le bajé la falda ajustada hasta los tobillos y la dejé allí. Debajo no llevaba nada. Su cuerpo era exactamente lo que prometía el traje: firme, generoso, construido con los años justos.

La toqué despacio, leyendo cada reacción. Cada vez que acertaba, ella dejaba escapar el aire que había estado conteniendo. Sus caderas empujaron hacia delante sin que ella lo decidiera conscientemente. —Por favor —dijo por fin, con la voz ronca y los ojos entornados—. Por favor, ya. —No era una orden. Era la primera petición genuina que le había escuchado desde que la conocía.

La penetré lentamente, dejando que su cuerpo se adaptara al mío. El sonido que hizo en ese momento, ese primer gemido largo que escapó entre sus dientes apretados, era la cosa más honesta que había salido de ella desde que nos conocíamos. Sus piernas se cerraron alrededor de mi cintura. Empecé a moverme, despacio al principio, luego con más fuerza, mientras la oía decir cosas que nunca imaginé que diría aquella mujer tan contenida durante semanas.

La giré antes de que ninguno terminara y la incliné sobre la mesa. Desde esa posición la tomé con más determinación, marcando el ritmo yo, y ella aceptó cada empuje con un grito que amortiguaba contra el antebrazo. El orgasmo la sacudió con violencia: se tensó entera, el grito fue largo y agudo, y su cuerpo fue brutalmente honesto con lo que sentía durante unos segundos que parecieron más largos. Me retiré en el último momento y me corrí sobre sus caderas.

***

Nos quedamos en silencio mientras recuperábamos la respiración. Natalia apoyó los codos sobre el escritorio y se miró las manos un momento. Cuando habló, la voz era diferente: más baja, sin bordes afilados. —¿Qué pasa ahora? —preguntó. —Ahora —dije mientras me abrochaba el pantalón— me vas a dar tu dirección. Esta noche voy a tu casa. —No hubo protesta. Hubo una pausa larga, y luego me la dio de memoria, como si la hubiera estado guardando para este momento sin ser consciente de ello.

Su piso estaba en una calle tranquila de la ciudad, planta alta con vistas a las copas de los árboles. Llegué a las nueve y pulsé el interfono. La puerta se abrió sin que nadie dijera nada. Subí en el ascensor y encontré la puerta entornada. Entré. Natalia estaba de rodillas en el recibidor, descalza, los hombros desnudos, la melena rubia suelta alrededor de la cara. No llevaba ropa. La luz de la entrada la iluminaba de lado, dejando la otra mitad en sombra.

La observé desde la puerta un momento antes de hablar. —Levántate y ve al salón —dije—. Ponte de espaldas a mí, apoyada en el respaldo del sofá. —Obedeció sin decir nada. Su cuerpo en movimiento, bajo aquella luz tenue, era algo que costaba mirar sin reaccionar. La seguí hasta el salón. Sobre la mesita había dejado, sin que yo se lo pidiera, una fusta de cuero que debía de llevar tiempo guardada en algún cajón.

La hice esperar en posición mientras pasaba la fusta lentamente por su espalda, desde los hombros hasta las caderas. Se tensó con el contacto, pero no dijo nada. —¿Qué quieres? —pregunté en voz baja. —Que no te detengas —susurró—. Que no pares esta vez. —El primer golpe fue moderado, más para ver cómo respondía que otra cosa. Respondió bien: soltó el aire con un sonido entre el dolor y el alivio, y sus manos aferraron el respaldo del sofá con los nudillos blancos.

La castigué con método y sin prisa, alternando la fusta con las manos, leyendo en su respiración cuándo acelerar y cuándo hacer una pausa. Su piel fue enrojeciendo bajo los golpes y ella los recibía con una mezcla de tensión y rendición que era exactamente lo contrario a todo lo que mostraba en la oficina. Cuando la volteé y la tumbé boca arriba, sus ojos estaban brillantes y la boca entreabierta, el maquillaje corrido por el esfuerzo de contenerse.

La penetré de nuevo, esta vez con más intención que urgencia. Le sostuve la mirada mientras me movía dentro de ella. No hubo palabras esta vez, de ninguno de los dos. Solo el sonido de los dos en el silencio del piso, y los espasmos finales que la recorrieron de pies a cabeza, haciéndola clavar las uñas en mi espalda hasta dejar marca.

Me quedé esa noche. Dormí en su cama, con su espalda contra mi pecho y su respiración haciéndose más lenta hasta que se quedó dormida. Antes de cerrar los ojos miré el techo de aquel dormitorio que olía a una vida ordenada y solitaria, y pensé que la semana siguiente iba a ser muy diferente a la anterior en aquella oficina.

Al día siguiente llegamos al trabajo con veinte minutos de diferencia. Cuando entré al despacho a las nueve y cuarto, Natalia estaba al teléfono. Me vio pasar y no dijo nada, pero en la comisura de los labios, casi imperceptible, había algo que en tres semanas no le había visto: el principio de una sonrisa.

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4.1 (33)

Comentarios (12)

NocheViajera

Que relato tan bueno, me dejo sin palabras. Mas así por favor!

CarlosCali

Increible como lo describiste, se siente tan real. Cuando viene la segunda parte?

Rodrigo_MX

Me recordó a mi jefa de hace años jaja... todo un personaje. Muy buen relato

volcanhernandez

Muy bien escrito, se nota que le pusiste ganas. Felicitaciones

SoledadBaires

Uff que historia! Me tuvo pegada hasta el final sin darme cuenta. Ojala subas mas pronto

LauraVR_22

excelente!!!

Pame_cba

Lo empece a leer sin esperar mucho y termine enganchada completamente. Muy buena la descripcion de los personajes, se hacen creibles.

Rusito_87

Jajaja la parte del principio me mato, 'amargada' dicen... ya vemos como termina eso

CronicasNocturnas

Esperando con ansias el proximo. No lo abandones por favor!

Oscar_Lima

Buenisimo. Intenso y bien llevado, justo como debe ser

vanesa

Me encanto como construiste los personajes, la tension se siente desde el principio. Buen trabajo

ElLibreroSur

Que buena historia, se hizo corta. Segunda parte???

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