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Relatos Ardientes

Lo que negocié con mi tío para quedarme con el celular

4.1 (14)

Llevo más de un año cargando este secreto y ya me empezaba a pesar hacerlo sola. Me llamo Valentina, tengo diecinueve años, estudio diseño gráfico en la universidad pública y esta historia es sobre mi tío Eduardo, sobre un celular y sobre el trato más extraño que he cerrado en mi vida.

Eduardo tiene treinta y siete años y es gerente de operaciones de una cadena de restaurantes en el centro de la ciudad. Nadie diría que trabaja en gastronomía viéndolo vestido: siempre anda con ropa de marca bien planchada, usa un reloj que le regaló un socio de negocios, maneja una Mustang negra que compró el año pasado y tiene una Kawasaki verde que solo saca los fines de semana cuando necesita despejarse. No es el tipo de hombre que pasa desapercibido en ningún lugar al que entra.

Nuestra historia empezó cuando yo cumplí dieciocho años y entré a la universidad. Fue en una reunión familiar, después de demasiadas copas de vino tinto, cuando las cosas entre nosotros cruzaron una línea que ninguno de los dos intentó deshacer. Desde entonces nos vemos casi todas las semanas. Eduardo me enseñó cosas que ningún chico de mi edad habría podido enseñarme, y yo aprendí que el deseo no tiene mucho que ver con la lógica ni con lo que se supone correcto sentir.

Él es generoso sin hacer escándalo de ello. Ropa, zapatos, cenas, entradas para conciertos. A cambio, yo soy obediente y entusiasta, que es lo que él más valora. Nuestra dinámica funciona porque los dos sabemos exactamente qué estamos haciendo y ninguno finge que es otra cosa. Es un arreglo honesto, a su manera retorcida.

Pero hay una cosa que yo me había negado a darle desde hacía meses. Eduardo me lo pidió por primera vez una noche de octubre, en una habitación de hotel que olía a madera y jabón de menta. Quería hacerlo de una manera en que nunca nadie me había tocado. Le dije que no, de forma tajante. Él está muy bien dotado y yo, francamente, tuve miedo desde el primer momento en que lo planteó.

—Solo prueba —me dijo aquella noche—. Si no te gusta paramos de inmediato.

—No —respondí—. No voy a poder. Es demasiado.

Él aceptó sin drama. Pero tampoco olvidó. Empezó a acostumbrarme de manera casi imperceptible: cada vez que estábamos juntos y yo me ponía de rodillas sobre la cama, sus dedos encontraban el camino hacia ese lugar que yo siempre había considerado intocable. Un masaje suave, deliberado, sin presión real. Yo lo apretaba instintivamente y él retiraba la mano sin decir nada, con una paciencia que, mirándola ahora en retrospectiva, era más estrategia que resignación.

***

Un martes por la tarde fuimos al cine del centro comercial. Era una película de acción que ninguno de los dos seguía de verdad; estábamos en la última fila de una sala casi vacía y la oscuridad hacía lo que siempre hace cuando estamos juntos: nos volvía descuidados con las distancias y con las consecuencias.

Su mano se deslizó bajo mi falda sin que nadie se diera cuenta. Yo abrí las piernas un centímetro, que era permiso suficiente para los dos. Llevábamos veinte minutos así, en silencio cómplice, cuando sentí que sus dedos cambiaban de dirección con una intención que reconocí de inmediato.

Utilizó lo que ya había recogido de mí para humedecer un dedo y lo presionó con una suavidad que me desarmó por completo. Intenté cerrarme, pero no pude. O no quise, que es diferente. Lo que siguió duró menos de dos minutos y me dejó con la mandíbula apretada y los ojos cerrados, tratando de no emitir ningún sonido en esa sala con sus cuatro o cinco espectadores ignorantes de todo. Cuando el orgasmo llegó, llegó de un lugar que no reconocí como propio: más profundo, más largo, desde adentro.

Cuando terminé, él retiró la mano despacio y se acomodó en el asiento con una calma que me irritó un poco.

