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Relatos Ardientes

Lo que negocié con mi tío para quedarme con el celular

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Llevo más de un año cargando este secreto y ya me empezaba a pesar hacerlo sola. Me llamo Valentina, tengo diecinueve años, estudio diseño gráfico en la universidad pública y esta historia es sobre mi tío Eduardo, sobre un celular y sobre el trato más extraño que he cerrado en mi vida.

Eduardo tiene treinta y siete años y es gerente de operaciones de una cadena de restaurantes en el centro de la ciudad. Nadie diría que trabaja en gastronomía viéndolo vestido: siempre anda con ropa de marca bien planchada, usa un reloj que le regaló un socio de negocios, maneja una Mustang negra que compró el año pasado y tiene una Kawasaki verde que solo saca los fines de semana cuando necesita despejarse. No es el tipo de hombre que pasa desapercibido en ningún lugar al que entra.

Nuestra historia empezó cuando yo cumplí dieciocho años y entré a la universidad. Fue en una reunión familiar, después de demasiadas copas de vino tinto, cuando las cosas entre nosotros cruzaron una línea que ninguno de los dos intentó deshacer. Esa primera vez fue en el baño de arriba de la casa de mi abuela: él me subió la falda contra el lavamanos, me arrancó las bragas de un tirón y me folló de pie mientras yo me tapaba la boca con la mano para que nadie oyera los golpes secos de sus caderas contra mi culo. Se corrió adentro sin avisar, y cuando bajé al comedor todavía sentía su semen escurriéndoseme por los muslos mientras saludaba a mis tías. Desde entonces nos vemos casi todas las semanas. Eduardo me enseñó cosas que ningún chico de mi edad habría podido enseñarme, y yo aprendí que el deseo no tiene mucho que ver con la lógica ni con lo que se supone correcto sentir.

Él es generoso sin hacer escándalo de ello. Ropa, zapatos, cenas, entradas para conciertos. A cambio, yo soy obediente y entusiasta, que es lo que él más valora. Le mamo la polla cuando me lo pide, me pongo en cuatro cuando me lo pide, me trago su corrida cuando me lo pide. Nuestra dinámica funciona porque los dos sabemos exactamente qué estamos haciendo y ninguno finge que es otra cosa. Es un arreglo honesto, a su manera retorcida.

Pero hay una cosa que yo me había negado a darle desde hacía meses. Eduardo me lo pidió por primera vez una noche de octubre, en una habitación de hotel que olía a madera y jabón de menta. Quería follarme por el culo, quería meterme la polla en el ojete, quería reventarme el agujero que ningún otro hombre había tocado. Le dije que no, de forma tajante. Él la tiene enorme —una verga gruesa, larga, con las venas marcadas y una cabeza ancha que me cuesta abarcar hasta con la boca— y yo, francamente, tuve miedo desde el primer momento en que lo planteó.

—Solo prueba —me dijo aquella noche, con la mano abierta apoyada en una de mis nalgas y el pulgar rozándome el borde del ano—. Si no te gusta paramos de inmediato.

—No —respondí, apretándome sobre su dedo instintivamente—. No voy a poder. Es demasiado grande, me vas a partir en dos.

Él aceptó sin drama. Pero tampoco olvidó. Empezó a acostumbrarme de manera casi imperceptible: cada vez que estábamos juntos y yo me ponía de rodillas sobre la cama con el culo levantado y la cara hundida en la almohada, sus dedos encontraban el camino hacia ese lugar que yo siempre había considerado intocable. Un masaje suave, deliberado, con el pulgar ensopado en mis propios jugos, rondándome el ojete sin forzar. Yo lo apretaba instintivamente y él retiraba la mano sin decir nada, con una paciencia que, mirándola ahora en retrospectiva, era más estrategia que resignación. A veces, mientras me follaba por delante, me metía un dedo hasta la primera falange en el culo y lo dejaba ahí quieto, esperando a que mi cuerpo se relajara alrededor de la intrusión. Yo terminaba corriéndome con una fuerza extraña, distinta, y él sonreía sin decir nada.

***

Un martes por la tarde fuimos al cine del centro comercial. Era una película de acción que ninguno de los dos seguía de verdad; estábamos en la última fila de una sala casi vacía y la oscuridad hacía lo que siempre hace cuando estamos juntos: nos volvía descuidados con las distancias y con las consecuencias.

