El practicante que me tomó la presión un sábado
Tengo cuarenta y dos años, trabajo en el sector farmacéutico desde hace más de una década y llevo una vida bastante predecible. Vivo lejos de la ciudad, viajo cuatro horas diarias para llegar a la oficina y vuelvo a casa de mis padres por la noche. Soy soltera, independiente, y la mayor parte del tiempo estoy demasiado agotada como para pensar en otra cosa que no sea dormir.
Pero esa semana algo cambió.
El viernes por la noche estaba en mi habitación leyendo las noticias en el portátil cuando decidí escribirle a Natalia, una amiga que vive en otro país y con la que tengo la confianza de hablar de absolutamente todo. Somos mujeres maduras, directas, sin filtro. Ella es de las que preguntan sin rodeos y yo soy de las que contestan sin mentir. Casi siempre.
La conversación empezó con lo de siempre. El trabajo, el estrés, las rutinas. Pero Natalia tiene un talento especial para desviar cualquier tema hacia lo que realmente importa.
—¿Y tu vida sexual cómo va? —soltó de repente.
—Inexistente —admití.
—Eso no puede ser. Necesitas unas vacaciones. Imagínate un hotel frente al mar, un par de cuerpos bien puestos y cero preocupaciones.
—Suena divino, pero sabes que no puedo.
—Al menos déjame alimentar tu imaginación.
Y empezó a enviarme imágenes. Fotos explícitas, videos cortos, situaciones que me obligaron a soltar el portátil y acomodarme mejor en la cama. Cada imagen era más directa que la anterior, y Natalia las acompañaba con comentarios que subían la temperatura.
—Así deberías estar tú —escribió debajo de un video donde una mujer recibía toda la atención que se puede desear.
—Ya me calentaste, para —le contesté, pero era mentira. No quería que parara.
—Mañana tienes que hacer algo al respecto. ¿No hay algún candidato por ahí que te sirva?
—Siempre hay opciones —respondí sin pensarlo mucho.
—Pues escoge una. Y mañana me cuentas.
Después de que se despidió, me quedé revisando todo lo que me había mandado. Cada enlace, cada imagen. El calor no bajaba. Me metí a la ducha creyendo que el agua iba a resolverlo, pero cuando me acosté mi cuerpo seguía pidiendo algo que yo no estaba dispuesta a darme sola. Abracé la almohada, me giré sobre ella, apreté los muslos. Nada funcionaba. Pasaron horas hasta que logré dormirme.
***
A las seis de la mañana el deseo seguía ahí, agazapado entre las piernas y zumbándome en la piel. Elegí un vestido ajustado, tacones, ropa interior delicada, y tomé el autobús hacia la ciudad. Los sábados suelo ir a la oficina a completar informes o salir a visitar clínicas pendientes. Ese día opté por las visitas. No tenía cabeza para sentarme frente a una pantalla.
Recorrí dos clínicas antes de las diez y luego me senté a desayunar en un comedor cercano. Estaba distraída, revolviendo el café, cuando lo vi pasar por la calle.
Andrés. Practicante de medicina. Veintitrés años, alto, delgado, con ese uniforme blanco que le marcaba los hombros. Lo conocía de cruzármelo en la clínica durante el último año. Nunca habíamos pasado de un saludo cordial y alguna charla breve sobre el trabajo.
Cuando me vio, se le iluminó la cara y me saludó con la mano desde la acera. Yo le devolví el gesto y en ese instante todas las imágenes de la noche anterior encontraron un rostro nuevo. El calor me subió al pecho, sentí los pezones tensarse bajo el vestido y una pulsación húmeda entre las piernas que ya no podía ignorar.
Él. Tiene que ser él.
Lo llamé con un gesto, indicándole que entrara. Obedeció sin dudar.
—Hola, Andrés. ¿Ya desayunaste?
—No, apenas iba camino a la clínica.
—Siéntate, te invito algo. Acabo de llegar y me sentí un poco mareada. Creo que fue por no comer temprano.
Vi la preocupación en su cara. Era genuina, casi tierna.
—¿Segura que está bien? ¿Quiere que la revise en la clínica?
—No exageres, corazón. Ya se me está pasando. Ve a marcar tu entrada y vuelve a acompañarme.
Se fue a la clínica y regresó en menos de diez minutos. Pidió un sándwich, yo agregué dos pastelitos. Mientras comíamos, dejé que la conversación fluyera. Le pregunté por sus estudios, por su rutina, por cómo llevaba las guardias. Él respondía con soltura, pero cada tanto su mirada bajaba medio segundo hacia mi escote antes de volver a mis ojos. Lo notaba. Me gustaba.
—Sería mejor que la revisara —insistió—. Tengo tensiómetro y estetoscopio en mi departamento, está a la vuelta.
Fingí resistirme un poco. Lo justo para que su preocupación creciera y mi aceptación pareciera un favor que le hacía a él.
—Está bien, corazón. Tú eres el casi doctor.