—Ves —murmuró—. No es tan grave como creías.

No le respondí. Esperamos a que terminaran los créditos y salimos sin mirarnos a los ojos.

Esa noche, en el hotel, intentó de nuevo. Yo ya estaba dispuesta de una manera diferente, más abierta que nunca, pero su cuerpo seguía siendo demasiado para lo que yo podía manejar sin tensión. Lo intentamos durante un rato largo y al final él abandonó sin resentimiento, dejó un beso en mi hombro y dijo que no importaba.

—Algún día —murmuró contra mi cuello.

—Sí —admití. Y era la primera vez que lo decía con algo parecido a la convicción real.

Pasaron dos meses. Seguimos viéndonos con la misma regularidad de siempre, seguimos con nuestra rutina habitual, y el tema quedó flotando en el aire como una promesa sin fecha concreta. Yo pensaba en ello de vez en cuando, sin angustia, con esa curiosidad mezclada de vértigo que produce lo desconocido.

***

Un sábado fuimos a comer a un restaurante de cocina coreana que Eduardo quería probar desde hacía semanas. Fue una tarde larga, con mucha conversación y vino tinto, y al salir me dijo que necesitaba pasar por una tienda de tecnología a mirar unos auriculares inalámbricos. Lo acompañé sin pensarlo demasiado.

La tienda estaba llena de gente y de pantallas iluminadas. Eduardo se dirigió directamente al área de teléfonos; los nuevos Galaxy S25 Ultra acababan de salir y él llevaba semanas siguiendo el lanzamiento en reseñas y foros de tecnología. El vendedor lo atendió con entusiasmo. Mientras los dos hablaban de planes, de almacenamiento y de garantías extendidas, yo me quedé mirando los equipos expuestos en las vitrinas con la resignación con que uno mira los escaparates de viajes que sabe que no puede permitirse.

Quería uno de esos teléfonos desde hacía dos años. El mío tenía la pantalla cuarteada en la esquina inferior derecha y la batería moría al mediodía si no cargaba entre clases. Mis padres no me dejan trabajar durante el semestre —insisten en que debo concentrarme en los estudios— así que comprarlo era, en términos prácticos, una posibilidad completamente cerrada.

Eduardo sacó su teléfono viejo del bolsillo interior del saco y lo puso sobre el mostrador para entregarlo como parte del proceso. Era un Galaxy S23 Ultra en un estado impecable; él cuida sus cosas con una disciplina que a veces me parece excesiva, casi clínica. Vi la funda de cuero original sin desgaste, la pantalla sin un rasguño, el cable enrollado con cuidado junto al equipo. Prácticamente nuevo después de dos años de uso.

—¿Qué vas a hacer con ese? —le pregunté señalando el aparato sobre el mostrador.

—Un amigo me lo compra —respondió sin apartar la vista del contrato—. Ya quedamos desde la semana pasada. Me está esperando para pasarme la transferencia.

El vendedor se llevó el papeleo a la trastienda. Eduardo se quedó un momento revisando algo en el equipo nuevo que acababa de sacar de la caja. Y yo, sin haberlo planeado en absoluto, hice los cálculos en menos de un segundo.

—Oye —dije—. Tengo una propuesta para hacerte.

Él levantó la vista del teléfono y me miró.

—Si me das ese celular en lugar de vendérselo a tu amigo, te dejo hacer lo que llevas meses pidiendo. Cuantas veces quieras, sin condiciones y sin que tengas que comprarme nada durante el próximo año entero.

Eduardo me miró durante tres o cuatro segundos sin decir nada. Había algo en su expresión que mezclaba la sorpresa con el escepticismo más honesto que le había visto.

—Lo hemos intentado —dijo al fin—. No entra. Los dos sabemos que no entra.

—Porque yo no estaba convencida de verdad. Ahora sí lo estoy.