Su mano se deslizó bajo mi falda sin que nadie se diera cuenta. Yo abrí las piernas un centímetro, que era permiso suficiente para los dos. Sus dedos encontraron mi coño por encima de las bragas y frotaron con calma hasta que la tela se me pegó a los labios de lo mojada que estaba. Después las apartó a un lado y hundió dos dedos de golpe, hasta los nudillos. Solté un jadeo bajo que ahogué mordiéndome el labio. Llevábamos veinte minutos así, con sus dedos entrando y saliendo de mi coño en un vaivén lento, cuando sentí que cambiaban de dirección con una intención que reconocí de inmediato.

Utilizó lo que ya había recogido de mí —tenía la mano empapada— para humedecer el dedo del medio y lo presionó contra mi ojete con una suavidad que me desarmó por completo. Intenté cerrarme, apretar el culo, pero no pude. O no quise, que es diferente. El dedo entró hasta la primera falange y se quedó ahí, moviéndose apenas en pequeños círculos, mientras el pulgar volvía a mi coño y me frotaba el clítoris con una precisión aprendida de meses de práctica. Después el dedo entró entero. Sentí cómo mi culo lo aceptaba, cómo se abría alrededor de él sin resistencia, cómo mi cuerpo cedía en una traición dulce a todo lo que yo había dicho sostenidamente. Lo que siguió duró menos de dos minutos y me dejó con la mandíbula apretada y los ojos cerrados, tratando de no emitir ningún sonido en esa sala con sus cuatro o cinco espectadores ignorantes de todo. Cuando el orgasmo llegó, llegó de un lugar que no reconocí como propio: más profundo, más largo, desde adentro, con el dedo de Eduardo enterrado hasta el fondo en mi culo y sus otros dedos apretándome el clítoris con violencia.

Cuando terminé, él retiró la mano despacio, se llevó los dedos a la boca y los chupó uno por uno, sin apartar la mirada de la pantalla, y se acomodó en el asiento con una calma que me irritó un poco.

—Ves —murmuró—. No es tan grave como creías. Tu culito los quiere.

No le respondí. Esperamos a que terminaran los créditos y salimos sin mirarnos a los ojos.

Esa noche, en el hotel, intentó de nuevo. Me puso boca abajo, me untó el ojete con un lubricante espeso que sacó de la mesita de noche, me metió un dedo, después dos, y yo ya estaba dispuesta de una manera diferente, más abierta que nunca, respirando hondo, empujando el culo contra su mano. Pero cuando trató de meterme la polla —y la puso en la entrada, apretó la cabeza contra mi ojete, empujó despacio— su verga seguía siendo demasiado para lo que yo podía manejar sin tensión. La cabeza se abrió camino apenas un par de centímetros y yo me contraje entera, sin poder evitarlo. Lo intentamos durante un rato largo, cambiamos de posición, me puso de lado, probamos con más lubricante, y al final él abandonó sin resentimiento, me la metió por el coño en cambio, me folló hasta correrse en mi cara, dejó un beso en mi hombro y dijo que no importaba.

—Algún día —murmuró contra mi cuello mientras yo me limpiaba su semen del mentón con el dorso de la mano.

—Sí —admití, y me chupé los dedos manchados sin pensarlo—. Y era la primera vez que lo decía con algo parecido a la convicción real.

Pasaron dos meses. Seguimos viéndonos con la misma regularidad de siempre, seguimos con nuestra rutina habitual —él me chupaba el coño hasta hacerme correr dos o tres veces antes de metérmela, yo le mamaba la polla hasta el fondo de la garganta hasta que se corría en mi boca—, y el tema del culo quedó flotando en el aire como una promesa sin fecha concreta. Yo pensaba en ello de vez en cuando, sin angustia, con esa curiosidad mezclada de vértigo que produce lo desconocido.

***

Un sábado fuimos a comer a un restaurante de cocina coreana que Eduardo quería probar desde hacía semanas. Fue una tarde larga, con mucha conversación y vino tinto, y al salir me dijo que necesitaba pasar por una tienda de tecnología a mirar unos auriculares inalámbricos. Lo acompañé sin pensarlo demasiado.

La tienda estaba llena de gente y de pantallas iluminadas. Eduardo se dirigió directamente al área de teléfonos; los nuevos Galaxy S25 Ultra acababan de salir y él llevaba semanas siguiendo el lanzamiento en reseñas y foros de tecnología. El vendedor lo atendió con entusiasmo. Mientras los dos hablaban de planes, de almacenamiento y de garantías extendidas, yo me quedé mirando los equipos expuestos en las vitrinas con la resignación con que uno mira los escaparates de viajes que sabe que no puede permitirse.