Su departamento era pequeño y funcional. Una sala diminuta, una mesa, un sofá, y la puerta abierta de la habitación donde se veía una cama matrimonial con la colcha bien estirada. Dejé mi bolsa en la entrada y lo seguí hasta la recámara.
—Siéntese en la orilla de la cama y quítese los tacones —dijo con tono profesional mientras sacaba el tensiómetro de un cajón.
Obedecí. Me colocó la banda en el brazo, infló, midió, y me dijo que la presión estaba levemente elevada. Probablemente por el calor o la caminata, explicó.
—¿Ves? Te dije que no era nada.
—Prefiero asegurarme. Ahora quiero escuchar su corazón.
Colocó el estetoscopio sobre mi pecho. Frío, metálico, demasiado cerca de mis pechos. Tragué saliva.
—Latidos un poco acelerados —dijo serio—. Consistente con la presión elevada.
Si supieras la verdadera razón.
—Ahora necesito escuchar los pulmones. ¿Puede darse la vuelta?
Me giré boca abajo. Pero entonces levantó el estetoscopio y dudó.
—No puedo auscultarla bien sobre la tela del vestido. ¿Le importaría...?
—Corazón, tranquilo. No creo que sea la primera mujer que auscultas.
—En la clínica no, pero en mi departamento nunca —dijo con media sonrisa.
—Pues considéralo una consulta privada.
Me incorporé y me quité el vestido frente a él. Por un momento pensé en hacerlo de espaldas, pero decidí que no. Que viera lo que tenía que ver. Lo dejé caer sobre la cama y me recosté boca abajo rápidamente, porque sabía que mi ropa interior blanca estaba empapada y transparente, y todavía no estaba lista para esa conversación.
Cuando apoyó el estetoscopio sobre mi espalda, una descarga eléctrica me recorrió entera. La piel se me erizó, las caderas se tensaron solas, mis manos aferraron la colcha.
—Lo siento —dije con la voz entrecortada—. Tocaste una zona sensible.
—No hice nada.
—Exacto. Y mira cómo me pones de todas formas.
Terminó la auscultación. Dejó los instrumentos en la mesita de noche y se quedó sentado junto a la cama. Yo seguía boca abajo, dividida entre el pudor y las ganas. Pero las ganas llevaban ventaja desde la noche anterior.
Me di vuelta.
No intenté cubrirme. Vi cómo sus ojos bajaron hasta la tela mojada entre mis piernas y cómo se quedó inmóvil, sin saber qué decir.
—¿Qué pasa, corazón? —le pregunté con calma.
—Nada, solo estaba... observando.
—Observando qué. Cómo estoy. ¿Ves? Todo esto lo provocaste tú.
—Yo no hice nada —repitió, pero su voz ya era otra.
—Eso crees. Pero vas a tener que dejarme como vine, ¿eh? Ahora me toca a mí ser la profesional.
Lo miré fijo, esperando que entendiera. Y entendió. Se quitó el uniforme despacio, obediente, hasta quedarse en ropa interior con una erección que luchaba contra la tela.
—Parte del problema está justo ahí —dije señalándolo con los ojos—. Voy a tener que revisarte a fondo.
—Usted es la profesional —respondió con la voz ronca—. Haga lo que considere necesario.
Le pedí que se quitara lo que le quedaba. Cuando lo hizo, confirmé lo que el uniforme apenas sugería. Duro, largo, con un grosor que me hizo apretar los muslos por instinto.
—Siéntate en la orilla y acuéstate —le dije.
Me arrodillé frente a él. Tomé su erección con una mano y la guié hasta mis labios. Lo probé despacio, recorriendo la punta con la lengua antes de meterlo más adentro. Llegó hasta el fondo de lo que mi boca permitía y lo saqué brillante de saliva. Él soltó un suspiro largo que me confirmó que iba por buen camino.
—Relájate —le susurré—. No te apures. Déjame disfrutarte.
Alternaba entre ritmos. A veces lento, chupando la punta con los labios apretados. A veces rápido, hundiéndolo hasta sentir la presión en la garganta. Cuando lo escuchaba gemir más fuerte y su cuerpo se tensaba, me detenía, bajaba a lamerlo entero, mordía suavemente, y volvía a empezar desde cero. Cada vez que me avisaba que estaba cerca, yo lo hacía retroceder.
—Cálmate —le decía—. Esto es para gozarlo.
Mientras tanto, entre mis piernas la humedad me resbalaba por los muslos. Pero no me toqué. Quería aguantar. Quería que todo lo que venía después fuera más intenso.
Cuando decidí que ya era suficiente, apreté con la mano y aceleré los movimientos de mi boca al mismo tiempo. Lo sentí arquearse, escuché un gemido ronco, y enseguida un calor espeso me llenó la garganta. No me detuve hasta que dejó de pulsar entre mis labios.
Me levanté, me limpié la comisura con el pulgar y me acosté a su lado.
—¿Mejor? —pregunté con la respiración agitada.
—Mucho mejor —dijo todavía con los ojos cerrados.
—Bien. Porque ahora la que necesita tratamiento soy yo.