Hubo otro silencio. Él recogió el celular viejo de la mesa y lo sostuvo un momento entre las manos, como si sopesara algo más que el peso del aparato. El vendedor volvió con los documentos finales. Eduardo firmó sin prisa, recibió el equipo nuevo y guardó el viejo en el bolsillo del saco.

Cuando salimos de la tienda ya estaba oscureciendo afuera. Caminamos dos pasos en silencio y entonces él se detuvo.

—Trato hecho —dijo.

***

Fuimos directamente al hotel de siempre, el que conocemos de memoria: la recepcionista que jamás nos mira a los ojos, el ascensor lento, la habitación del tercer piso con la ventana que da al estacionamiento. En el trayecto en el coche no hablamos. Yo estaba nerviosa de una manera que no reconocía en mí: no era miedo exactamente, sino algo más parecido a la concentración antes de un examen importante, esa tensión que mezcla la adrenalina con la determinación.

Apenas cerramos la puerta de la habitación, tomé el control. Me desnudé sola, despacio, sin que él tuviera que hacer nada, y le pedí que se sentara en el borde de la cama. Quería que llegara al momento acordado con la cabeza despejada y el cuerpo tranquilo, sin la ansiedad que a veces lo hacía impaciente.

Lo que hice durante los veinte minutos siguientes fue lo más deliberado y paciente que había hecho en mi vida. No para excitarlo —eso era inevitable— sino para calmarme yo misma. Hay algo en ese gesto que me ancla al presente, que ordena los pensamientos. Me concentré en el ritmo, en la respiración, en la presión exacta que sé que le gusta después de todo este tiempo. Él no me apresuró ni un segundo. Solo me miraba con esa expresión suya que mezcla la sorpresa con el orgullo, como si me descubriera de nuevo cada vez que estamos así.

Después me monté encima de él y lo cabalqué durante un rato largo, el tiempo necesario para que mi cuerpo recordara que conocía este territorio, que no tenía razones para estar tenso. La habitación olía a aire acondicionado y a su colonia. Cuando estuve suficientemente preparada me detuve.

Me arrodillé sobre la cama a su lado y usé mis propios dedos para prepararme, despacio y con cuidado, mientras Eduardo me observaba sin moverse desde donde estaba tumbado. La respiración le había cambiado. Tenía las manos apoyadas sobre el abdomen y los nudillos apenas blancos de contenerse.

Me puse en cuclillas encima de él, de cara a su pecho, y tomé su mano para que la apoyara en mi cadera. Encontré el ángulo. Respiré hondo una sola vez, solté el aire de manera lenta y controlada, y me dejé caer de a poco, dejando que la gravedad hiciera la mitad del trabajo.

El dolor fue inmediato y honesto. No del tipo que te hace parar, sino del que te obliga a quedarte completamente quieta y a recordar que todavía respiras, que el cuerpo sabe adaptarse cuando se le da tiempo. Eduardo me sostuvo con firmeza pero sin apretar. No se movió ni un centímetro. Esperó sin decir nada, lo cual fue lo más difícil para los dos.

—Dime cuándo —murmuró al fin, con la voz cambiada.

Tardé casi un minuto en acostumbrarme a la presión. Después empecé a bajar, un centímetro cada vez, con los dientes apretados y los ojos fijos en su hombro derecho para tener dónde enfocar. Él hacía unas muecas que nunca le había visto antes, como si también él estuviera descubriendo algo nuevo en todo esto.

—Estás muy apretada —dijo en voz baja, casi para sí mismo.

Cuando la mitad de él estuvo dentro de mí, empecé a moverme con cuidado. Un pequeño vaivén, ascendente y descendente, controlado. El dolor se fue transformando en algo más difícil de nombrar: incómodo y profundo al mismo tiempo, una sensación de llenura que era casi más mental que física. Seguí bajando, milímetro a milímetro.

Cuando llegué al límite, me detuve. Estaba llorando sin haberlo decidido —no por el dolor, sino por la intensidad de la situación en sí, por lo extraño que es compartir algo tan íntimo de esa manera— y él me limpió una lágrima con el pulgar sin decir nada, sin preguntarme nada, sin sacar ninguna conclusión en voz alta.