Quería uno de esos teléfonos desde hacía dos años. El mío tenía la pantalla cuarteada en la esquina inferior derecha y la batería moría al mediodía si no cargaba entre clases. Mis padres no me dejan trabajar durante el semestre —insisten en que debo concentrarme en los estudios— así que comprarlo era, en términos prácticos, una posibilidad completamente cerrada.

Eduardo sacó su teléfono viejo del bolsillo interior del saco y lo puso sobre el mostrador para entregarlo como parte del proceso. Era un Galaxy S23 Ultra en un estado impecable; él cuida sus cosas con una disciplina que a veces me parece excesiva, casi clínica. Vi la funda de cuero original sin desgaste, la pantalla sin un rasguño, el cable enrollado con cuidado junto al equipo. Prácticamente nuevo después de dos años de uso.

—¿Qué vas a hacer con ese? —le pregunté señalando el aparato sobre el mostrador.

—Un amigo me lo compra —respondió sin apartar la vista del contrato—. Ya quedamos desde la semana pasada. Me está esperando para pasarme la transferencia.

El vendedor se llevó el papeleo a la trastienda. Eduardo se quedó un momento revisando algo en el equipo nuevo que acababa de sacar de la caja. Y yo, sin haberlo planeado en absoluto, hice los cálculos en menos de un segundo.

—Oye —dije—. Tengo una propuesta para hacerte.

Él levantó la vista del teléfono y me miró.

—Si me das ese celular en lugar de vendérselo a tu amigo, te dejo metérmela por el culo. Cuantas veces quieras, en la posición que quieras, y sin condiciones. Durante todo el próximo año no me tenés que comprar nada más.

Eduardo me miró durante tres o cuatro segundos sin decir nada. Había algo en su expresión que mezclaba la sorpresa con el escepticismo más honesto que le había visto.

—Lo hemos intentado —dijo al fin, en voz baja para que el vendedor no oyera desde la trastienda—. No entra. Los dos sabemos que no entra.

—Porque yo no estaba convencida de verdad. Ahora sí lo estoy. Me la vas a meter entera, hasta los huevos, y no me voy a mover.

Hubo otro silencio. Él recogió el celular viejo de la mesa y lo sostuvo un momento entre las manos, como si sopesara algo más que el peso del aparato. El vendedor volvió con los documentos finales. Eduardo firmó sin prisa, recibió el equipo nuevo y guardó el viejo en el bolsillo del saco.

Cuando salimos de la tienda ya estaba oscureciendo afuera. Caminamos dos pasos en silencio y entonces él se detuvo.

—Trato hecho —dijo.

***

Fuimos directamente al hotel de siempre, el que conocemos de memoria: la recepcionista que jamás nos mira a los ojos, el ascensor lento, la habitación del tercer piso con la ventana que da al estacionamiento. En el trayecto en el coche no hablamos. Yo estaba nerviosa de una manera que no reconocía en mí: no era miedo exactamente, sino algo más parecido a la concentración antes de un examen importante, esa tensión que mezcla la adrenalina con la determinación. En algún semáforo le apoyé la mano sobre el bulto del pantalón y sentí la polla dura, hinchada, palpitando contra la tela. Él ya sabía lo que venía y su cuerpo llevaba dos meses esperándolo.

Apenas cerramos la puerta de la habitación, tomé el control. Me desnudé sola, despacio, sin que él tuviera que hacer nada, y le pedí que se sentara en el borde de la cama. Quería que llegara al momento acordado con la cabeza despejada y el cuerpo tranquilo, sin la ansiedad que a veces lo hacía impaciente. Le desabroché el cinturón, le bajé los pantalones y los boxers hasta los tobillos y lo dejé recostarse hacia atrás con la polla apuntando al techo, gruesa y venosa, con la cabeza morada y una gota de líquido preseminal brillándole en la punta.

Me arrodillé entre sus piernas y me la metí en la boca sin preámbulo. Le pasé la lengua por toda la longitud, desde la base hasta la punta, y después la abrí bien y me la tragué hasta que la cabeza me chocó contra el fondo de la garganta. Tuve arcadas, me lloraron los ojos, se me escapó saliva por las comisuras, y no me detuve. Subí y bajé la cabeza con ritmo, apretando los labios alrededor del tronco, jugando con la punta de la lengua contra el frenillo cada vez que llegaba arriba. Con una mano le agarré los huevos y se los masajeé con cuidado; con la otra le sostuve la base y me la fui metiendo más adentro cada vez.