***
No tardó en reponerse. Se giró hacia mí, me miró con una seriedad nueva, y dijo:
—Creo que ahora me toca chequearla a usted.
Sus manos empezaron en mi vientre. Lentas, firmes, con esa mezcla de nervios y decisión que solo tienen los hombres jóvenes cuando una mujer mayor les da permiso. Bajó hasta el borde de mi ropa interior y me estremecí entera. Mordí la almohada para ahogar el primer gemido. Mis caderas empezaron a moverse solas, buscándolo.
Me desabrochó el sostén, acercó la boca a mis pechos y empezó a besarlos con una lentitud que me desesperaba. Pequeños mordiscos en los pezones, la lengua trazando círculos. Mi espalda se arqueó sobre la cama.
—Esto solo tiene una solución —murmuró contra mi piel— y va a tener que ser ya.
—Hazlo —le dije, y mi voz sonó como una orden.
Me quitó la ropa interior con cuidado, casi con reverencia. Luego separó mis piernas, se arrodilló entre ellas y hundió la boca en mí. La primera pasada de su lengua me arrancó un gemido que no intenté controlar. Me agarró de los muslos para mantenerme quieta mientras me recorría entera, lento, profundo, deteniéndose donde yo más lo necesitaba.
Cuando introdujo un dedo dentro de mí sin dejar de lamer, le agarré el cabello con las dos manos y empujé su cara contra mi cuerpo. No podía hablar. Solo respiraba entrecortado y sentía cómo cada terminación nerviosa se iba encendiendo en cadena.
—Ven —le pedí cuando ya no aguantaba más—. Te quiero adentro.
Se levantó, me tomó de las piernas, las colocó sobre sus hombros y posicionó la punta en mi entrada. Empujó lento. Tan lento que sentí cada centímetro abriéndose paso, llenándome hasta el fondo. Cerré los ojos y dejé escapar un sonido que no era del todo un gemido ni del todo una palabra.
Empezó a moverse con un ritmo pausado, controlado, casi cruel en su suavidad.
—Más rápido —le pedí.
Pero no me hizo caso. Seguía con esas embestidas lentas y profundas que me estaban volviendo loca. Me besaba los labios, la mandíbula, el cuello, mientras yo intentaba moverme debajo de él sin éxito porque me tenía inmovilizada con su peso.
Y fue exactamente eso lo que me llevó al borde. La impotencia, la lentitud, la presión constante. El primer orgasmo me sacudió entera, me hizo apretar las piernas contra sus costados y clavar las uñas en sus hombros.
—Quiero estar arriba —le dije antes de que terminara de pasar.
Me soltó. Se acostó boca arriba y yo me monté sobre él agarrando su erección para guiarla de vuelta adentro. Me dejé caer y sentí la profundidad como un golpe de placer que me subió por la columna. Apoyé las manos en su pecho, me incliné hacia adelante y empecé a moverme.
Esta vez era yo la que marcaba el ritmo. Rápido, sin pausa, con esos movimientos circulares que me permitían sentirlo en cada ángulo. Él me agarraba de las caderas intentando frenarme, pero no iba a frenarme nadie. Llevaba más de veinticuatro horas esperando esto.
Los orgasmos empezaron a encadenarse. Uno detrás de otro, cada vez más intensos, cada vez más cortos los intervalos. Yo gemía con los ojos cerrados, concentrada únicamente en la fricción, en el calor, en esa sensación de estar exactamente donde necesitaba estar.
Cuando lo sentí tensarse debajo de mí y apretar mis caderas con fuerza, supe que estaba a punto. Aceleré más, apreté los músculos alrededor de él y lo dejé terminar adentro mientras yo llegaba una vez más junto con él. Lo sentí vaciarse en pulsos calientes y me quedé quieta un momento, con la respiración rota, apoyada sobre su pecho.
***
Nos quedamos en la cama el resto de la mañana. Hablamos de todo y de nada, como si lo que acabábamos de hacer nos hubiera dado permiso para ser honestos sobre todo lo demás. Y cada vez que la conversación se apagaba, nuestros cuerpos la retomaban.
Me tomó de espaldas, despacio, con mis manos apoyadas en la cabecera. Después de lado, con su pecho pegado a mi espalda y su mano en mi cuello. De nuevo encima de él, esta vez sin prisa, sintiéndolo hasta que las fuerzas se nos acabaron a los dos.
Por la tarde me vestí, me puse los tacones y le di un beso largo en la boca antes de irme.
—Voy a necesitar otro chequeo pronto —le dije desde la puerta.
Él sonrió con esa mezcla de timidez y descaro que solo tiene un hombre joven que acaba de descubrir lo que puede hacerle una mujer que sabe lo que quiere.
En el autobús de vuelta, le escribí a Natalia un mensaje corto: «Seguí tu consejo. Te cuento mañana.» Respondió con tres signos de exclamación y un audio de treinta segundos que era pura risa.
Llegué a casa, me di una ducha larga y me acosté con la sonrisa más honesta que había tenido en meses. Por primera vez en mucho tiempo, mi cuerpo no me pedía nada. Estaba en paz.