—¿Paramos? —preguntó después de un momento.

—No —respondí.

Empecé a moverme de verdad. Las primeras embestidas fueron torpes y lentas; después encontré un ritmo que me permitía controlar la profundidad y la velocidad. Eduardo me dejaba hacer, solo me sujetaba de las caderas para que no perdiera el equilibrio. Cuando el orgasmo llegó, llegó de un lugar que yo no conocía, más interior y más largo que cualquier cosa que hubiera sentido antes. Grité contra la almohada que agarré a tiempo para amortiguarlo.

Mis piernas dejaron de responderme por completo. Me desplomé sobre la cama y quedé boca abajo, sin fuerzas ni para doblar un brazo.

Eduardo esperó un momento antes de acomodarse detrás de mí. Me levantó apenas las caderas con las manos y volvió a entrar. Esta vez fue él quien llevó el ritmo: lento al principio, después con más decisión y más fondo. Tardó menos de lo que yo esperaba. Cuando terminó, lo sentí en el interior de mi cuerpo de una manera que no había experimentado nunca, y también eso formaba parte del trato.

Nos quedamos quietos durante un rato largo. La habitación estaba en silencio excepto por el zumbido del aire acondicionado y nuestra respiración recuperándose.

***

Nos quedamos dormidos durante un par de horas. Cuando despertamos, pedimos comida al cuarto y vimos algo en el celular de él —el viejo, que ya era mío— apoyado en la almohada entre los dos. Era una situación absurda y doméstica que me hizo reír, y a él también. Era la primera vez que lo veía reírse de verdad en mucho tiempo.

Antes de salir del hotel pasamos por su apartamento para que transfiriera los datos y configurara el equipo a mi nombre. Me fue explicando las funciones que yo no conocía con la paciencia de alguien que disfruta genuinamente enseñar cosas. Cuando guardé el celular en mi bolso y sentí su peso, tuve la certeza tranquila de que había tomado la decisión correcta.

Han pasado tres meses desde aquella tarde. Eduardo y yo seguimos viéndonos con la misma regularidad de siempre. Lo que acordamos se cumple: él no me compra nada, yo no le pido nada, y lo que compartimos ya no me duele como al principio. Me sorprende descubrir que hay sensaciones que uno simplemente no puede anticipar hasta que las vive desde adentro, sin filtros y sin la distancia que pone el miedo.

El celular lo uso en la universidad y lo cargo en mi cuarto por las noches. Mis padres nunca preguntaron por él; supongo que asumieron que me lo había comprado con algún ahorro acumulado. No tengo manera de explicarles la verdad, y tampoco siento que deba hacerlo.

Algunos secretos son mejores así: guardados, completos, solo entre quienes estuvieron presentes cuando ocurrieron.

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4.1 (14)

Comentarios (9)

PatricioM

Buenisimo relato, me engancho desde el primer parrafo. Muy bien logrado!

LauraVR_22

Espero que haya segunda parte porque quede con ganas de mas jaja, muy bueno

Fer_2024

Me recordó a una situacion parecida de mi vida, el morbo de la tension acumulada es algo que no se puede describir bien. Muy buen relato

briqueto

tremendo!!! seguí escribiendo

SolDeVerano_

Me encanto como fuiste construyendo la tension entre ellos, se notaba que algo iba a pasar tarde o temprano. Muy bien escrito, de verdad

MarcelaQ

El titulo me atrapo enseguida y la historia no decepciono para nada. Genial!

Alex_MX

Jaja el titulo lo dice todo pero a la vez no dice nada, tremendo gancho. Excelente

RobertoCba

Muy bien llevado el relato, la tension fue in crescendo de manera natural y creible. Espero ver mas de tu autoria, saludos desde Córdoba

Nora_BA

Increible como describís esa situacion, me hizo vivir cada momento. Porfavor una continuacion!!!

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