Lo que hice durante los veinte minutos siguientes fue lo más deliberado y paciente que había hecho en mi vida. No para excitarlo —eso era inevitable, tenía la polla como una piedra— sino para calmarme yo misma. Hay algo en ese gesto de mamarla despacio, sin apuro, que me ancla al presente, que ordena los pensamientos. Me concentré en el ritmo, en la respiración, en la presión exacta que sé que le gusta después de todo este tiempo. Le chupé la cabeza como si fuera un caramelo, le lamí los huevos uno por uno, le pasé la lengua por el perineo y hasta le rocé el ojete con la punta de la lengua para ver la cara que ponía. Él no me apresuró ni un segundo. Solo me miraba con esa expresión suya que mezcla la sorpresa con el orgullo, con la mano apoyada en mi nuca sin empujar, como si me descubriera de nuevo cada vez que estamos así.

—Vení acá —me dijo al fin, con la voz ronca.

Me subí a la cama y me monté encima de él a horcajadas. Le agarré la polla con una mano, la froté contra los labios de mi coño hasta empaparla en mis flujos, y me la clavé de golpe hasta el fondo. Solté un gemido gutural cuando la sentí chocar contra mi cérvix. Empecé a cabalgarlo, subiendo y bajando con las piernas abiertas, apoyando las palmas en su pecho, sintiendo cómo cada embestida me abría más adentro. Le agarré una mano y me la llevé a las tetas para que me pellizcara los pezones; con la otra me buscó el clítoris y me lo frotó en círculos mientras yo me follaba a mí misma sobre él. Estuve así un rato largo, el tiempo necesario para que mi cuerpo recordara que conocía este territorio, que no tenía razones para estar tenso. La habitación olía a aire acondicionado, a sudor y a su colonia. Me corrí dos veces montándolo, con la boca abierta y sin hacer ruido, apretando su polla con las paredes del coño en espasmos largos. Cuando estuve suficientemente preparada me detuve, todavía empalada hasta el fondo, respirando pesado.

Me bajé de él, me arrodillé sobre la cama a su lado, agarré el frasco de lubricante de la mesita de noche y me vacié medio bote entre las nalgas. Sentí el líquido frío bajando por la raja del culo. Con dos dedos me lo esparcí bien alrededor del ojete, después empujé uno hasta el fondo, después dos, moviéndolos en tijera para abrirme por dentro. Eduardo me observaba sin moverse desde donde estaba tumbado, con la polla brillante de mis jugos apuntando al techo. La respiración le había cambiado. Tenía las manos apoyadas sobre el abdomen y los nudillos apenas blancos de contenerse.

—Poné la polla vertical —le dije—. Yo me siento arriba.

Me puse en cuclillas encima de él, de cara a su pecho, con los pies planos sobre el colchón a ambos lados de sus caderas. Tomé su mano para que la apoyara en mi cintura y con la otra le agarré la polla y me la coloqué en la entrada del culo. Sentí la cabeza gorda apretada contra el ojete. Encontré el ángulo. Respiré hondo una sola vez, solté el aire de manera lenta y controlada, y me dejé caer de a poco, dejando que la gravedad hiciera la mitad del trabajo.

La cabeza entró primero, con un pinchazo brutal que me hizo abrir los ojos y contener el aire. Sentí el músculo estirándose alrededor del glande, ardiendo, cediendo milímetro a milímetro. El dolor fue inmediato y honesto. No del tipo que te hace parar, sino del que te obliga a quedarte completamente quieta y a recordar que todavía respiras, que el cuerpo sabe adaptarse cuando se le da tiempo. Eduardo me sostuvo con firmeza pero sin apretar. No se movió ni un centímetro, no empujó desde abajo, no me forzó. Esperó sin decir nada, lo cual fue lo más difícil para los dos.

—Dime cuándo —murmuró al fin, con la voz cambiada.

Tardé casi un minuto en acostumbrarme a la presión de tenerlo apenas atravesándome. Después empecé a bajar, un centímetro cada vez, con los dientes apretados y los ojos fijos en su hombro derecho para tener dónde enfocar. Sentí la polla abriéndose paso adentro, invadiendo un lugar que nunca había recibido nada más grande que un dedo. Él hacía unas muecas que nunca le había visto antes, con la mandíbula tensa, como si también él estuviera descubriendo algo nuevo en todo esto, como si le costara no embestir hacia arriba de un solo golpe.

