Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que cambió entre mi madre y yo después del duelo

Esa semana fue el limbo perfecto. Cada noche, después de la cena, mi madre y yo cruzábamos un poco más la línea. Lo que había empezado con manos torpes en el sofá terminó con caricias que ya no eran de hijo a madre. La confianza nos hacía olvidar lo que éramos. Cuando la luz del living se apagaba, yo dejaba de ser Damián y ella dejaba de ser mi madre; éramos dos cuerpos que se buscaban en una casa demasiado pequeña para tanto silencio.

Lo que ninguno de los dos esperaba era que el viernes la llamaran del hospital. Su pareja, Hugo, había empeorado. Ella agarró un bolso y se fue sin terminar el café. No volvió en todo el fin de semana.

La extrañé a morir. Hasta un punto que me daba vergüenza confesarme. No tenía nada suyo a mano, ni siquiera una de sus bikinis del verano para inventar excusas. Al segundo día caminaba por la casa como un animal enjaulado. Terminé buscando aquel video que llevaba viendo desde los dieciocho: una rubia de mirada vidriosa que se le parecía tanto que un día le puse mentalmente su nombre.

Lara.

Así llamaba a mi propia madre cuando me masturbaba pensándola. Mi Lara. Acabé dos veces y eso me calmó solo a medias.

Volvió el lunes con los ojos hinchados. Habían pasado a Hugo a terapia intensiva. Solo lo dejaban verla en horario de visita, y cada vez salía peor de la clínica. Las dos semanas siguientes ella fue un fantasma por el pasillo. Yo le hablaba bonito, la rozaba en la cocina, la abrazaba en el sillón. Antes esas mismas caricias la habrían hecho temblar. Ahora se dejaba hacer como una muñeca de trapo, sin responder.

Me refugié en el taller. Roque, el dueño, estaba feliz de que me quedara hasta cualquier hora. Tres jornadas seguidas haciendo extras. Limpiar la cabeza con grasa y aceite era lo único que me funcionaba.

Una tarde, tirado debajo de un Corolla, escuché unos pasos cerca del paragolpes. Una voz de mujer, ronca, divertida.

—Por fin alguien le presta atención a mi auto.

Me asomé despacio. Lo primero que vi fueron unos zapatos de tacón. Después unas piernas larguísimas. Después una falda que terminaba justo donde empezaba la imaginación. La dueña de esas piernas se agachó y me miró a los ojos sin pudor.

—¿Te gusta lo que ves, baby?

Respondí sin pensarlo.

—Sí. Mucho.

—Si me dejás el auto listo hoy, te enseño un poco más.

Era una rubia de unos cuarenta y pico, bien armada, ese tipo de mujer que sabe exactamente qué efecto provoca al entrar a un lugar. Una milf de manual.

—Hablo con el dueño y le digo —contesté.

Roque me autorizó con una condición: yo cerraba el taller esa noche. Le dije a la mujer que volviera en dos horas. Antes de eso me metí en el baño del fondo, me bajé el mameluco hasta la cintura, me lavé la cara y los brazos, y me sequé con una toalla mientras oía el timbre.

Le abrí con el torso desnudo. Recién entonces fui consciente de mi propio cuerpo. Ella sonrió y entró sin esperar permiso.

—Disculpe, Verónica, me estaba lavando.

—No me digas «disculpe», baby. Me hace sentir vieja.

La llevé a la oficina de Roque, donde había un sillón doble. Le pasé la factura para que firmara. La firmó sin mirar y dejó el bolígrafo sobre el escritorio con calma estudiada.

—Cumpliste vos. Ahora me toca a mí.

Me empujó del pecho hasta sentarme en el sillón, puso música en su celular y empezó a bailar. Se quitó la blusa, después la falda. Quedó solo con la ropa interior. Yo tenía la pija dura como un fierro. Ella se dio cuenta enseguida.

—Sacate la ropa, baby. Yo también quiero ver.

Lo hice. Me quedé en bóxer. Era la primera vez que tenía a una mujer desnuda enfrente, mirándome a los ojos. La única mujer desnuda que había visto en mi vida había sido Lara, y siempre desde la rendija de una puerta entornada. Verónica se desabrochó el corpiño y dejó al aire unas tetas un poco caídas, hermosas. Subió al sillón de rodillas, metió la mano por la abertura del bóxer y me sostuvo. Sonrió satisfecha.

—Tenés un buen calibre.