—Estás muy apretada —dijo en voz baja, casi para sí mismo—. Estás apretándome la polla como un puño.

Cuando la mitad de él estuvo dentro de mí, empecé a moverme con cuidado. Un pequeño vaivén, ascendente y descendente, controlado, subiendo dos centímetros y bajando tres. El dolor se fue transformando en algo más difícil de nombrar: incómodo y profundo al mismo tiempo, una sensación de llenura que era casi más mental que física, como si me estuviera atravesando entera, como si mi cuerpo entero se hubiera reducido al agujero que él estaba ensanchando. Seguí bajando, milímetro a milímetro, y sentí cómo iba entrando más, y más, hasta que su vello púbico me hizo cosquillas en las nalgas y supe que la tenía toda adentro.

Cuando llegué al límite, me detuve. Sentí sus huevos apoyados contra mi coño, el pulso de su polla latiéndome muy hondo en las entrañas. Estaba llorando sin haberlo decidido —no por el dolor, sino por la intensidad de la situación en sí, por lo extraño que es compartir algo tan íntimo de esa manera, por sentirme tan absolutamente ocupada por dentro— y él me limpió una lágrima con el pulgar sin decir nada, sin preguntarme nada, sin sacar ninguna conclusión en voz alta.

—¿Paramos? —preguntó después de un momento.

—No —respondí—. Ya está adentro. Ya está toda adentro. Ahora fóllame.

Empecé a moverme de verdad. Las primeras embestidas fueron torpes y lentas; me levantaba dejando que la polla saliera casi entera y volvía a caer hasta el fondo, con un ardor que se mezclaba con algo eléctrico que empezaba a subirme por la columna. Después encontré un ritmo que me permitía controlar la profundidad y la velocidad, y me metí los dedos en el coño mientras cabalgaba, frotándome el clítoris con la palma. Eduardo me dejaba hacer, solo me sujetaba de las caderas para que no perdiera el equilibrio, mirándome cabalgarlo por el culo con una fijeza que no le había visto nunca. Podía sentir cada vena de su polla arrastrándose contra las paredes de mi ano, cada estría, cada palpitación. Le apreté los músculos alrededor a propósito y él soltó un gruñido bajo.

—Así —le dije, agitada—. ¿Te gusta cómo aprieto?

—Me estás matando —respondió con los dientes apretados—. Me vas a hacer correr.

—Todavía no. Todavía no.

Aumenté el ritmo. Empecé a saltar de verdad sobre él, dejando que la polla me embistiera desde abajo, sintiendo cómo cada golpe me llegaba más hondo que el anterior. Los muslos me ardían. Mis tetas rebotaban con cada bajada y él me las agarró con las dos manos, apretándomelas, pellizcándome los pezones. Yo me seguía masturbando con dos dedos en el clítoris. Cuando el orgasmo llegó, llegó de un lugar que yo no conocía, más interior y más largo que cualquier cosa que hubiera sentido antes: fue como si el culo entero se me contrajera alrededor de su polla en oleadas y arrastrara al coño con él, y todo mi vientre se convulsionó de golpe. Grité contra la almohada que agarré a tiempo para amortiguarlo. Sentí la polla de Eduardo hinchándose adentro, prácticamente moviéndose sola por la presión que yo estaba haciendo.

Mis piernas dejaron de responderme por completo. Me desplomé sobre la cama boca abajo, sin fuerzas ni para doblar un brazo, con la polla saliéndoseme del culo con un sonido húmedo y el ojete abierto de par en par, respirando entrecortado contra las sábanas.

Eduardo esperó un momento antes de acomodarse detrás de mí. Me levantó apenas las caderas con las manos para ponerme de rodillas con el pecho pegado al colchón, la cara de lado, el culo bien alto. Me abrió las nalgas con los pulgares y contempló un segundo el destrozo: mi ojete rosado y todavía dilatado, brillante de lubricante, palpitando abierto. Después apoyó la cabeza de la polla contra el agujero y volvió a entrar de una sola embestida hasta el fondo. Grité, esta vez sin almohada, y él me tapó la boca con una mano.

—Ya está, ya está —murmuró contra mi oído—. Aguantá.

Esta vez fue él quien llevó el ritmo: lento al principio, agarrándome de las caderas con las dos manos, sacándola casi entera y volviendo a hundirla hasta los huevos. Escuchaba el sonido húmedo, obsceno, que hacían nuestros cuerpos al chocar. Después con más decisión y más fondo, más rápido, follándome el culo con embestidas duras y secas que me sacudían entera y me hacían gemir contra el colchón. Me agarró del pelo, me tiró la cabeza hacia atrás, me metió dos dedos en la boca para que se los chupara mientras me penetraba.