Se la llevó a la boca despacio. La ensalivó hasta la mitad y después jugó con la punta de la lengua sobre el glande. Yo estaba en otro planeta. Pero también pensé, con una claridad absurda, que tenía que aprovechar para practicar todo lo que llevaba años queriendo hacerle a Lara.

La agarré de la cintura, la tiré de espaldas y le bajé la tanga. Abrió las piernas y yo busqué su sexo con la boca. El olor de su perfume mezclado con el del coño me llegó a la nariz como una droga. Chupé, lamí, mordí los labios y bebí lo que me caía en la boca. Cuando se vino, me apretó la cabeza con las dos manos.

—Cogeme ya, baby. La quiero adentro.

Recordé cómo había visto a mi madre en posición de cuatro, de pie contra la cama, las manos aferradas al cabezal. Le pedí lo mismo a Verónica. Cuando se acomodó, se la metí de una. Apretada, mojada, con espasmos que ya eran del segundo orgasmo. No aguanté nada. Casi grité cuando largué dentro.

Después nos quedamos sentados un rato. Me miró con ternura, me dio un pico y dijo:

—Te portaste, baby.

—Fue mi primera vez —confesé.

Ella se rió bajito.

—No se te notó, eh. Aunque en un momento me llamaste Lara. ¿Quién es esa?

—Una actriz porno —mentí.

Nos higienizamos. Mientras se vestía fui a sacar el auto. No volvimos a vernos. Pero algo en mí cambió esa noche. Caminaba distinto. Hablaba distinto. Había perdido un peso que ni siquiera sabía que cargaba.

***

En casa, Hugo seguía agonizando. Lara me preparaba el desayuno como una autómata. Una mañana, mientras servía el café, sonó el celular. Era el hospital. La citaban con urgencia. Esa misma tarde, él falleció. No tenía familia. Ella decidió la cremación. En menos de veinticuatro horas todo había terminado.

Lo que vino después fue peor. Se encerró en el cuarto y no salió en una semana. Yo le llevaba la comida a la cama, le acariciaba el pelo, le hablaba como a una nena.

—Lara, tenés que reponerte. Olvidate de ese hijo de puta.

—No digas eso, Damián. Lo extraño.

Lo extraño. Esas palabras me daban vueltas en la cabeza. ¿Cómo se podía extrañar a un tipo que la molía a golpes cada vez que tomaba? Porque yo lo había visto. Yo había visto los moretones en el brazo, los labios partidos, las marcas en el cuello que ella decía que eran de cariño. Y, a la vez, había visto cómo iba detrás suyo después de cada pelea. Cómo le aflojaba el cinturón, cómo se arrodillaba, cómo se le entregaba.

Ahí me cayó la ficha. Lo que ella extrañaba no era a Hugo. Era el combo. La sumisión, el dominio, el sexo. Recordé la cara que ponía después, dormida con la boca entreabierta, casi sonriendo. Esa Lara. La Lara que yo quería.

Me prometí, ese sábado a la noche, que iba a ocupar el lugar vacío.

***

El domingo a media mañana entré a su cuarto sin golpear. Estaba tirada de costado, con una remera grande del muerto que le quedaba como camisón. Las piernas largas, la piel aceituna, la tanga blanca asomando por debajo de la tela. Me clavé los dientes en el labio inferior y dije, con una voz que no me reconocí:

—Se terminó el duelo, Lara. Vas a desayunar al comedor.

—Damián, no seas malo. Tráemelo acá.

—No. Acá manda otro ahora.

La agarré de los brazos y la bajé de la cama. Cuando se resistió, con el alma rota, le pegué una cachetada que me dolió a mí más que a ella. Quedó muda. Aproveché esa pausa de aire para llevarla casi en vilo hasta el baño. Abrí el agua de la ducha, la metí debajo del chorro vestida y me saqué la ropa hasta el bóxer. Entré con ella.

Le busqué la boca. Le di un beso con todo lo que llevaba años aguantando. Ella dejó de temblar. Le hablé al oído, abrazándola por detrás, mientras el agua nos caía encima.

—No es por maldad. Es por amor. Yo te quiero más que nadie. Quiero ser tuyo y quiero que seas mía.

Una mano en el pecho, la otra buscándole el sexo entre los muslos. La sentí ablandarse. Ya no lloraba. Le besé el cuello, le mordisqueé la oreja. Le metí dos dedos. Con el pulgar le rocé el clítoris. Supe que había acabado por la viscosidad que se me quedó en la mano.

—Vení a la cama. Te quiero hacer mía bien.

Me miró todavía incrédula, como pidiéndome que parara. Pero también con algo nuevo en los ojos, algo que no estaba allí una hora antes. Algo más fuerte que la pena. La envolví en una toalla, la alcé en brazos y la llevé hasta la habitación. La acosté con cuidado y me detuve a mirarla. Por fin la tenía. Mi Lara, desnuda, abierta, mía.

Ella hizo un gesto pudoroso de taparse con la sábana. Le saqué la sábana. Le abrí las piernas. Y me zambullí.

Le comí el sexo como había practicado con Verónica, pero con otra cosa adentro. Con años de fantasía. Le metí la lengua hasta donde pude llegar y después la pasé por los labios húmedos como si fueran pétalos. Le levanté las piernas y le rodeé con la lengua el otro agujero, más cerrado, casi virgen. Volví a subir hasta el clítoris. Lo chupé, lo mordí, lo apreté entre los labios.

Soltó un gemido que rebotó en las paredes. Algo gutural. Algo de un placer que dolía. Me agarró del pelo con las dos manos y me apretó la cabeza contra ella.

—Por favor… —suplicó.

No supe si pedía que parara o que siguiera. Decidí escuchar lo que quería escuchar. Solté el clítoris y le metí la pija de un solo movimiento.

Empecé despacio. Cada vez que retrocedía sentía cómo ella se cerraba para retenerme; cada vez que avanzaba, cómo se abría para recibirme. Lara levantaba las caderas, pequeños gemidos entrecortados, la cabeza echada hacia atrás. Me incliné y la besé en la boca. Le hundí la lengua sin pedir permiso. Ella me la mordió suave, me agarró de la nuca, me tiró hacia ella.

—¿Esto es lo que querés? —gruñí, ronco.

Me acordé de las veces que la había espiado cogiendo con Hugo. Y entendí, por primera vez, que lo que sentía en aquellas miradas no era curiosidad. Eran celos. Celos de no ser yo el que la tocaba.

No esperé respuesta. Aceleré. Mis caderas chocaban contra las suyas y la cama empezó a quejarse. Le agarré las piernas por detrás de las rodillas y las empujé hacia los lados, abriéndola del todo. La penetré más profundo. Soltó un grito mezcla de sorpresa y placer.

—¡Ahí, Damián! ¡Ahí, no pares!

Sentí que la respiración se le quebraba. Reconocí los signos. Mi propio orgasmo me subía por la espalda, desde lo más hondo. Quería aguantar, quería que ese momento durara una vida, pero era como querer parar una avalancha con las manos.

—Voy a acabar —avisé entre dientes.

—Adentro. Acabate adentro mío. Quiero sentirte.

Esas palabras fueron el detonante. Con un último empujón le clavé la pija hasta la base y dejé que el orgasmo me consumiera. Mi cuerpo entero se sacudió. Sentí cómo me vaciaba en chorros largos dentro de ella.

Lara llegó al orgasmo a la vez. Más fuerte que cualquier otro. Se le cerraron las piernas alrededor de mi cintura, las manos se aferraron a mis hombros como si yo fuera lo único que la mantenía en el mundo. Soltó un grito desgarrador, primario, que parecía imposible que saliera de un cuerpo humano.

Cuando las últimas pulsaciones se desvanecieron, me derrumbé sobre ella. No quedaba ni rastro de la furia o de los celos que me habían poseído un rato antes. Solo era yo, agotado, vulnerable, hijo y hombre a la vez, en los brazos de la mujer que me había dado la vida y que, ahora, me había dado todo lo demás.

Lara me abrazó. Me dibujó círculos lentos en la espalda con la palma. Me besó la frente, los párpados, las mejillas. No dijimos una palabra. No hacía falta.

Unidos todavía en la forma más íntima que existe, mi madre y yo nos quedamos dormidos.

Valora este relato

Comentarios (7)

SilviaCba

Dios mio que relato tan emotivo. Me dejó sin palabras, en serio.

NicoTandil

El comienzo me atrapó de inmediato. Ese detalle de la remera lo dice todo sin decir nada. Espero que hagas una segunda parte.

gustavo_nocturno

Tremendo!!!

Marcos_Bs

Me sorprendió que fuera tan bien escrito, se nota que hay algo real detrás. Saludos desde Buenos Aires

Maru_lectora

Me llegó muchísimo el comienzo, ese momento donde él sube a buscarla... uf. Buenisimo relato

Carloncho_uy

Esto me recordó algo que viví hace años. El duelo une de una forma que nadie te explica de antemano. Muy real el relato.

LectoR_Salta

Por favor hace una segunda parte!!! Quede con ganas de mas

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.