—Puta —me dijo con la voz ronca, sin dejar de embestirme—. Mira cómo te gusta que te la meta por el culo. Después de meses diciéndome que no.

—Sí —jadeé sin poder pensar—. Sí, sí, córrete adentro, quiero sentirlo.

Tardó menos de lo que yo esperaba. Sus embestidas se volvieron más cortas, más rápidas, y sentí cómo la polla se le engordaba adentro justo antes de que se hundiera hasta el fondo una última vez y se quedara quieto ahí, apretándome las caderas con los dedos clavados. Cuando terminó, lo sentí en el interior de mi cuerpo de una manera que no había experimentado nunca: chorros calientes y espesos vaciándose adentro, uno tras otro, llenándome el culo. Se quedó dentro un rato largo, respirando pesado contra mi espalda, sin querer sacarla todavía.

Cuando por fin la sacó, la polla salió con un sonido húmedo y yo sentí cómo un hilo de semen empezaba a escurrírseme por la raja hacia el coño. Me quedé boca abajo, sin cerrar el culo, sabiendo que él lo estaba mirando. Y también eso formaba parte del trato.

Nos quedamos quietos durante un rato largo. La habitación estaba en silencio excepto por el zumbido del aire acondicionado y nuestra respiración recuperándose.

***

Nos quedamos dormidos durante un par de horas. Cuando despertamos, pedimos comida al cuarto y vimos algo en el celular de él —el viejo, que ya era mío— apoyado en la almohada entre los dos. Era una situación absurda y doméstica que me hizo reír, y a él también. Era la primera vez que lo veía reírse de verdad en mucho tiempo. Antes de dormirnos otra vez, me la volvió a meter por el culo con calma, sin ansiedad, y esta vez entró de una sola vez y sin ardor, como si mi cuerpo ya la conociera.

Antes de salir del hotel pasamos por su apartamento para que transfiriera los datos y configurara el equipo a mi nombre. Me fue explicando las funciones que yo no conocía con la paciencia de alguien que disfruta genuinamente enseñar cosas. Cuando guardé el celular en mi bolso y sentí su peso, tuve la certeza tranquila de que había tomado la decisión correcta.

Han pasado tres meses desde aquella tarde. Eduardo y yo seguimos viéndonos con la misma regularidad de siempre. Lo que acordamos se cumple: él no me compra nada, yo no le pido nada, y me folla el culo cada vez que le da la gana, en la posición que le da la gana, y ya no me duele como al principio. A veces me lo pide dos veces en la misma noche, y yo me pongo en cuatro sin quejarme, con el ojete todavía tibio de la corrida anterior, y él se ríe y me dice que soy un desastre. Me sorprende descubrir que hay sensaciones que uno simplemente no puede anticipar hasta que las vive desde adentro, sin filtros y sin la distancia que pone el miedo.

El celular lo uso en la universidad y lo cargo en mi cuarto por las noches. Mis padres nunca preguntaron por él; supongo que asumieron que me lo había comprado con algún ahorro acumulado. No tengo manera de explicarles la verdad, y tampoco siento que deba hacerlo.

Algunos secretos son mejores así: guardados, completos, solo entre quienes estuvieron presentes cuando ocurrieron.

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4.1(14)

Comentarios(9)

PatricioM

Buenisimo relato, me engancho desde el primer parrafo. Muy bien logrado!

LauraVR_22

Espero que haya segunda parte porque quede con ganas de mas jaja, muy bueno

Fer_2024

Me recordó a una situacion parecida de mi vida, el morbo de la tension acumulada es algo que no se puede describir bien. Muy buen relato

briqueto

tremendo!!! seguí escribiendo

SolDeVerano_

Me encanto como fuiste construyendo la tension entre ellos, se notaba que algo iba a pasar tarde o temprano. Muy bien escrito, de verdad

MarcelaQ

El titulo me atrapo enseguida y la historia no decepciono para nada. Genial!

Alex_MX

Jaja el titulo lo dice todo pero a la vez no dice nada, tremendo gancho. Excelente

RobertoCba

Muy bien llevado el relato, la tension fue in crescendo de manera natural y creible. Espero ver mas de tu autoria, saludos desde Córdoba

Nora_BA

Increible como describís esa situacion, me hizo vivir cada momento. Porfavor una continuacion!!!

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